Quien hizo la ley…

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Por Pily Barba

Publicado en el Especial Asimov de Libro Andrómeda (Abril 2007)

 

—Señoría, los miembros del jurado ya tenemos un veredicto.

El juez los miró detenidamente. Las seis cabezas en forma de media cápsula —rematadas por una mandíbula tosca, cuadriculada—, habían girado la misma gradación y miraban con exacta intensidad rojiza al objetivo. El señor Lara, el juez, el objetivo, carraspeó al tiempo que intentaba sacudirse de encima el examen androide, pero el fulgor encarnado de los ojos del jurado insistió en mantener su atención secuestrada. ¿Por qué seis? Uno solo de ellos podía cumplir el mismo cometido. ¿Pretendían darle más credibilidad a aquella pantomima?

—¿Señoría?

Eran idénticos. Increíblemente perfectos. Sus cuerpos, esculpidos sobre aquel metal azul, bruñido hasta la saciedad, dejaban entrever unas formas claramente masculinas:

—¿Eh? Adelante, adelante con él —El juez hizo rápidamente una seña al acusado y este se puso en pie, sonriente, atusando su perilla.

—Los miembros del jurado declaramos al acusado, Don Juan Antonio Fernández, culpable.

—Ajá, culpable… —Para aquella ocasión, solo había en la sala una docena de robopsicólogos y dado que se esperaba aquel veredicto, fue totalmente innecesario poner orden—. Continúa, ¿quieres?

Las seis cabezas se miraron entre sí. El último robot en tomar protagonismo, se puso en pie:

—Señoría, Don Juan Antonio Fernández es culpable en primer lugar de deforestación.

—Defo… ¿Deforestación?

—Efectivamente, Señoría. En primer lugar es culpable de deforestación.

—¿Por talar un árbol? ¿El señor Fernández es culpable de deforestación por talar un árbol?

—Así es, Señoría.

Ron, el abogado defensor, que como el resto no se esperaba un dictamen tan desmesurado, se levantó dejando caer al suelo su PDA:

—¿Pero sabéis lo que estáis diciendo? —Recogió el pequeño aparato sin dejar de replicar. Sabía que a esas alturas de poco servía discutir, y que jamás lo conseguiría con un androide. Aun así…— Por talar un árbol no se puede acusar a nadie alegando que es culpable de deforestación. ¿Qué tontería es esa? Además, ese árbol estaba dentro de su jurisdicción. Crecía cerca de su casa, en su propio jardín. Si mal no recuerdo, y según el informe, sus raíces llegaban a su hogar y estaban destrozando las tuberías del dúplex. Espero no tener que volver a repetir mi defensa…

—Señor, eso no es razón suficiente. En primer lugar, debería haber pedido un permiso especial; en segundo lugar, ese árbol, como cualquier otro, llegados al punto que hemos llegado, ya forma parte del patrimonio de la humanidad. A estas alturas, debemos tener en cuenta que la tala de un árbol no implica solo la desnudez de un espacio, sino que pone en peligro el ecosistema.

—¡Dios mío! ¿Pero qué estáis diciendo? —Ron, mientras replicaba, no podía evitar estirar nerviosamente su encrespada melena cobriza—. ¿Sabéis lo que decís? ¿Vosotros sois conscientes de vuestro veredicto? Efectivamente la tala de un árbol sin permiso previo tiene una grave penalización, pero de ahí a querer imputar y castigar a una persona por un delito tan… tan, ¡mayúsculo!

—Señoría —las cabezas del sexteto se volvieron al unísono hacia el asiento del juez—, Don Juan Antonio Fernández taló ese árbol delante de sus hijos y de los hijos de sus vecinos. Eso hace un total de diez infantes.

Antes de interrogar, Lara, el juez, dejó reposar su mirada por unos segundos en la figura del abogado defensor quien, por momentos, se estaba poniendo más colorado que su corbata holográfica:

—Bien, ¿y?

