Sobras

 

Por Alfredo Álamo  

Muelle de aceite de oliva virgen. Lazos de zanahoria con sorbete concentrado de mandarina. Oreo de oliva negra y disco de Mango. Ninfa de algodón, tempura de salicomia al azafrán con emulsión de ostra. Brioche al vapor, lío de zanahoria, nudos esterificados de yogur con ficoide glaciale, alcaparras, mejillones de roca calientes con picada deconstruida. Ventresca de caballa en escabeche de pollo, sesos de cordero con erizo y algas.

 

Blasco suspiró ante la mesa. Apenas iba por la mitad del menú y sentía el estómago tirante y apretado. Echó mano de su copa, confiando en que el tinto rebajara un poco la comida. El caldo cayó por su garganta aumentando la sensación de hastío. Y todavía faltaba la mitad de los platos.

Un camarero de inmaculada librea blanquinegra retiró un par de platos, rellenó la copa de vino y limpió las migas que quedaban sobre el mantel antes de traer otra andanada de alta cocina.

Caviar de aceite, aromas de marisco, nubes de vieira.

Para conseguir mesa en el Lorem Ipsum había regalado un mes de asistencia a mitad de precio. Era el último restaurante que se había puesto de moda, odiaba que le recomendaran sitios: él era el que decía dónde ir o dónde dejar de hacerlo. Blasco siempre había comido en los mejores sitios, bebido los mejores vinos y seducido a las mejores mujeres. El Lorem Ipsum era un trofeo más con el que deslumbrar a sus clientes, una anécdota necesaria en la sobremesa de la próxima comida de negocios.

La noche no había empezado bien. El restaurante estaba al límite del centro de la ciudad, bordeando las calles estrechas del centro llenas de negros, moros y putas baratas. Había dejado el Mercedes a más de veinte minutos andando por miedo a que algún cabrito se lo rayara. El paseo, lejos de abrirle el apetito, le había puesto de mal humor. Odiaba andar sin necesidad. Los zapatos nuevos le rozaron los pies y el tres cuartos de Klein daba demasiado calor para la caminata.

Mousse de pato con emulsión de ostra con jamón, perlas de membrillo confitadas. Algas verdes con chocolate de algarroba.

Los platos se le habían acumulado sobre la mesa. Decidió picar un poco de cada uno. Se sentía incapaz de acabar con toda la comida. Podía parecer que las raciones eran pequeñas, pero llevaba más de veinte y no se veía el final. Por un momento se sintió tentado de desabrochar el cinturón y dejar que su incipiente barriga se expandiera con libertad. Desde que había pasado los treinta ya no bajaba de peso como antes por mucho que tratara de cuidarse. Demasiados almuerzos y comidas de negocios. Demasiadas mujeres a las que impresionar en italianos, birmanos y thai.

Delicia de chocolate pre-café con crujiente de coco.

Miró al camarero como si implorara su perdón. Éste recogió los platos y desapareció con un sigilo casi sobrenatural tras dejarle cuatro pequeñas cucharas de aperitivo con distintos tipos de gelatina gasificada. Blasco empezó a sentir calor. A sudar. Levantó la vista en busca del camarero y pidió la cuenta con un gesto apresurado. No se encontraba bien. Asustado, consideró la ridícula posibilidad de haber cogido un empacho, allí, en el Lorem Ipsum. Un estigma cercano a la muerte social, a la gente como él no les pasaban ese tipo de cosas.

Ni siquiera miró el total cuando le pusieron delante la cuenta. Lanzó su Visa sobre la bandeja y tragó saliva con la esperanza de que ese reflujo ácido que empezaba a sentir desapareciera. Firmó el recibo con un garabato y se levantó a toda prisa. Quizás demasiado para su estómago hinchado. Sintió que iba a vomitar. Caminó hacia el cuarto de baño tratando de mantener cierta compostura. Abrió la puerta y le asaltó el olor a pino desinfectante. El hilo musical arrancaba notas chill out a ritmo de jazz. Apenas le dio tiempo a levantar la taza de uno de los sanitarios antes de rendirse a las arcadas.

