Saint Raider

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Por H.J. Pilgrim

Capítulo 1

 

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía…

 

Aquellas palabras resuenan en mi cabeza como si las estuviera escuchando en este mismo momento. Miles de recuerdos luchan por surgir y tornar mi vida un poco más desgraciada de lo que ya lo era. ¿Es acaso posible ser más desdichada? No lo creo.

Mi nombre es Sayi y tengo diecisiete años. Hoy va a ser un gran día. O al menos eso creo. O espero. O anhelo con todas mis fuerzas.

Mi padre está por volver de trabajar en los basureros de Nuevo Madrid, mi ciudad. Este es un mundo avanzado donde gentes como nosotros no tenemos un lugar. Máquinas inteligentes hacen las tareas de limpiar, cocinar, construir, demoler, proteger, analizar, curar… Todo lo que puede ser automatizado o son labores repetitivas o que no requieren creatividad alguna, habían sido desterrados de los dominios del hombre. ¡Maldito sean sus creadores! Nos condenaron a la gran mayoría a una vida de necesidad.

Tan sólo hay unas pocas labores en las que el ser humano aún es superior a cualquier autómata: protección, diseño, deportes, escritura, actuación, baile y canción. Para lo demás, los robots se encargaban de hacerlo más barato, más rápido, sin errores y por más tiempo. Era lo que siempre los empresarios habían querido Era por lo tanto complejo que los miles de millones que no estábamos entre los elegidos pudiéramos desempeñar cualquiera de estos roles.

El hambre llamaba a las puertas de todos los países del mundo, donde cientos de miles de personas morían de inanición todos los días. Era como si cada año una ciudad como Nuevo Madrid, de diez millones de habitantes, desapareciera. Es una locura, una maldita pesadilla. Pero había gente que ganaba mucho dinero con eso, como siempre suele pasar en este tipo de desgracias.

Me levanto de la cama y dejo mi ajado libro de Fahrenheit 451 a un lado. Las hojas se deslizan sueltas de unas cubiertas cuya portada había desparecido. Al parecer era un ejemplar muy antiguo, de finales del siglo veinte que había sido propiedad de mi abuelo cuando era pequeño. Es mi único tesoro, también mi único contacto con la literatura y no porque fuera prohibido leer, sino porque es muy caro.

Los libros de papel son historia. Los pocos que quedan son para los grandes coleccionistas que se pueden permitir el lujo del espacio del que la gran mayoría carecemos. Los medios digitales, permiten una lectura en cualquier lugar en cualquier momento, sin tener que cargar con nada. Simplemente haces un gesto y de los implantes en la mano se despliega una pantalla sobre la palma. Lógicamente, este es un gadget para los potentados. Yo ni siquiera sueño con soñar tenerlo. Está tan lejos…

Pero este día… Este día será definitorio para mí. Un antes y un después. Mi hundimiento o el alzamiento a una vida de privilegios. Por eso no pude dormir anoche. Estoy tan nerviosa que creo que en cualquier momento empiezo a gritar. Y no es para menos. Hoy sabré si hay algo bueno en mí tras esta fachada de miseria.

Cuando una persona como yo (pobre) cumple diecisiete años, tiene la opción de presentarse ante las autoridades para ser analizada. En las comisarías te hacen una serie de estudios en los que se determina tus capacidades físicas y mentales, así como tu predisposición a ser alguien de la élite de los cuerpos de seguridad, deportistas o artistas. De ahí, te envían a una academia donde eres instruida y, finalmente, te integras en la sociedad como un profesional de futuro. Y todos tus problemas serán un mal recuerdo.

Esta es la parte bonita. Si no eres elegida, vuelves a casa en una hermosa bolsa para cadáveres. Aquella sumaria medida había sido impuesta por los comisarios por el gasto de activos incurridos en el análisis. Como todo negocio, tiene que haber rentabilidad. La pérdida de tiempo y esfuerzo se paga con la vida.

No todo el mundo es apto para ser parte de ese grupo. No es nada que no entre en la lógica. Cada uno tenemos una serie de habilidades que determinan nuestra profesión. Pero como dije antes, los benditos robots nos quitaron los trabajos que durante tanto tiempo ostentábamos como nuestros e intransferibles. Al final, nadie es indispensable.

El tiempo y el dinero que se invierte en los análisis son tan considerables que al menos se tenía que hallar un talento entre cien para obtener un mínimo de ganancias. La circunscripción que encontraba más talentos a lo largo del año recibía grandes beneficios. La que menos… bueno. No era algo agradable lo que le ocurriría al comisario y su equipo directivo. Igual, no me verás llorar por ninguno de ellos.

Así que, el mayor asesino de personas a parte del hambre y las enfermedades a mediados del siglo veintiuno era la policía por medio de los muchos castings frustrados. Vaya ironía, ¿no?

Los rumores dicen que se ideó un pre-examen para reducir los fiascos en los castings. Optimizaban su trabajo usando ciertas preguntas que disparaban las capacidades o falencias de los pobres infelices que nos presentamos. Obviamente, aquellos que no lo pasan tampoco viven para contarlo. Ir a las comisarías, es un camino de no retorno. Por lo que, tienes que estar muy seguro o muy desesperado para siquiera pasar por delante de la entrada.

Yo sé que mis talentos son más bien pocos. ¿Deportista? ¡No! Imposible. No tengo fuerza para ser futbolista, jugadora de hockey o tenista. Sinceramente, no sé quién de nosotros, puede correr más de dos minutos sin terminar en cama. ¿Cantar? Me gusta, pero no tengo la voz de las grandes estrellas que suenan por la radio. Conozco mis límites y alguna que otra vez he desafinado. Demostré mi torpeza las veces que intenté bailar (además se entrena tanto como cualquier otro deporte). Tal vez actriz… o escritora. Son mi única esperanza para escapar de aquí.

No puedo contar los sueños que he tenido a lo largo de mi vida y que he ido registrando como pude en los antiguos cuadernos de papel que mi padre encontraba de tanto en tanto. Una vez escritos, los actuaba tratando de interpretarlos de la mejor manera posible. Me falta técnica, no lo puedo negar, pero soy un diamante en bruto que sólo necesita ser pulido.

Me presento ante mi espejo sin marco, cuadrado, oxidado y con una hermosa grieta que lo cruza. Veo ante mí a una jovencita de cabellos rubios lacios enmarcando un rostro delgado y ovalado de piel blanquecina. Sus ojos grandes de color azul me contemplaban con lástima y un pequeño brillo de esperanza. Su nariz recta tiene los orificios abiertos tratando de captar el leve aroma a perfume de su madre que su padre tenía como una reliquia. Sus labios, aquellos labios que su padre no quiere mirar, porque son como los de su desaparecida esposa, el de arriba fino, el inferior más carnoso. Era delgada por el hambre, pero su cuerpo tenía alguna que otra curva interesante, en esta ocasión cubierta por un chándal de color negro, antaño ajustado, hoy un poco suelto.

Me considero una guapa adolescente. Mis vecinos me miran, me piropean y tratan de ganarse mi amistad. Aunque nada más que eso habría de ocurrir. Nadie se casaba, ni se unía. Era desesperante encontrar comida para uno como para complicarse con otra carga. Mi padre nunca me considerará como tal, pero a fin de cuentas, tiene que trabajar el doble para que haya algo de comer en la mesa de vez en cuando.

