Tres alturas

 

Por José Luis Díaz Marcos

1

 

Luis conduce por un bacheado camino, en pleno bosque. A medida que progresa, busca algo entre los árboles. Se lleva la mano a la espalda visiblemente dolorido, quejumbroso.

Poco después, enfila un segundo camino que pronto lo acerca hasta un inmueble cuya añeja apariencia ha conocido tiempos mejores. Delante, un coche. En la puerta, una mujer de aspecto urbano con un portafolios.

—¿El señor Más, Luis Más? —pregunta aquella en cuanto él pisa, «¡Ay!», el suelo.

—Sí…

—Soy Eva Torres, de la inmobiliaria —ofrece su mano—. Siento decirle que no voy a poder enseñarle la casa.

—¡¿Cómo?!

—Me ha surgido un imprevisto y debo irme enseguida. Pero no se preocupe —tranquiliza—: aquí tiene la llave. Pase usted.

—¿Yo…?

—Sí. A su aire, con total confianza. Como verá, la vivienda consta de sótano, planta baja, primera planta y desván. Tres alturas.

—Si no hay otra opción… — asume Luis cogiendo la llave, dolorido.

—Cuando termine, déjela en esa maceta de ahí: ya pasaré a recogerla. ¿Se encuentra bien?

—Más o menos. Hace unos meses sufrí un accidente y la espalda aún me culpa por ello.

—Ánimo entonces. ¿Puedo preguntarle qué le trae por aquí?

—Turismo rural. Quiero abrir mi propio negocio.

—¡Fantástico! En ese caso, ha venido al sitio ideal. Disfrute —desea Eva camino de su coche.

—¿No teme que le robe los cubiertos? —bromea él.

—En absoluto. La casa le va a gustar tanto, que los cubiertos me los regalará como agradecimiento por vendérsela.

 

2

 

Luis abre la puerta principal y le golpea la atmósfera sólida y rancia de las construcciones deshabitadas. El mobiliario, antiguo y polvoriento.

—¡Buf! Sus últimos inquilinos debieron ser…

En el vestíbulo, de izquierda a derecha: una puerta (cerrada con llave, según comprueba), un estrecho pasillo, la escalera que conduce a la primera planta y una segunda puerta, también obstruida.

Se adentra por el pasillo. Salvo el de la cocina, todos los dinteles que encuentra están bloqueados.

—Empiezo a pensar… ¡ay!, que me he dado la paliza del viaje para nada…

Entra en aquella, puro descuido. Descubre en el centro de la estancia, bajo la mesa, el rectángulo abierto de una trampilla.

—El sótano, imagino…

Intenta mover el mueble y un doloroso latigazo le fustiga las lumbares. Se agacha y gatea.

—No es la postura más elegante, pero al menos…

Encuentra una sucesión de escalones en cuyo fondo, semioculta en la oscuridad, despunta una pala. Duda.

—Pensándolo bien, mejor dejarlo para luego…

Extenuado como un alpinista en la cumbre del Everest, Luis corona la primera planta aferrado a la barandilla.

Más puertas. Todas cerradas.

—¡¿Así recibes a quien se interesa por ti: dándole con las puertas en las narices?! ¡¿Quieres acabar convertida en una montaña de leña, eh?! ¡¿Es eso lo que quieres?! —vocea a la casa, frustrado.

De improviso, como respuesta a su reproche, una segunda escalera se despliega estrepitosa desde el techo, en el pasillo. Luis recula hasta un rincón, temeroso.

—¡¿Ha, hay alguien ahí…?!

Sin respuesta, se acerca tímidamente:

—Y esto debe ser…

Sube a una buhardilla con techo a dos aguas también anegada por el polvo. Enfrente, un rosetón acristalado.

—Más de lo mismo… No sé si este sitio puede tener futuro como negocio…

Asomado al tragaluz: fuera, tres alturas más abajo, su coche.

Se dispone a bajar y queda atónito. Ahora, de repente, la trampilla ya no se abre a la segunda planta, sino… a los escalones del sótano en cuyo fondo, semioculta por la oscuridad, despunta una pala.

—¡¿Pero qué…?!

Se aventura, tímido, en la negrura. Uno de los peldaños, quizá podrido, cede bajo su peso y acaba sentado de golpe.

—¡¡Aaaah!! —grita, transido por el dolor. Teme no poder levantarse.

Alcanza un interruptor al final de la pared: la mortecina luz de una sucia bombilla ilumina un recinto cuadrangular surcado por pilares y traviesas.

Luis niega, atónito.

Apoyado en la herramienta a modo de bastón, sube, «¡Ay!», y se asoma… ¡al desván!

Ahoga una risita sintiéndose absurdo. Otea bajo el suelo-techo, frontera que separa ambos niveles, intentando atisbar el menor rastro de los espacios perdidos.

