Regreso al hogar – Reed.

 

Por Raelana Dsagan

Dicen que el cielo es azul y las nubes son blancas, que al caminar sobre la hierba sientes cosquillas en los pies descalzos, que se puede respirar sin necesidad de llevar el tubo de oxígeno conectado. No consigo imaginarme un mundo así.

Mi mundo son las cuatro paredes de este cubículo del que no puedo salir, mis colores son el gris de las planchas metálicas y el negro de la oscuridad del espacio. A veces nos cruzamos con alguna estrella, pero no es lo corriente; mi sonido es el eco de mi propia voz que se repite en los otros habitáculos. No sé cómo serán ahora los demás, nunca los veo. Nunca me ven. Todas las voces son iguales.

A veces me pregunto si estoy solo, si es el programa informático el que me responde cuando hago preguntas.

Nunca he querido volver. Me gustaba aquel lugar árido y gris donde nací. Aquel cielo negro, siempre negro pues ninguna estrella alumbraba nuestro planeta. Abandonamos ese lugar de cielos azules y prados verdes hace ya millones de años. ¿Por qué tenemos que volver ahora? ¿Por qué tuvieron que elegirme a mí?

Me felicitaron. Me dijeron que tenía suerte mientras yo los miraba confuso. Todos querían participar en aquel proyecto, todos querían iniciar el viaje de regreso hacia lo que parecía un sueño. Una nueva vida. Yo no quería marcharme, con gusto hubiera cedido mi lugar al primero que me lo hubiera pedido, pero no pude. Teníamos que ser los más jóvenes, los más fuertes, los elegidos. Solo nosotros podríamos resistir el viaje de vuelta a nuestro planeta de origen. ¿Lo hemos hecho? ¿Seguimos vivos? Ha pasado demasiado tiempo y empiezo a pensar que ese planeta azul del que nos hablaban nuestros antepasados nunca existió.

Cada día me cuesta más respirar el aire viciado que entra por el tubo de oxígeno, cada día mis movimientos son más lentos y pesados. A veces he pensado en salir, mirar en los otros cubículos, ver cómo ha afectado a los demás el paso del tiempo. No puedo hacerlo. El habitáculo está sellado y solo se abrirá cuando lleguemos a nuestro destino, está calibrado para que no padezcamos los efectos de la velocidad, cada uno personalizado con nuestras constantes vitales, parecidas pero distintas, como deberían serlo nuestras voces.

Solo una de las paredes es de cristal, acercarme a ella es como sentir el vacío infinito. Los primeros meses me acurrucaba en el fondo, apretado contra las paredes de metal, con miedo a acercarme, a caerme en la inmensidad del espacio. Después fui perdiendo el miedo, me fui acercando poco a poco, todo parecía pasar demasiado rápido. Alguien preguntó qué pasaría si llegábamos a nuestro planeta soñado y pasábamos de largo. Entonces todavía me hacían preguntas, ahora sólo las hago yo.

Siempre he creído que no nos pasaríamos de largo, el programa informático que gobierna la nave es perfecto y nos llevará al destino que le hemos marcado. Algunos sentían temor y angustia ante la idea de llegar, yo en cambio siempre he pensado que no encontraríamos nada, un simple agujero negro, muy profundo, en el lugar donde deberían estar nuestros sueños.

Nos escogieron, nos entrenaron, salimos en busca de una leyenda y envejecimos mientras el espacio se movía ante nuestros ojos. No parece que nos movamos nosotros, la suspensión del habitáculo es perfecta.

Hoy he preguntado cuánto tiempo llevamos viajando. Ninguno ha sabido contestarme. Las voces se han quedado calladas y he sentido más que nunca que estoy encerrado en una tumba. Era mejor oír las voces, aunque no fueran reales. Siempre te queda la esperanza de que lo sean, siempre queda la esperanza de que realmente el planeta esté allí, al final del camino, y que el cielo sea azul. Aunque no sepamos cómo es realmente un cielo azul.

¿Y si llegamos y me da miedo salir? ¿Y si llego y el mundo ha cambiado y no es como lo recordaban nuestros antepasados, los que lo abandonaron? Quizás llegue a otro mundo gris y turbio como el que he dejado atrás, solo así me sentiría realmente como en casa.

A veces tengo la sensación de que el motor de la nave se detiene, puede que solo lo esté imaginando porque no debo sentir nada, no puedo sentir cuando avanza la nave o cuando gira, parece que son los cometas los que se apartan de nosotros y los meteoritos los que nos evitan para no rozarnos. Sin embargo, a veces, miro por el cristal y veo que el espacio avanza más despacio, que la oscuridad es más profunda y más negra, que puedo ver parpadear una estrella a lo lejos, muy lejos.

—¿Es hacia allí adonde nos dirigimos? —pregunto en voz alta, pero nadie me contesta.

Hace días que nadie responde, hace días que me cuesta respirar, hace días que siento que el tubo de oxígeno me está ahogando.

Quizás me estoy volviendo loco, era una de las cosas que decían que podía ocurrir en un viaje tan largo, estando todos aislados.

