Sari vuelve a la guerra

 

Por M. J. Sánchez

 

Lo observo mientras camina hacia la aldea, con su paso balanceante. Es muy alto y como todos los hombres muy altos y delgados los hombros parecen oscilar cuando andan. Ya no son como fueron, fuertes, el tiempo los ha vencido ya. Aun así, camina con esa gracia suya tan peculiar por el sendero que abrimos a machetazos hace tantos años ya que no consigo recordar. Tiene una brizna de hierba entre los labios a la que da vueltas perezosamente y el destello de sus ojos verdes, casi sepultados entre las arrugas, ha sido lo último que he visto cuando se perdía por la curva.

He vuelto a mi trabajo. He refrotado con el paño impregnado de grasa el filo de esta magnífica espada que compré hace tiempo en el mercadillo de Ymir. Tiene la brillantez y el color vivo y alegre de las espadas jóvenes. Ese azulado o gris del acero poco sufrido, la desfachatez y ganas de bronca del acero sin probar.

Sonrío. Pienso en las espadas como algo vivo, pero no pienso lo mismo de una lanza. Y son mucho más útiles. Una lanza no tiene personalidad, una espada sí. Las hay con un ligero desequilibrio hacia la parte fuerte; hay que tener cuidado con ellas, compensar ese ligero sobrepeso con un movimiento más rápido o decidido. Otras tienen la punta viva, como deseosas de hundirse en pieles ajenas; hay que controlar a esas desvergonzadas antes de que cometan una locura.

—Madre, te has manchado la cara de grasa. Comemos cuando padre vuelva.

He asentido con la cabeza mientras me aparto la gruesa trenza blanca del hombro. Cuando mi hija dice que es la hora de comer hay que salir arreando o pone esa casa de morder algo amargo que me pone tan nerviosa. Miro por encima de mi hombro y la veo inclinada sobre la costura mientras vigila de hito en hito el puchero de la sopa.

Suspiro. A veces hay que alegrarse de que los hijos no se nos parezcan. Si ella hubiera seguido mis pasos ahora no tendría dónde refugiar esta pierna mala que tantos disgustos me da. Lena vive dentro de la propiedad que hace tantos años gané derramando sangre en las guerras del Segundo Comendador. Su marido, Etam, y ella, cultivan las tierras que antes cultivó mi esposo, antes de convertirse en este adorable anciano de mirada pícara que va a tomarse un vaso de vino a la taberna del pueblo con un viejo colega. Ella dice que nos cuida. Me río, aunque en el fondo sé que lleva algo de razón.

Si no fuera por esta pierna, vieja y dolorida… Me gustaba viajar, ese perenne morral al hombro, el peso de la impedimenta sobre los hombros hasta insensibilizarlos, el pellejo del agua fresco contra el costado, las bromas entre colegas mientras marchábamos, el sol sobre la cabeza como un martillo de fuego. Tantas sensaciones que vuelven a mí nada más cierro los ojos y me dejo llevar por el pasado, rumbo a otras épocas más sufridas y más felices. Menos aburridas que esta, desde luego.

Me froto la nariz; moquea. O no. O son lágrimas. Me irrita el potingue este que uso para abrillantar el cuero. Huele fatal. Sacudo la cabeza con impaciencia. O son lágrimas por el tiempo pasado.

Sari quiere volver a la guerra. Como si ya no hubiera tenido bastante. De vez en cuando mi marido me lo dice y repite la frase como si le hiciese gracia: «Sari quiere volver a la guerra». Y maldita la gracia. Solo soy un despojo de otros tiempos, aquello que quedó cuando todos se fueron y la fiesta se acabó. Al menos he conservado la vida; muchos otros de la comenda no pueden decir lo mismo. Ni sus huesos quedan, desperdigados y mezclados con el polvo de los caminos.

Se supone que este pensamiento debería consolarme, pero no es así. Siento la nostalgia bañarme de punta a punta y dejarme temblorosa y aturdida como si me hubiera tirado de cabeza en las heladas aguas del Timbre.

He guardado todos los cacharros de la limpieza. La espada la he colgado al fondo del gran salón de esta vieja casa de piedra, sobre la chimenea. No es una mansión señorial, pero es grande y cómoda, y las tierras que la rodean, fértiles. Era la casa a la que regresaba después de mis aventuras, con un remiendo más en el pellejo, un montón de borracheras más a la espalda y la firme promesa de no volver a correr los caminos de la guerra.

