Satan Club – Reed.

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Por José Antonio Suárez
Isaac Nares estaba acabado. Su mujer le había dejado después de diez años de convivencia y no podía acostumbrarse a vivir sin ella. Se sentía como un perro desamparado, vagando por las calles en busca de una cara amable, alguien que le ofreciese cobijo y ayuda. Pero en los tugurios que frecuentaba no había un ambiente que pudiera llamarse acogedor, sólo podredumbre, locales con olor a tabaco rancio y a humedad, alcantarillas enlodadas por las últimas lluvias y ratas hambrientas husmeando en los contenedores. Isaac se preguntaba qué había hecho mal, si realmente merecía su suerte.

No podía soportarlo, Elena lo era todo en su vida, la ruptura le había dejado tan desconcertado que aún no había podido reaccionar. Un mal día, al regresar del trabajo, se encontró a su mujer en el vestíbulo con un par de maletas. Elena se volvió al verle y le lanzó a la cara una seca sentencia:

—A partir de ahora va a aguantarte tu madre.

Lo cual era una broma cruel, porque Elena sabía perfectamente que los padres de Isaac llevaban lustros pudriéndose en la tumba. Pero ella era así, impulsiva, frenética como un tornado iracundo. Se fue, lo dejó tirado, eso era todo.

Eso seguía siendo todo.

Removió el vaso que sujetaba con ambas manos, inseguro de que se le pudiera caer. Su rostro sin afeitar se reflejó en el cristal de la barra devolviéndole una mirada acuosa. No merecía aquello, había tratado de ser un marido ejemplar y, bueno, la culpa de que no hubieran tenido hijos era suya, cierto, pero ¿qué podía hacer? Elena se negaba a adoptar un niño.

Si tuviese otra oportunidad, si pudiese demostrar lo mucho que la quería…

Alguien le zarandeó el hombro, pero Isaac tomó otro trago sin volverse siquiera, ausente del mundo. Elena era su único pensamiento, no podía alejar esa obsesión de su cabeza.

—Eh, hola, hola, estoy aquí. ¿Te encuentras bien?

Un tipo sonriente de dientes muy blancos se sentó junto a él. Isaac se frotó los ojos, intentando inútilmente disipar la neblina que se había formado. Se trataba de Rubén, uno de los programadores de su empresa.

—Me han contado lo que te pasó con tu esposa. Francamente lo siento. Si puedo hacer algo por ti, no tienes más que pedírmelo.

—Sí. Lárgate. Quiero estar solo.

Pero Rubén no se marchó. Pidió una copa y aproximó su taburete.

—Las mujeres no merecen la pena, créeme. Aprovecha tu libertad, saboréala como el buen coñac. Ahora puedes hacer lo que te plazca.

—Qué sabrás tú de mujeres —Isaac le dio la espalda.

Rubén dejó un papel encima de la barra.

—Nuevas direcciones de Internet, absolutamente confidenciales. Nunca he visto nada igual. Te aseguro que no te defraudarán.

—Vete a la mierda.

—Bueno, si quier…

—He dicho que te largues —Isaac clavó sus ojos en el rostro del pelmazo—. Piérdete.

Rubén se fue, pero dejó la nota sobre la mesa. Isaac hizo una bola con ella y la tiró al suelo.

—Tomaré otra copa —dijo al camarero—. Y para variar, procura que esta vez no sepa a lejía.

 

Volvió a su apartamento completamente ebrio muy avanzada la madrugada, consumiendo tres intentos para introducir la llave en la cerradura. El mundo daba vueltas a su alrededor, y aunque sólo fuera por una vez él era el astro rey, con todos los muebles, lámparas y paredes describiendo amplias órbitas rindiéndole tributo, un sistema solar en miniatura que le acompañaba no importaba donde fuese. Isaac arrojó el abrigo sobre el sofá y entró en el baño a despejarse. Su aspecto era deplorable, las ojeras le llegaban a la punta de los pies y estaban negras como el tizón. Había adelgazado diez kilos desde la separación y su alimento consistía en latas de conserva y ocasionales bocadillos de fiambre. ¿Por cuánto tiempo podría soportar esa vida? Era difícil decirlo, había estado junto a Elena diez largos años hasta el punto de haberse hecho imprescindible, una droga terriblemente adictiva.

Se enjuagó la boca para ahorrarse el trabajo de cepillarse los dientes y volvió al salón. Junto al sillón donde reposaba su abrigo descubrió un papel arrugado.

Era la nota que Rubén le había dado en el bar. De algún modo se las ingenió para metérsela en el bolsillo; o tal vez Isaac se había arrepentido en el último momento y la había recogido. Los recuerdos de la noche empezaban a ser confusos y no estaba seguro de nada.