Confite de pato con chutney de papayas, mousse de picorocos con láminas de Atún en aderezo de cilantro y caviar de Salmón.

Estiró de la cadena y contempló el agua tintada de azul llevándose en espirales los restos de su cena. Salió del cuartito y se contempló en el espejo del baño. La corbata de seda irrecuperable, la camisa manchada, el tres cuartos con restos difíciles de identificar. La cara desencajada y pálida, el pelo pajizo desordenado, los ojos verdes inyectados en sangre. Bebió agua para suavizar el amargo sabor de la bilis. Se quitó la corbata y la tiró a la papelera. Con algo de papel higiénico limpió como pudo el tres cuartos y se lo abrochó. Le temblaban un poco las piernas. No quería salir así por el comedor. Abrió la puerta y caminó por el pasillo hasta llegar a la cocina. El olor a comida le revolvió el estómago, que gruñó de forma amenazadora. Dos pinches de cocina le miraron sorprendidos.

—¿La puerta de atrás? —preguntó con voz ronca.

Uno de ellos señaló hacia su espalda. Blasco caminó hacia el fondo de la cocina mirando hacia el suelo, tratando de ocultar su rostro. Aun así podía notar decenas de olores, caldos, mariscos, especias; estaba saturado por completo. Encontró la puerta, se aferró a su pomo como a un milagro y la abrió en busca de aire fresco.

Fuera no encontró más que un callejón maloliente cuajado de cubos de basura, envuelto en penumbras de farola amarillenta y vieja. Por lo menos hacía frío. Podía escuchar el ruido de los coches amortiguado por la distancia. Se apoyó contra una pared de ladrillos desconchados y trató de orientarse.

Un ruido metálico y estridente le sobresaltó. Varios cubos de basura habían caído al suelo, dejando al descubierto kilos de basura. Casi al mismo tiempo escuchó el maullido de un gato. Decenas de felinos aparecieron como por arte de magia, agrupados en torno al resto de cubos en busca de una buena cena.

Entonces vio al vagabundo.

Gordo. Orondo. Pantalones de pana viejos, jersey de lana, camisa vieja, chaqueta vaquera, un gorro que apenas le cubría el pelo lacio. Su boca estaba deformada por un labio leporino que le daba un aspecto animalesco, ratonil, con ojos negros pequeños y brillantes. Rebuscaba entre los cubos, llevaba guantes desparejados. Abrió una de las tapas y examinó con rostro experto la basura. Esbozó lo que debía ser una sonrisa y se echó algo a la boca. Masticó lentamente. Blasco sintió nauseas.

El vagabundo reparó en su presencia. Hizo un amplio gesto con el brazo, como si le invitara a compartir con él y los gatos el resto de la basura. Sacó del cubo lo que parecía un crujiente de coco y lo engulló con alegría. Blasco perdió apoyo hasta casi caer de culo sobre un charco que olía a vino tinto. Se levantó a tiempo de ver cómo el vagabundo devoraba un montón de jamón de pato que él recordaba no haber podido terminar.

La idea de que estaba comiéndose los restos de su cena le vino a la mente. Aunque no podía saberlo en realidad. Aquellas podían ser las sobras de cualquier otro cliente. En ese maldito restaurante ponían demasiada comida. Y de todas formas, ¿qué más le daba? Era un tipo comiendo basura. Como un animal más, como cualquiera de los gatos que le rodeaban.

Sin embargo, la idea le ponía nervioso, le incomodaba. Tanto como le inquietaba el aspecto deforme pero tranquilo de aquel hombre, invitándole a comer basura. Decidió largarse de allí lo antes posible. Dejó atrás el callejón y caminó entre calles que apenas reconocía hasta llegar a la avenida donde había aparcado el coche. Al entrar en el Mercedes fue consciente de que olía a vómitos y vino, a orines, sudor y miedo.

Al llegar a casa preparó la ducha con agua hirviendo. Luego revisó la nevera en busca de algún yogur con lacticosas. Abrió el armarito del cuarto de baño y rebuscó entre los diminutos frascos de medicamentos que acumulaba desde hacía años.