—¡¿Qué… qué locura es esta?! ¡¿D, dónde están la planta baja y la primera planta, las dos alturas que… faltan?!

Agitado, suelta el apoyo y saca su móvil. Intenta encenderlo, sin éxito. Lo estrella contra la oscuridad.

 

3

 

—¡Así que esto es lo que quieres! —exclama mirando a su alrededor, sopesando de nuevo el utensilio, desafiante—. Para salir de aquí tengo que cavar un túnel… Para eso es la pala, ¿no? ¡¿Quién eres?! ¡¿A qué juegas?! ¡¿Qué quieres de mí?!

Tantea el piso y el muro con el metal: roca pura. La golpea y se le escapa un doloroso gruñido. Tira la pala, furioso.

Aparece en el desván, arrastrándose.

Caída la noche, sobre las tejas empieza el golpeteo rítmico y progresivo de la lluvia.

—Agua… —murmura, esperanzado.

Gatea hasta el rosetón: el aguacero llora sobre el cristal. Se incorpora a regañadientes e intenta la apertura. Sin fuerzas. Insiste y lo logra.

—Gracias…

Sacia la sed usando las manos como cuenco. Se deja caer, molido.

Ya de día, lo despierta un motor:

—Eva…—recuerda—. ¡Eva! ¡¡Eva!! ¡¡Socorro!!

—¡¿Luis?! —exclama la mujer. Sorprendida, desconcertada— ¡¿Qué hace ahí… desde…?! ¡¿Qué ocurre?!

—¡No puedo salir! ¡Ayúdeme!

—¡Tranquilo…! ¡La llave! ¡Tire la llave!

Luis busca entre sus ropas, ansioso.

—¡Ahí va!

Escrupulosa, Eva busca entre el barro.

—¡Ya la tengo!

—¡El sótano! ¡Suba a través del sótano!

—¡¿Qué?!

—¡Confíe en mí! ¡Vaya al sótano!

Aturdida, Eva corre hacia la casa.

—Por fin… Por fin saldré de esta pesadilla… —se confiesa él, contento.

De súbito, algo empuja la escalera y cierra la trampilla con gran violencia.

—No… ¡No! ¡¡NO!!

Renquea hasta aquella e intenta abrirla, impotente.

Eva entra en la cocina. Descubre la trampilla, cerrada. Forcejea y… Bajo la madera, suelo puro y duro: el sótano no existe.

—¡Por todos…!

Sale al zaguán y sube a la primera planta. A la segunda trampilla, también cerrada. Repite la maniobra y… Sobre la madera, techo puro y duro: el desván tampoco existe.

—¡¿Có… cómo pueden desaparecer… el sótano y una altura?! ¿Qué…? ¡¡Luis!! ¡¿Luis, sigue ahí?! ¡¿Me oye?!

Silencio.

Eva corre escaleras abajo y se precipita fuera de la casa.

—¡¡Luis!! ¡¡Luis!!

—¡¡Sí!! —se asoma al cabo— ¡¿Por qué está ahí?! ¡¿Qué pasa?!

—¡Algo extrañísimo! ¡No se lo va a creer, pero…! ¡Han desaparecido el sótano y la altura del desván, su altura!

—¡Se equivoca! ¡Faltan la planta baja y la primera, las otras dos alturas!

Confundida, Eva saca el móvil.

—¡No funciona! ¡Voy a buscar ayuda!

—¡No tarde! ¡Por Dios bendito, no tarde! ¡Se lo ruego!

La mujer sube en su coche y se aleja a toda velocidad.

 

4

 

Eva conduce de vuelta. Precede la marcha de un coche policial. Ambos vehículos se detienen. Aquélla grita de pronto y se apea. Policía y Ayudante la imitan, boquiabiertos.

La casa se ha derrumbado quedando convertida… en una montaña de leña.

Los agentes intentan tranquilizarla. Se acercan los tres.

Aún sobrecogida, Eva grita de nuevo señalando los escombros: asoma, inconfundible, el cadáver de Luis. El ayudante la aleja.

La policía intenta establecer comunicación con su walkie:

—Qué raro… No…

Unos metros más allá, aquél pregunta:

—¿Estaba solo? ¿Había alguien más en la casa?

—N, no… ¡Ay, Virgencita! ¡Pobre hombre…!

—Intente calmarse…

—¡Espere! ¡¿Ha oído eso?!

—¿Qué?

—Un ruido. ¡Por ahí! Donde estaba la cocina…

Se suceden varios golpes. La policía se reúne con ellos.

—¡El sótano! ¡En el sótano! —urge de improviso, tan exacta e inconfundible como su propia muerte, la voz de Luis Más— ¡Estoy aquí, Eva! ¡Sácame! ¡¡Sácame pronto, Eva!!

© Copyright de José Luis Díaz Marcos para NGC 3660, Septiembre 2018

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