Soldado – Reed.

 

Por Magnus Dagon

Perteneciente al universo de Los Siete Secretos del Mundo Olvidado.

 

El soldado Oslat se detuvo un momento en su trabajo y se paró a mirar a sus compañeros, desempeñados en la misma labor que él. Llevaba meses compartiendo aquella rutinaria, y no exenta de peligros, ocupación laboral. Meses terribles en los que todos ellos recopilaban los vapores letales de la gaseomina que les hubiera sido destinada en esa escala del crucero Leneder-5, en ruta hacia Neptuno, un lugar que no le interesaba a nadie en otro sentido más que prospectivo.

La mayoría de sus compañeros eran soldados rasos que, como él, hacía no mucho que habían terminado la instrucción en la Gran Fuerza Humana y, no siendo llamados a filas, habían pasado a la categoría de reservistas, algo así como el infierno para los de su condición. El motivo de ello era que una vez se caía en dicho estatus era muy difícil, sino imposible, salir de él. La raza humana estaba lo suficientemente expandida por el Universo como para elegir cadetes más preparados y jóvenes en caso de ser necesario. No se trataba de superpoblación, más bien de demanda elevadísima en todo sector comercial, y no cabía duda de que el militar podía englobarse en dicha categoría. El resultado era que había cien millones de soldados, jóvenes y veteranos, pudriéndose lentamente en tareas para las que ni remotamente habían sido adiestrados.

Como en todo, había licenciados con deshonor, como era el caso de McKeena, pero también soldados cuya aspiración final era precisamente esa, convertirse en prospectores, ingenieros, cualquier cosa que tuviera que ver con el durísimo trabajo de las minas, como era el caso de Jackson, su compañero, sin ir más lejos.

La inmensa mayoría era gente como él. Ni un expediente mediocre, ni brillante, y al no tener interés en desempeñar tales tareas, tampoco podría optar a un puesto elevado ni a promoción interna. Era un obrero en una profesión en la que abundaban a millones. Nadie apreciaría su trabajo, ni mucho menos, y lo cierto es que Oslat no hacía más que suspirar por la posibilidad de que empezara una guerra a gran escala. Qué ironía, pensó. Para poder vivir de verdad, tenía que existir para él la posibilidad de una muerte casi segura. Todo lo demás era consumirse poco a poco.

Por otro lado, estaba el sargento Rex.

Se contaban muchas cosas acerca de Goran Rex. La mayoría falsas, seguramente, pero dado que no solía hablar demasiado de sí mismo —había quien ni sabía su nombre— la especulación y la rumorología eran la única fuente de conocimientos que se poseía de él.

De todos modos, Oslat se convenció de que, si bien no podía haber participado en tantas contiendas como se decía, su expediente académico y de campo debió de ser brillante. No había más que pararse a observarlo con calma, analizarlo desde un punto de vista estrictamente militar. Era disciplinado, silencioso, pero al mismo tiempo comunicativo en términos de trabajo en equipo. Como una máquina perfectamente bien engrasada. Cada vez que empleaba el extractor para succionar el anhídrido carbónico se aseguraba de que la zona estuviera despejada, para luego emplearlo de modo que no se perdiera ni un segundo de tiempo ni de energía más del necesario.

Luego había otros motivos que daban buena cuenta de su excepcional condición, como el hecho de que pudiera levantar rocas que ni cinco hombres juntos eran capaces de mover un solo palmo por encima del suelo, debido a su condición de sujeto biónico.

—¿Qué es lo que sabes del sargento Rex, Jackson? —preguntó de repente, así sin pensar demasiado lo que estaba haciendo.

—Más o menos lo que todo el mundo. Que no me gustaría haberlo tenido de enemigo, y cómo un sujeto como ese puede estar desempeñando una labor que parece más para él una condena que un trabajo.

—¿Qué hay de lo que se sospecha? —insistió Oslat mientras ponía a punto su extractor.

—¿A sus méritos y logros, te refieres?

Oslat asintió.

—Por lo visto fue un combatiente en activo durante la guerra evohumana.

—¿Eso dicen?