Solo incumplí la llamada de la primavera a los ejércitos cuando mi marido me engañaba para preñarme. Lo calculaba sin perder esa sonrisa suya y me decía: «Para que no me dejes solo, paloma, y poder mirarme en tus ojos si algún día no vuelves». Sin embargo siempre volvía y tuvimos cuatro hijos que él crió amorosamente, de los cuales solo nos quedan tres; mi pequeño Elgar murió de una larga y dolorosa enfermedad que me encaneció el cabello y pintó dos largas arrugas en el rostro de mi esposo.

Ya oigo sus pasos en la entrada. Voy a prepararme para la cena.

Las cenas son un episodio incómodo. Mi hija considera que charlar ruidosamente durante la comida es cosa de gente de baja estofa. El resultado son unas comidas en un silencio denso como el humo de una hoguera de leña verde que se hacen más largas que unas exequias fúnebres. Mi marido me ha mirado con esos ojillos suyos maliciosos durante toda la cena y me he preguntado si había ocurrido algo o era solo el brillo del vino de la taberna del pueblo.

Hemos salido pronto de dudas. En vez de quedarnos un rato a charlar después de comer, ha pretextado un dolor de cabeza y sin permitirme una sola palabra me ha cogido de la muñeca y ha tirado de mí sin contemplaciones hacia el dormitorio. He sentido el impulso de resistirme y mandarle a la porra; he visto a mis espaldas cómo mi yerno contenía una risita libidinosa y mi hija le lanzaba una mirada severa. Y el comentario casi susurrado:

—Ya podía ser yo como tu padre, que me tienes a palo seco.

Y la menos susurrada respuesta de mi hija.

—Cállate, idiota, son solo unos viejos cansados.

La risita, esta vez descarada, de mi yerno.

—Sí, cansados, pero…

Ya no he llegado a escuchar la respuesta airada de mi hija, porque Kharad, mi marido, ha cerrado la puerta bruscamente a mi espalda.

—¿Se puede saber qué…?

Ha tirado con fuerza del cinturón de mi túnica y luego ha enterrado el morro en mi cuello para mordisquearme a su placer.

Le he dado un buen empujón, pero apenas he conseguido separarlo de mi cuerpo.

—¡Oye, tú! ¿Qué demonios te pasa? ¿Te has pasado con el vino?

No es que sienta vergüenza a pesar de mi edad de disfrutar en los brazos de mi esposo, pero no me gusta que me arree como a las bestias del arado, estaríamos buenos.

Ha alzado la cabeza, despeinado, y con una expresión misteriosa en el rostro.

—No me he pasado con el vino. Voy a cobrarme por adelantado una información que te interesa.

He vuelto a empujarle sin contemplaciones.

—Ah, cómo eres.

Se ha echado a reír y se ha dirigido hacia la cama con pasos lentos y perezosos, seguro de haber atizado mi curiosidad.

Yo he hecho como si no tuviera interés alguno. Me he soltado la trenza y cepillado el pelo enérgicamente. Me he desecho de la ropa y me he metido en la cama. Allí me esperaba él, el muy tunante, conteniendo la risa.

—Algún día voy a quemarte los bigotes cuando estés dormido.

—Seguro que lo harás. Pero primero querrás saberlo todo, paloma.

Le he mirado de refilón con cara de mal agüero, pero él se ha acomodado las mantas y ha cerrado los ojos, sin borrar la sonrisa.

—No me creo que vayas a dormirte como si tal cosa.

—No me das nada interesante para mantenerme despierto —ha murmurado él, con la voz tomada por el sueño.

Efectivamente, en menos de lo que he tardado en apagar la lamparilla he escuchado el primer ronquido.

Es desesperante, pero me conoce como la palma de su mano. He intentado coger el sueño, pero es imposible. He dado vueltas, mirado hacia el techo en la oscuridad, he pensado en cosas aburridas —las cenas eternas en compañía de mi hija—, y, luego, ya no he podido más.

—Eh, tú —le he codeado con suavidad.

Un ronquido entrecortado y ha cambiado de postura con un suspiro. Me ha dado la espalda. Así que he hecho lo que él quería: he deslizado la mano por su cadera y le he acariciado el miembro. Poco ha tardado en despertarse, qué puñetero. Podría haberlo zamarreado como un saco y ni habría abierto un ojo. Esto lo devuelve a la vida en un instante.

