Tutores – Reed.

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Por José Antonio Suárez

El timbre de la puerta sonaba con insistencia. Eran las diez de la mañana del domingo, y el profesor Damon Bryson se preguntó a qué vendría tanto jaleo. Se calzó apresuradamente las zapatillas, se ciñó de un tirón su raída bata de paño y bajó las escaleras murmurando imprecaciones. Si eran esos vendedores de biblias otra vez, iban a saber lo que es bueno. El domingo era sagrado, ellos deberían ser los primeros en respetarlo.

Abrió la puerta y contempló de hito en hito al individuo que osaba interrumpir su descanso dominical. El tipo se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo manchado de grasa. Junto a la acera, Damon observó una camioneta de reparto de correo urgente.

—¿El señor Bryson? Le traigo este envío. Firme aquí, por favor.

El hombre le entregó un voluminoso paquete mientras mascaba chicle ruidosamente. Damon miró el remitente. Se lo enviaba Jensen, un colega con el que apenas mantenía una esporádica comunicación por carta. Damon se ajustó sus anticuadas gafas de montura de concha al puente de la nariz, preguntándose qué podría ser.

—Bueno, ¿me lo va a firmar o no? —dijo el repartidor, que desprendía un aliento ulceroso—. Tengo prisa.

Le firmó en la casilla marcada con una cruz y cerró la puerta. Sus zapatillas le condujeron directamente al estudio, donde se dispuso a abrir el paquete.

Su hijo Tod bajaba en ese momento por las escaleras.

—¿Ocurre algo, papá?

Damon, concentrado en romper con un abrecartas la cinta de embalaje, le contestó que no era nada importante; pero la curiosidad adolescente de Tod le indicaba todo lo contrario, y entró en el estudio dispuesto a averiguar cuál era el motivo que había levantado a su padre de la cama, y por qué le brillaban sus ojos de un modo tan extraño.

El profesor halló en el interior de la caja un escrito del puño y letra de Jensen, en el que explicaba el motivo del envío. Bryson pronto empezó a comprender.

—¿Qué son esos planos? —Tod asomó la nariz al interior.

—No toques nada —las manos del científico le temblaban de emoción—. Sí, claro —murmuraba—. Aquí está. Cómo he podido estar tan ciego.

Damon desplegó los diagramas sobre la mesa del despacho. Al hacerlo descubrió unos curiosos microtransistores plateados en el fondo de la caja.

—Circuitos de ordenador —dijo Tod—. Mi amigo desarmó el suyo el mes pasado; había piezas como ésas.

—No, hijo —Damon alzó cuidadosamente uno de los componentes, acercándolo a sus bifocales—. Me da la impresión de que estos transistores son algo completamente distinto.

Su padre se vistió con una agilidad insólita y trasladó la caja al coche. Pretendía ir al laboratorio de la universidad, sin desayunar siquiera. Tod le recordó qué día de la semana era.

Iba a ser una jornada muy dura, y en domingo no encontraría a nadie dispuesto a echarle una mano.

—Necesitaré tu ayuda. Puedes venir conmigo si quieres.

Tod no se lo pensó dos veces. La alternativa era comer en casa de su tío Vincent y soportar a los estúpidos de sus primos. Nunca antes había visitado el laboratorio de la universidad. Además, era la primera vez que su padre le pedía ayuda, como no fuera para freír huevos o limpiar platos.

Ayuda. A él. ¿En qué podría serle útil? Si sólo tenía dieciséis años.

—¿Me dirás en qué estás trabajando? —dijo.

—Oh, claro que sí —sonrió su padre, cerrando el portaequipajes del vehículo—. Siempre que prometas guardarme el secreto.

Tod subió raudo al coche. Se mordía las uñas por ver qué estaba tramando su padre.

***

Damon Bryson trabajó infatigablemente durante todo el día. Su hijo se limitaba a tomar notas al dictado y ayudarle en el montaje de los circuitos plateados, una labor muy poco excitante que ya empezaba a aburrirle y a causarle dolores de espalda. Pasadas las once de la noche, Damon se colocó un casquete metálico sobre la cabeza y le rogó a Tod que se sentase. El adolescente empezaba a dudar que su padre estuviese en su sano juicio.

—Puedes apostar a que sí —el semblante del profesor resplandeció de alegría.

