Por siempre otro – Reed.

 

Por Laura Quijano Vincenzi

De pie, en medio de un hermoso campo verde cubierto de arbustos ornamentales y lápidas espectaculares de piedra genuina, siento cómo el viento golpea mi rostro y percibo el sutil descenso de temperatura que anuncia la llegada del ocaso. Frente a mis ojos se extiende una sencilla losa blanca sobre cuya superficie está escrito el nombre de un gran científico fallecido tiempo atrás, debajo del cual se lee un sencillo epitafio: El hijo que no morirá.

Suspiro. La pequeña oración que proclama el amor por el hijo que ha partido me golpea directo en el corazón, como si me recordase con cada giro sutil de sus letras la agobiante situación familiar en la que me hallo y de la que no puedo ni siquiera considerarme responsable. No me estremezco. Tampoco lo envidio. Era un hombre insigne, que a su vez contó con la suerte de verse rodeado de una familia unida y amorosa. No sería justo que mis oscuridades me hicieran considerarlo con sentimientos hostiles. Vivió su vida y fue grande. Yo… sólo siento tristeza de mí mismo y de mi futuro, porque el pasado ni siquiera me pertenece.

Los árboles que bordean el camino que me ha conducido hasta aquí se estremecen con el soplo de la fuerte brisa de la tarde y amortiguan los sonidos de la ciudad, tan ajena a este ámbito de paz. Más lápidas se extienden a los lados del sendero, separadas unas de otras por hermosos parterres de flores blancas, rodeadas de ofrendas y recordatorios de familiares y admiradores de los muertos que descansan su último sueño en este cementerio.

Sonrío al recordar de pronto los parques de mi niñez. Hacía mucho tiempo que nuestras ciudades habían dejado de ser aquellos nichos de contaminación y concreto que afeaban el paisaje y mataban a sus habitantes poco a poco con nubes de gases tóxicos y ruidos infernales. Avanzamos notablemente en este nuevo siglo de prosperidad, pues limpiamos las urbes, embellecimos los paisajes y devolvimos a la naturaleza gran parte de su antiguo esplendor. Pero aun así, los parques seguían siendo los verdaderos refugios de la paz y la beatitud de una natura controlada, el centro informal de reuniones sociales ocasionales, el campo de ejercicio de atletas aficionados y el lugar favorito de los juegos infantiles. Solía, pues, ir con mi madre a aquellos parques, y era pequeño de verdad cuando en uno de ellos vi un perro grande por primera vez. Corría detrás de una pelota lanzada por su amo. Era fuerte, de pelaje dorado que brillaba bajo el sol, alegre en su carrera.

—¡Yo quiero uno! —exclamé entonces, señalando al animal. Me levanté de la caja de arena y corrí hacia el lugar donde mi madre charlaba con otras mujeres, sentadas todas en los escanios de granito del borde del sendero.

—Aún eres muy pequeño, Andresito —me dijo ella con una sonrisa, con esa mirada- intensa que solía prodigarme —Pero no te preocupes: cuando alcances la edad te daré uno. Lo prometo.

No entendí muy bien a qué edad se refería, pero recuerdo que desde entonces me quedé pensando en el perrito que querría y hasta planeé algunos nombres “apropiados” para el que sería mi mascota.

La promesa se cumplió dos años más tarde. Un claro día de verano, cuando yo alcanzaba mi séptimo cumpleaños, mi madre trajo a casa una mota negra y peluda de ojos brillantes que colocó entre mis brazos.

—Aquí tienes a tu cachorro, mi amor —me dijo en tono orgulloso.

Miré al animalito sintiéndome muy confundido.

—No… se parece al perrito que yo quería —murmuré con palabras apenas pronunciadas.

Mi madre las descartó con un gesto.

—Créeme —me aseguró— Éste es tu perro, tal como siempre lo quisiste. Se llama Lucas.

—En realidad…

—No se hable más —zanjó entonces mi padre, que hablaba poco y cuando lo hacía, era normalmente para que se hiciera silencio. Me sorprendió su intervención, pues tampoco solía intervenir en asuntos infantiles, o sea, en los míos. No añadí comentarios entonces. Por alguna razón que no comprendía, aquel tenía que ser mi perro y debía llamarse Lucas, aunque no fuese con exactitud la mascota que yo deseaba ni el nombre que tenía planeado otorgarle.

¡Cómo se acumulan ahora los recuerdos, cuando comprendo el porqué de aquellas extrañas disposiciones que tanto afectaron mi vida! En la calma de este cementerio, la beatitud se confunde con la soledad, y la paz con el abandono. Sólo el viento me acompaña, lo mismo que el atardecer que me rodea y las lápidas silenciosas que yacen incólumes en la vera de un sendero empedrado. Los recuerdos fluyen como ríos, cada uno brillando en sí mismo.