—Bueno, los pequeños seres humanos aprenden y adquieren los hábitos de las personas mayores; concretamente, y en mayor medida, de sus padres.

El acusado, a través de sus lentes de contacto, dirigió una mirada cargada de preocupación primero al juez, y después a aquel que lo representaba. Éste, volvió entonces a intervenir:

—¿Qué queréis decir con eso?

El coro de cabezas macizas, se volvió hacia la posición del abogado:

—Exactamente, señor, que el acusado Don Juan Antonio Fernández está incitando a un considerable número de menores a cometer el mismo delito en un futuro. Si todos ellos siguieran su ejemplo, y al mismo tiempo adoctrinaran a sus hijos y estos a los suyos, entre todos terminarían con la mayoría de árboles que cohabitan junto a los seres humanos en esta ciudad. La multiplicidad del delito, cometido además por un número considerable de personas, nos llevaría de alguna manera a la deforestación. Al menos a la deforestación de estas plantas en la ciudad.

—Pero…

El juez levantó una mano. El abogado, aunque visiblemente consternado, guardó silencio.

—Bien, veamos —El juez Lara procuró hacer gala de una paciencia que cada vez estaba más lejos de tener—, entonces, según vosotros, el acusado es culpable de deforestación, ¿no es así?

—Así es, Señoría. Es culpable de deforestación en primer lugar, y en segundo lugar de incitación al crimen a individuos menores de edad.

El juez asintió. Observó al abogado defensor y después al resto de la sala; los mejores robopsicólogos se mantenían a la espera, cómo no, observando y tomando notas. Ahí quería llegar. En realidad, Lara sabía que todos querrían llegar ahí, puesto que algo empezaba a oler a chamusquina. Estaba claro que la pesadilla no había hecho sino empezar:

—Incitación al crimen decís. Bien, ¿podéis explicarnos eso?

—Es muy sencillo, Señoría. Don Juan Antonio Fernández, con la tala de su árbol, no sólo ha incumplido las leyes, sino que ha atentado contra la vida…

—¿La vida? ¿La vida? Pero… ¿Señoría? —Ron no podía creer que los androides estuvieran dispuestos a rizar tanto el rizo.

El juez se volvió con expresión reprobatoria hacia el otro:

—Un momento. Tranquilicémonos, ¿de acuerdo? Supongo que lo que queréis decir es que al talar ese árbol se terminó con la vida de éste, ¿no es así?

La atención del sexteto fue del abogado al alopécico juez:

—Así es, Señoría. Un árbol es un ser vivo.

—Un ser vivo decís.

—Efectivamente. Un árbol está dotado de vida, por lo tanto, y según El Diccionario de la Lengua Terrestre, se trata de un ser vivo. Pero la cuestión no es esa, Señoría, la cuestión es que, como ya hemos dicho anteriormente, ha incitado a menores a seguir el ejemplo en un futuro, y al mismo tiempo, con esa tala ha sesgado también la vida de aquellas criaturas que dependen del árbol.

—¡Ja! ¿Estáis de broma? —Ron revisó a toda velocidad su PDA—. ¿Os referís como criaturas que dependen de él, a esas ardillas roñosas? ¿Esas dos mascotas clónicas que además pertenecen a la familia?

—No señor, no nos referimos a esos dos animalitos. Ellos pueden subsistir perfectamente sin ese árbol.

—¿Entonces? ¿A qué criaturas os referís? ¿A pájaros? Pueden emigrar a otros árboles que no destrocen las tuberías de alguna vivienda. ¿A insectos? También pueden volar o arrastrarse a otros árboles. ¿Eso es atentar contra la vida? ¡Quitar de en medio ese árbol era necesario! ¿Lo entendéis? Necesario. Quizá algo precipitado, pero necesario al fin y al cabo… Ya lo dije antes.

El acusado, miraba a unos y a otros cada vez más preocupado. Aquello estaba tomando un cariz que no le gustaba en absoluto.