Papá todavía no regresó. Quería despedirme de él antes de irme. Probablemente habría sido la última vez que lo vería. Aunque tal vez es mejor así. Podría romper en llanto y arrepentirme si lo tuviera a mi lado. Averiguaría qué me traigo entre manos y me frenaría.

Espero que me pueda perdonar el daño que le voy a causar. Primero fue mamá… Ahora yo. Las mujeres de mi familia no somos las mejores por lo visto. Sea como sea, nuestra vida va a cambiar. Para mejor, espero.

No sé por qué, pero desde que nací, sentí que mi nombre sería conocido por todos. Por lo que tengo que irme de casa y enfrentar mi destino en el casting. Lo mismo me equivoco y esa sensación no es más que un deseo producto de mi necesidad y de mi baja autoestima. Que el infierno me lleve si lo sé.

Me aseguro de que mi nota de despedida está en uno de los cajones del mueble donde guardo las pocas mudas de ropa que tengo. Me maldecirá cuando la encuentre porque será ya muy tarde como para que él pueda hacer nada. No lo puedo culpar. Se quiere aferrar a todo lo que le queda. Y eso me hace sentirme cada vez peor. Lo voy a dejar más solo y más desdichado que nunca. Pero no soporto esta vida más. Y tengo una pequeña posibilidad de cambiar nuestra suerte.

—No hay nada más valioso que la vida de una persona. No deberían jugar con nosotros así —afirmaba vehemente cuando escuchaba las noticias de los nuevos muertos por el casting—. Todos los seres humanos somos iguales, ¿o no?

Él no había aceptado cómo había cambiado todo a lo largo de aquel siglo. Ni lo hará aunque eso lo lleve a la tumba. Pero no puedo vivir de la melancolía o de una supuesta justicia divina (que a todas luces parece habernos olvidado). Cada momento es una lucha por vivir un poco más. Sinceramente, prefiero morir de un disparo que de hambre.

Tanta es la desesperación de toda la gente de mi edad, que somos muchos los que nos presentamos a los castings. La muerte es una mejor salida que el regreso al gueto en el que tenemos que luchar unos contra otros por un bocado. No sería la primera ni última vez que alguien apuñalaría a su compañero por una rata o un perro famélico que poder cocinar. Mi padre tiene razón. Nadie debería vivir así.

Miro el dorso de mi mano. Bajo un par de milímetros de piel está el chip que te injertan al nacer, donde se almacena toda la información que los burócratas consideraran importante sobre cualquier persona: patrimonio, árbol familiar, DNI, seguridad social, historial clínico, clase social, estudios, experiencia laboral y antecedentes. En mi caso, datos que me confirman como elemento desechable de aquella avanzada civilización.

También sirve como monedero. Puedo comprar lo que quiera sin usar las antiguas monedas o billetes físicos. Desafortunadamente, tengo tan pocos créditos que lo único que puedo hacer es pagarme el viaje de ida a la comisaría. La vuelta… no tengo previsto volver tal y como voy. Así que si no me convierto en fiambre de Sayi, será mi mayor triunfo.

En eso, suena la bocina del tren que me avisa que está llegando a la estación.

—¡Oh, mierda! —exclamo.

Estoy a doscientos metros y a este ritmo lo voy a perder. El tren para apenas un par de minutos para dejar y recoger pasajeros. Si no subo estoy jodida. El siguiente vendrá dentro de una hora y mi turno para el casting ya habrá expirado. No me queda otra que correr.

Hacía muchísimo tiempo que no me esforzaba de esa manera. Correr resta las pocas energías que tenemos la gente pobre. Había estado reservando estas reservas para el casting. ¡Qué ilusa!

El tren se detiene. Calculo que estoy a poco menos de cincuenta metros. Llego. ¡Puedo hacerlo! Esprinto convencida de que nada me va a frenar. ¡Es mi destino llegar! ¡El nacimiento de una nueva Sayi!

Paso el lector que descuenta el crédito correspondiente al viaje, esquivo un mar de gente deprimida que trataba de dejar la estación y cuando estaban a punto de cerrarse las puertas, salto y caigo en el suelo sucio y metálico del tren. ¡Lo logre! Una repentina presión en el pie izquierdo me avisa de que no había sido lo suficientemente rápida para evitar que las puertas se cerraran sobre mí. Tiro fuerte de él, temiendo romper sus mis maltrechas zapatillas. Gastando otra vez energías lo libero sin daños considerables. Si hubiera salido antes, nada de esto me habría pasado. ¡Bien ahí, Sayi! Te saboteas tú sola.

—¡Enhorabuena, jovencita! —exclama un hombre vestido de policía mientras me aplaude. ¿Qué le pasa a este?—. Creo que jamás vi a nadie entrar en el tren así (y eso que llevo muchos años de servicio). ¿Vas al casting?

No había muchas dudas. ¿Por qué una chica como yo iba a ir a la ciudad sino? ¿Para comprar? ¿Ir a trabajar? ¿Pasear? Los pobres no salimos de nuestra zona. Deambular por alguna otra zona puede llevarte de cabeza a una ejecución. En la República de mediados de siglo no había cárceles.

—Sí. Hace dos semanas que cumplí diecisiete —respondo con timidez. Nunca sabes cómo puede reaccionar un agente de policía—. Es la oportunidad de mi vida.

El hombre me miró con rostro entristecido. Era deprimente ver que la esperanza de una adolescente estuviera puesta en un proceso que, con total seguridad, le costara su vida. ¡Este es nuestro mundo, amigos! Donde el mero hecho de vivir es un lujo.

—¿Cuántas manzanas cubriste?

—Dos. El tren estaba a punto de llegar.

—Hum. Doscientos metros en muy poco tiempo. ¿Quieres ser deportista?

—Es lo último a lo que aspiro. Estoy más interesada en actuar… o el modelaje…

—Sí, eres muy guapa, pero hay muchas mejores que tú —su respuesta me deja helada. ¡Gracias por la confianza!—. Disculpa por ser tan franco, querida. Pero tengo que ser justo contigo.

—Pe… pero… el talento…

—Hace mucho tiempo que cubro esta ruta y casi te puedo decir qué clase de gente pasará el casting y quién no. Muchas jóvenes hermosas suben con grandes sueños de gloria por día. Tienes que pasar el análisis y las pruebas. No todas lo hacen. El noventa por ciento del éxito se basa en el aspecto físico y el otro diez por ciento en la capacidad interpretativa. Todas tienen el primero, pero no el último. Lo veo cuando practican sus textos, fingen alegría o tristeza. Ilusión o desesperación. Y ese es el problema: fingen. No hay sentimientos. El público necesita realidad. Las que no terminan muertas… Bueno, no quiero decirte qué les pasa.

—¿Puede haber algo peor que morir? —pregunto inocentemente.

—Hay cosas mucho peores que la muerte, como la esclavitud. Hombres y mujeres compran a las perdedoras por un precio de saldo para disfrutar de ellas. Su belleza es su maldición. Así que no te tomes mi comentario como una falta de respeto, si no como un consejo que puede salvar tu vida o tu integridad física al menos.