Tod no comprendió a qué se refería su padre, pero se puso a reír. Bryson tenía un aspecto ridículo con aquella cosa metálica sobre el cogote, que más que un instrumento de laboratorio parecía uno de esos casquetes de tela con que los curas se cubren la coronilla.

—Se llaman solideos —le recordó su padre— Del latín soli Deo, porque los sacerdotes sólo se lo quitan ante Dios.

Tod dio un respingo. No podía ser, seguro que era una casualidad. Tenía que tratarse de una coincidencia.

—No ha sido una coincidencia —Damon se acercó a su hijo—. Tod, hoy es un día histórico para la humanidad —se quitó el casquete—. Ojalá tu madre aún viviese para verlo —añadió, sombrío.

Tod miró el casco con los ojos muy abiertos, y alternativamente a su padre. Él no bromearía con algo así, y menos aún citaría frívolamente la memoria de su madre si aquello no fuese cierto.

—¿Un casco de pensamientos? —dijo el joven—. ¿Me estás diciendo que has inventado un casco de pensamientos?

—Bueno, todavía no le he puesto nombre. Su función básica es descodificar los impulsos electroquímicos de la corteza cerebral. Analiza la dinámica del intercambio de información entre las neuronas, y traduce el resultado en palabras —señaló un microauricular que llevaba disimulado en el oído izquierdo—. Naturalmente, tiene algunas limitaciones. Funciona a cortas distancias y no debe haber obstáculos entre el aparato y el objetivo.

—Pero eso es… Tod no salía de su asombro—. Es increíble, papá —intentó coger el casco para probarlo, pero su padre se negó.

—No es ningún juguete. Aún no sé qué efectos puede tener en el cerebro del que lo lleve puesto. Tengo que analizar los componentes que Jensen me ha mandado y someterlos a todo tipo de pruebas.

Y así fue. Serían las tres de la madrugada cuando padre e hijo decidieron regresar a casa. Pese al agotamiento de ambos, ninguno de los dos logró conciliar el sueño; eran demasiado conscientes de las implicaciones del invento para que pudiesen dormir. Damon, además, tenía una preocupación adicional para dar vueltas en la cama: Jensen. Aquel misterioso colega le proporcionaba el material que necesitaba justo en el momento en que sus investigaciones habían llegado a un callejón sin salida. Qué magnífica coincidencia, pero ¿por qué a él? Algo no encajaba. Ni siquiera había visto nunca el rostro de Jensen, sólo se carteaban de vez en cuando, y eso no implicaba una amistad tan estrecha para que confiase hasta ese punto en él.

¿Y los circuitos plateados? ¿De dónde los habría sacado? Los había examinado a través del microscopio y no había visto nada igual en toda su vida. Tendría que llamar a Jensen mañana a primera hora. Le daría las gracias y de paso le preguntaría qué fábrica se los suministraba. También debería concertar una cita con él para hablar de los trámites de registro de la patente. No sería honesto adjudicarse él solo toda la fama sin reconocer a Jensen por lo menos la mitad de los beneficios.

La luz del sol se filtraba en su cuarto a través de las rendijas de la persiana. Eran las siete de la mañana y Bryson no sabía cómo se las arreglaría para dar las clases sin quedarse dormido. Llamó al teléfono de su colega, que figuraba en el paquete recibido por correo, pero debió equivocarse al marcar porque le contestó el encargado de una lavandería. Marcó de nuevo y volvió a sucederle lo mismo. Damon llamó a la compañía telefónica para comprobar si había cambiado de número.

La sospecha que rondaba por su cabeza fue confirmada por la operadora: Jensen no aparecía en las listas de abonados.

***

El profesor Bryson tardó una semana en ultimar dos prototipos de su casco de pensamientos. Uno de ellos lo estuvo probando en el laboratorio de la universidad y el otro en casa, finalizado el horario laboral. Dado que levantaría sospechas pasearse con un casquete metálico en la cabeza, Bryson lo disimuló bajo un sombrero de ala ancha heredado de su abuelo, que se ponía cada vez que tenía que salir a la calle. Le sentaba fatal, máxime en un verano tan caluroso como aquél, pero Bryson aducía a sus vecinos que se trataba de una promesa, y éstos se tragaban el embuste sin mayores complicaciones, convencidos de que las neuronas de Bryson no regían demasiado bien desde la muerte de su esposa. Desde luego, desconocían que Damon estaba leyendo sus pensamientos y se reía por dentro de todos ellos.

