Revisitando… la Fundación

 

Por Juan Antonio Fernández Madrigal

Revisitando... Fundación

Hace más de veinte años que me leí la serie de las Fundaciones, de Isaac Asimov, concretamente la publicada en la colección Gran Reno de Plaza & Janés. Recuerdo que en aquel momento (andaba por los dieciséis años) me encantaron, me enganché de tal manera en la trama y en cómo se resolvía de manera lógica pero al mismo tiempo sorprendente que cada fin de semana que íbamos al entonces Pryca (hoy Carrefour) caía en el carrito uno de sus libros. Según consulto en su contracubierta, en aquellos años de la década de 1980 estaban al módico precio de 395 pesetas, o unos irrisorios 2,37 euros del siglo XXI.

Como adolescente no muy bien adaptado a mi entorno, tenía por entonces un hambre insaciable de espíritu científico», y afortunadamente en esos tiempos eso podía ser alimentado de diversas formas: revistas de divulgación (Conocer, Muy Interesante…), libros «científicos» para jovenzuelos (Cómo hacer, El Joven Científico…), series de televisión futuristas (incluyendo la muy machista Mazinger Z), la popularización de la informática personal… En fin, había algunos huecos para aquél que tuviera inquietudes de ese tipo y pocas ganas de jugar al fútbol o socializar en la calle.

Esa situación, la de la divulgación popular de la ciencia en España, era curiosamente parecida a la que había habido décadas atrás en EEUU, en la edad de oro de la CF, cuando se publicó el libro del que hablo (que fue por primera vez a principios de los 50). Tras salir de la oscura dictadura española, en los años 70/80, la ingeniería y la ciencia estaban en nuestro país hasta bien vistas. En Estados Unidos esa tendencia continuó mucho tiempo más, hasta llegar a ser una idiosincrasia nacional. Aquí, nunca lo había sido.

Explico todo esto antes de hablar del libro porque Fundación es una apología de la ciencia y el racionalismo más de lo que es novela, como muchos libros de CF que se editaron en España en aquella época y en particular todos los de Asimov. Quizás por la acogida entonces favorable de esas ideas se pudo publicar con ciertas garantías de venta. Por supuesto, el libro no es sólo una apología de la ciencia: es también un ejemplo de historia de intriga, y otras cosas más, con lo que, aunque me sienta tentado por la perspectiva que me da el mucho más sofisticado y complejo siglo XXI, tampoco es mi intención hacer una clasificación simplista.

El primer libro de la serie de las Fundaciones está dividido en varias partes, fruto del engarce al que fueron sometidos las historias cortas que habían sido publicadas originalmente en la revista Astounding. Ese engarce no está mal conseguido. Se echa en falta, eso sí, una secuencia global planteamiento-nudo-desenlace, que sí aparece en las historias individuales y que quizás esté más conseguida en la serie completa (que no he vuelto a releer). No es esa carencia lo que lo puede hacer mal libro, de todas formas.

La escritura tampoco es mala (y eso es ser muy generoso dada la impresión que recordaba). Tampoco es simple, como pensaba, desde luego si la comparamos con tantos maestros actuales de la nada literaria y las superventas. La escritura queda, pues, mejor parada de lo que se podría esperar al releerlo. En mi opinión porque Asimov era listo y se centró en lo que sabía hacer: él no era demasiado buen narrador, tampoco se le daba especialmente bien insinuar sensaciones o sentimientos, mucho menos provocarlos en el lector, y no digamos ya darle profundidad a los personajes. Pero sí sabía hilar una trama de intrigas para llegar a donde quería, sabía tener ideas que llamaban la atención y sorprendían, sabía, especialmente, hacer diálogos entretenidos y reflejar su inteligencia en ellos.

Fundación puede tener, siendo prudente, un noventa por ciento de diálogos dentro del total del libro, lo que hace su lectura bastante ágil. En esos diálogos no existen personajes diferenciados, si llamamos diferenciar a un personaje el darle alguna historia y psicología personales. Asimov se limitó a distinguir entre personas «irracionales» (por ejemplo Wienis, el regente del planeta hostil a la Fundación llamado Anacreonte) y «racionales» (casi todos los demás, incluso independientemente de su ocupación). Además, este tipo de distinción no la asignó necesariamente porque los personajes la tuvieran (de nuevo, porque viniera dada por sus vivencias personales), sino porque no supo mostrar en el libro ninguna otra. Y eso lo afirmo porque es evidente que tuvo la oportunidad de hacerlo: el lector puede enumerar alrededor de dos docenas de personajes pululando por sus más de doscientas cincuenta páginas. Tampoco reflejan estos personajes muchos estados de ánimo, y los que aparecen se muestran directa y claramente como tics superficiales: pequeños gestos en las acotaciones de los diálogos, por cuenta del narrador, y signos de exclamación. Las fluctuaciones emocionales normalmente sólo caen en  el lado de la serenidad del razonamiento lógico o en el de la perplejidad eventual ante un razonamiento lógico mejor.

El libro, a pesar de estar construido sobre diálogos de personas, se basa en describir la evolución de un enorme imperio galáctico a lo largo de varias décadas. Todos los personajes se ocupan de, a saber: describirla, rememorarla, predecirla, sintetizarla y analizarla (sin éxito). Nunca la tuercen a causa de verdaderas formas de ser (puesto que no tienen tal cosa), de caprichos, debilidades y fortalezas particulares o de manías no estereotipadas. Pero Asimov, como dije antes, no es tonto, y lo que sabe hacer lo hace bien: esa evolución del futuro lejano no está mal diseñada; es más, se observa en ella el germen de otras grandes historias posteriores, como por ejemplo el uso de la ingeniería religiosa (Frank Herbert) o los gremios de mercaderes espaciales (paradigma que trascendió a la pantalla y a la cultura popular mundial a través de Star Wars). Las intrigas que van marcando esa historia del futuro tampoco están mal construidas, puesto que Asimov dominaba la lógica. Quizás es ése uno de los motivos que mantiene el interés del libro, junto con la fresca y sorprendente (en su época) idea de la psicohistoria y otras aportaciones menores, como el reducir el lenguaje hablado a formulaciones lógicas o la existencia de un planeta convertido en una sola ciudad que lo ocupa por completo.