—¡No puedo presentarme como deportista! No… no estoy preparada… —exclamo asustada. Correr dos manzanas es una cosa y competir es otra. No hay otra cosa en la que me sienta capacitada. ¡Esto no puede estar pasándome!

—No estoy tan seguro —el guardia calla y se queda unos segundos pensando. Hace el intento de hablar, pero se frena. ¿Qué diablos le pasa? Finalmente se decide y me susurra al oído—. Hay otra alternativa. Sólo los elegidos la conocen. Y ya hay uno… Pero… es tu única opción.

La verdad todo este tipo de situaciones me ponen de los nervios. No sé si me está ayudando o quiere que me maten. ¿Acaso no ve que tenga futuro como para ser una gran actriz? ¿Quién es él para dudar de mí? Ni siquiera me conoce. No entiendo cómo me puede despreciar así.

—¿Qué otra opción? —pregunto recelando.

—Ser una saqueadora.

 

Capítulo 2

 

—¿Qué? ¿Es una broma? —pregunto retóricamente con una más que patente muestra de incredulidad—. ¿Qué es eso de ser una saqueadora? Jamás oí hablar de algo así.

—Eso es porque hacen muy bien su trabajo, querida —responde seguro de sí—. Los saqueadores en general, se introducen en lugares que la gente normal jamás se atrevería para conseguir información o ciertos ítems que puedan suponer una ventaja para la República.

—Se parece más a un trabajo de espía o ladrona —apunto. ¿Estamos hablando de un juego o de mi vida? ¡Saqueadora! Casi me imagino entrando a templos perdidos para recuperar estatuillas de oro y escapar mientras se derrumban sobre mí.

—En absoluto, querida. Simplemente es el trabajo más importante que nadie puede ofrecer a este país. Vamos de camino a la guerra. Esos estúpidos tratados de paz no sirven para nada. Por lo que necesitamos estar más preparados que nuestros enemigos, que como bien sabes (o eso espero) nos rodean y esperan que demos un paso en falso para caer sobre nosotros como chacales a un animal herido.

En ese momento, una voz femenina avisa que estamos llegando a la estación de la comisaría 27. Todos los viajeros del tren se ponen en pie. Todos de la misma edad, con los mismos sueños y temores. Aquella era la estación terminal. Algunos lo ganarían todo. Y otros lo perderían. ¿En qué plato de la balanza terminaré yo?

Miro de nuevo al agente como tratando de obtener algún dato más que me ayude a definirme. Los pasajeros se aproximan a la puerta y él da un paso hacia atrás.

—Hazme caso, querida. No te arrepentirás.

Empujada por el joven rebaño, bajo del tren. Dejo a la multitud avanzar y me doy la vuelta para despedirme del enigmático agente. Las puertas se cierran delante de mi cara. El tren comienza a moverse y él me habla. No puedo escuchar sus palabras, pero leo sus labios y entiendo lo que me está diciendo.

—Adiós, Sayi.

¿Có… cómo diablos sabe mi nombre?

Avanzo en piloto automático hacia un gran edificio construido en metal blanco, sucio por el óxido y el descuido. Apenas puedo apreciar la sobrecogedora vista ante la que me hallo. Eran las calles de una ciudad que no conocía. Yo vivo, me alimento y me… ¿educo?, en el vertedero. ¡Maldito sea el agente! Sus palabras me están robando la oportunidad de conocer todo un ecosistema distinto a lo que estoy acostumbrada. Edificios altos acristalados, gente con ropas nuevas y limpias, vehículos brillantes, nada de suciedad, nada de pobres. Nada de mí.

—El paisaje no está en el suelo —me dice una voz a mi derecha.

Giro la cabeza y me encuentro con un joven que me mira directamente a los ojos. De cabellos color rubio oscuro, piel blanquecina y ojeras que enmarcan sus ojos de color verde. Es un palmo más alto que yo, corpulento a pesar de su delgadez y bien parecido. No. Ese término no le hace justicia. Es hermoso. Y no huele a deshechos.

—Tengo unas pocas cosas en las que pensar…

—Ben Beliera.

Antes no había prestado mucha atención a sus palabras, pero al presentarse percibí restos de lo que sería un acento francés. ¿Tenemos estrellas internacionales entre nosotros? ¿Qué haría aquí? No creo que haya pensado cambiar Francia por la inestable República de España. Nadie en su sano juicio lo haría.

—¿No estás un poco lejos de tu hogar, gabacho? —pregunté aún molesta por su intervención.

—Soy español de pura cepa, simplemente mi padre estuvo diez años trabajando en Francia hasta que las reformas laborales expulsaron a todo el que no fuera francés de dos generaciones al menos. No nos querían allí, pero aquí tampoco hicieron una fiesta para recibirnos —se quejó mientras me miraba irritado, como buscando algo con lo que contratacar—. Y tú qué, basurera.

Lo encontró. No era muy difícil, tampoco. A pesar de haberme pegado un baño en las aguas del río, que no sé cuánto más limpio que el basural estaba, y perfumado, el hedor de toda una vida entre desperdicios era una marca indeleble. Si soy sincera, ya ni lo noto. Me acostumbré hace tiempo. Aunque hay momentos que lo puedo llegar a percibir.

—También soy de aquí. Del Vertedero 27 —respondí con acritud.

Afortunadamente, no hubo más tiempo para hablar. Nos introdujimos al oxidado edificio de la policía donde los agentes vestían ropas viejas y manchadas, y sus rostros no mostraban mucha más felicidad que la que podía encontrar en los habitantes de mi barrio. Obviamente, sabían que la gran mayoría de nosotros no saldría de ahí con vida. Pero como dije, la desesperación es mayor que el miedo a la muerte. Un disparo es mucho mejor que morir deshidratado, hambriento y enfermo.

Nos separan por género. Los hombres toman un camino y las mujeres tomamos otro a pesar de que el pre-exámen es el mismo para todos. Trato de recordar si el guarda del tren me había dicho una palabra clave para esa cosa de ser saqueadora. En apenas unos minutos, alguien me preguntará y voy a tener que responder rápido. Las dudas eran también un camino a una bolsa para cadáveres. Vamos, cualquier cosa rara era un billete sin retorno al más allá.

—¡Sayi Bravo! —gritó una corpulenta mujer.

Avanzo con el paso más firme posible hasta la pequeña cabina de paredes desnudas pintadas en blanco con una sola silla en donde la agente me invita a sentarme. Desde esa posición de poder me mira con superioridad, arrugando la nariz por mi olor a basura mezclado con lo que quedaba del perfume. Lo había reservado para un día especial. No creo que pueda haber otro día más importante en mi vida que éste.

—Te voy a hacer una serie de preguntas para determinar si eres apta para las carreras de diseño, artes y deportes. Empecemos por…

—Saqueadora. Voy a ser saqueadora —la corto sin dudar. Su cara de rasgos muy marcados se viste con un mohín de sorpresa y desprecio.

—¿Qui… quién te dijo…?