Caviar de valium con crujiente de ácido en salsa de anfetas.

Se tumbó en la chaise-longue frente al plasma de cincuenta pulgadas. La noche empezó a parecerle lejana, el restaurante un mal sueño, el vagabundo, nada en absoluto. El móvil sonó, redoblando el ruido al vibrar sobre la mesa del comedor.

Contestó. Andrea había muerto.

Recordaba el momento en que había decidido dejarla. El sol caía a plomo sobre la terraza de los Docks, junto al puerto deportivo. Ella llevaba el pelo suelto, gafas de DG que le cubrían el rostro, tomaba un Martini y reía. Y en ese preciso instante sintió pereza de amarla, hartazgo de su compañía y lujuria por sus amigas. Pagó las copas y la besó antes de marcharse. No se habían vuelto a ver desde entonces.

Apenas fue capaz de parar un taxi y llegar al hospital.

El edificio al que entró era gris, macizo, de un hormigón frío y desbastado. El olor a desinfectante le mareó. Las luces blancas fluorescentes parpadeaban con lentitud. Se puso las gafas de sol. No se podía fumar. Todo parecía viejo y gastado. Se acercó al mostrador de admisiones y trató de captar la atención de una enfermera. No le costó mucho.

—Andrea Bosco. —Trató de articular lo mejor que pudo, pero sentía la lengua muerta en su boca.

La enfermera le lanzó una mirada de pura indiferencia mientras tecleaba en una terminal.

—¿Es usted pariente?

—Estábamos prometidos.

Mintió sin ningún problema. Quizás porque en aquel momento sentía que ese recuerdo al lado del puerto, justo antes de no volver a verla, jamás había existido y que seguían juntos, que su risa todavía le alegraba las mañanas, que sus manos nunca habían dejado de acariciarle la mejilla. Que esperaba sus besos cada noche y su sonrisa por las mañanas.

—Lo siento —dijo la enfermera, cambiando el gesto por una cierta comprensión—, ha muerto.

—Me lo han dicho por teléfono. Quisiera verla.

La mujer negó con la cabeza.

—Lo siento. Tendrá que esperar a mañana.

No discutió con ella, ni siquiera hizo caso al resto de explicaciones que la enfermera se esforzó en hacerle entender. En realidad, no sabía qué hacía allí. Cuando se dio cuenta, estaba en una de las salas de espera. El zumbido de los fluorescentes había subido de intensidad. A su lado dos niños peleaban por jugar a la Nintendo. Una señora mayor lloraba. Un hombre terminaba un bocadillo con la mirada perdida en la pared.

No podía seguir allí. Todo era demasiado vulgar.

Vagabundeó por los pasillos simétricos del hospital, una amalgama de blancos y verdes pálidos, bordeando camillas que olían a enfermedad y desinfectante, pasando por delante de puertas entreabiertas con familiares preocupados. Subió y bajó en los ascensores acompañando a médicos, enfermos y visitantes.

Hasta que encontró un pasillo vacío en el que no hacía ese calor omnímodo y agobiante que reinaba en el resto del hospital. Era ancho, carente de habitaciones; sin enfermeras o celadores. Encontró una puerta doble que abrió sin problemas. Al otro lado hacía más frío y la luz era menos intensa. Se quitó las gafas de sol.

Delante de él se extendían dos hileras de cuerpos inmóviles sobre camillas metálicas, allí olía a formol y muerte. En un rincón se amontonaban bolsas negras. Al fondo, entre una imaginería cromada de instrumental médico, brillaba una luz dolorosamente blanca que iluminaba una mesa de metal, grande y sólida, sobre la que descansaba otro cuerpo más.

De algún modo supo que era el de Andrea. Avanzó entre el cortejo de muertos hasta ella. Solo la cubría un plástico azulado. Estaba desnuda. Pero era una desnudez distante, ajena. No era Andrea desnuda. Al menos no la que él recordaba.