Deslió la nota. Tal como imaginaba, era el clásico listado de direcciones eróticas a las que Rubén era tan aficionado. Junto a ellas aparecían una o varias cruces. Una de ellas se encontraba marcada con tres aspas y un trazo rojo alrededor.

Pero Isaac no se sentía con ánimos para navegar durante esa madrugada. Dejó la nota junto al ordenador y se desplomó en la cama. Ya era sábado, afortunadamente tenía todo el fin de semana para recuperarse.

 
 

Le despertó el ruido de una taladradora proveniente del piso de abajo. Los vecinos siempre con reformas, dando martillazos a discreción no importa qué hora ni día fuese. La vibración restalló brutalmente en sus sienes y comprendió súbitamente cómo debía ser la vida de un badajo dentro de una campana. Su lengua era papel de lija y se había bebido medio litro de agua durante la noche. Al ponerse en pie, su estómago se estremeció con un inquietante movimiento de fluidos gástricos. Se preguntó qué sensación podría haber peor que despertar con una mala resaca.

Dos aspirinas y unas cuantas visitas al baño le devolvieron parcialmente al mundo de los vivos. Tenía muy pocos recuerdos de lo que había pasado la noche anterior. No había que ser adivino para deducir que había estado bebiendo, pero ¿dónde? ¿Y con quién? Posiblemente en cualquier antro de mala muerte, y probablemente solo.

Junto a su ordenador encontró una nota arrugada. Examinó el papel y no le fue difícil averiguar que eran direcciones de la red; debía haberlas confeccionado él mismo, o alguien se las había tenido que dar.

Le llamó la atención la que estaba resaltada en rojo y marcada con una triple cruz: Satanclub.com. Parecía intrigante.

Se arrellanó en el sillón y conectó la televisión. Cincuenta canales en su mano y todos ofrecían basura. Al cabo de unos minutos apagó el receptor y se puso a pensar. Tenía todo el sábado por delante, un fin de semana entero sin nada que hacer. Si Elena estuviese a su lado habrían podido salir de compras, organizar alguna excursión o cenar en un restaurante. La llegada del sábado era un momento deseado durante la semana cuando vivían juntos. Ahora sólo sentía vacío.

Salió a la calle para comprar el periódico. Corría un viento helado que no invitaba a pasear, y unos gruesos nubarrones descargaban una densa cortina de lluvia que azotaba a los viandantes. Isaac se vio forzado a regresar apresuradamente a su apartamento, calado de lluvia.

De nuevo estaba en el sillón sin nada que hacer, y no podía leer el diario porque se había mojado. Sus ojos bailaron por la habitación en busca de algo con qué distraerse. El retrato de boda de Elena estaba colgado en el centro de la pared, mirándole inquisitivamente.

Tal vez podría aprovechar el tiempo adelantando trabajo para el lunes. Debía depurar un par de programas de contabilidad, y si lo hacía ahora iría más desahogado durante la próxima semana.

Sus manos tropezaron de nuevo con el listado. Echando un vistazo no perdería nada, y quién sabe, quizás encontrase algo interesante.

El navegador de su ordenador no le daba acceso a las direcciones eróticas de la lista. Los servidores debían estar colapsados ante el acceso de tanto pervertido.

Tecleó «satanclub.com», y una página de brillantes tonos ocres se cargó en su ordenador a una velocidad de vértigo. En letras color fuego apareció un mensaje parpadeante de bienvenida:

—Bienvenido al club satánico. Por favor, introduzca su nombre de pila.

Isaac obedeció. El mensaje fue reemplazado por una voz suavemente modulada.

—El pecado es libertad. Las restricciones morales son un espejismo creado por los hombres, por aquéllos que son incapaces de autocontrolarse y necesitan normas para vivir. En realidad las leyes no existen, sólo usted es su único dueño y a nadie debe rendir cuentas de sus actos.

Isaac se sirvió una taza de café. Aquello parecía bastante razonable.

—Si Dios fuera bondad no toleraría el sufrimiento ni la muerte sin sentido —prosiguió la voz—. No permitiría las guerras, las injusticias, las enfermedades. El mundo no es justicia, es crueldad. Los honrados son pobres y los sinvergüenzas se enriquecen cada día. El trabajo limpio no produce fortunas.

Muy cierto, aprobó él.

—Los desgraciados se contentan con gozar después de la muerte. Creen que entonces se equilibrará la balanza, pero no es así. Satán es la existencia vital, quienes aprovechan cada instante de su vida no sueñan con la muerte. Los que no saben apreciar la vida en todo su valor es que no merecen ese regalo.