Por su parte, tampoco movió un dedo para deshacer el equívoco, si acaso lo acrecentó añadiendo algunos detalles de su cosecha, dejándose crecer una larga barba que le confería el aspecto de un rabino respetable. Se divertía de lo lindo observando los pensamientos que bullían en las mentes de sus vecinos al verle. Muy pronto se ganó en el barrio una reputación de excéntrico que le vino muy bien para disimular sus verdaderas actividades, y que le confería inmunidad total para pasearse delante de las narices de sus vecinos, escudriñando sus secretos más íntimos sin que éstos sospechasen nada.

Tod seguía mordiéndose las uñas buscando el momento de apoderarse de uno de aquellos cascos. Se acercaba la época de los exámenes y sus motivos eran más que obvios. Con el casco puesto, podría acercarse a sus profesores y leer en sus mentes las preguntas de los exámenes antes de que se celebrasen, o en el peor de los casos, situarse cerca del empollón de la clase y copiar las respuestas directamente de su cerebro. Realmente fácil.

Pero había un pequeño problema: su padre ocultaba el prototipo bajo llave en un cajón del escritorio, y le había prohibido utilizarlo bajo pena de quedarse sin paga durante tres meses. De la otra unidad, que guardaba en los laboratorios del campus, era mejor olvidarse.

Tod hubiera dado gustoso su misérrima paga de un año por volver a colocárselo, pero no veía la forma de sacarlo del cajón sin violentar la cerradura. Claro, que si se hiciese con una copia de la llave podría abrirlo sin que su padre notase su pequeña rapiña.

Desgraciadamente, no podía imaginar lo fácil que le resultaría hacerse con el caso. Una tarde, mientras se encontraba en el estudio pensando en el problema, sonó el teléfono.

—¿Tod? Soy tu tío Vincent. tienes que venir enseguida a mi casa. Tu padre ha sufrido un accidente.

—¿Es grave?

—Me temo que sí —su tío murmuró al otro lado de la línea algo que Tod no llegó a comprender—. Verás —vaciló—. La policía me llamó hace una hora. Damon fue atropellado esta tarde cuando salía de la universidad. Parece que fue una furgoneta, pero el conductor se dio a la fuga… —otra pausa—. Tod, tienes que ser fuerte. Tu padre ha muerto.

***

Aparentemente se trataba de un accidente de tráfico más. Damon había cruzado la calle sin mirar y había sido atropellado. La policía no le dio más importancia al asunto, aunque en el lugar de los hechos había un paso de cebra recién pintado y un semáforo que, según testigos presenciales, se encontraba en rojo cuando sucedió el arrollamiento.

Tod relacionó la muerte de su padre con las investigaciones en que había estado trabajando, y su primera acción fue violentar el cajón del escritorio para poner el casco a buen recaudo. Si alguien había matado a su padre para apoderarse del fruto de su esfuerzo, no se lo iba a poner fácil.

El joven no se separó del casco de noche ni de día, siempre lo llevaba bajo una gorra deportiva de su equipo de fútbol, ocultando el casquete dentro del forro. De este modo, si se veía forzado a quitársela por algún motivo, no tendría que dar explicaciones incómodas.

Tod mejoró ostensiblemente sus calificaciones. No es que pudiera leer la mente de los profesores durante los exámenes —por lo general, éstos se situaban al otro extremo del aula, y para ser efectivo el sondeo mental se necesitaba estar a unos pocos metros como máximo; además, sus cerebros solían estar poblados de ideas que tenían muy poco que ver con su labor docente, y que causaban una gran turbación en Tod al oírlas—, pero suplía este inconveniente sentándose cerca de alguna lumbrera de la clase y copiando descaradamente de su mente las contestaciones a los exámenes, aunque se cuidaba de modificar su redacción en lo estrictamente necesario para que no se notase la trampa. Sólo tenía que concentrarse en la cabeza de un compañero y ya estaba, el casco se encargaba de fijar mediante un sensor de movimiento el objetivo y su complicada maquinaria miniaturizada hacia el resto.

