Rebelión Precog

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Por Joan Baladre

El rayo rojo pasa cerca de su núcleo cerebral. Observa cómo se funden los edificios, convirtiéndose en formas blandas y se apoya contra la pared, aturdido.

Las figuras pasan corriendo, hay pánico en sus movimientos. Algunas son abatidas y el olor a chamuscado impregna el ambiente. Es un muñeco estático aunque sabe que tiene que entregar un correo.

Alguien se fija en su presencia. Ve a un tipo con un cráneo bulboso de color rosado que viene a por él; sujetando, con una correa reforzada de acero, dos grandes perros híbridos de color negro.

Las bestias inquietas no paran de lanzar dentelladas al aire y sus terribles bocas sueltan chorros de babas.

—¡Ahí hay un bastardo! —grita el rebelde con una voz aguda, fruto de las mutaciones.

Los Precog son la nueva generación de humanos, cuyos ancestros fueron domesticados a conveniencia en su tiempo. Los nuevos herederos han desarrollado ciertos poderes mentales y una resistencia innata a cualquier tipo de dominación. Aun así, fueron mantenidos a raya un par de siglos, hasta que los Superordenadores ya no pudieron anticiparse a las posibilidades de anular la rebelión.

Los primeros centros han caído: Mega Casa 1 y Mega Casa 2, y varios bloques de viviendas acorazadas arden saqueadas.

Sabe que tiene un mensaje para entregar a cierto objetivo.

El tipo bulboso suelta a los perros. Las bestias de dos cabezas y seis patas se lanzan locas a por su cuello. Poseen colmillos capaces de traspasar su carcasa.

Derrotado, por unos instantes, piensa en cerrar los ojos y esperar.

Pero, no… logra salir del letargo momentáneo, inducido por culpa del rayo que había rozado su unidad neuronal, y antes de que las bestias den buena cuenta de él; extiende las palmas de las manos y emite dos salvas de rayos, que iluminan el ambiente de amarillo, y los perros se volatilizan. A continuación, dispara al rebelde antes de que consiga huir y lo aniquila.

 

La ciudad se ha convertido en un caos. Las fuerzas rebeldes avanzan imparables, y por todos sitios se escuchan detonaciones.

En medio de una de las vías de circulación contempla un vehículo envuelto en llamas. El reflejo del fuego anaranjado, por unos instantes, baña su cuerpo.

Intenta detenerse lo menos posible.

Esta guerra les ha cogido casi de improviso, a pesar de estar supervisando sus actos continuamente, al final los poderes mentales de los rebeldes consiguieron eludir cualquier tipo de vigilancia. Entonces, cuando se empezó con el genocidio como medida preventiva, ya era demasiado tarde.

Su destino no está muy lejos y calcula las últimas fuerzas de la energía corporal interna, debe tener suficiente para llegar.

En una zona de conexión entre las vías de circulación y las peatonales, hay un montón de cadáveres destrozados. Es un grupo precogs. Los cuerpos yacen desparramados por todo el lugar. No tiene inconveniente en pisarlos para seguir hasta las escaleras y subir al nivel superior.

Cuando llega arriba, ve un par de mechs inertes, tumbados en el suelo. Las carcasas mezcladas con la carne de sus pechos están reventadas.

No se detiene, cerca hay combates y mucha actividad. Varios rayos impactan contra la fachada de un edificio grisáceo y salen volando una lluvia de cascotes.

Toma el camino que hay a su derecha y entonces, escucha unos gritos. Observa un par de figuras que vienen corriendo. Un rayo sale despedido hacia él y aunque intenta girarse para esquivarlo, le destroza el hombro y cae al suelo de rodillas. Luego, le acribillan.

 

—¿Me oyes?

—Sí… ¿qué ocurre? —responde, y entonces se da cuenta de que ha encontrado su objetivo.

—Acabas de ser apresado por el CLP —anuncia la voz—. Parece ser que tenías mucha prisa, ¿adónde ibas?

—Tengo que entregar un mensaje.

Khaiwos, el precog de piel verde, contempla la cabeza del mech con detenimiento. A través de unos cables conectados a una batería, le ha suministrado la energía necesaria para tenerla activada.

Los Mechs son cyborgs que conservan una pequeña parte humana. Pero la mayoría de su cuerpo y sistemas es artificial. Tanto es así, que estaban avocados a convertirse con el paso del tiempo en puras máquinas inteligentes.

—¿En qué consiste el mensaje?

—No lo sé.

—¿Me lo puedes transmitir?

—No.

—¿Por qué?

—Bloqueado.

—¿Qué hay que hacer para que descargues los datos?

—Tengo que llegar al lugar indicado.

Sopesa las posibilidades, pensando en si valdría la pena. Puede ser algo importante, de hecho, algo en su cabeza le dice que sí. De todas formas el sector está ya casi bajo el mando de los precogs, así que no hay demasiado peligro. Sabe que es la única forma de extraer la información, cualquier otro método que incluyera la fuerza daría como resultado la destrucción del mensaje.

—¿Y si te llevo?

—Acepto.

El comandante Khaiwos ordena a los demás rebeldes que se preparen.

 

—Este es el sitio, es ahí arriba —dice la cabeza del mech.

El edificio, un bloque monolítico, se alza con la parte superior destruida.

—Muy interesante —contesta Khaiwos, llevándose un apéndice tentacular a la boca, mientras tiene una extraña sensación.

El grupo entra en el interior. El comandante informa al mando rebelde su situación y lo que piensa hacer. Recibe el visto bueno.

—Tenga cuidado —dice la voz por el ampliador de ondas mentales, un aparato para comunicarse a largas distancias que tiene la forma de un cuerno.