Me inscribieron en la escuela a la que mi padre había asistido, lo cual era muy normal entre algunas familias, como constaté luego entre varios de mis condiscípulos. Lo que no resultó, en cambio, necesariamente lógico fue que mi madre insistiera en que yo debía formar parte del equipo científico de la escuela, aunque mi padre había sido campeón escolar del equipo de fútbol y yo mismo me sentía inclinado a desempeñarme en dicho deporte.

—Mi profesor de deportes dice que sería un gran jugador, mamá —protesté aquella vez.

—Eres un brillante cerebro para la ciencia y siempre lo serás —insistió ella.

Sus afirmaciones no me parecían convincentes y estuve insistiendo en mi punto por varios minutos más. Cuando mi padre entró a la casa, yo esperaba ansiosamente que me ayudara a convencerla, dado que había sido una estrella deportiva tan brillante. ¡Tenía que esperar que su único hijo siguiera sus pasos, tal como sucedía con los padres de mis compañeros de escuela!

Contra todos los pronósticos, sin embargo, él la apoyó.

—Ingresa al club de ciencias —me indicó— Tu madre sabe mejor que tú lo que te conviene.

Era muy chico y obedecí, pero me sentí frustrado durante los años que siguieron.

Mi madre tuvo razón, sin embargo: mi equipo de ciencias ganó diversos torneos académicos, incluso desarrollamos una metodología nueva en la confección de materiales autorregenerables, que fue aprovechada por un sector de la industria de la construcción, para beneficio de nuestras futuras carreras científicas. De hecho, mi familia se alegró cuando me gradué con honores de la secundaria y fui admitido de inmediato en uno de los institutos de investigación científica más prestigiosos del mundo. Bueno… todos, menos mi madre.

—No son los materiales biodegradables ni las estructuras moleculares ni ninguna de esas tonterías lo que te apasiona —me aseguró intensamente cuando le mostré el brillante resultado de nuestro proyecto científico.

—¿Ah, no? —exclamé entonces enojado, confundido y triste— ¿No era la ciencia mi camino, mamá? ¿No fue esa la razón por la que nunca pude integrarme al equipo de fútbol?

—Nunca te gustó el fútbol —declaró ella con una seguridad atemorizante— Nunca. Siempre miraste hacia las estrellas. Era la exploración del espacio lo que arrebataba tu imaginación.

—¡Por todos los cielos, mamá! —grité desesperado— ¡Parece que hablaras de otra persona!

—No, jamás —me dijo ella, de nuevo clavando en mis ojos su mirada intensa— Siempre he hablado de ti y sólo de ti puedo hablar.

No quise escucharla más. Para mí estaba loca. Pero era decidida y no me dejó en paz hasta que le prometí que me especializaría en ciencia espacial en el instituto.

Cae la tarde a mi alrededor y en el firmamento se encienden las estrellas. Inspiran sentimientos poderosos en un alma poética y pensamientos extraños en una mente científica. Rápidamente descubrí que yo me situaba en el segundo grupo. Recuerdo con mezcla de ironía y fatalismo cómo me involucré en la exploración espacial y logré mi especialización en geología extraterrestre. Mi madre aplaudía el día en que partí en mi primera misión, hacia un lejano sistema estelar, en compañía de biólogos, astrónomos, físicos, químicos y médicos de gran prestigio. Son siempre viajes de exploración, de investigación, aquellos que proporcionan el conocimiento suficiente para luego iniciar la verdadera conquista. En cuanto a mi madre, yo simplemente estaba cumpliendo con mi “destino”.

El crepúsculo ilumina con intensos tintes naranjas las frías lápidas del cementerio. Estamos lejos de las inmensas bóvedas donde la mayoría de los ciudadanos mantiene resguardadas las cenizas de sus muertos. No nos queda espacio para tumbas. Sólo aquellos seres humanos que realmente han contribuido al progreso de nuestra especie disponen de un sitio de honor que aguarda contener sus restos bienamados en un cementerio como este. Era en verdad grandioso el destino del hombre frente a cuya lápida me hallo en silencio. No sólo rodean su tumba los vestigios de las ofrendas amorosas de su familia y amigos, sino también las notas y los restos de muestras agradecidas de incontables personas beneficiadas por sus acciones en vida. Con un estremecimiento, compruebo al instante que sus actos lo llevaron a la gloria, tal como ocurrió con mis primeras acciones, que también me depararon fama y mérito.