Retiró el plástico. Tenía el pecho abierto con una incisión en forma de V que llegaba hasta la base del estómago. Dentro no había nada, estaba vacía. Blasco retrocedió asqueado. El brazo de Andrea colgó inerte. Un corte romo y enrojecido en sus muñecas dejaba ver, bajo aquella luz penitente, hasta el blanco de los huesos.

Trató de tocarla, pero no pudo. Volvió a sentir calor, se le nubló la visión. Dio media vuelta y corrió por la sala, tropezando con camillas y cuerpos camino a la salida. Abrió la doble puerta y siguió corriendo. Tenía que salir de allí. Llegó a las escaleras y luego a una planta llena de camillas vacías, trató de coger el ascensor, de llegar a la salida, a cualquier salida.

Pasillos. Enfermeras. Voces. Luz. Dos celadores discutían con él. Cada uno le había cogido de un brazo y trataban de inmovilizarlo. Pero lo que él quería era salir de allí. Así que pataleó y gritó todo el camino hasta que lograron arrastrarlo hasta la entrada de ambulancias. El asfalto le devolvió a donde estaba. Se arrastró feliz hasta quedar fuera del alcance de los celadores. Volvía el frío.

Estaba sentado contra un contenedor. No era un contenedor de basura, al menos no de los que él conocía. Era metálico, de color blanco y rojo. La tapa estaba cerrada con un candado. Era mucho más grande que un basurero. Se levantó. Había tres más, puestos en fila a lo largo de la fachada del hospital. Al otro lado empezaba el parque. No había nadie. Ni siquiera pasaban coches. El único ruido era la respiración sorda del hospital, sus máquinas, su calefacción, su murmullo casi inaudible.

Tenía sueño. Su espalda resbaló por el costado del contenedor. Cerró los ojos. El cuerpo abierto de Andrea empezó a difuminarse. El hospital se hizo lejano. El frío era tan agradable. No escuchó el primer golpe metálico, ni siquiera el segundo. Fueron el tercero y el cuarto los que le despertaron. Volvió a incorporarse. Uno de los contenedores estaba abierto.

Escuchó el maullido de un gato que se frotaba entre sus piernas. Luego llegaron más. Algo hizo ruido dentro del contenedor abierto. Blasco se acercó. Un amasijo de gasas ensangrentadas y jeringuillas salió volando desde su interior. Les siguieron parches, bolsas de suero vacías, catéteres; pronto el suelo estuvo lleno de basura médica.

Una cabeza asomó de entre la oscuridad del contenedor. Blasco reconoció el gorro, los ojos ratoniles y el labio deforme del vagabundo. El sintecho terminó de levantarse, mostrando de nuevo su gordo corpezuelo y sus múltiples capas de ropa, camisas, chaquetas incluidas. Con una novedad. Alrededor de la papada que debía ocultar su cuello llevaba su corbata, la misma corbata llena de vómito que había tirado en los baños del Lorem Ipsum hacía un millón de años.

El vagabundo sonrió, dejando al descubierto una colección de dientes grandes, gigantescos y brillantes. Tenía algo entre las manos. Un bulto mediano, un poco más grande que una naranja. Se lo llevó a la boca y lo mordió entre pequeños gemidos de satisfacción. Blasco no podía dejar de mirarlo, atrapado en la extraña fascinación que ejercen los payasos tristes. El gordo bajó las manos. Tenía el rostro manchado y sucio. Sacó los brazos fuera de las paredes metálicas y mostró su hallazgo bajo las luces amarillas de la calle.

Blasco tuvo que acercarse para darse cuenta de que era un corazón mordisqueado. El vagabundo lo dejó caer y volvió a su particular cueva del tesoro. Volvió a levantarse con las manos llenas de hallazgos. Trozos. Trozos de persona.

Algo en la cabeza de Blasco le dijo que aquello era imposible. Que los hospitales no lanzaban a la basura restos humanos. Ni aunque fuera a contenedores especiales. Simplemente no podía ser.

Pero en el fondo de su alma sabía que aquel corazón tirado en el suelo era el corazón de Andrea. Que todo lo que el gordo llevaba en las manos era suyo. La habían vaciado y tirado a la basura. Y ahora solo era comida para vagabundos. Desperdicio. Sobras.