Su suerte no duraría mucho. Un profesor, desconcertado ante la súbita mejoría de sus exámenes, comenzó a sospechar y le prohibió llevar gorra mientras estuviese en clase. Los alumnos utilizaban toda clase de artimañas durante las evaluaciones, desde equipos de radio miniaturizados con cómplices en el exterior murmurando las respuestas, hasta falsos relojes de pulsera con los libros de texto digitalizados. Los docentes, por supuesto, lo sabían; algunos de ellos ya habían empleado tácticas similares cuando fueron alumnos y precisamente eran los peores a la hora de calificar. La buena estrella de Tod comenzaba a declinar.

Una mañana, durante el desayuno, su tío Vincent comentó que habían detenido a un par de sospechosos que podrían ser los autores del atropello. Vincent había quedado con un abogado en la comisaría por si era conveniente el ejercicio de acciones legales contra los culpables. Tod insistió en acompañarle.

—¿No tienes calor? —decía Vincent, mientras aparcaba el coche frente a la puerta de la comisaría—. Se te va a a caer el pelo de tanto llevar esa gorra.

Tod no contestó. Vincent se alzó de hombros, completamente ignorante de lo que su sobrino llevaba sobre su cabeza. No podía ser demasiado riguroso con el chico después de lo que había pasado.

El abogado le esperaba en la antesala de la comisaría. Saludó afectuosamente a Vincent, como si lo conociese de toda la vida, y le dio a Tod un caramelo de café. Éste no pudo evitar dirigirle una mirada de exploración, y lo que captó no le gustó nada.

—El caso está ganado, se lo garantizo —explicaba el letrado con aires de suficiencia a Vincent—. Uno de los detenidos posee antecedentes penales y el otro tiene una causa pendiente por conducir bebido. El modelo de la furgoneta y cuatro números de la matrícula coinciden con la descripción de los testigos presenciales.

El casco informó a Tod que los detenidos iban a ser puestos en libertad sin fianza. Las pruebas eran circunstanciales, y ambos habían acreditado que el día de los hechos se encontraban al otro lado del país.

—Pero, aún suponiendo que fueran condenados, ¿de qué me serviría? —objetaba Vincent—. No puedo afrontar los gastos de un pleito si luego esa gente es insolvente y no paga la indemnización.

—Descuide, me he preocupado de indagar acerca de ese extremo. Uno de los detenidos posee una lujosa casa en propiedad, y el otro es titular de la furgoneta que conducían el día en que atropellaron a la víctima.

Tod volvió a horadar en la mente del abogado. La lujosa casa en propiedad era en realidad un chamizo de cincuenta metros cuadrados que el banco sacaría a subasta el mes que viene; y en cuanto a la furgoneta, tenía quince años de antigüedad y dos embargos del Ayuntamiento por multas impagadas. Mentira tras mentira.

La entrevista se prolongó por espacio de media hora, y Tod se distrajo durante este tiempo escudriñando los pensamientos de la gente que pasaba por comisaría. El aparato dejó de funcionar un breve instante y sus oídos se poblaron de una molesta estática, pero al girar la cabeza volvió a la normalidad y el joven lo achacó a un defecto de batería.

El abogado le entregó a su tío una tarjeta de visita e insistió en que pasase a verlo al día siguiente. Vincent había quedado prácticamente convencido por los persuasivos argumentos del letrado, que le prometía indemnizaciones millonarias a cambio de unos honorarios ridículos.

Tod aguardó pacientemente a que el leguleyo se marchase para prevenir a su tío:

—No te fíes de él. Está mintiendo.

Vincent alzó las cejas.

—¿De veras? —rió—. ¿Cómo lo sabes, mocoso?

Tod miró hacia el pasillo que conducía a las celdas. Un par de individuos, que respondían a las fotografías que el abogado les había enseñado de los detenidos, se dirigían al mostrador.

—Ahí están —dijo Tod. Había un grupo de personas que se interponían entre ellos y el casco, y no conseguía más que interferencias. Tuvo que acercarse al otro extremo del mostrador para poder observarlos sin que nadie le estorbase.

—¿Qué te sucede? —dijo Vincent—. Vamos, anda, debemos irnos.

Tod no se movió del mostrador.

—Eh, venga, muchacho; tengo otras cosas que hacer esta mañana.

—No han sido ellos.

—Mira, no empieces otra vez. Sé que la muerte de tu padre te ha afectado mucho, pero lo superarás. Seguro que lo superarás.