Hemos hecho el amor a dos tiempos. Yo con impaciencia y ganas de acabar de una vez; él quejándose de mis malos modos e intentando prolongarlo lo más posible. Al final hemos caído los dos jadeantes y sudorosos.

—Venga, cuenta.

Se ha girado hacia mí. La luz de la luna se filtra por las rendijas del portillo de la ventana y veo titilar ese brillo burlón en sus ojos.

—Sari quiere volver a la guerra —me ha dicho.

Yo he bufado.

—¿Me has tomado el pelo?

Él ha suspirado.

—Hay movimiento de tropas al otro lado del Timbre.

Me he incorporado de un salto en la cama.

—¿Tropas? ¿Qué tropas? No estamos en guerra con…

Un suave ronquido me ha interrumpido. El muy cabrón se ha dormido. Cómo puede dormirse, el Timbre está ahí al lado, estamos a poco más de… ¿Cuántas leguas? ¿Cuánto pueden tardar en cruzarlo? ¿Vienen hacia aquí o están de paso? ¿Quiénes son? ¿Qué pueden querer aquí, en el culo del mundo?

—¡Eh, Sari!

El viejo comisionado me ha saludado desde la ventana de su dormitorio en la segunda planta de la enorme casa de piedra que tiene en el centro del pueblo. Apenas ha amanecido. Yo estoy abajo, a medio armar, solo con una brigantina tan vieja como yo, la más cómoda que tengo. Me permite viajar deprisa, no como la armadura completa, con la que necesito tiempo y ayuda. He cogido del establo de nuestra casa a un joven semental que piafa y rasca el suelo con los cascos forrados de hierro. Sari no va ya a la guerra, pero ha entrenado un caballo joven y lo ha alimentado hasta convertirlo en un destrier de combate, fuerte aunque inexperimentado, justo lo contrario de lo que ella es.

Ilaila, el comisionado, es muy viejo ya. Ha salido a la puerta doblado como si hiciese una reverencia y con una sonrisa que muestra sus dientes sucios y podridos. Todo esto me da mala espina. El vigilante de la puerta de la muralla me ha recibido alerta, cuando cualquier día habría tenido que apedrearle para que me abriera. Es indudable que algo pasa.

—¡Señora Sari-al-Ymir! ¡Estoy encantado de su visita! ¿En qué puedo servirla?

Y una mierda. A estas horas siempre está en la cama. Si antes estaba escamada ahora ya sé que es algo gordo y que no me va a gustar.

—Querido Ilaila, corren rumores de que hay tropas al otro lado del Timbre. No sé más. ¿Hay motivos para preocuparse?

El viejo se ha rascado la cabeza mientras me ha acomodado en una enorme silla de madera y ha llamado a voces a su mujer. En unos instantes la mesa casi se combaba del peso de la comida y la bebida que habían acumulado encima. No he tocado ni un trozo de pan. Me estaban dando ganas de vomitar al ver el rostro enrojecido y confuso del comisionado.

Una cosa es ir a la guerra al otro lado del mundo. Haber participado en las batallas de la lejana Ymir; volver cargada de oro y gloria, además de unos cuantos remiendos por aquí y por allá. Otra cosa es ver el peligro al lado de esos viejos y pícaros ojos verdes. Sentir el pánico de tus hijos y vecinos. Ver cómo otros derraman la sangre de los tuyos. Es egoísta, lo sé, y lo soy, pero mi profesión lo es. He apretado los labios y me he preparado para lo peor.

—Sí, bueno, algo hay de eso, pero, sin problemas, ¿eh?, ya he mandado remendar la parte de las murallas que dijisteis, la zona aquella del barrio de…

—Sí, lo sé. Lo he visto.

—Pues entonces, no pasa nada, ¿no? A unas muy malas nos encerramos aquí y esperamos que pase la tormenta, digo yo… no parecen ser muchos ni venir con malas intenciones, solo gente de paso de un embrollo a otro, con todos mis respetos para la magnífica profesión de las armas, ¿eh?, que no es una crítica ni nada, solo que, bueno, ya sabe, señora Sari, ¿eh?