Mi madre tenía razón. Mi trabajo como geólogo en la exploración espacial me deparó múltiples satisfacciones y grandes honores. He tenido en mis manos la suerte de colonias enteras, miles de seres humanos me deben su bienestar, incluso su vida, y junto a mi nombre se acumulan celebrados epítetos y premios de gran prestigio. Pero, ¿algún día contaré con el éxito familiar y social de este hombre que yace bajo tierra, o de todos aquellos otros que también descansan su sueño eterno bajo las blancas lápidas de la vera del sendero?

Mi fama… mi vida… mi destino…

Conocí el amor una tarde de invierno polar, en un remoto paisaje ártico. Mi musa: una bióloga genetista de preclara inteligencia y sonrisa mágica, llamada Sara, que sabía hacerme sentir como un ser único, sin que importaran destinos o misiones. Enamorarme de ella y unirla a mi vida fueron actos de concatenación fatal. Cuando regresé al hogar, ya estaba casado.

Mi madre reaccionó de forma violenta y extraña.

—¿Qué has hecho? —me gritó, como si se hallara al borde del pánico— ¿Una bióloga? ¡Genetista! ¡Pero si nunca te gustaron las mujeres cerebrales y frías!

—¿Ah, no? —exclamé, debatiéndome indeciso entre la confusión y la furia— ¿Y tú sabes mejor que yo qué clase de mujer debe gustarme?

—¡Una maestra de escuela! —dijo ella, ansiosa, vehemente— ¡Dulce y maternal!

La situación era ridícula, casi inverosímil. Así lo expresé en voz alta y cansada. Mi madre se echó a llorar, protestando al mismo tiempo por mi “grave” error, mientras mi padre me miraba con ojos tristes.

—Las circunstancias nunca pueden ser exactamente iguales —me dijo, palabras que sólo enturbiaban más una situación de por sí confusa.

Fue la primera vez en que discutí agriamente con ambos. De pronto quedó de manifiesto que yo no deseaba proseguir los derroteros que mi madre se empeñaba en trazarme.

Dos días más tarde, sin embargo, mis padres conocieron en persona a mi esposa, de forma accidental. Sonrieron y bromearon, charlaron amablemente con ella y hasta la abrazaron para despedirse. Me sentí aún más confuso que antes y no supe qué sentir cuando mi madre se acercó a mí con una sonrisa aprobadora.

—No es maestra —me dijo— pero tiene el pelo negro y liso, rebosa tranquilidad y es de verdad dulce y maternal. ¡Qué agradable pareja forman los dos!

Con aquellas palabras parecía cerrar el asunto y me sentí tranquilizado de momento. Durante los meses que siguieron, ningún incidente se presentó para enturbiar nuestra armónica relación familiar, hasta que un año después de nuestro enlace volvió a explotar la polémica.

—¿Embarazada? —exclamó mi madre cuando le transmití la noticia de que sería padre por primera vez— ¡Qué bien! ¿Para cuándo?

—Quince de octubre próximo —le contesté.

—Sí, está ajustado —comentó ella, críptica— ¿Ya pensaron en el nombre? ¿Puedo sugerirte el de tu abuela? ¿Sí?

—Madre, aún no sé cuál es el sexo del bebé.

—Será una niña, naturalmente —me dijo con gran seguridad, como si la naturaleza también tuviera que obedecerla.

No discutí ni ocupé mi mente con aquel pensamiento. De hecho, olvidé aquella conversación por completo hasta el día en que la obstetra nos confirmó el sexo del pequeño que esperábamos, unos dos meses después de comentarle a mi madre que tendríamos uno. Se trataba de un varón, fuerte y saludable a todas vistas, y tanto Sara como yo estábamos satisfechos, aunque yo supuse de inmediato que mi madre enloquecería.

Así fue. Estaba furiosa.

—¡Era una niña! ¡Una niña! —gritaba— ¡Tenías que engendrar primero una niña!

—Madre, esto es insoportable —declaré, mientras mi padre se sentaba en un rincón, con el rostro cubierto por las manos, y mi madre despotricaba furiosa por la habitación.

—Me voy —les dije. Esta vez, ella no se saldría con la suya. Y si se le pasaba la malvada idea de hacer sufrir a mi mujer o de atreverse a sugerir que abortara, estaba muy equivocada.

Mi corazón late acelerado ante este oscuro recuerdo. Es indudable que marcaría un hito en mi vida, que abriría la puerta hacia miles de zonas grises en el corazón de la autora de mis días. Luego de semanas de silencio por ambas partes, intenté hablar con ella de nuevo, sin mencionarle a mi esposa lo que ocurría. Mis sospechas se confirmaron cuando me hizo una tajante declaración que creía que yo no tenía derecho a rechazar: quería el aborto. Era preciso que “eliminara” al intruso.