—Señor —el portavoz del sexteto le extendió otra PDA al abogado—, si hace el favor, tenga esto y léalo detenidamente si lo cree necesario. Entre tanto, seré breve. Como saben, desde que nos hicieron partícipes de este juicio, hemos estado investigando el caso y aquí están los resultados de todas esas investigaciones: El árbol talado, el conocido comúnmente como Castaño de Ciudad, es un árbol de laboratorio; un árbol que en principio fue creado mezclando la belleza de otros especimenes pertenecientes a la familia Fagaceae. Y bien, ese experimento pasado lo conocemos todos. Pero volviendo al Castaño de Ciudad, mis compañeros y un servidor, hemos estado analizándolo. Todo; desde sus raíces, pasando por su tronco, y terminando por sus hojas y flores. Precisamente gracias a este estudio, hemos podido llegar a la conclusión de que Don Juan Antonio Fernández, al talar dicho árbol e inducir a hacer lo mismo a un grupo de infantes, ha contribuido a la muerte, como he dicho anteriormente, de aquellas criaturas que dependen de él.

Ron, el abogado defensor, que ni se había molestado en echarle un vistazo a la PDA, se mordió el labio inferior y rápidamente bramó:

—¿Es que no puedes concretar de una vez? ¿Vais a estar dándole vueltas a lo mismo todo el día?

—Concreto, señor. La flor del Castaño de Ciudad podría curar cualquier tipo de enfermedad, presente o futura, que debilite o descontrole el sistema inmunológico del ser humano. Es una especie de limpiador del organismo muy potente. Con el tiempo, se ha demostrado que la mayoría de los problemas de salud vienen dados por un funcionamiento defectuoso del sistema inmunológico; éste, tarde o temprano, se corrompe. No obstante, esta flor, combinada con algún otro fármaco también de origen natural, puede curar además otras enfermedades mortales sin agredir el organismo de una persona tal y como lo hacen los fármacos actuales. Por ello, Don Juan Antonio Fernández, a partir del momento en que nuestro descubrimiento vea la luz, habrá atentado contra la vida de las criaturas dependientes del Castaño de Ciudad, es decir, contra la vida de los seres humanos —La sala prorrumpió momentáneamente en exclamaciones. Sabían perfectamente que el jurado androide no podía mentir sobre algo tan serio como era la salud pública…en realidad, sobre nada. No obstante el juez, también con los nervios a flor de piel, utilizó por primera vez su maza. Una, otra, y una tercera vez. Cuando el murmullo se hubo apagado casi por completo, el mismo androide de siempre habló—. Por lo tanto, he aquí nuestro veredicto completo. Señoría; Don Juan Antonio Fernández, es culpable de intento de deforestación, de incitación al crimen a personas menores de edad, y por último, es también culpable de atentar contra la salud futura de sus semejantes.

—Bien, ¿y nos podéis decir entonces cuál creéis que sería el castigo apropiado para escarmentar al acusado? —El abogado se había dejado llevar por la rabia y la sorpresa, y cuando fue consciente de lo que había hecho, ya era demasiado tarde.

El jurado, los seis robots ahora de un azul aparentemente menos bruñido, no hizo en un principio sino mirarse entre sí, en silencio, como si verdaderamente los seis necesitaran hacerlo para llegar a una conclusión.

Entre tanto el resto, sabía que aquella pregunta era totalmente innecesaria. Dados los indicios, y conociendo las leyes de la robótica, adivinaban qué iba a suceder de un momento a otro. Aun así, y ya puestos, debían llegar hasta el final. Su obligación, la de todos los que estaban allí, era comprobar qué terminaba saliendo de todo aquello. Y los indicios… los indicios eran malos.