Y ha empezado a atiborrarse de comida, mientras la náusea crecía en mi estómago. Me he levantado y he ido a la cocina, donde la señora Luila, su mujer, está apoyada con las dos manos en la mesa de madera maciza donde amasa los mejores pasteles de la comarca. Ambas nos hemos mirado. Sabemos que el pobre hombre está casi senil y que ahora la que manda es ella. Me he cruzado de brazos y ella se ha restregado las manos y ha tragado saliva.

—¿Tan malo es? —le he preguntado en tono muy bajo.

Ella se ha encogido de hombros.

—Lo encerraré en casa y diremos que está enfermo —comentó con voz temblorosa—. Tengo todo aquí, todo lo que se puede necesitar. El mandato del rey, las llaves del cofre del dinero, todo. Lleváoslo. Haceos cargo, sabéis lo que tenéis que hacer…

Nos hemos cruzado la mirada de un lado de la mesa al otro.

—Señora Luila, ¿por qué no mandáis llamar a vuestro hijo para que se haga cargo él? ¿No sucederá a su padre pronto?

He visto el pánico brillar en sus ojos. Sí querrá que su hijo recaude los impuestos, haga cumplir la ley, administre el patrimonio real, mantenga el orden en la ciudad, algún borracho que otro, alguna disputa por las tierras que otra, en fin, un trabajo que puede hacerse sentado en un sillón. Comandar tropas es otra cosa. Enfrentarse a la muerte es algo que no quiere para su hijo.

—Mi hijo no sabe de guerras. No es soldado.

—¿Se lo habéis consultado?

En su rostro se ha abierto una sonrisa amarga, ácida, fría.

—Hará lo que se le mande. Y su padre le ordenará que se quede aquí protegiendo el pueblo. Será el rostro de la ley pero no su mano. Cada uno tiene su papel.

Y me ha desafiado con la mirada, donde se concentraba todo el desprecio destilado por una vida de comodidades, en la paz doméstica, en la vida virtuosa entre muros de las mujeres de mi pueblo, mujeres que jamás pensaron en correr por esos mundos perdidos y ajenos, como las tres locas que nos fuimos con la primera leva, muchos años ha. Las otras dos murieron hace tiempo. Una muy joven, en combate, entre mis brazos, la otra a consecuencia de una dolencia que se la llevó en un par de años, no hacía tanto. Entre la señora Luila y yo se abría un abismo de incomprensión pese a haber nacido apenas a un par de calles de distancia.

Suspiré. Hay lejanías que no se miden en leguas.

—Está bien. Buscadlo todo. Y haced que venga el pregonero.

Volvió con un morral de cuero grande y su hijo a la zaga. El pobre muchacho no sabía con qué cara mirarme. Tiene más o menos la edad de mi Lena y sé que en algún momento la pretendió.

—Señora Sari —ha murmurado.

—No te preocupes, Ilailain, te tendré informado de todo. Me llevaré a los mejores cazadores que haya y evaluaremos la amenaza. Cierra las puertas. No es día de mercado, que no entre nadie que no sea del pueblo. Avisad a los que están más lejos con la campana. Que el toque les diga que han de ponerse en camino hacia aquí. Preparad lugares para acogerlos. Organizad a los hombres y las mujeres que sepan usar armas o ayudar a los que estén en la muralla, si se da el caso de que vengan hacia acá.

El pobre me ha mirado, algo aturdido, con una chispa de esperanza en la mirada.

—Pero puede que no vengan hacia acá, ¿no creéis?

Me he encogido de hombros.

—Una tropa siempre necesita comida y descanso. Somos lo más cerca que tienen. Aquí la población está muy dispersa. Les queda mucho camino hasta la ciudad de Salent y nosotros estamos aquí. Esperar que pasen de largo ante un pueblo indefenso es mucho pedir.

Luila me ha mirado como si fuera yo la que estuviera al otro lado del Timbre. Es consciente de que en muchos momentos he sido yo la que ha amenazado la paz de mujeres como ella que vivían su cotidianeidad tranquilas, temiendo solo a la enfermedad y el hambre. Le he devuelto la mirada desafiante. La paz es una quimera de los ricos que hemos de mantener los que somos pobres. Porque aunque ahora no puedo decir que lo soy, sí que lo fui. Mientras ella vestía sedas y seleccionaba el mejor esposo, yo peleaba en barrancos y llanuras, vendía muy caro mi pellejo para comer al día siguiente.

No solo es cuestión de gustos, bordar o luchar.

