Spacescape

Por Sara Martínez

Desde lo alto del Gran Espolón contemplo la belleza del paisaje. Es delirante, sobrecogedor. Llama al sentido de la maravilla. Me veo obligado a tomar asiento: mis rodillas flaquean de emoción. Es el momento que he esperado toda una vida. Ha merecido la pena. Cierro los ojos un instante, tomo aire profundamente y los abro de nuevo. Un poco más relajado, pierdo mi vista en tan fascinadora visión.

Al fondo del precipicio se extiende una vasta llanura, inerte pero hermosa. La llaman la Serenidad Baldía: en su desnudez radica su magia. Aquí y allá duermen algunas rocas un sueño de quién sabe cuántos milenios. Es una explanada inmensa, y yace entera a mis pies. Me siento muy pequeño. Más allá se adivinan formaciones distintas, más grandes y caprichosas. Sus portentosas siluetas se retuercen de formas insólitas e imposibles. Se me antojan revoltosos titanes de piedra que juegan con el horizonte, danzando, haciendo cosquillas al cielo sin nubes que arropa este extraño planeta.

Soberbias y extraordinarias, las Tres Hermanas presiden la composición: tres lunas espléndidas, cada cual con alma y personalidad propia. Ellas son las verdaderas protagonistas, la guinda de este pastel. Las admiro en silencio, henchido de devoción. Las princesas del baile. Colossa es la mayor, tan descomunal que parece devorar el firmamento. Es orgullosa, altiva. Es una dama de alta alcurnia. Le gusta serlo. Se alza sobre sus dominios con la suficiencia de quien se sabe superior. Pende sobre el panorama con gracia; se hace notar, donairosa y redonda. No muy lejos de ella flota Sanguina, salvaje y roja. La chica rebelde. Descarada y peligrosa, algo en ella me despierta una atracción fatal. En tiempos remotos, cuando este mundo aún albergaba vida, los pueblos guerreros se encomendaban a ella. No me sorprende. Es pura agresividad. No es de extrañar, dadas las circunstancias, que Pusilla resulte tan humilde. Es la menor de las tres, discreta y delicadísima. Nunca está llena. La Niña de la Tímida Sonrisa, así es como se la suele llamar. Ostenta una elegancia irracionalmente etérea. Creo que es mi favorita.

Suspiro. Mi nave está hecha pedazos. Después de la espantosa colisión, mi compañera de viaje es un triste amasijo de hierros. Estoy condenado. El panel de comunicaciones ha quedado totalmente inservible. En la nave nodriza ignoran mi situación. Me encuentro herido y aislado. Incluso si supieran de mi suerte, se hallan a miles de años luz de aquí. ¿Cuánto podrá resistir mi soporte vital? ¿Unas cuatro o cinco horas? Agito la cabeza con pesar. Es el final, eso lo tengo claro. Mi existencia ha sido efímera, pero la he vivido al límite. La he disfrutado. Por esto mismo, me sacudo los malos pensamientos. Rompo a sonreír.

Al menos tendré el honor de morir en el rincón más bonito del universo.

© Copyright de Sara Martínez para NGC 3660, Diciembre 2018

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