Sócrates también vivió en Nueva Grecia

 

Por Begoña Pérez Ruiz

Creyó escuchar los motores de la nave que la había conducido al exilio. Sabía que eso era imposible. Habían pasado varios ciclos desde que los suyos la habían abandonado allí, en su planeta. Pese al dolor que aún le subía por la garganta dejándole un perpetuo sabor amargo, no podía evitar nombrar aquel mundo como suyo. Incluso los propios verdugos eran suyos, su gente. Ellos que la habían conducido de vuelta a Nueva Grecia, ese orbe moribundo que en otro tiempo se había alzado como una tierra fértil y hermosa.

Ella había amado y defendido Nueva Grecia con todo su ser. Y aún la amaba. Se le hacía imposible darle la espalda a su yo niña, ese que corría salvaje y feliz por los rincones verdes de su Nueva Grecia natal. Ya nada de eso existía. Hacía demasiado que aquella tierra había dejado de albergar vegetación, todo se había convertido en un desierto desolado en poco tiempo. Resultaba difícil de creer que hubieran cometido los mismos errores que sus antepasados los terrestres. Colonizando mundos exteriores no se encontraba la solución para que la raza humana evolucionara. El antaño orbe lleno de vida, se alzaba ahora como un cadáver que traía los recuerdos de Corabina, como los restos de un banquete caníbal.

Solo eso, evocaciones del pasado, de su infancia, de su juventud, de su madurez incluso. En otro lugar y en otras circunstancias Corabina hubiera saboreado esos recuerdos como el postre final de una vida plena. Pero ahora, con la muerte acechándola de aquella manera, se le hacía imposible hacerlo.

            –Ni siquiera el aire es ya el de Nueva Grecia. No me susurra de la misma manera, ni transporta los mismos aromas. Mi propio mundo me rechaza. –Corabina escuchó su voz rompiendo el sepulcral silencio de aquel planeta abandonado y desolado. Se asustó, sintiendo miedo de su propia voz anciana y desgastada como toda ella. Aunque llevaba varios ciclos vagando por aquellas tierras, era la primera vez que hablaba sola, para sí misma, sin ninguna lógica aparente. No le gustó oírse, saberse tan vieja, tan acabada, capaz de asustarse de sí misma. Decidió no volver a hablarse, porque aquello no la consolaría, ni la ayudaría a enfrentarse a su propia muerte.

Le dolían todas las articulaciones, pero no disponía de sus pastillas habituales. Tampoco importaba mucho aquello, no donde estaba. Esa noche la pasaría en aquella cueva, refugiada al abrigo de los vientos nocturnos. No tenía un frío especial, pero le aterraba escuchar falsas voces susurradas por el aire. La noche anterior se había despertado sobresaltada en medio de la oscuridad de aquel páramo donde se había detenido a descansar. Creía escuchar voces, peor aún, creía que en ese yermo despoblado la llamaban. Pero allí no había ser vivo alguno que pudiera nombrarla. Ni siquiera un triste arbusto seco cuyas hojas silbaran un sonido semejante a su nombre. Allí, despierta y atenta a cualquier mínimo ruido fue totalmente consciente de que nadie ni nada recordaba cómo se llamaba, apenas ella misma podía hacerlo. Se sintió incluso tentada de pronunciar en alto Corabina, pero no lo hizo, le asustaba admitir que aún existía y que aún merecía ser nombrada.

Esa nueva noche, antes de tratar de dormir en la cueva, hizo inventario de las reservas con las que aún contaba en su mochila. La gente de su mundo había sido muy generosa con las provisiones. Tenía alimentos y agua potable para al menos veinte ciclos más. No le habían suministrado medicamento alguno y echaba de menos un analgésico para su dolor de espalda. Sí le habían entregado una muestra de semillas de olivo, como si en aquel lugar pudiera crecer algo y como si ella fuera a molestarse en intentar una empresa tan estéril. Solo representaba una broma macabra. Los suyos sabían bien dónde golpear para hacerle más daño. La condena de un exilio mortal a su amado mundo de origen no suponía suficiente tortura.