—El agente del tren —respondo con una seguridad que no tengo. En verdad estoy agarrotada tratando de no temblar. Mi corazón late desbocado y tengo miedo de hiperventilar y desmayarme. No debo de mostrar el terror que me invade. ¡Puedo haber firmado mi sentencia de muerte!

—Está bien. Sígueme —responde con una tétrica sonrisa. Ya está. La cagué. Debería haber dejado que me hiciera el examen.

Salimos por otra puerta que nos lleva por un pasillo mal iluminado con varias habitaciones donde escucho zumbidos saliendo de ellas. No logro reconocer cuál es su origen hasta que no paso a su altura y miro a su interior.

Alineados de cara contra la pared, un grupo de diez jóvenes como yo, dan la espalda a un escuadrón de fusilamiento que sin titubear dispara. Se me hiela la sangre al ver cómo la cabeza de aquellos pobres desgraciados revienta contra la pared. ¡No! ¡Me equivoqué! ¡Me van a matar! ¡Por qué diablos le hice caso a ese hombre! ¡Tendría que haber elegido ser actriz como pensaba! A… ahora… es mi turno…

De repente me doy cuenta de que no todo es blanco o negro. Un segundo más de vida es algo digno por lo que luchar y morir. No tendría que haber subido al tren. Tendría que haberme quedado en casa. ¡Oh, Dios! ¡Papá! ¿Por qué hice esto?

Miro en derredor buscando una salida. Está anegado de agentes armados que, ante cualquier movimiento en falso, no dudarán en abatirme. Tal vez esto es una prueba. Si quiero ser una saqueadora, debo tener nervios de acero, analizar el lugar que tengo que invadir y escapar con vida. No puedo dejarme vencer…

¡En qué demonios estoy pensando! ¡Esto no es un juego! No puedo querer engañarme así. No es una maldita prueba. Es la triste realidad. Los disparos hacen daño y pueden matarte. No tienes vidas extras, ni regeneración de salud. ¡Si la cagas, mueres!

La agente gira y se introduce en una habitación a la derecha, a priori igual que las otras que he cruzado. Por unos segundos estoy sola en el pasillo, sin nadie que pueda frenarme. Es una prueba, me dice una voz en mi cabeza. Escapa, ¡ahora!

Al fondo veo una puerta abierta unos pocos metros detrás de la habitación en la que me aguarda mi destino. ¡No dudes! ¡Corre! Recuerdo entonces varias películas antiguas que veía en mi antiguo televisor 32k. Varios personajes decían que preferían morir a su manera no bajo términos ajenos. Ellos eran, ante todo, personajes de ficción, muy valientes, pero la gran mayoría, nacidos de la imaginación de un escritor o guionista. Yo tengo dudas, frustraciones y un miedo muy real.

Cierro los ojos un segundo y suspiro. Comienzo a correr. ¡Sí! ¡Escapa! Pensar de más puede ser fatal. La inacción es mi enemiga.

Cuando paso de largo de la habitación, veo otro grupo de jóvenes con sus verdugos. Me alegro de haber escuchado a esa voz interior y al mismo tiempo, siento pena por ellos.

Atravieso la puerta y la cierro de inmediato. Estoy en una salita sin más iluminación que la luz del exterior. No tengo permiso para echar el seguro, por lo que uso una silla, apoyada en el picaporte, para bloquear el acceso. Escucho gritos al otro lado y la puerta sufrir los empujones de los agentes. No va a aguantar por mucho tiempo.

En el otro extremo hay una ventana abierta por la que me asomo. Estoy a dos pisos de un callejón oscuro que es mi única vía de escape. Saco primero la pierna derecha que apoyo en un saliente, continúo con la izquierda mientras me aferro al marco de la ventana. Es muy fino. No tengo muchas opciones más que descender descolgándome y agarrarme de la ventana o del saliente inferior.

Como esperaba, la puerta estalla. Me suelto y trato de agarrarme de la ventana del piso de abajo pero no tengo la fuerza suficiente como para frenarme. Me resbalo, mis pies no encuentran el apoyo necesario y me desplomo de espaldas al suelo. Giro lo suficiente para que el golpe no me reviente las vértebras. Aun así, termino destrozándome el hombro izquierdo contra el duro y rugoso asfalto. El dolor es muy intenso y mi correspondiente grito reverbera llamando la atención de los transeúntes.

Me levanto aturdida, me llevo la mano al hombro y hallo que la sudadera del chándal se va humedeciendo por un fluido que no puede ser otro que mi sangre. Reprimo otros gritos y avanzo por el pasaje hacia mi izquierda. Varios agentes se asoman por la ventana y disparan sus pistolas. Los proyectiles se estrellan a pocos centímetros de mis pies. Voy ganando velocidad confiando en que la adrenalina sature los nervios que me hacen sensible al sufrimiento de la más que probable fractura múltiple.

Recalo en una gran avenida de altos edificios, coches despampanantes y modernos yendo grácilmente en ambos sentidos y personas vestidas con hermosos conjuntos de ropa. Unos me miran con sorpresa sin saber cómo actuar frente a alguien de mi clase. Otros deciden ignorar mi presencia, como si fuera invisible.

No sé para dónde correr. Estoy perdida. No sé qué camino debería seguir para volver al vertedero. Aunque sería una mala decisión. Estaría poniendo en peligro a mi padre (¿quién dice que huir no lo está haciendo también?). Necesito pensar diferente, comportarme como si mis diecisiete años anteriores fueran producto de un sueño.

Como las calles están llenas de gente, si corro provocaré mayor atención sobre mi persona que si camino. Agarro hacia la derecha alejándome de la comisaría y empiezo a confundirme con la multitud.

Pasando a la vera de una cafetería veo un chal floreado tirado sobre una mesa que uso para cubrirme la cabeza. Unos metros más adelante, una mujer deja descuidado un blazer de seda púrpura (un poco ancho para mí) pero que robo también y que me hecho sobre los hombros.

La agitación de los agentes que empiezan a buscarme preocupados se hace notar medio centenar de metros a mi espalda. Doblo una esquina y acelero el paso. A una manzana se presenta ante mí un inmenso centro comercial y otras calles peatonales con diferentes negocios atendidos por autómatas. Desecho la opción del shopping porque es lógico que vaya hacia allí por la confusión de gente en su interior. No obstante, hay pocas salidas que son fáciles de cubrir a la espera de que salga. En cambio la calle todavía me ofrecía un dédalo de opciones para desaparecer.

Sin pararme a leer sus nombres, me introduzco en ellas y avanzo girando a la izquierda o derecha sin un orden en particular. El flujo de personas se va reduciendo así como el tamaño de los edificios. Estoy llegando a los barrios residenciales.

Decido parar cuando llego a un arbolado parque. Busco un banco y me siento. El dolor en el hombro se empieza a sentir otra vez. Solo es necesario que pasen un par de segundos para que no pueda ni moverlo sin que ello signifique un grito. Estoy tan preocupada de cómo voy a hacer para curarlo que no me doy cuenta de dónde sale un hombre que se sienta a mi lado.

—Creo que has llegado más lejos que nadie en esta prueba, Sayi —me dice con su profunda voz. Miro a los ojos rasgados de color marrón, de un militar de unos cincuenta años y pelo canoso.