Lamentablemente una novela no se construye completamente con una trama, ni siquiera con ideas geniales, si no tiene personajes. Este libro le cuenta al lector una serie de acontecimientos en forma de enorme compendio de diálogos, pero no desde el punto de vista vivo, personal, subjetivo de quienes los dicen, sino desde una perspectiva abstracta y superior, como a vista de pájaro, en la que los personajes son meros arquetipos, y no más de dos o tres. El libro adquiere así, curiosamente, el tono de fondo que tendría la Enciclopedia Galáctica que el propio Asimov inventa para desgranar las citas iniciales de cada capítulo. Y una enciclopedia es un libro, pero no es una novela.

Tampoco existe prácticamente ambientación: las descripciones del universo creado son escasísimas y frías, todas referidas a aparatos u objetos inanimados. Las de los personajes son demasiado superficiales: un color de ojos, una vestimenta, algún gesto que nunca se convierte en descripción capaz de sostener la sombra de una historia personal detrás. Todo ello hace muy difícil para el lector «ver» al personaje, no digamos ya meterse en su pellejo o comprenderlo.

Se podría argumentar que el libro trata de la psicohistoria, que es una supuesta ciencia de la historia capaz de predecir el futuro; por tanto es normal que los personajes se conviertan en meros espectadores del mismo (de hecho casi todos los personajes que están al cargo de la Fundación en distintas épocas deciden precisamente no hacer nada); se podría defender lo aséptico y frío porque no hay lugar para las emociones individuales ni para que los personajes sean quienes construyan la historia en un libro que trata de algo que ya está predestinado. Pero insisto: si los personajes no existen, entonces el resultado no es una novela.

En mi opinión, hay que comprender que esto sucediera así… hasta cierto punto. Lo que trató de construir Asimov podría parecer un imposible literariamente hablando: si la historia de la galaxia está prescrita por la psicohistoria, tu libertad de acción como autor está tremendamente limitada: sólo puedes describir los acontecimientos predichos conforme se desarrollan, mantener el interés dejando ocultas ciertas cosas que están por venir… que los acontecimientos individuales, las emociones, los actos de las personas estén capados, limitados a ámbitos de actuación locales y efímeros que no puedan utilizarse para narrar ni definir largos flujos de tiempo.

La cuestión, que nunca resolveremos, es si Asimov desarrolló una historia abstracta y aséptica porque la psicohistoria le tendió una trampa literaria o si lo hizo porque no fue suficientemente capaz como escritor para salvar esa trampa. Mi opinión es lo segundo. Asimov no era un literato, sólo un contador de historias entretenidas (que es muy distinto; se nota especialmente en sus libros de divulgación). Creo que la idea psicohistórica lo atrapó y le venció en ciertos momentos. Es muy evidente en la primera parte: en varias escenas en que las acciones individuales de algunas personas son las que mantienen el flujo de los acontecimientos, supuestamente predichos por la psicohistoria, cuando precisamente la psicohistoria no podía haber predicho nada basado en actos individuales (arresto de Hari Seldon y su futuro biógrafo, por ejemplo). Mucho más adelante en el libro, el hecho ya comentado de que los responsables del planeta Términus, donde está la Fundación, decidan no hacer nada ante lo que se les va viniendo encima, década tras década, parece ser la única escapatoria que encontró Asimov para que hubiera personas ahí aun a pesar de no tener papel alguno; es decir, para evitar volver a quedar atrapado en su libro por la propia idea que había tenido de la psicohistoria.

Pero igual que opino que a Asimov le vino grande la idea de la psicohistoria a la hora de hacer una novela con ella, también opino que hubiera sido muy difícil resolver el dilema partiendo de una idea tan anti-literaria. Consiguió, con sus limitadas capacidades como escritor de ficción, hacer un libro entretenido, con un ritmo rápido, divertido por momentos; perfectamente digerible y admirable por una generación ilusionada por la ciencia; supo pulir inteligentemente los enganches entre los relatos cortos que lo iban a componer, dar toques de ironía e inteligencia a los diálogos y mantener el interés del lector por saber cómo acabarían cada una de las aparentes amenazas al futuro predicho por Hari Seldon. Quizás a las dos primeras partes (los Psicohistoriadores y los Enciclopedistas) se les noten más las costuras, la multiplicidad de personajes casi indistinguibles por lo aséptico y uniforme de sus caracteres, algunas incongruencias a la hora de resolver la trama, etc., pero la parte de los Alcaldes y posteriores consiguen una soltura y coherencia suficientes para que se termine de leer con agrado.

En definitiva: un libro entretenido e inteligente; también interesante para cualquier escritor, especialmente por la oportunidad de examinar de cerca la trampa literaria en que se vio Asimov y tratar de pensar en cómo se podría haber resuelto mejor… y, en mi opinión, sin mucho sentido hoy en día para lectores no específicamente motivados por la ciencia ficción o la ciencia en general.

© Copyright de Juan Antonio Fdez. Madrigal para NGC 3660, Febrero 2018

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