Como cuando la dejaron despedirse de sus dos nietas antes de abandonar aquel nuevo mundo como una expatriada maldita. No se había parado a plantearse el gran error que cometía al aceptar la invitación del gobierno para ver por última vez a sus nietas.

–Tú la mataste, mataste a nuestra madre –le escupió Ambri, la mayor de sus nietas, en su mente siempre una niña delicada, mientras Sirna, la pequeña se limitada a mirarla con un odio ensayado, tragándose sus lágrimas.

El Gobierno del nuevo mundo volvió a derrotarla, ahora con el peor de los golpes, atacándola con su propia familia. Había sido una vieja ingenua por no prever aquel regalo envenenado. Se sintió muy cansada mientras sujetaba el paquete de semillas y recordaba aquel infierno.

Tampoco tenía sentido seguir alargando su propia existencia, no resultaba lógico querer seguir viviendo en ese continúo horror por más ciclos. Y si lo hacía, si había decidido no suicidarse sin más en cuanto llegó hasta allí era para castigarse a sí misma, no por lo que había hecho, sino por cómo había permitido que las mentiras de otros lo plagaran todo, hasta transformarla a ella en un monstruo, sin marcha atrás. Había aceptado las reglas de un Gobierno que había jugado con ella. De poco le servía ahora que antes ese mismo Gobierno la encumbrara como la salvadora de su pueblo, la mente científica más destacada de toda Nueva Grecia.

Pensaba que le costaría quedarse dormida en el suelo frío, pero no fue así. Cuando la voz dulce de él la despertó, llevaba un buen rato durmiendo:

–Tu mundo no te rechaza, mi querida Corabina, Nueva Grecia aún te ama, como tú siempre le has amado a él.

Corabina supo que aquel solo podía ser un espejismo fruto de su agotada mente. Ante ella se alzaba Chiniro, su primer amor, tan joven como cuando ambos compartían sueños y proyectos durante los años universitarios. Y esa voz cálida que siempre la abrazaba a ella, solo a ella, incluso cuando le hablaba de todas las antiguas y perdidas filosofías terrestres. Y le contaba el porqué de que aquel planeta hubiera recibido el nombre de Nueva Grecia. De esa Grecia clásica de la Tierra, cuna de la civilización supuestamente más racional.

Sócrates, sí, ese era el nombre del filósofo que tanto mencionaba Chiniro: «Solo sé que no sé nada». Repetía una y otra vez, mientras Corabina se burlaba de él con su lógica científica:

–Tú sabes muchas cosas, igual que yo.

Chiniro nunca se enojaba ante sus bromas y siempre trataba de explicar ese nada que tanto le obsesionaba. Chiniro, que se encontró demasiado joven con su nada al morir prematuramente en un estúpido accidente.

–Chiniro… –Corabina no pudo evitar que su voz se le escapara aún siendo un susurro desgarrado–. Sé que no eres tú, solo eres una ensoñación de mi torturada mente y aún así me hace muy feliz verte ante mí. –Corabina rompió a llorar, como hacía tiempo que no hacía, de aquella manera que se había negado a sí misma. Sus manos taparon su rostro.

–Solo sabes que no sabes nada, mi querida Corabina. Pero estás en el lugar y en el momento apropiados para aprenderlo todo. El amor que sientes te lo hará ver…

–Chiniro, yo ya soy incapaz de amar. –Corabina se quitó las manos de los ojos, quería volver a contemplar a Chiniro, no le importaban sus lágrimas. Mas cuando lo hizo, él ya no estaba allí. Se secó su rostro y trató de volver a dormir sin conseguirlo. Llorar solo le había procurado un mayor cansancio.

Cuando amaneció, no se molestó en salir de la caverna. No se sentía cómoda, pero fuera tampoco encontraría lugar alguno donde estarlo. Dejó que el pasar del día se acumulara en sus ojos, como la misma arena que se acumulaba en el desierto. Y cuando cayó la noche, aún sin saber cómo, volvió a quedarse dormida.