—¿Cómo demonios…? —no termino de hacer la pregunta y miro el dorso de mi mano—. ¡Oh, Dios! ¡El chip!

Me derrumbo de inmediato y empiezo a llorar. Por un momento, había pensado que lo lograría, que realmente tendría una oportunidad de escapar. Me equivoqué y eso me iba a costar la vida.

 

Capítulo 3

 

Una joven corre por los tejados de las casas de un barrio de la capital a altas horas de la madrugada. Avanza con una velocidad inusitada hacia uno de los primeros rascacielos del centro. Salta, escala, gira, da volteretas en el aire, se impulsa con las paredes, aprovechando cada saliente, cada accidente arquitectónico que le ayude pasar a la siguiente área.

Va vestida con un traje que la disuelve en el fondo nocturno y se adapta a la iluminación y a su entorno para desaparecer. El ojo no entrenado ni mejorado no podría distinguirla. Ni siquiera los pájaros ni los gatos que descansan sobre esos techos que la joven supera, reaccionan hasta que ella no pasa a su lado.

Esa es su primera misión después de un largo y duro entrenamiento por parte del SAR (Spanish Army of Raiders), el grupo de operaciones especiales más efectivo y letal de la República. No hay misión que no puedan cumplir, objetivo que se les resista. Fueron entrenados para tener éxito o morir. Y nadie quiere morir. Ni siquiera un grupo tan intrépido como el SAR. Eso es lo que me amina, lo que me hace sentir viva. Porque esa joven, soy yo.

Cuando creía que todo había terminado para mí, el militar me sorprendió con una interesante propuesta. O me unía a ellos o moría. No había mucho que pensar. A la luz de los acontecimientos, os daréis cuenta de que acepté. No hizo falta amenazas, discursos trillados del honor, el amor a la patria o todas esas idioteces tan típicas en los reclutamientos. Esto era simple: ¿quiero ser un hermoso y joven cadáver o convertirme en una profesional altamente cualificada y con futuro? Desde luego, éste será más o menos largo, dependiendo de mi éxito.

Si he llegado hasta aquí por algo es. No todos pasan la instrucción en el SAR. Son tres meses de entrenamiento continuo. Noche y día. En cualquier momento podía sonar una alarma y tenías que llegar hasta un punto determinado en el tiempo más corto posible, so pena de una paliza que te dejaría dolorida por varios días. Días que por supuesto tenías que seguir entrenando. Sólo llegué última una vez. Y fue suficiente.

Llego al punto de encuentro. Como no podía ser de otra manera lo hago antes de tiempo. La casa está a oscuras, mi contacto todavía no llegó. Estoy sudando profusamente tras mi noche de parkour. La puerta está cerrada electrónicamente y hace falta una llave que no tengo para entrar. Mi conductor tendría que estar por llegar con mi vestido.

Con dos rápidos movimientos de mi mano, abro la consola de la cerradura. Escribo varios comandos en el lenguaje en el que está codificado el cierre y abro la puerta. ¡Es increíble lo que puedes aprender hoy día con un par de implantes bien colocados!

Enciendo la luz con otro movimiento. Programé que todas las funciones de la casa fueran accesibles desde la terminal injertada en mi mano izquierda. El salón es cinco veces el tamaño de mi antiguo hogar. Está provisto de un caro y largo sofá adaptable y descubro en el techo, camuflado con la luz el sistema de audio y vídeo surround, varias microcámaras (ventajas de las modificaciones oculares).

Subo al primer piso por unas escaleras de madera y alfombradas. Busco el dormitorio principal que se halla sin duda alguna al fondo del pasillo. Cuando paso por el dintel, la luz se enciende y con un rápido movimiento freno un ataque a traición de alguien que conozco muy bien.

—¡Vaya por Dios! Es imposible sorprenderte.

Es Ben Beliera. De todos los saqueadores, era el último que me esperaba. Sí, él también fue el otro elegido por el agente del tren para formar parte del equipo de reclutas. También mi mayor competencia durante el entrenamiento. Sin lugar a dudas, éramos los mejores.

—Al contrario, estoy sorprendida. ¿Tú eres mi conductor? —le pregunto mientras espero que me responda con su acentito francés.

—En absoluto. Voy a ser tu acompañante. ¡Es inadmisible que una joven tan hermosa como tú vaya sola a una fiesta!

—¿Por qué nadie me avisó? Ese no era el plan.

—Detectaron una presencia mayor de mercenarios en el edificio. No creo que mi ayuda te venga mal.

Ese no era el problema. Nuestra primera misión es como el proyecto de fin de carrera con la que el estudiante se graduaba. Es algo que se tiene que resolver en solitario. La colaboración es algo que se sale de lo normal.

—Órdenes del comandante Rojas. A mí tampoco me hace gracia colaborar en mi graduación con nadie, aunque esa persona seas tú.

El amigo Ben se la pasaba flirteando conmigo. Imagino que era parte de su personalidad francesa, y que yo era la única recluta femenina del lote. A mi me encantaba. Como ya dije, es hermoso. Pero no es el momento ni el lugar apropiado para esto. Se suponía que tendría que estar concentrada en la misión y no en evitar querer acariciar sus largos cabellos rubios.

—¿Te importa ir abajo y esperar al conductor mientras me baño?

—¿Sola? Después de todas las duchas que compartimos juntos.

El mero hecho de recordar esa erótica y terrible experiencia provoca una imparable bofetada. Las mujeres no éramos comunes en el SAR, así que todos dormíamos y nos bañábamos juntos. Decían los entrenadores que vendría bien para que los hombres se acostumbraran a ver mujeres desnudas para que no fueran fácilmente seducidos por ellas. Ni el último día pude evitar enrojecer. Trataba de bañarme de espaldas siempre que podía y ni mirar ni ofrecer nada a los excitables adolescentes con los que tenía… ¿la fortuna?, de ser entrenada.

—Espero que te guste lo que viste durante esos meses, porque no lo verás más. Ahora, vete.

—Dios mío qué hostia… —comentó acariciándose el rostro mientras se marchaba.

A los pocos minutos, salgo envuelta en una toalla que seca mi piel. En los pies de la cama, descansaba un vestido largo de color negro. Lo levanto y mientras acaricio la tela descubro que está hecho en base al mismo polímero inteligente que mi outift de saqueadora. Sólo es necesario pegarlo a mi cuerpo para que se ajuste, quedando como si hubiera sido diseñado para mí. Es hermoso. Brilla como un diamante de miles de caras cuando la luz interior incide sobre él.

Esta tecnología en vestimenta es lo último de lo último. El vestido podía cambiar de apariencia con la configuración adecuada. Ahora parecía estar hecho de diamantes. En otra ocasión podía darle un tacto como de seda o raso y de un color burdeos. Dependía de los look & feel que le hubiera comprado. Esto para mí era abrumador. Mi ropa en el vertedero no dejaba de ser la tradicional hecha de fibras sintéticas, o con mucha suerte, alguna 100% algodón como el chándal, que guardaba para ocasiones especiales.

