¿Ser o no ser?

 

Por Blanca Mart

La cuestión era si el fílmico era real, o no.

Aquí en Axtrax 25, apenas tiene uno visitas, ni reales ni imaginarias, y ver de pronto a Dirk Bogarde fumando tranquilamente en el laboratorio me sobresaltó un poco.

«Aquí no se fuma», Dirk —le dije severamente—. Más bien: ni aquí ni en todo el asteroide. ¡Como si sobrara el oxígeno!

Él había sonreído levemente con ese encanto suyo, mientras enarbolaba  el cigarro.

—No es real —había dicho—. El cigarro no es real.

—¿A qué debo el honor de tu visita? —pregunté, algo mosqueado.

—Pasaba por aquí —había contestado impertérrito—. Si no te supone molestia, me quedo una temporadita.

Su mirada era tranquila, indiferente, pero sé reconocer ese calmado-brillo-peligroso. Llevo mucho tiempo observando los ojos de los robots, de los androides, incluso de algunos clones… no hay que precipitarse con ellos.

—Hombre, unos días… pero yo tengo mucho trabajo —protesté—, en fin, acomódate pero déjamelo pensar.

Entre si eran peras o manzanas, allí estaba Dirk aposentado, apareciendo y desapareciendo, canturreando una sonata de piano, y tragándose todos los compuestos de celulosa, que le encantaban.

Y nada de llamar a Tierra pidiendo ayuda. Yo había ido allí voluntario, pues estaba bastante harto de los miles de millones de terrestres que pululábamos por la Tierra incapaces de hacer nada bueno. Unos añitos en ese Asteroide-Laboratorio solo, totalmente solo, era algo que me apetecía bastante. Yo tenía que trabajar, claro. Era químico y biólogo. Tenía que analizar todo lo que pasara por allí y luego enviarlo a Tierra, al laboratorio G.Earth.

Los «earth», por fin se habían quitado de la cabeza que esta investigación iba a ser un trabajo rápido, porque daba la bendita casualidad de que este pedrusco se recreaba a sí mismo en su viaje por el universo y así como en otros lugares las plantas crecen, se multiplican, mutan, aquí ocurre con las arenas, las piedras, y las plantitas pétreas con hojitas de carboximetilcelulosa. Así que, tengo trabajo para rato.  Aparte de que nadie quiere venir a este lejano lugar.

Pero nada es perfecto y acababa de encontrar una piedra en mi zapato: un fílmico, un imagen. Yo ya había oído hablar de ellos. Me llegaban noticias de que estos seres, nacidos en filmes después de la Era Clónica, aparecían en diversos escenarios y paisajes del universo, nunca en la Tierra, y, en sus nuevas formas siempre ligadas a un cierto tipo de celulosa, llevaban un modo bastante insistente de vida. O sea, que no se iban: querían vivir.

Así estaban las cosas.

Daba igual lo que yo decidiera. En cuanto a cómo había llegado, ni idea. No había aterrizado ninguna navecita en el pequeño asteroide, ninguna proyección, ningún resto de nada en la nada. De repente, los fílmicos aparecían y desaparecían imprevisiblemente. También estaba aquella mirada… me inquietaba. Así que decidí jugar la carta hospitalaria y en la próxima aparición, que fue en el huerto hidropónico, le hablé claramente.

—Mira Dirk, si deseas quedarte por aquí, por mí no hay problema. Me caes bien.

—Es que somos dos —respondió.

Le miré sorprendido. No podía hacer nada al respecto y bien mirado, así se distraerían hablando, ensayando, recitando o lo que sea que hagan los fílmicos.

—Muy bien —dije—. ¿Quién es?

Detrás de un árbol, gloriosa, deslumbrante como un rayo de sol, apareció ella; casi me atraganto de la impresión, después tomé aire.

—Bienvenida Gilda —La saludé con su nombre de protagonista de mi filme preferido y, encima, añadí—: Estáis en casa.

—Sí, estamos en casa, —susurró ella—. Gracias, Frank.

—Aquí tenéis toda la celulosa que podáis desear.

—Tú eres el que sabe. Buenas noches, hermano —dijo Dirk.

Luego desaparecieron. Esa noche no pude dormir.

Una duda me atormentaba:

¿A qué se refería Dirk cuando dijo, «tú eres el que sabe»?, ¿es que cree

que soy un fílmico? Mi vida terrestre demuestra que no. Recuerdo perfectamente mi propia historia. Me puse nervioso y decidí hacerme una taza de café. Corté unos hojitas de celulosa y las puse en la taza, ¡qué bien olían!

Por unos segundos imaginé la sonrisa socarrona de Dirk y, ¡diablos, me quedé pensando!

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Abril 2018

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