Biscuit de bazo en lecho de páncreas en tempura de barro.

Los gatos se lanzaron sobre el corazón. El vagabundo siguió tirando restos al suelo entre mordiscos ocasionales. La fascinación desapareció. El mundo se volvió mucho más gris. El olor a descomposición cerró la garganta de Blasco. El corazón empezó a latirle a un ritmo desparejo y doloroso. Las paredes del callejón se alargaron hasta formar un pasillo interminable por el que intentaba escapar.

Blasco volvió a casa antes de amanecer. Apenas pudo abrir la puerta debido a cómo le temblaban las manos. El efecto de las pastillas había desaparecido dejando a su paso un vacío helado. No se reconoció al mirar en el espejo; parecía diez años más viejo. Tenía la cabeza llena de imágenes que no paraban de acudir una tras otra en forma de golpes dolorosos.

Encendió la televisión y la apagó. Rebuscó en los armarios sin saber qué hacía. Abrió la nevera con el estómago revuelto. No se sentó en el mismo sitio más de cinco minutos. Se quedó mirando la caja de puros que guardaba junto al equipo de música. A los pocos segundos se levantó y la abrió con cuidado. Dentro no había tabaco. Sopesó una jeringuilla de cristal y la aguja que encajaba de forma mecánica y perfecta en su muesca de seguridad.

Dentro solo quedaba un frasco lleno de heroína que parecía haber estado esperando ese momento durante mucho tiempo.

Preparó una cucharilla y puso en ella unas gotas de agua mineral. Añadió con cuidado la afgana marrón. Calentó la mezcla. Dejó que un filtro de Lucky la absorbiera. Se puso una cinta de neopreno en el antebrazo para marcar las venas. Pinchó el filtro y rellenó la jeringa. Buscó el punto ideal para atravesar la piel. Retiró un poco de sangre y luego empujó el émbolo hasta el fondo.

En un parpadeo todo cayó. Cayeron los muros de su casa y los del hospital, desaparecieron sus muebles y los del Lorem Ipsum. Desaparecieron una a una las personas con las que había hablado aquel día. Las palabras se hicieron sólidas antes de perderse. Andrea volvió a ser un recuerdo, un eco y finalmente pasó a formar parte del olvido, como todo lo demás. Dios Morfeo pontificado. Entrecerró los ojos desde algún lugar más allá de los sueños. Y allí estaba él.

Enfundado en sus capas de ropa, con su sonrisa deforme, extendiendo sus dedos gordezuelos cerca de Blasco, pero sin atreverse a tocarlo, como si todavía no fuese el momento. La heroína se llevó los últimos rastros de su conciencia, incapaz si quiera de sentir temor.

El vagabundo recogió la jeringuilla de cristal de entre los dedos inertes de Blasco, la observó con ojo crítico a contraluz y se la guardó en uno de sus cientos de bolsillos. Le apartó el pelo pajizo de la frente con cuidado y esperó a que la droga hiciera efecto por completo. Abrió los armarios y escogió un par de camisas que no eran de su talla, una chaqueta vieja de color gris y se probó unos zapatos italianos, negros y brillantes. Como no le cabían, recortó la punta de los zapatos, dejando al descubierto sus dedos recubiertos por unos calcetines roñosos.

Volvió al lado de Blasco. Le dio un pequeño empujón, apenas un suave toque. No reaccionó. Era el momento. Lo desnudó con reverencia y amontonó su ropa, perfectamente plegada, en un montón sobre la cama. Arrastró el cuerpo hasta la bañera y lo metió dentro. Escogió un champú y un jabón, agarró con fuerza la esponja natural y frotó con intensidad brazos, piernas, torso y cabeza. Lo enjuagó y luego llenó la bañera de agua caliente. Le apartó el pelo de la frente en un gesto de cariño.

Contempló aquel cuerpo abandonado con gesto triste.

Blasco ni siquiera llegó a sentir los primeros mordiscos.

© Copyright de Alfredo Álamo para NGC 3660, Abril 2018

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