—Descuiden —responde el comandante y corta la comunicación—. Lyrkos ven aquí.

Un precog con la cabeza en forma de martillo se acerca:

—¿Comandante?

—Sube arriba y echa un vistazo. Asegúrate de que no hay nada raro ni ninguna trampa —ordena el comandante.

—Entendido.

Lyrkos sube las escaleras ruinosas, trotando. Las paredes a ambos lados están calcinadas y despiden un olor rancio.

El último tramo de escalones ha desaparecido, así que trepa por un agujero para llegar arriba.

La zona superior está destrozada y no tiene techo. Es una especie de plataforma llena de escombros desde la que se puede ver toda la polis.

A lo lejos, observa varios destellos acompañados de sendas explosiones que provocan una lluvia de polvo. La guerra continuaba.

El precog llama por el ampliador al comandante:

—Aquí no hay nada peligroso.

 

Al poco rato, todo el grupo sube hasta el lugar. El comandante, con la cabeza del mech enchufada a un cargador de batería, le pregunta:

—Este es el lugar, así que: ¿cuál es el mensaje?

—Realizo la conexión —responde el cyborg.

Una cortina luminosa se proyecta sobre el aire y una figura holográfica aparece para el asombro de todo el escuadrón.

Es el mismo Khaiwos.

«Ah, no te asombres… mi yo. Soy tú. Pero dejemos de lado cuestiones teóricas de quién es quién».

El comandante no sabe qué decir.

«No digas nada. Ya no importa. Así que escucha. El mensaje se descarga. Supongo que habrás llegado hasta aquí con un grupo de rebeldes. La guerra está avanzada. Los precogs vais a ganar, pero no todo es lo que parece y el coste será muy alto. Una variable analítica en los cálculos de los Superordenadores dio como resultado los hechos de la fracción que encabeza usted, comandante». La voz holográfica de Khaiwos, que suena igual a la del auténtico, produce una sensación extraña en el comandante. «Aún queda una pasibilidad en el futuro y esta es la muestra. De esta forma mantendrás el primer contacto…» pero el mensaje no acaba, porque un rayo destruye la cabeza del cyborg y la hace pedazos. El comandante se aparta con las manos quemadas. Lyrkos le apunta con su pistola.

—¿Pero qué haces?

—Comandante, lo siento.

Khaiwos observa al resto del escuadrón tirado en el suelo.

—Yo también conocía la orden cerebral de las micro bombas-ampollas y por supuesto, me extraje la mía —anuncia Lyrkos.

—¡Maldito!

—No se mueva o lo volatizo —contesta Lyrkos.

—¡Estás loco! ¿Cómo has hecho caso a lo que ha dicho ese mech?

—Los enemigos habían conseguido alterar el futuro de alguna manera. Ah… mi comandante… los Superordenadores y los putos mechs acabarán por acercarse y pactar con el CLP, y será la persona clave en ese asunto como ha desvelado el mensaje. El movimiento rebelde precog es la gloria de nuestros ideales, pero necesita otro cambio de rumbo. Sospechábamos de usted hacía tiempo, nuestras precogniciones así lo demostraban.

—¿Qué?

—Valores, mi comandante… valores puros. No se puede asentar un gobierno digamos que… demasiado blando. Y eso no interesa al Comité de Liberación Precog.

—¡Deliras!

—¡No! Esas ideas que usted liderará son demasiado peligrosas para lo que tiene que venir.

—¿Se da cuenta de que esto nos puede llevar a la derrota?

—Al revés, nos dará una victoria majestuosa.

—Esto puede ser el fin…

—No importa —Lyrkos dispara y convierte el pecho del comandante en un agujero perfecto.

 

El precog llama por el ampliador al comandante:

—Aquí no hay nada peligroso.

Pero el comandante tiene un reflejo. Sus poderes mentales se habían acrecentado en los últimos meses, gracias al trabajo físico y psíquico que había realizado en un búnker de desarrollo de la precognición. Y había visto lo que iba a suceder. Sus ideas de pacto con los cyborg resultaban peligrosas para ciertos sectores rebeldes.

Nada más subir a la plataforma, que era cuanto quedaba de la parte superior del edificio, mata a Lyrkos acribillándolo con la pistola de rayos.

Los demás componentes del escuadrón se quedan paralizados, sin saber qué hacer, y a los pocos segundos caen fulminados en el suelo.

Las micro bombas-ampolla que les había suministrado por si acaso, habían surtido efecto.

Khaiwos toma el amplificador y llama al centro de mando:

—Señores…  he eliminado a un disidente, aunque he tenido también que matar al resto por si acaso.

—¿Pero qué dice, comandante?

—Planeaba un complot contra mí. Querían echar por tierra la ideología de la liberación.

—¿Pero se ha vuelto loco?

El comandante Khaiwos cierra de golpe la comunicación y tiene un vuelco en el estómago.

—¡Maldito cacharro! —grita enfurecido—. ¡No se supone que debíamos mantener un primer contacto entre nosotros!

—Esta guerra no ha acabado y todo no es lo que parece. Los Superordenadores dieron en realidad esta variable como presunto triunfo final cyborg.

—¡Noooooo! —el comandante se da cuenta tarde. El cyborg había provocado el falso reflejo en su mente a través de un canal de ondas especiales.

La detonación es tan grande y violenta que el edificio termina por caer.

 

Más tarde un grupo de tanques precogs, que llega para inspeccionar la zona de la explosión, se detiene ante algo que hay tirado en medio del suelo. Uno de los rebeldes baja para ver lo que es y se encuentra con la cabeza medio chamuscada de un mech.

—Tengo… que… entregar un mensaje… —chasquea.

© Copyright de Joan Baladre para NGC 3660, Febrero 2017

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