—¡El intruso es tu nieto, mujer! —le grité, fuera de mí— ¡Y tú estás loca!

—¡Yo siempre tengo razón! —gritó ella y algo más dijo, pero no la escuché, pues salí como una tromba de esa casa sin la más mínima intención de regresar jamás.

No hubo llamadas ni mensajes. Ni una palabra, ni siquiera un intento de reconciliación. Mis padres mantuvieron un absoluto silencio, una ausencia total de mi vida. Ante la extrañeza de Sara, pues siempre habíamos sido una familia unida, terminé por explicarle la situación de la manera más diplomática posible.

—No la reconozco —le dije al final de mi narración. No es mi madre. Está demente.

—Sus reacciones son muy curiosas ——comentó entonces ella, con una voz extrañamente provista de fría racionalidad— ¿Puedo investigar un poco, amor? Algo muy raro, anormal, se esconde detrás de tan extraña conducta.

Mi esposa sí era fría y cerebral, después de todo, pero a mí me gustaba, contrariamente a lo que mi madre podría pensar, y de hecho me confié a ella con más tranquilidad de la que nunca sentí con mi progenitora. Escuchó con paciencia pormenores de mi pasado y detalles de la vida de mi madre, al menos aquellos de los que yo había sido informado alguna vez, y luego me prometió que hallaría una respuesta a aquel enigma.

La brisa vuelve a soplar en el cementerio, pero no guarda relación con mi repentino estremecimiento. La noche me rodea en silencio, mientras mi corazón late acelerado. Pienso con intensidad en las intempestivas revelaciones que me ha hecho mi esposa esta mañana.

Con voz grave, mirada seria, me ha mostrado una dirección en la pantalla de su diminuta computadora personal.

—¿Qué es eso? —pregunté intrigado, sospechando al mismo tiempo que al fin hallaría respuestas a los grandes enigmas de mi vida, aunque posiblemente nada agradables.

—Es un prestigioso centro de investigaciones genéticas, que durante décadas se ha encargado de diseñar al hijo perfecto para los padres que lo paguen —me explicó mi mujer con voz calma— Intervienen en algún momento en el proceso de gestación para favorecer algunas características genéticas solicitadas por los padres en sus hijos por nacer.

—¿Quieres decir que mis padres pagaron a este centro para que yo fuese su hijo “perfecto”? —le pregunté, amargamente consciente de que la respuesta podría ser positiva— ¿Es por eso que mi madre siempre está segura sobre qué tiene que gustarme y cuáles han de ser mis acciones en uno u otro sentido?

—No exactamente —me dijo en cambio Sara, mirándome de reojo con una cautela que me sorprendió por un momento— La respuesta a las extrañas reacciones de tu madre se halla en un camino mucho más tortuoso…

Tortuoso… la palabra resuena con dolor en mi corazón. Casi de forma siniestra. La brisa sopla entre los árboles, las estrellas iluminan la noche apacible y en la lápida resaltan las palabras que me hicieron recorrer en la memoria el curso de mi existencia…

Visité el centro en cuestión, busqué el archivo con mi nombre y lo encontré en uno de los departamentos más especializados de aquel lugar. Mi esposa me acompañó entonces, para ofrecerme tanto su apoyo moral, como su influencia y ayuda. En los medios genetistas del país, Sara cuenta con un especial prestigio que le abre las puertas con facilidad, lo que me significó una entrada directa a los archivos que me interesaban. En ellos encontré la respuesta que tanto temía encontrar.

“Andrés Botero Ansúa”, el mismo nombre con el que siempre fui identificado, acumulaba una larga lista de archivos y reportes, desde la inscripción en el programa de diseño genético hasta el cuidadoso proceso de gestación y crianza recomendada. Todo.

Incluso su muerte.

Sí, Andrés Botero Ansúa está muerto. El original. El que mi madre parió hace más de 50 años en medio de fulgurantes expectativas. El que tuvo un perrito negro de nombre Lucas, un brillante paso por el club científico de la escuela, la magnífica carrera de geólogo en escenarios extraterrestres, que se casó con una dulce maestra de escuela y que iba a ser padre de una niña con el esperado nombre de la abuela. El hijo amado, muerto junto con esposa e hija no nata en el lamentable accidente ferroviario de una fría mañana otoñal, acaecido unas tres décadas atrás. El que yace bajo esta lápida, cuyas palabras esculpidas brillan bajo la luz de las estrellas de esta noche, frente a mí.

Yo… soy sólo la segunda versión. El clon. El que nunca será él mismo. El que siempre será, haga lo que haga, sufra lo que sufra, por siempre otro.

© Copyright de Laura Quijano Vincenzi para NGC 3660, Junio 2017

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