He salido fuera. El pregonero se ha apresurado a llevar mi mensaje por el pueblo. La gente ha comenzado a concentrarse en la plaza a la búsqueda de noticias. He dejado a Ilailain que se enfrente a la crisis y las preguntas, mientras en el patio de atrás de su casa nos concentrábamos una pequeña partida de cazadores. Nosotros hemos necesitado muchas menos palabras para entendernos. Somos unos treinta, prácticamente la única gente realmente entrenada con armas con la que podré contar. He roto a sudar al pensarlo. Y de pronto el peso de la situación me ha caído encima. Me ha dado una crisis de pánico y he sentido la necesidad de correr hacia mi casa y darle un último beso a mi marido.

En vez de eso, he enrollado la gruesa trenza blanca en un moño apretado en la nuca y me he ajustado el cinturón entre los pechos. A la espalda el peso de mi espada nueva, la impaciente. Debajo de mí, un caballo entrenado para la batalla que jamás oyó el zumbido de las flechas ni el ronco batir de los tambores.

Hacía años que no cabalgaba hacia el Timbre. Baja de las montañas occidentales con unas aguas frías y bravas llenas de peces, para remansarse luego en la gran llanura de colinas donde se asienta nuestro pueblo y otros. Hay que conocer muy bien la zona para no perderse en estas lomas suaves e indistintas que se extienden a lo largo de leguas y leguas hasta el horizonte. Voy pensando por el camino las opciones que tenemos. He mandado un pequeño grupo hacia el norte a dar la vuelta a una pequeña masa de apretadas colinas que nos separa del río y otro hacia el sur, que tendrá que dar una vuelta mayor pues hay alturas más pronunciadas en esa dirección, y más compactas. Las primeras pueden subirse a caballo, pero fatigando mucho a los animales. Es imposible si van cargados. Confiamos en que hagan de pantalla entre nosotros y esta tropa de la que sabemos poco. Solo que apenas son unos cien. Con suerte, un destacamento desgajado de alguna comenda en busca de forrajeo. Porque no es un ejército. Los ejércitos mandan por delante sus pájaros de mal agüero en forma de requerimientos a hacer esto o lo otro. Una comenda se desplaza y nada más, según quien le pague más, y va con prisa. Pero si no es ni un ejército ni una comenda, pues solo se encuentran en zona de guerra a la búsqueda del mejor postor, ¿qué harían tan lejos del lugar donde se ganan la vida?

No quiero pensar que sea un grupo de bandidos que hayan creído que saquear pueblos pacíficos en el culo del mundo es más fácil que pelear y recibir una soldada. No quiero considerar que lo tomen como una nueva forma de vida. No quiero pensar nada. He azuzado el caballo con todas mis fuerzas y mis veintipico jinetes me han seguido con dificultad.

Hemos llegado muy pronto al desfiladero de Peñas Frías. Es un pequeño vallecito encajado entre las colinas, sinuoso, el único paso cómodo que tenemos para ir al Timbre en verano a recoger agua cuando el arroyo se seca y los pozos bajan tanto que nos hacen desear la llegada de las lluvias del otoño como si fuera oro caído del cielo. Recuerdo haber acompañado a mi padre de niña con una recua de mulas cargadas de pellejos llenos de agua para venderla en la plaza del pueblo a las mujeres como la señora Luila. Bailoteaba entre los pacientes animales a la ida, mientras que a la vuelta, agotada, mi padre me encaramaba a su vieja mula y dormía sobre sus crines hirsutas mecida en su balanceo.

Casi puedo oír su risa saltar de peña en peña con el eco mientras hacemos una pequeña parada antes de internarnos dentro del desfiladero. Estoy agachada en el suelo, estirando la espalda disimuladamente, le doy vueltas entre los dientes a un tallo fino de hinojo que me inunda la boca con su frescor. Es otoño. Intento pensar como los comenderos, intento pensar qué haría yo en su lugar si atravesara todos estos pagos desiertos donde solo hay hierba, árboles y agua, con suerte algo de caza, pero no comida de verdad para una tropa.

—¿Señora Sari?

Alzo la cabeza. Es Taturk, un joven recio, callado, inteligente. Un buen cazador.

—Dime, ¿qué quieres?

—¿No va a enviar alguien de patrulla antes de entrar ahí?

He vuelto a fijar la mirada en las grandes losas blancas y lisas que flanquean el paso hacia el río.