Sin llamar a la puerta Ben entra y me recorre con la mirada de arriba abajo. No tiene necesidad de hacer eso o de hacerse el sorprendido por verme. Ya hemos sobrepasado esa barrera del desconocimiento, por desgracia. Al primer momento, te sientes incómoda. Todos los chicos te miran con demasiada excitación. Conforme pasan los días, se hace un acto natural y sin importancia (al menos para ellos, para mí fue, es y será algo muy incómodo).

—Te queda bien ese vestido, con el cabello mojado y sin maquillaje. Eres preciosa.

Me sonrojo al instante. ¿Qué está tratando de lograr? Me pone en una situación un tanto embarazosa.

—Has cambiado desde la primera vez que te vi. Ahora tienes un cuerpo más… sano. Eres más mujer.

—¿Quieres que te bese? ¿O que deje caer el vestido, así recuerdas viejos tiempos?

Soy un tanto contundente aunque no amerita menos. Estoy a punto de iniciar mi bautismo de fuego y él se pone a ligar conmigo. Está visto que no todos maduramos al mismo ritmo.

—Disculpa, no quería…

—No es el mejor momento para esto, Ben. Tenemos una misión entre manos y no quiero distraerme. Después, cuando volvamos, dime todo lo que quieras.

No quería ser tan cortante. Si regresábamos al cuartel del SAR, podría pedirme la vida si quería. Ahora necesito concentrarme en mi objetivo: substraer información de una de las compañías más importantes en el diseño de robots.

—Agente Bravo, tu misión es bien clara. Irrumpir en las oficinas de NewLife Robotics y obtener unos datos muy específicos. Tenemos información de que la compañía está colaborando con terroristas andaluces en el desarrollo de un ejército de robots.

Mi educación en el vertedero dejaba mucho que desear, apenas sabía lo que ocurría en la provincia de Madrid como para conocer del exterior. En la academia del SAR, se encargaron de enseñarme que hoy sólo quedan los restos del gran reino que era España. Tras una corta guerra civil en el año 2025, las comunidades de Andalucía, País Vasco y Navarra, Cataluña, Valencia y Baleares, las Canarias y Galicia, se habían independizado. Era el precio necesario para conseguir la paz. O eso se había pensado. Andalucía reclamaba más territorios a Castilla la Mancha y Extremadura, junto con la anexión de Murcia a sus territorios. Al no ser escuchadas sus peticiones, comenzaron a atentar en diversos puntos de la capital y otras provincias del norte.

Que NewLife Robotics estuviera colaborando con terroristas, parecía muy de película, pero cuando río suena… Ahí es donde entramos los saqueadores. A falta de pruebas para acusar, nosotros tenemos que acceder a esa información y hacerla pública en la red, para que todos conozcan la verdad. El desprestigio público, sería más que suficiente para hundir a la compañía. Sus acciones se desplomarían y posteriormente, serían juzgados y castigados por sus delitos. No tengo que recordar que cualquier crimen en la República, se castiga con la muerte.

Por lo general, este tipo de misiones se suele realizar cuando hay mucha gente en el edificio. Es más difícil de controlar quién entra y quién sale. No obstante, esta compañía, está en la vanguardia de medidas de protección, cámaras térmicas, infrarrojas, sensores biométricos, soldados… y todas esas hermosuras que hacen que entrar sea prácticamente imposible. Pero a todo eso, añadimos un punto. Las terminales de las oficinas, tienen una fecha y hora de acceso definida. Trabajar fuera de horas de oficinas, requiere un gran número de autorizaciones, claves, códigos de seguridad que van autorizando el acceso. Si logras eso, te puedes considerar afortunado, porque la capa a la que tienes acceso, no tiene ni una brecha para acceder a la información privilegiada que necesitamos. Sería una estupidez tener tal sistema de seguridad para que cualquier idiota pueda acceder desde su puesto.

Necesito acceder por medio del terminal de Josep Fort, el CEO de la compañía, anfitrión de la fiesta. El SAR conoce sus interesantes gustos: niñas jóvenes, huérfanas y pelirrojas. Yo entro en todos esos puntos menos en el último. Afortunadamente, las nanomáquinas que me inyectaron uno de los primeros días, me permite cambiar de apariencia física a placer. Así que mientras me miro al espejo, veo cómo mis cabellos rubios se están tiñendo con un radiante tono cobrizo. Mi piel se llena de pecas, sobre todo sobre la nariz y mejillas. Mis ojos azules cambian a verdes. Me asusta no poder reconocerme.

—Es hora de irnos —me avisa Ben tras la puerta.

Salgo del dormitorio tras un vistazo final a mi atuendo. El brillante vestido negro ajustado, unos guantes que llegaban al codo, unos stilettos que me costó dominar, un collar y pendientes de diamantes, y para enmarcarlo todo, un rímel oscuro resaltando el verde de mi nueva mirada y unos labios carnosos pintados de un escandaloso color rojo. Aun así, es más que obvio que soy una niña de dieciséis o diecisiete años.

—Está preciosa, señorita De la Viuda —expresa Ben mientras otra vez me analiza de arriba abajo—. Te veo… menos… contundente…

Los hombres no piensan ni miran otra cosa. Mis pechos se redujeron para dar una apariencia más infantil. Otra de las maravillas de las nanomáquinas. Tampoco es que tenga mucho más, pero ahora con una ochenta y cinco y el vestido ajustado, se hace muy evidente el cambio.

—Tú también estás muy elegante, François.

Y sí, él hace de mi joven sirviente francés. En teoría, él va a tener una tarea de soporte. Mientras yo conquisto a Josep, él me informará de cualquier suceso de importancia. Esta es mi misión, no la de Ben. Así que no debería de inmiscuirse más que lo necesario. Por mi bien, esperemos que así sea. No quiero más complicaciones que las necesarias.

Repito mentalmente mi nueva identidad. Isabella de la Viuda. Hija de Javier de la Viuda, un empresario vitivinícola leonés fallecido en un accidente aéreo mientras viajaba a Italia para expandir negocios. Bodegas de la Viuda estaban en plena expansión y su fallecimiento había supuesto un serio varapalo en sus aspiraciones de crecimiento. En consecuencia, se había iniciado una guerra entre los distintos herederos de su riqueza, donde la peor parte se la llevó Bella. De la noche a la mañana, se había quedado con apenas una pequeña casa donde vivir y un mínimo fondo para costear sus estudios y poco más. Esto no había desapercibido para Fort que la había invitado a su fiesta privada para ganarse su favor y, quién sabe, tal vez la oportunidad de sumarla a su harén de mujeres (que ya iba por la número ciento veinticinco).

Uno de los grandes logros legislativos de los últimos años era la abolición de la monogamia (estoy siendo sarcástica). Tú puedes tener todas las esposas o maridos que puedas mantener. Hombres y mujeres por igual. Atendiendo a la necesidad de Bella, ella estaba destinada a convertirse en la mujer ciento veintiséis. La mayoría de edad había sido reducida también por dos años. A los dieciséis puedes hacer cualquier cosa con total responsabilidad. En ciertos casos es positivo, pero en otros como éste, te deja un malestar porque Bella, apenas había cumplido dieciséis y de seguro no estaba más preparada de lo que yo estoy para casarse y atender a un hombre que triplica su edad.