Vincent lo cogió del brazo. El joven se desasió de él. Mientras tanto, los dos hombres recogieron sus pertenencias y cruzaron la salida. Tod permaneció junto al mostrador, apurando los últimos momentos de sondeo.

—¿Desean ustedes algo?

El policía de recepción se había acercado a ver qué querían.

—No han sido ellos —repitió Tod al agente—. Cometerán un error si los encierran.

—Como verás, ya les hemos quitado las esposas —contestó el policía—. Mañana comparecerán en el juzgado a ratificar sus declaraciones, pero de momento han quedado en libertad.

El policía le miraba de una forma extraña, fijándose especialmente en la gorra que llevaba puesta. Tod no pudo evitar la tentación de echar un vistazo a su mente.

No captó nada. La mente del policía estaba en blanco.

—Tengo otras cosas que hacer. Deja de hacerme perder el tiempo —apremió su tío.

—Volveré al instituto en autobús —dijo Tod—. Debo comprar unos libros aquí al lado.

Vincent consultó su reloj. Dudaba de las verdaderas intenciones de su sobrino, pero ya había cumplido dieciséis años y tendría que aprender a gobernárselas por sí solo.

—De acuerdo —dijo—. Dentro de una hora llamaré al instituto para comprobar si estás en clase.

Tod se entretuvo en mirar el escaparate de la librería el tiempo necesario para ver al coche de su tío doblar la esquina. Acto seguido se aproximó cautelosamente a la entrada de la comisaría.

Quizás el casco se hubiese averiado, pensó. No sabía cuánta autonomía tenían las baterías. Demonios, ni siquiera sabía si el casco funcionaba a baterías.

Realizó varias pruebas con la gente de la calle. El aparato se comportó normalmente, traduciéndole a sonidos los agitados pensamientos de los viandantes. Quizás se debiera a un error de foco, a una mala orientación.

Volvió a entrar en la comisaría. El agente continuaba tras el mostrador y clavó sus ojos en él. Tod le devolvió la mirada.

De nuevo, silencio.

Salió del edificio. Algo iba mal.

El policía abandonó el mostrador y se dirigió hacia él. Su corazón dio un vuelco. Corrió hacia un autobús que partía en ese momento y consiguió subirse antes de que las puertas se cerrasen.

Tod trató de relajarse en su asiento y analizar serenamente los hechos. Si el casco funcionaba bien, ¿por qué no conseguía leer la mente del policía? Aquello tenía muy mala pinta. Seguro que el gobierno estaba al tanto de las investigaciones de su padre y quería hacerse con el casco. Las aplicaciones militares del invento eran pavorosas, y Tod no quería ni pensar en ellas. Tendría que asegurarse de que en casa no quedase una sola nota que las autoridades pudieran utilizar. Destruiría todos los apuntes de su padre que encontrara. Más valía asegurarse.

Pronto comprobaría que sus preocupaciones llegaban tarde. Su casa ya había sido registrada a fondo y no había un solo cajón que no hubiese sido vaciado, ni armario cuyo contenido quedase sin esparcir por el suelo. Tod estaba asustado. No podía llamar a la policía, y de su tío era mejor olvidarse, porque únicamente le importaba la indemnización que podía cobrar del accidente y jamás se había llevado bien con su padre. Pasó al estudio y se topó con montones de libros tirados en la alfombra. Alguien se había dedicado a abrirlos uno por uno buscando notas entre las páginas; una labor realmente minuciosa teniendo en cuenta las dimensiones de la biblioteca de Damon Bryson.

Escuchó pasos en el porche de la entrada.

—Abre, muchacho. No voy a hacerte daño.

El visitante no aguardó a obtener contestación e introdujo una ganzúa en el picaporte. Tod huyó a la cocina. La casa sólo tenía una puerta de entrada, pero podría alcanzar el jardín trasero si saltaba por la ventana.

No era el único que había pensado en aquella posibilidad. Alguien estaba violentando con una palanqueta la ventana de la cocina. Tod intentó retroceder, pero escuchó un portazo procedente del salón y pisadas que se acercaban. El hombre del jardín, por su parte, desplazó la hoja hacia arriba y entró en la cocina, anticipándose a su acción. Estaba atrapado.

—Es cierto, lo estás —dijo el policía, apareciendo en el pasillo—. Comprenderás que en esta situación, la resistencia no es una actitud sensata.