—Puedo garantizártelo. Sierpinsky, uno de mis instructores, fue soldado de su batallón, y hablaba de él como si fuera poco menos que su padre. Una de las cosas que dijo fue que no sólo peleó en dicha guerra, sino que fue prisionero al final de la misma.

—Eso es ridículo. Los evos no cogían prisioneros. Se limitaban a estudiar su anatomía, la imitaban a la perfección, y luego se deshacían de ellos.

—Sí, eso es lo que dicen de los evos. Pero me pregunto qué les dirán a ellos de nosotros en sus academias militares.

—¿Entonces por eso su cuerpo es en parte biónico?

—Quién sabe las torturas a las que lo habrán sometido…

—¡Cuidado! —gritó Oslat de repente. Su compañero se había despistado y, al succionar donde no debía, había desequilibrado la pared rocosa y un pequeño alud de piedras estaba a punto de caer sobre ellos. Oslat logró echarse a toda prisa a un lado, pero Jackson no tenía apenas tiempo de reaccionar, pues lo tenía mucho más cerca, al haberlo provocado.

Era algo que sucedía a menudo. Accidentes laborales con consecuencias fatales. Aunque a veces, en el caso de muchos soldados, casi preferían morir a estar lisiados e incapacitados de por vida.

El destino de Jackson parecía sellado cuando, de repente, una especie de garfio de bordes romos le agarró de la pierna y tiró de él de una manera no demasiado delicada pero decididamente preferible a ser sepultado bajo toneladas de escombros. Después de recuperarse del tremendo golpe que le había hecho desplazarse casi cinco metros en dos segundos, Jackson se levantó y siguió con la mirada el extremo de aquel garfio.

No tardó en ver algo en lo que Oslat ya había reparado un rato antes, y era que el cable salía del brazo biónico del sargento Rex. Tras un casi imperceptible gesto el garfio aflojó su presa, y el sargento recogió la polea de nuevo. Después de eso se limitó a seguir con su rutinaria tarea, en lo que un grupo de los presentes rodeaban a Jackson para asegurarse de que estaba bien.

Oslat decidió acercarse al héroe callado al que nadie prestaba atención porque nadie sabía muy bien cómo tratar.

—Gracias por su ayuda, sargento —dijo sin más dilación.

El sargento Rex lo miró como si no supiera a lo que se estaba refiriendo.

—Aquí ya no hay rangos —se limitó a decir.

—De no ser por su ayuda mi compañero…

—Hubiera muerto, tal vez un consuelo mejor que estar aquí para el resto de su vida —dijo con amargura.

—Lo cierto es que él pidió este destino.

—Me alegro por él entonces. Podrá vivir para retar a la suerte un día más.

Después de eso Oslat se quedó si saber muy bien qué decir, y el sargento pareció ignorarle por completo. Finalmente encontró un peregrino tema de conversación.

—¿Visitará la Tierra cuando pasemos por allí, sargento?

—He visto ya suficientes ruinas durante el servicio activo, chico, como para preocuparme por las de un mundo más.

—Pero la Tierra no es un mundo cualquiera, sargento. Es nuestro mundo. Fue nuestro mundo de origen, eso es lo que siempre nos han enseñado.

—Allí no hay nada de interés para mí —sentenció sin más comentarios.

Oslat se dio cuenta de que no era fácil hacer hablar a aquel hombre. Estaba demasiado encerrado en sí mismo como para poder sonsacarle más información que la que él estaba dispuesto a compartir.

Miró la cazadora de su uniforme. Era negra, y tenía ocho franjas naranjas en el brazo derecho. Sin duda, alguna clase de símbolo de rango, puesto que la suya era azul con diez bandas rojas, el uniforme estándar de la Gran Fuerza Humana. Tal vez sería alguno de esos Distintivos que por lo visto se otorgaban solo a los más valientes en campo de batalla, y nunca a título póstumo.

Volviendo a su puesto, miró otra vez al sargento Rex, ensimismado de nuevo en su tarea de extracción, como si nada hubiera pasado. Se preguntó qué podía haber sucedido para que la vida hubiera colocado a alguien como él en una situación que deseaba tan poco para sí mismo.

Y, sobre todo, si algún día recuperaría el esplendor perdido.

© Copyright de Magnus Dagon para NGC 3660, Enero 2018

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