El coche frena. Sin darme cuenta llegamos al alto rascacielos acristalado y luminoso de noventa pisos, con un gran cartel holográfico que reza NewLife Robotics. A ambos lados, otras pantallas holográficas mostraban los distintos comerciales de sus productos. Hacen falta muchos créditos para ser dueño del más barato de sus robots: un simple limpiador.

Un aparcacoches me abre la puerta y me ofrece la mano para ayudarme a descender. Es un sirviente cibernético. Todavía se notaba que su piel no era exactamente orgánica como la humana, pero sobrecogía sentir su calidez. Hablaba, se movía, pestañeaba y respiraba (o imitaba el proceso respiratorio) como cualquier persona. Dios mío, asusta el grado de avance que hemos alcanzado. En unos pocos años…

—Por aquí, señorita de la Viuda —me ofrece con su voz artificial.

Lo acompaño hasta las puertas automáticas que se abren ante mí, seguida de Ben, un par de pasos por detrás. Me adentro en el edificio mientras contengo la respiración. Es mi primera misión. Nada puede fallar. Y por eso mismo, cualquier cosa puede pasar.

 

 

Capítulo 4

 

Jamás vi un paisaje tan hermoso como ahora. Estoy subiendo por un ascensor, tras cuyos cristales se puede apreciar el panorama nocturno e iluminado de Madrid. Desde esta altura no se percibe el dolor y la frustración de los barrios de emergencia que surgen alrededor de la capital. Forma parte de un todo con sus luces titilantes en contraste con la firmeza de las lámparas que destierran las tinieblas de las calles, casas y rascacielos. Es una mentira. Una sobrecogedora y cálida mentira.

Paramos en el piso noventa. Allí en un ático al aire libre, es dónde tendrá lugar la recepción de aquella fiesta. Sólo un grupo selecto de invitados estarán presente para ser testigos del nuevo avance en la ingeniería cibernética de NewLife Robotics. Cada uno de estos avances significa una condena para gente como yo. Sin posibilidades, sin futuro y sin esperanza más que ser uno de los elegidos en los castings. Deberíamos destruir compañías como estas. Seríamos más felices.

Antes que pueda diluirme en más pensamientos llenos de rencor, me hallo con un hombre de cabello largo y canoso, bien peinado. Viste de esmoquin con una pajarita, ambos de color negro sobre una impoluta camisa blanca. Clásico. No obstante, es un hombre de contextura fornida, sin llegar a ser una bestia de gimnasio, pero que sería la envidia de muchos. Su mirada de color verde aguamarina está repleta de seguridad de una persona que jamás tuvo dudas de nada. Es muy atractivo. Casi me recuerda más a una estrella de cine que a un empresario.

Cuando me ve, su rostro se ilumina. Se despide de una pareja mayor prometiéndoles un puesto de privilegio en la presentación. Con una sonrisa seductora (en la que creo percibir perversión) se acerca a mí.

—Señorita de la Viuda, me honra con su presencia —dice mientras me besa mi mano enguantada—. Soy Josep Fort, CEO de NewLife Robotics y su humilde anfitrión.

Varias cosas se me pasaron por la cabeza, pero me contuve. Ahora mismo soy Bella, una tímida y joven huérfana en necesidad. Vamos, tal y como yo era antes de llegar al SAR.

—Muchas gracias, señor Fort. Me hace bien estar en una fiesta en… en estos momentos.

Cuando pensé en actuar, no me esperaba terminar haciéndolo como una especie de espía. No obstante, muy mal no lo estoy haciendo dado que mirando a Fort con cabeza gacha, descubro de nuevo su expresión depredadora. Soy un buen manjar para él.

—Acompáñeme, pues. El show está a punto de comenzar.

Y que lo digas.

La presentación fue de lo más aburrido para alguien como yo. Puse mi mejor cara de interesada durante todo el discurso de autosuperación de Fort, esperando palmadas en la espalda y cuantiosas donaciones por parte de los invitados para seguir invirtiendo en NewLife Robotics. Resistí bostezar, dado que estaba en el estrado sentada detrás de él. Desde luego sus pretensiones con Bella eran de lo más evidentes.

Caminamos hacia el salón donde un lujoso cocktail nos espera. Desfilan delante de mí platos con pequeños canapés cuyo origen o composición desconozco. Acepto un par de ellos que como poco a poco. Jamás rechazaría nada para comer. No puede ser peor que la comida del vertedero.

—Brindemos, querida Bella —invita Fort mientras me ofrece una copa con champán—. No vas a beber nada igual. Este champán fue realizado siguiendo las exquisitas y milenarias técnicas de los monjes franceses. Lo único bueno que nos dejaron los católicos, fue su colección de bebidas alcohólicas.

—¿Por qué brindamos? —pregunto tímida.

—Por el amor. El auténtico motor del mundo.

Vacío mi copa de forma imprudente en una jovencita que no bebió jamás ni una gota de licor. Pero todo esto es parte del plan para que Fort me lleve a sus aposentos. Allí es donde guarda su terminal privada que debo de acceder.

—Uuuh, cre… creo… que bebí muy… muy rápido… —expreso mientras me tambaleo tras beber otro par de copas más. Cebo echado.

Fort me agarra de la cintura con más firmeza de la necesaria y me guía hacia el vestíbulo brillante, con paredes que parecen chapadas en oro y con una lámpara de araña de cientos de velas. Las puertas del ascensor se abren y me invita a subir a su dormitorio para que pueda mojarme el rostro. Nada que no pueda hacer en los baños de la recepción. Pero como soy una estúpida jovencita, me dejo llevar por la vergüenza.

Antes de que pueda darme cuenta, estoy echada sobre la cama mientras Fort besa mi cara, mi cuello y mis labios. Creo que la farsa ya ha llegado a su límite. Trato de quitármelo de encima pero su excitación es tal que no atiende a mis ruegos. Me agarra las muñecas con su fuerte mano y me deja inmovilizada. Lo está disfrutando.

—No te resistas, Bella. Cuando seas mi mujer, tendrás todo lo que quieras. Dinero, poder, posesiones, seguridad… Sólo me tienes que dar tu cuerpo —me dice mientras se baja los pantalones.

Me levanta la falda se alegra de ver que no tengo ropa interior. Le doy una patada en la entrepierna en el momento en el que se propone a abrirme las piernas. Por una fracción de segundo me deja las manos libres, momento que aprovecho para darle un buen puñetazo en la sien.

Me levanto mientras Fort se retuerce de dolor en el suelo. Saco de un bolsillo oculto en mi vestido un pequeño papel transparente y adhesivo que adhiero a su muñeca. Eso produce una descarga de neurotransmisores que convierten al empresario en una marioneta a mi disposición. Me asusta pensar que existen drogas así.

Me mira con sus ojos de pupilas dilatadas esperando mi orden. No me hago esperar. El tiempo es oro.

—Accede a tu terminal y recupera la información sobre el proyecto VH-1143.

Fort se levanta dejando caer saliva por sus labios. Ya no parece el seductor que antes había tratado de conquistarme para abusar de mí posteriormente. No me apena en absoluto verlo así.