—Daría igual. Sé lo que hay.

El muchacho ha tragado saliva y alternado el peso de su cuerpo basto y musculoso sobre ambos pies, intimidado por mi indiferencia.

—Señora… Hay un sendero. Si subimos unos cuantos y nos adelantamos, podríamos caer sobre ellos y emboscarlos. Darles tiempo al grupo para derribar algunas piedras y contenerlos allí hasta que venga ayuda.

Ayuda. No sé qué ayuda piensa que podría venir. La juventud y sus esperanzas desatadas e infundadas. La verdad es que salvo retenerles aquí el tiempo suficiente para que el pueblo pueda cerrar las murallas a cal y canto con todo el mundo dentro, poco más podemos hacer. Ante unas murallas bien cerradas, su propia impaciencia les obligará a seguir el camino. Pero no voy a decirle nada de esto a este chico tan serio y tan listo. No voy a decirle que les llevo a una muerte poco digna. No voy a decirle que solo quiero que mi marido y mis hijos estén a salvo detrás de esa muralla que tantas preocupaciones me ha dado y que solo por eso estoy dispuesta a sacrificarme yo y sacrificarlos a ellos.

—¿Qué te hace pensar que vendrán por aquí?

Se ha tocado la nariz con un dedo.

—Huelo la presa, señora —ha murmurado—. Sé que vendrán por aquí. Somos una presa gorda y torpe. No nos dejarán en paz.

He asentido despacio. Sí. A pesar de todo lo que intentemos seremos una presa gorda y apetecible, indefensa. He suspirado y me he levantado de una sola vez, a pesar del dolor angustioso de mi pierna mala.

—Está bien. Coge cinco hombres y subid por el sendero. Os daremos —miré hacia el sol—, un cuarto antes de avanzar, para que podáis buscar el lugar apropiado. Os lleváis al chico —señalé al chaval más joven, un pelirrojo flacucho—, y luego lo enviáis con noticias. Mirad si hay posibilidad de emboscarse cerca de la piedra de la Balanza. Allí el paso se estrecha y hay muchas piedras alrededor que podemos acumular para atrincherarnos y esperarles.

Le he mirado a la cara para despedirle antes de partir. Nada de la excitación del combate en su rostro. Solo la calma y la frialdad de un buen cazador al acecho de su presa, en esos momentos de tranquilidad en que aún no está a la vista. No han cogido caballos, el sendero es abrupto. No era muy difícil apreciar su satisfacción al dejar atrás a los animales. No son soldados, me repito. Son cazadores. Acechan sus presas, las engañan con un cebo, las atraen hasta donde no puedan defenderse y las matan sin un titubeo. No son soldados. Nada de gloria, ni el gorgoteo furioso de la sangre en las sienes, nada de la belleza del valor, de…

Todos me miran. Sé lo que piensan. Dudan. No saben qué se van a encontrar. Esperan de mí explicaciones, una arenga. Les han contado tantos cuentos a la hora de dormir, tantas historias de líderes elocuentes, sabios, cargados de bellas palabras. Pero mi trabajo no anda tan lejos del suyo. No tengo nada que decirles. Miro al sol y les ordeno aprestar las flechas. Alguno lleva una vieja espada que espero no tenga que emplear. A mi espalda palpita el hierro joven, impaciente, deseoso de saltar de su vaina. Me aprieto el cinturón con firmeza. No voy a luchar. Sé que no voy a luchar. Pero ella, esta espada joven e impaciente, no lo sabe.

Pasado el tiempo emprendemos el camino por la senda serpenteante. Mientras esperábamos charloteaban nerviosos entre ellos, pero desde que el chico volvió todos se han puesto muy serios, pálidos. Ha confirmado mis temores, los que en el fondo todos compartíamos. La tropa se ha adentrado en el otro extremo del desfiladero y hay que detenerlos. Taturk ha diseñado una estrategia desesperada que esperamos funcione. Nadie ríe. Avanzamos a buen paso, callados, tensos, aprendiendo el papel que cada uno desempeñará en la pequeña farsa que es nuestra única esperanza. Nada de combates heroicos, nada de luchas desesperadas. Una triste farsa que ojalá nos salve de la furia de las tropas.