—Cualquier intento de huir es inútil —corroboró su compañero, cerrando el paso a Tod por la espalda—. Podemos anticipar tus acciones antes de que tu cerebro ordene el menor movimiento a tus miembros. Desgraciadamente, tu rudimentario casco no puede hacer lo mismo con nosotros.

El individuo que acababa de hablar le arrebató la gorra de un manotazo.

—¿Qué…. quiénes son?

—Vuestros tutores —sonrió el policía. Pero de su expresión no se deducía que pretendiese hacer un chiste.

—No creo que el muchacho aprecie nuestra labor después de lo que hicimos con su padre —dijo el compañero—. Así que acabemos cuanto antes. Le ahorraremos sufrimientos.

—Espera un momento —el policía palmeó suavemente la espalda a Tod—. No disfrutamos con esto, ¿sabes? Tratamos de evitarlo siempre que podemos, pero en el caso de Damon no tuvimos otra opción.

—¿Quién les envía? ¿Son agentes del gobierno? ¿Espías?

—Sé que te preguntas por qué no conseguiste leer mi mente en la comisaría. En realidad, no somos humanos. Estamos aquí para protegeros.

—¿Protegernos? ¿De qué?

—De vosotros mismos. Vuestra especie no está preparada para un invento como éste. Alguien no autorizado burló las prohibiciones y envió al profesor Bryson componentes de alta tecnología para acelerar sus investigaciones. Sin la intervención de un agente exterior no habría construido jamás el casco, créeme. Ayudar a especies inferiores supone una injerencia prohibida por nuestros códigos de conducta. No podemos tolerar que dispongáis de estos chismes; sería como permitir que un niño jugase con una pistola —sonrió fieramente—. ¿Lo entiendes?

—No, no lo entiendo; y tampoco les creo. Están mintiendo, y no necesito un casco de pensamientos para darme cuenta.

Un zumbido brotó del cronómetro del policía. Éste se lo acercó al oído, frunció el ceño e intercambió una mirada con su compañero.

—Malas noticias —dijo—. Un laboratorio de París acaba de conseguir la aceleración experimental de un láser a 6,5 veces la velocidad de la luz.

—¿Quién ha interferido esta vez? —gruñó su compañero.

—No lo sé. Por fortuna, parece que el experimento está bastante aislado y será fácil de abortar. Quizás sólo tengamos que realizar una intervención no agresiva, como en los acontecimientos Weber del 69.

—Sí, fue un trabajo muy elegante —cabeceó su socio—. Nadie notó nada, ni siquiera el propio Weber, pero corrimos un riesgo tremendo. No sé qué habría sucedido si la humanidad dominase ahora las ondas de gravitación.

Tod los contemplaba en silencio. Parecían hablar en serio, y sin embargo aquello no podía ser verdad. ¿Por qué esa alusión específica a Weber? Recordaba vagamente aquel nombre de alguna remota clase de física. Había fabricado un tambor para detectar gravitones, pero algo no funcionó bien y el experimento no pudo ser reproducido por sus colegas.

Weber, gravitones. Y aquellos dos tipos irrumpían en su casa y le quitaban su casco, alardeando que eran capaces de leer su mente. Pero ellos no llevaban ningún aparato, o por lo menos no de modo visible.

—No lo necesitamos —dijo el policía—. Ya te hemos dicho que no somos humanos.

—Basta ya de charla —su compañero colocó una delgada lámina de metal sobre el corazón de Tod, que dejó de latir al instante—. Bien, cuando lo encuentren creerán que murió de ataque cardíaco.

—Maldita sea, ¿por qué has tenido que hacer eso?

—No podía quedar con vida, ya lo sabes —el hombre soltó el cuerpo inerte de Tod, que cayó fulminado al suelo—. ¿Por qué me miras así? Son sólo animales.

—Lo sé —el policía se frotó el mentón—. Sabes, esta última llamada me preocupa de verdad. Me temo que los científicos de París han acelerado el láser sin ayuda externa, y eso sí es un hecho grave.

—Estos monos se están volviendo cada vez más inteligentes —su compañero apartó el cadáver de Tod de un puntapié con un gesto de desprecio—. Me pregunto cuánto tiempo más podremos mantenerlos encerrados en este planeta.

© Copyright de José Antonio Suárez para NGC 3660, Noviembre 2016

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