La última voluntad

 

Por Juan Carlos López Bayón

 

Hospital Santa María. Laxe-A Coruña

A Coruña, 23 de Junio de 2083          

El anciano contempló complacido la habitación del hospital. Sus paredes estaban pintadas con un delicado tono pastel, el ventanal que se encontraba a su derecha —y que ocupaba casi toda la pared—, le ofrecía unas encantadoras vistas al mar; la relajante música de fondo y la agradable fragancia que impregnaba el lugar, le servían para resaltar aún más el contraste con las habitaciones blancas y el olor a desinfectante tan característicos de los hospitales del siglo pasado.

Había ingresado unos días atrás después de perder el conocimiento debido a una fuerte jaqueca, una dolencia que no había remitido a pesar de llevar meses medicándose.

La inteligencia artificial que gestionaba su casa, apenas detectó su pérdida de consciencia, activó de inmediato el protocolo de emergencia, lo que hizo que los servicios sanitarios se presentaran en el domicilio en tan solo cinco minutos.

El anciano volvió la cabeza hacia la puerta al escuchar la suave llamada y sonrió al ver entrar al neurólogo que le atendía.

—Buenos días, señor Marín. —El médico esbozó una sonrisa mientras revisaba en su tableta la información del estado del paciente. Después de unos minutos se aclaró la garganta y se movió incómodo.

El anciano advirtió que el hombre no le iba a dar buenas noticias y que buscaba las palabras adecuadas para hacerlo.

—¡Adelante, doctor, no se ande por las ramas! A mis 88 años ya no se me puede engañar con facilidad.

—De acuerdo. —Lo miró a los ojos y le informó con solemnidad—. Siento decirle que las pruebas que le hemos realizado han detectado un tumor incurable en el cerebro.

El anciano guardó silencio, desvió la mirada hacia el ventanal y suspiró.

—Muy bien, ¿cuánto me queda? —preguntó al volver el rostro hacia el doctor.

El hombre, con voz ronca, respondió:

—No más de seis meses. El tumor está muy avanzado. A partir de hoy procederemos a suministrarle el habitual tratamiento que neutralizará el dolor y estabilizará el sistema nervioso.

Volvió a consultar su tableta y comprobó que su paciente no tenía familia.

—No sé si estará informado de que existen grupos de voluntarios que dedican su tiempo libre a acompañar a las personas que carecen de familia.

 El anciano le sonrió con amabilidad.

—Gracias, pero no deseo ningún grupo de apoyo.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó el médico preocupado.

—Deseo hacer uso de mi última voluntad.

—No habrá pensado en la eutanasia, ¿verdad? —comentó mirándolo a los ojos—. Con el tratamiento que le suministraremos no será consciente de su deterioro, y cuando llegue el momento se dormirá plácidamente.

—No se alarme, doctor. Mi última voluntad es hacer realidad mi gran sueño: viajar a las estrellas.

El neurólogo lo miró perplejo durante unos segundos. Cuando logró recomponerse comentó:

—Muy bien, señor, mandaré a cursar su petición de inmediato.

Cuatro meses después de haber salido de la Tierra, la nave que transportaba al anciano llegó a las inmediaciones de Marte, abrió sus compuertas y liberó la pequeña cápsula medicada donde se encontraba el pasajero. Marín se sintió feliz y lloró como un niño, no porque se acercara la hora de su muerte, sino porque estaba haciendo realidad el sueño de su vida.

La cápsula se alejó rumbo al corazón de la Vía Láctea. Durante las siguientes semanas la sonda que tenía insertada en el brazo derecho le suministró el alimento y los calmantes necesarios. El hombre no sentía cómo se le escapaba la vida de entre sus dedos, ni que cada día que pasaba su cuerpo se iba debilitando cada vez más. Pronto sus constantes vitales se detendrían y moriría.

Un día, mientras miraba el espacio por la pequeña ventana, vio acercarse una luz que se situó a poco más de 100 metros de su posición. Era tal la intensidad de su brillo que le fue imposible determinar la forma del objeto que tenía ante sí. De él surgió un rayo que envolvió la cápsula y la atrajo a su interior. Una vez dentro, la luz se volvió más suave y pudo ver que su transporte era observado por un grupo de seres traslúcidos con apariencia humanoide. Uno de ellos se acercó, le extendió una mano y le preguntó:

—¿Eres uno de los nuestros?

El anciano sonrió y se incorporó para tomar la mano que le ofrecían. Una vez de pie, y sin soltar a su anfitrión, volvió la cabeza y vio su cuerpo inerte dentro de la nave.

—No te angusties por tu cuerpo, es solo un envoltorio. Tu verdadera naturaleza es la que está frente a mí.

Marín preguntó:

—¿Quiénes sois?

—Somos viajeros de las estrellas. Igual que tú.

© Copyright de Juan Carlos López Bayón para NGC 3660, Mayo 2019

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