Poco a poco, la sugestiva voz fue exponiéndole más aspectos de la doctrina satánica, que no tenían tanto de maléfico como había supuesto y sí mucho de sentido común. El culto proclamaba como una de sus máximas que debía hacerse a los prójimos lo que ellos te hicieran a ti, fuese bueno o malo. No se podía amar a todo el mundo, poner la otra mejilla era de pusilánimes, y se consideraba a la envidia un sentimiento natural que generaba ambición, positivo para el progreso humano. Isaac miraba hipnotizado las figuras de colores parpadeantes, absorbiendo como una esponja cada palabra de los altavoces estéreo. ¿Por qué nadie le había hablado tan claro hasta ese momento? Un credo como ése no podía ser diabólico.

—Si usted consigue superar las pruebas de acceso, se beneficiará de nuestras enseñanzas y se le concederá que haga realidad un deseo. Éste no es un club para mediocres, nosotros seleccionamos a nuestros adeptos entre los mejores, Isaac. ¿Está seguro de que desea continuar?

Un sí y un no inscritos en cuadrados naranjas aparecieron en la pantalla. Sin dudarlo seleccionó la opción afirmativa.

—Nos alegramos de que continúe con nosotros. Ahora, por favor, proceda a contestar el siguiente test de inteligencia. Dispone de cinco minutos.

Isaac lo superó sin problemas con un noventa y cinco por ciento de aciertos, si es que debía fiarse de las indicaciones del programa. La máquina le invitó a proseguir:

—Es usted un buen candidato, pero necesitamos una prueba definitiva de que posee el intelecto superior que le suponemos. Queremos que nos diseñe un virus informático capaz de sobrecargar los ordenadores de las corporaciones bancarias. Será una justa venganza por todo lo que esos ladrones de guante blanco nos roban a diario. Recuerde nuestra máxima, y cuando esté decidido remítanoslo a nuestro buzón de correo.

Isaac no supo qué responder. Lo que le estaban pidiendo era delictivo.

—Crear virus no es un delito —aclaró la máquina—. En las facultades de informática se enseña a los alumnos a diseñar programas virales. Otra cosa es difundirlos intencionadamente, pero no se le está pidiendo que haga eso. Sin embargo, si esto le asusta lo comprenderemos y no le molestaremos más.

Irreflexivamente, Isaac pulsó la opción de continuar.

 

Empleó el resto del sábado y la mañana del domingo en escribir el programa. El virus bloqueaba la emisión de cargos a los clientes, recibos de hipotecas, aplicación de intereses de demora y comisiones de descubierto, pero engañaba al sistema haciéndole creer que todos esos cargos ya habían sido emitidos y pagados. Mucha gente iba a beneficiarse de su hazaña.

Envió el virus a la dirección de correo electrónico del club y luego se fue a comer. Había salido el sol y le apetecía estirar las piernas.

Cuando regresó a su apartamento, el ordenador le avisó de que tenía un mensaje en su buzón. Al intentar leerlo, su programa de navegación le lanzó directamente a la página del club satán.

—Su trabajo es muy satisfactorio —dijo su interlocutor anónimo—. Nos complace informarle que ha superado las pruebas de admisión. Ya es un miembro del club.

—Gracias —murmuró Isaac. Se había colocado el micrófono reconocedor de voz para establecer una comunicación en tiempo real con el ordenador.

—Ahora, formule un deseo que le gustaría realizar. Le advertimos que somos una organización con ramificaciones en todo el mundo y que nuestro poder es muy superior al que usted imagina.

—Eso es difícil de creer.

—Nos hacemos cargo, pero nada pierde con formularlo.

Isaac sabía lo que deseaba. No tuvo que meditarlo mucho para responder.

—Quiero que mi esposa vuelva conmigo.

—¿Seguro que no desea otra cosa? ¿No se arrepentirá luego? Parece una petición muy modesta la suya.

—Sé muy bien lo que quiero.

Una pausa acompañada de un murmullo electrónico. Isaac tuvo la impresión de que el aparato recapacitaba, como si se plantease retirar la oferta. ¿Habría alguien al otro lado de la línea, o sólo se trataba de un programa emulador de conversaciones?

—Naturalmente, esto no va a costarle gratis.

Lo sabía. Toda aquella parafernalia se reducía a un montaje para sacarle dinero.

—Necesitará satisfacer dos pequeñas peticiones; la primera, vender su alma al diablo. No es exigirle demasiado, Isaac, a cambio de que vuelva a rehacer su vida. Usted es consciente de que no es nadie sin su esposa.

—¿Cómo está tan seguro?

—Es una suposición. Su existencia carece de sentido, y si no puede disfrutar de la vida ¿qué puede usted esperar cuando muera? —un formulario apareció en pantalla. Ridículo, pensó Isaac—. Si está de acuerdo con las cláusulas, ponga su firma electrónica al pie del contrato.

Bueno, si era una broma iba a seguirla hasta el final. Cogió el puntero del ratón y dibujó su rúbrica.