Al llegar donde se avista la piedra de la Balanza cada uno se coloca en su lugar. Los animales se quedan allí, salvo mi caballo y los rucios más vistosos que yo misma he seleccionado, junto con los jinetes mejores. Los cazadores se comunican entre ellos en silencio con unas extrañas señales de las manos de las cuales me han enseñado unas cuantas para que pueda entenderme con ellos.

Una vez todo el mundo en su sitio, he dado la señal de avanzar y nos hemos lanzado a medio galope buscando la tropa que apenas se ha adentrado aún en el paso. Nuestro aspecto, el de que debemos tener a sus ojos, es el de una patrulla enviada por los lugareños para espiarles.

Los hemos avistado al poco, avanzando con lentitud entre las peñas y vigilando las alturas ojo avizor. No son tontos. Los desfiladeros nunca son tranquilizadores. Aun así hacen ruido, se nota que no esperan ninguna sorpresa. Saben lo que hay más adelante; están bien informados del lugar que cruzan y lo que les aguarda allí. Un pueblo casi indefenso que recolecta la uva en estos momentos y con gran cantidad de mosto espumoso del cual podrán disfrutar mientras saquean a su gusto la poca riqueza que encuentren y se comen las reservas que haya acumuladas cara al invierno.

Hemos hecho nuestro papel. Hemos parecido convenientemente sorprendidos, asustados, yo les he echado la bronca cuando se han vuelto y han huido y he salido en pos de ellos. Inmediatamente, su avanzadilla ha salido en nuestra busca. Hemos rebasado la piedra de la Balanza y el estrechamiento del desfiladero, para pararnos en un pequeño claro que hay al otro lado. Nos hemos dejado coger y me he mostrado convenientemente ofendida. Nos han mirado casi con incredulidad. De cerca no había donde llamarse a engaño: una guerrera experta y enfadada, pero anciana, y cuatro gañanes de pueblo asustados y abroncados. Nos han detenido hasta que ha llegado su jefe a caballo.

Era de esperar. Había oído hablar de él, claro está, aunque él no sabía nada de mí. Un comendador viejo, al que yo daba por retirado en algún lugar remoto y que aparecía aquí, sobre un caballo tan viejo y pellejudo como él. Se les notaba el hambre en la mirada. Mal debían ir las cosas por esos mundos si venían a saquear a unos pobres desgraciados perdidos en los confines.

—¡Una mujer soldado! ¿Tú eres la jefa aquí?

No le contesté. Me erguí en el caballo, sin soltar mis armas, mientras mis hombres desmontaban despacio con expresión aturdida y las manos en alto.

—¿Quién eres? —respondí con aspereza.

Se echó a reír.

—Dachs, para los amigos. Baja del caballo y entrega las armas, antes de que mande a estos —y señaló a los que le rodeaban—, a que te bajen de un bofetón.

Ahora me eché a reír yo.

—Ven tú y me bajas del caballo, si tienes huevos para hacerlo.

Todos se echaron a reír, Dachs, el primero.

—Ah, no, mujer, yo ya no estoy para esos esfuerzos —hizo una señal con la mano y se adelantó un joven musculoso a lomos de un caballo negro, que piafaba nervioso—. Aquí este chaval lo hará. Venga, muchacho, no vamos a echar el día aquí.

Muchos hombros, brazos fuertes, sonrisita suficiente, pero las piernas no acompañaban al resto. Se notaban más débiles y no podría recobrar el equilibrio con la suficiente rapidez ante un golpe certero. Alcé la lanza y todos aprestaron sus armas. Dachs gritó:

—¡Todo el mundo quieto! ¡Dejadlos!

Esta era la parte de la función que interesaba. Buena parte de la tropa que formaba la comenda se apretujaba en el espacio estrecho pendiente del drama que se avecinaba. Algunos comenzaron a jalear a su compañero golpeando los escudos con las espadas y ululando de manera estridente. El sonido me recordó el apelativo de Dachs, «el Búho», por los sonidos similares que usaban sus hombres para comunicarse.

No había sitio para usar la lanza, así que se la pasé a uno de mis chicos. Mi oponente había hecho lo mismo. Acaricié las crines de mi caballo. Este, impaciente, apenas obedecía las órdenes que le daba con las rodillas, aunque lo había entrenado bien, esperaba que se comportara como debía.