Camina arrastrando los pies hasta la habitación de al lado, pone su mano sobre una pequeña pantalla que abre una puerta hacia un luminoso despacho donde no hay nada más que una mesa. Se sienta y hace un par de movimientos en el aire y aparece una terminal de uno de esos famosos ordenadores holográficos. Escribe una serie de comandos que termina generando un cubo de información que guarda en una llave.

—Dame la llave.

Sin dudar, Fort me la ofrece. Cuando la tengo en mi mano, me encuentro con un dispositivo con forma de anillo. Es una buena forma de camuflar datos sensibles. ¿Quién puede imaginar que una joya puede guardar un tesoro así?

—Gracias, tesoro.

Estuve tentada de ordenarle alguna maldad como represalia al intento de violación. A saber cuántas jóvenes estuvieron en mi lugar y no pudieron librarse de él. No obstante, quiero salir de aquí lo antes posible, llegar a la base y dar por terminada la misión. Mi graduación me espera y ¡será con honores!

—¿A dónde vas, Sayi?

Me doy la vuelta al escuchar mi nombre. Nadie en esa fiesta tendría que conocerlo, ni poder identificarme. Por lo que me espero lo peor.

Ante mí, me encuentro con el comandante Rojas vestido de gala con un flamante esmoquin. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Me está controlando?

—Comandante, qué sorpresa. ¿Esto es parte de la prueba? —pregunto recelosa. Una interrupción así puede ser letal para la misión.

—Dame el anillo, Sayi.

—Tengo órdenes de…

Rojas saca su arma y me dispara al hombro.

¡Qué diablos está pasando! ¡Se ha vuelto loco! ¡Por qué me dispara!

—¡Qué estúpido soy! No entiendo para que te pido nada, si te lo puedo quitar de tus manos muertas.

Trato de escapar pero es en vano. De nuevo me dispara, esta vez es en la pierna y caigo al suelo de mármol negro sufriendo el terrible dolor de los impactos.

—¿Por… por qué?

—¿Qué piensas que pueda ser lo que quiera una persona como yo? —me da unos segundos para responder pero no soy capaz de pensar en nada. Tengo tanto miedo que lo único que me preocupa es morir—. Dinero, mi amor. Entre tus dedos tienes una información que puede cambiar el futuro de la humanidad y de los robots. Lo escuchaste hoy.

—Nos usaste… Al SAR para robar… No es Fort quien está en contacto con los andaluces. Eres tú.

—Eres muy perspicaz. Esa es la razón por la que tengo que matarte. Bueno, te iba a matar de todas maneras. Para qué engañarte.

Mi vida siempre ha sido una mierda. ¿Por qué iba a cambiar ahora? He vivido poco más de diecisiete años para llegar a este punto y reconocer que nadie da nada sin un mínimo de interés. Y aunque crees que pudiste entenderlo, no es más que una capa que esconde la realidad.

Logré sobrevivir a muchos de mis amigos en el vertedero que, de seguro, no pasaron el casting. Superé mis limitaciones para convertirme en una persona distinta, con nuevas posibilidades. Estoy orgullosa de eso. Me habría gustado ser más inteligente para haber conocido la verdad que subyace tras la humanidad. Entonces habría tomado mejores decisiones. Pero bueno, ese no era mi destino.

Mientras Rojas aprieta el gatillo, pienso en Ben. Ojalá lo hubiera besado. Es un chico hermoso, simpático, un poco creído, pero me habría gustado salir con él. Aparecía con cierta frecuencia en mis sueños. Y me apena saber que nunca podré hacerlos realidad.

Perdóname también, papá. No te hice más que ocasionar dolor. Las mujeres de tu vida no fuimos las que te merecías.  Te quie…

Epílogo

 

Me cuesta respirar. Parece que estoy en una cuesta arriba de gran pendiente. Me duele el pecho, la cabeza, las extremidades y cada célula de mi cuerpo.

—¿Dónde estoy? —pregunto, pero no logro escuchar el tono de mi voz. ¿Me habré quedado sorda o muda?

No percibo ni veo nada. Es como si estuviera en el limbo. En algún tipo de purgatorio donde ni soy digna de sentir más que dolor. Tengo curiosidad por saber cómo terminará esto. El más allá es la eterna pregunta del hombre. Ni científicos, ni filósofos han sido capaces de plantear una respuesta que satisfaga a todos. Si resulta que el dios cristiano era el verdadero, va a ser gracioso. Jamás creí en él. Dada mi existencia, no podía más que dudar de la suya.

Un lejano e inidentificable sonido se hace progresivamente más audible. Es algo rítmico. Como el de un chico que practica con la batería, manteniendo el bombo a un ritmo firme. La oscuridad también va llenándose de una luz blanca. Tal vez como la de una entrada al paraíso. La nívea santidad de los justos que se prepara para recibirme. No obstante, no creo merecerlo. No soy una niña. Mis acciones, mis decisiones y deseos no fueron los de una niña. Aunque tampoco fueron las de un criminal. ¿O sí? ¿Se considera ser una saqueadora como algo malo?

Abro los ojos y parpadeo muchas veces. Están secos y siento como si tuviera arena en ellos. Me molestan. La garganta también la tengo muy seca. Necesito beber algo, urgentemente.

—Despertó, doctor. La paciente despertó.

No puedo incorporarme. Me siento muy pesada como para hacer semejante esfuerzo. Varias personas entran corriendo a mi habitación. El respaldo de la cama se yergue suavemente. Me hallo entonces con un montón de caras desconocidas vestidas de blanco y verde. Doctores y enfermeros.

—Estupendo, hagan todos los preparativos —piden un doctor con acento andaluz.

—¿D… dónde… estoy? —pregunto sintiendo cómo mi garganta seca se rasga por el esfuerzo. ¿Dónde diablos estoy?

—Avisad al cirujano.

—¿Qué… qué cirujano? Est… estoy bien…

Todos me ignoran. Nadie se detiene para responderme o calmarme. Están ocupados organizando algún tipo instrumental metálico. Los pesados pasos de un robot reverberan en la sala. Estoy muy asustada. ¿Qué van a hacerme? ¡Oh Dios! Ahora recuerdo porqué el agente del tren me dijo que había peores cosas que la muerte. Si no me responden, es porque algo malo me espera.

¿Acaso no me había disparado Rojas? Tendría que estar en un lugar mejor o perdida en el olvido del eterno sueño. Sin embargo… Van a experimentar conmigo. Son andaluces y yo soy de España. Ellos no sienten ningún aprecio por mí.

—No llores, pequeña. Tu sufrimiento cesará pronto —me calma el doctor—. ¡Aplicadle la anestesia! ¡Iniciad el escaneo de nanomáquinas! ¡CyberDoc, prepárese para abrir y extirpar! Tenemos que limpiar este cuerpo, ¡ya!

Me desvanezco. Primero dejo de sentir frío o calor; seguidamente, que estoy acostada y sujeta por correas; un punto de luz blanca crece hasta envolverlo todo.

—Cuando despierte, no volverá a ser la mis… —es lo último que logro escuchar.

Antes de caer de nuevo en el sueño, siento cómo dos lágrimas se deslizan por el rabillo de mis ojos para perderse en mis cabellos…

© Copyright de H.J. Pilgrim para NGC 3660, Febrero 2017

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