Un sonido inusual rompe el silencio, un golpe en la pared, luego otro. Golpes simétricos, todos en el mismo lugar, sobre la plancha metálica. Es la primera vez que oigo algo así. Me acerco y golpeo la pared en el mismo sitio. Los golpes se detienen, luego vuelven, rítmicos, los míos me parecen torpes. No sé qué está ocurriendo. El espacio sigue siendo negro, tan negro. Y nos movemos. O no, simplemente caemos, flotamos, todo parece estar igual.

Los golpes continúan sonando a través de la pared, pero ahora los siento más lejos, luego vuelven a acercarse. Me acerco al panel de control e intento hablar por el comunicador, los llamo, hago preguntas, pero nadie me responde. ¿Por qué no responden? Presiono los botones, miro la pantalla, las habituales luces no se encienden. El único temor en el que nunca había pensado, que nunca había podido imaginar ¿y si el programa informático está fallando?

No puede ser, el sistema es perfecto, no nos hubieran dejado partir si no fuera perfecto.

Los golpes se hacen más enérgicos, más insistentes, ahora golpean la pared con fuerza, como si quisieran derribarla. Es imposible, nada puede romper esta estructura, preparada para recibir impactos de meteoritos. Solo podremos salir cuando lleguemos al planeta azul, cuando el programa informático nos abra la puerta. Miro los botones que presiono cuando necesito algo… las luces que ahora no se encienden.

El programa no funciona, puede que las puertas nunca se abran, aunque lleguemos. Los golpes en la pared son más y más fuertes. Si pudiera hablar con él, decirle que ese no es el camino, pero no puedo. No tenemos forma de comunicarnos mientras el sistema siga mudo.

Presiono las clavijas, solo quiero obtener una respuesta, antes de que todo falle. Veo las coordenadas del lugar donde estamos, el camino que nos falta por recorrer, la velocidad que llevamos ahora, nos movemos lentamente. Estamos demasiado lejos. Tardaríamos dos vidas en llegar a la velocidad a la que viajamos ahora y solo tenemos una. Solo tenemos una vida y nos hemos pasado la mitad encerrados aquí dentro.

Presiono los números, uno tras otro, intentando cambiar las coordenadas. Si consigo que el programa crea que hemos llegado a nuestro destino nos abrirá las puertas. No lo hace, se rebela y emite un pitido ensordecedor que resuena en toda la nave; lo han oído, porque los golpes se detienen. El programa se resiste, borra mis cambios una y otra vez, volviendo a los números originales, a un sueño que no es el mío, ahora menos que nunca. Insisto, insisto, insisto.

Uno de los números cambia de pronto. Solo es un número, el tercero. Veo cómo los números cambian y vuelven otra vez, hay alguien haciendo lo mismo que yo. Sigo intentándolo, una y otra vez, pero el programa informático vuelve siempre a los números originales. Excepto el tercero. Intento presionar más rápido, con más fuerza, con todo el ímpetu que puedo. Sé que alguien está haciendo lo mismo, que tal vez haya más compañeros intentándolo, el pitido los habrá alertado, habrán visto el baile de números en la pantalla.

No sé cuántas horas han pasado, cada vez me cuesta más respirar, el aire que sale a través del tubo se ha enrarecido, como si también fuera más despacio, como la nave. Hemos conseguido cambiar cuatro de los números, el resto sigue bailando ante mis ojos. Me duelen las manos, las siento agarrotadas y me vuelvo hacia el cristal. Me pego junto a él, intentando sentir el vértigo, el mareo de la inmensidad. ¿Y si dejara de respirar?

Dos nuevos números han cambiado en el panel cuando regreso, cada vez estamos más cerca. El programa informático se esfuerza por continuar en el camino, por seguir hasta el destino previsto, pero no vamos a llegar. Ya sabemos que no vamos a llegar, aunque ese planeta exista.

Ahora decidimos nosotros.

Las compuertas se abren por primera vez en muchos años y podemos vernos las caras, no recuerdo a ninguno de ellos, como si fuera la primera vez que los veo.  No nos abrazamos, no sonreímos, simplemente nos miramos, extrañados, como desconocidos. Todos hemos envejecido, en sus rostros es donde me doy cuenta realmente del tiempo que ha pasado. Nos cuesta hablar, nos sentamos separados unos de otros pero no podemos dejar de mirarnos. No estoy solo.

Hemos encontrado un planeta con atmósfera respirable no muy lejos de nuestras coordenadas, un planeta gris y árido donde nos costará respirar y nuestros cuerpos serán muy pesados, nos miramos unos a otros preguntándonos si es la mejor opción, si no deberíamos intentarlo y seguir adelante, al menos hasta encontrar un lugar mejor; un lugar distinto del que habíamos abandonado. No nos decidimos a arriesgarnos. Me alegro.

Cuanto más nos acercamos, más me gusta la opción que hemos elegido. Solo unos días más y podremos abandonar la nave, diremos adiós a aquellos estrechos cubículos, pisaré la tierra árida, gris, que arañará mis pies descalzos. No les contaré a mis nietos que existe un planeta, muy lejano, con el cielo azul.

© Copyright de Raelana Dsagan para NGC 3660, Julio 2018

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