Ambos nos lanzamos hacia delante con un grito y un relincho casi sincronizado. Mi enemigo hizo lo mismo con la espada en alto y el escudo separado del cuerpo, un escudo ridículamente grande y sin umbo. El mío, más pequeño y con un umbo muy pronunciado, me fue mucho más útil. El golpe de su espada se enganchó en él y lo rechacé, mientras que el mío por muy poco no le alcanza el cuerpo. La punta, de refilón, le abrió una mejilla.

Nos separamos. Mi destrier había intentado golpear al suyo con valentía, pero el otro era un caballo listo, experimentado, y había rehuido los cascos de hierro con agilidad. Volvimos a embestir uno contra el otro. Y esta vez cuando estábamos uno al alcance del otro, me alcé en toda mi altura sobre los estribos mientras mi caballo golpeaba con los cascos al suyo en el pecho. Alcé la espada sobre su cabeza y la descargué sobre el casco, cuyas tiras saltaron y se soltaron. El intentó cortarme con un tajo de lado, pero nuevamente el umbo metálico de mi escudo lo apartó y arrancó chispas del filo de su espada. Aprovechando que se quedó desequilibrado, algo aturdido por el golpe como había previsto, hice girar mi montura y le ataqué con un tajo lateral que le pilló con el escudo alzado y el costado al aire. El golpe hizo saltar las arandelas de su cota de mallas y se tambaleó. Sus compañeros gritaron alarmados y se apretujaron más aún en el estrechamiento del paso.

Con un grito, alcé la espada de nuevo y di la orden. Todo sucedió muy deprisa. Mis compañeros perdieron su aspecto aturdido y sacaron las aljabas y los arcos de los caballos a cuyo lado se habían mantenido; derramaron una lluvia de flechas sobre Dachs y sus lugartenientes que se dieron la vuelta e intentaron protegerse en la masa de la tropa.

Justo en ese momento, se desprendió la vieja piedra de la Balanza de las alturas. La había conocido siempre allí, vigilante en el recodo estrecho del camino, desde que era una niña. Jamás se me habría ocurrido la idea de romper su equilibrio, más precario de lo que parecía y volcarlo sobre el paso. Se derrumbó por la ladera con un estallido siniestro y reventó en millares de piedras menores. Cuando los comenderos intentaron huir, tropezaron con sus compañeros de atrás y las piedras los machacaron hasta convertirlos en pulpa y enterrarlos bajo su peso. Nosotros, mientras tanto, disparando flechas, nos habíamos retirado hacia el otro extremo del claro, lo más lejos posible de la avalancha.

Todo sucedió muy rápido. Se extendió una nube de polvo blanco, pura piedra triturada en el aire, y se mezclaron los ayes de pánico y dolor de los comenderos con el grito victorioso de los míos.

Yo no dije nada. Mi enemigo había sido alcanzado por un grueso pedrusco en la cabeza después de haber perdido el casco, y yacía muerto en el suelo mientras su caballo huía despavorido. Animales y hombres yacían en un revoltijo repugnante del cual se elevaba el olor a muerte y miedo.

El paso de las Peñas Frías quedó cerrado y buena parte de la comenda quedó enterrada bajo sus losas blancas.

Nos reunimos de nuevo en la entrada del paso, camino del pueblo. Taturk y los suyos me informaron del descalabro de la comenda que, diezmada por la avalancha y el pánico, había huído despavorida y sin líderes hacia el río. Estaban entusiasmados y pletóricos de alegría. Gritaron y se abrazaron. Yo sentía el calor de la sangre bajar por un costado donde la punta de la espada de mi oponente me había rozado. Era consciente de que no habría sobrevivido a un combate completo. Solo servía ya como cebo, nada podía ya contra la juventud y su fuerza.

Respiré hondo y el dolor comenzó a latir. Aunque habíamos vencido, yo había perdido. Me bajé del caballo con dificultad. Taturk se apresuró a ayudarme. La espada cayó de mi mano, envuelta en un fiero relámpago rojo. Mi caballo pateó la hierba en una especie de danza de la victoria.

—¡Señora Sari!, ¡estáis herida!

No tenía fuerzas para reírme, pero de heridas sabía lo suficiente para comprender que esta no iba a matarme, aunque sería la última. Le palmeé el rostro.

—Quédate con mi espada y el caballo, Taturk —barboté con dificultad—. Te los has ganado. Además, Sari ya nunca volverá a la guerra.

© Copyright de M. J. Sánchez para NGC 3660, Marzo 2019 [ Especial Féminas 2019 ]

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