—¿Necesita una marca de sangre? —ironizó.

—Esas costumbres pertenecen al pasado —el contrato desapareció de la pantalla—. Bien, cumplida la primera parte de su compromiso, le expondremos el resto: debe otorgar testamento a favor de su esposa y legarle su patrimonio. Disfrute de una vida en común con ella, pero sea generoso si es que su mujer le sobrevive. Al fin y al cabo, usted no necesitará sus bienes cuando fallezca.

—¿Me está diciendo que vaya a un notario y le deje todo lo que tengo? ¿Cree que soy estúpido? ¿Y si no vuelve conmigo?

—Será suficiente un papel escrito de su puño y letra. Consérvelo en su poder si quiere, para asegurarse de que ella no le traicionará. Es su voluntad lo que cuenta, no los formalismos. Necesita un acto de contrición lo bastante significativo para que sus destinos vuelvan a unirse.

A Isaac no le convencieron las explicaciones del aparato. Apagó el ordenador y echó una cabezada. Los coletazos de la resaca volvían a las andadas.

Tuvo una pesadilla horrible. Los hospitales sufrían un colapso en sus líneas telefónicas y los parques de bomberos enviaban camiones a los lugares erróneos. Los semáforos no funcionaban, ni el tráfico aéreo. Aviones desorientados se estrellaban contra las fachadas como murciélagos atrapados en una jaula y la gente moría a millares. La ciudad estaba en llamas, su virus se había difundido rápidamente por las líneas de comunicación inutilizando los servicios de emergencia. El país entero iba a quedar paralizado.

Abrió los ojos. Era su dormitorio, su acogedor y familiar dormitorio. Se dio la vuelta deseando que Elena hubiese reconsiderado su postura y vuelto con él, pero el otro lado de la cama estaba vacío. Por Dios, no podía aguantar más aquella vida.

Sabía que era una estupidez, pero cogió papel y bolígrafo y se dispuso a escribir.

«Yo, Isaac Nares, en pleno uso de mis facultades mentales…».

Finalizado su testamento, arrancó la hoja y la guardó en un cajón de la mesita de noche. Ella no tendría que conocer jamás la existencia del documento.

Se duchó con agua fría y se vistió con ropa limpia. Si sus compañeros de trabajo se enteraban de lo que había hecho se reirían de él hasta el día del juicio. Isaac se sentía ridículo. Buscó el canal de la televisión local y sólo cuando comprobó que la ciudad estaba en calma se sintió mejor. No había sido buena idea crear un virus y mandárselo a desconocidos. Satán club, ¿qué era eso? ¿Una secta? ¿Por qué había sido tan idiota para seguirles el juego?

En el mueble bar le esperaba una botella de su mejor coñac. Se sirvió una copa y golpeó el borde con la uña. Era un tañido cristalino, quizás lo único puro que podría encontrar en su apartamento.

El timbre de la entrada le sacudió de su asiento.

El corazón quería salirse de su pecho. Isaac sabía que no podía ser verdad, que aún era demasiado pronto, pero escondió la copa y se apresuró a abrir.

Allí estaba, radiante, espléndida. Elena había vuelto.

Acompañada.

—¿Qué estás haciendo aquí, Rubén?

Éste no respondió. Isaac se volvió hacia su esposa.

—Sé que no has venido a quedarte —la increpó—. ¿Qué es lo que buscas?

—Tienes algo que me pertenece —la mujer entró al apartamento y se puso a revolver el aparador.

Rubén le susurró algo al oído. Gracias a las indicaciones de su compañero, Elena dejó el aparador y se dirigió directamente al dormitorio.

—Rubén, no has contestado a mi pregunta —repitió Isaac.

—Ya ves, está muy claro.

Elena había encontrado el testamento guardado en la mesita de noche y lo exhibía triunfante.

—Tiene la misma fuerza legal que un documento notarial —contestó a una pregunta no formulada—. Mi abogado me dijo que se llama testamento ológrafo. Muchas gracias por dejarme toda tu fortuna, Isaac: sólo a un cretino como tú se le podría engañar tan fácilmente. Merecerías ir al infierno por memo.

—Llévatelo, no tiene ningún valor. Puedo revocarlo cuando me dé la gana.

—Permíteme que discrepe.

La bala le atravesó la frente. Elena miró el cañón humeante del silenciador, y alternativamente a Rubén.

—¿Era necesario? —inquirió ella, confusa, tirando el arma al suelo.

Su compañero dejó al descubierto sus magníficos dientes blancos. Elena sintió que un frío glacial penetraba en su interior. Demasiado tarde comprendió el significado de lo que acababa de hacer.

—Por supuesto que no lo era, querida —dijo la criatura—. Por supuesto que no.

© Copyright de José Antonio Suárez para NGC 3660, Abril 2017

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