Era su segunda noche en aquella cueva, Corabina quería que sus sueños volvieran a traerle a Chiniro a su lado, si pudiera tan solo acariciarle un segundo. Pero Chiniro no acudió aquella noche para desvelarla. Aunque sí lo hizo Jasan. Como Chiniro, se presentó de la misma manera ante ella, con la apariencia que Corabina más recordaba de él. Aquel pelo suyo, que ya empezaba a encanecer, pero no le hacía perder atractivo. Y vestido con su uniforme gris tan elegante. El mismo traje que vestía en su funeral.

–Corabina, mi amor, te veo cansada.

Aquella frase sonaba tan natural, tan real. Ella no quería llorar, se forzó a no volver a hacerlo. Las lágrimas la agotaban más que cualquier otra cosa, la dejaban seca por dentro. En lugar de derramar lágrimas, se encontró vertiendo palabras, todo lo que había ocurrido tras la muerte de Jasan:

–No pude, cariño, me fue imposible evitar que Nueva Grecia se viniera abajo. Todo se colapsó, acabamos con los recursos de este mundo, el verde se fue tras la Gran Noche. Toda mi ciencia fracasó… Solo pude certificar la muerte de Nueva Grecia. Tuvimos que abandonar este mundo. Nos fuimos a empezar de nuevo en un planeta extraño… Anidá murió en ese planeta, yo la maté… –En ese punto de su testimonio, Corabina no pudo evitar romper a llorar.

–Sabes bien que tú no la mataste. Ellos te obligaron a firmar aquel informe, a dar tu visto bueno a la gran migración. Tú no deseabas abandonar Nueva Grecia. Tampoco confiabas en las virtudes del nuevo mundo que ellos habían elegido. Nadie había terminado de hacer las pruebas completas para verificar su total adecuación a los humanos. Tú lo sabías. Anidá murió, como muchos otros, porque ellos tenían prisa por arreglar su error de Nueva Grecia. Te ofrecieron ser la heroína responsable del gran éxodo y luego, cuando todo se complicó, te convirtieron en la única culpable. Tú no mataste a nuestra hija. Ellos te han condenado a una muerte presuntamente horrible, sin darse cuenta de que tu condena es tu salvación. Aquí habrás de descubrir que lo sabes todo, eres una con este mundo y tú puedes aún salvarlo.

–Nada de lo que dices tiene sentido. Sé que eres un espectro creado por mi mente, pero no me importa. Te necesito, no quiero morir sola. Por favor, duerme conmigo.

–No puedo hacer eso, mi vida. He de irme ya. Mi turno a tu lado se acabó, pero mañana vendrá tu verdadero amor, él dormirá contigo.

Corabina nada más pudo añadir en tanto que veía cómo su esposo desaparecía convertido en una columna de humo.

Nada podía esperar salvo la muerte, esa y no otra sería quien la visitaría la siguiente noche, pues los dos hombres que había amado en su vida lo habían hecho ya. Así que cuando la noche volvió a cubrir aquel mundo muerto, Corabina aún estaba despierta esperando su fin para descansar definitivamente.

Pero aquel joven que se presentó ante ella en nada se parecía a la muerte. En realidad le recordaba a Jasan y también a Chiniro. Si bien sus ojos eran de un verde aún más intenso, el mismo tono que en otro tiempo vestía la vegetación de Nueva Grecia. Y al reflejarse en aquellos ojos pudo reconocer quién era aquel joven que se mostraba ante ella.

–Tú, mi verdadero amor.

Él nada añadió, se limitó a tumbarse con ella para abrazarla y hacer honor a su nombre. Juntos pasaron aquella noche haciendo el amor.

Cuando amaneció, el joven se había marchado y a la vez seguía allí, no podía ser de otra manera pues él era todo aquel mundo, el verdadero amor de Corabina. Ella permaneció tendida, preñada del amor de aquel mundo, sin otro deseo que morir allí mismo y que su cuerpo alimentara a su amado. Cuando aquello sucedió, el paquete de semillas germinó milagrosamente en aquel suelo que parecía baldío. Mucho tiempo después, mientras el viento se llevaba las cenizas de Corabina, el verde tallo de un olivo nacía con fuerza en el suelo donde ella yació por última vez.

© Copyright de Begoña Pérez Ruiz para NGC 3660, Diciembre 2017

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