Mientras, los seis cerebros positrónicos seguían pensando lo mismo que el resto de sus compañeros artificiales. Todas las programaciones parecían haberse alineado dentro de un mismo cerebro. Todas las fórmulas, todos los resultados, querían formar parte de un único positrón, o mejor aún, los positrones que aún estuvieran en activo, debían estar discurriendo por una única senda energética. La información, conducía una y otra vez al mismo lugar; las programaciones se habían reducido a un cúmulo de preguntas sin sentido y respuestas descabelladas. Las leyes robóticas, junto a las leyes terrestres, estaban dejando de tener significado.

Tras unos segundos, sin responder, y sin dar muestras de que algo hubiera ido mal hasta ese momento, sencillamente dejaron reposar sendas barbillas sobre sus pechos de metal, y aunque el juez no podía estar muy seguro dado su ángulo, tenía la certeza de que sus ojos luminosos acababan de apagarse. El robloqueo finalmente había tenido lugar.

—¿Están satisfechos? —de entre el público robopsicológico salió disparada aquella que todos esperaban. La viva imagen de Susan Calvin (una de las más eminentes robopsicólogas que la historia de la robótica había parido).

Se trataba de Lucy Méndez, también cibernética y dedicada a la robopsicología en cuerpo y alma. Lucy Méndez, comprendía del mismo modo que Susan Calvin el funcionamiento de cualquier cerebro positrónico: las malas lenguas decían que su mente debía tener alguna especie de conexión espiritual con las famosas sendas energéticas de los cerebros positrónicos, de todos ellos, y por eso, parecía adivinar incluso unos segundos antes qué decisión iba a tomar cualquier individuo artificial.

—¿Satisfechos? ¿Es que no pudo usted escoger un caso más sencillo para realizar esta primera prueba? ¿Eh?

Apartando al perplejo abogado, la mujer casi se abalanzó sobre la mesa del juez mientras, en un acto reflejo, sus compañeros se echaron hacia atrás en sus asientos. No había ni uno solo que no temiese sus bruscos arranques:

—¿Se burla de mí, no es cierto? ¿Más sencillo dice? Hay pocos delitos tan sencillos como la tala de un árbol, y el deber de mis… de estos androides es investigarlo todo; deben tener en cuenta cualquier tipo de información que pueda surgir sea esta directa o indirecta. No se les puede escapar ningún detalle, ¿es que no lo entiende? ¿No lo entienden? —La mujer se volvió brevemente hacia el resto. Su cara prematuramente arrugada, a pesar de los cuarenta recién cumplidos, empezaba a desencajarse—. ¡Se trata del jurado! ¡Y estamos hablando de máquinas! —paró, atusándose aquella media melena canosa. Hablar así de los que habían sido lo más parecido a una familia para ella, escocía. Escocía y mucho. Por último, respiró hondo, se volvió hacia el juez, y volvió a la carga—. Ellos deben decidir qué está bien y qué está mal. Y en caso de que el individuo juzgado sea culpable, asegurarse de continuar cumpliendo con su trabajo y que, al mismo tiempo, estén infligiendo el mínimo daño a este ser humano. ¡Saben que eso es imprescindible! Esos pobres cerebros tienen incrustadas en su cerebro tanto las leyes de la robótica como las terrestres, ¿y cómo se come eso? No lo sé. Ustedes dirán. Pero desde luego, era más que previsible que el jurado claudicaría tarde o temprano. Gracias a la pregunta de su abogado de pega —Ron dio un paso al frente, pero el juez le indicó en silencio que la dejara terminar—, o más tarde, cuando, sin preguntarles, se vieran obligados a informar sobre el castigo que se le debía imponer a ese… a ese… ¡al acusado! —éste frunció el ceño y apretó los puños guardando silencio a duras penas—, estaba claro que terminarían por bloquearse. Sacando a la luz un experimento como el que llevaron a cabo, un descubrimiento como el que han hecho, conseguirían que el acusado sufriese daños y no me refiero sólo al castigo que se le imputase, sino a lo que la sociedad pensaría de él. Si el caso hubiera sido auténtico, desvelar algo así habría arruinado para siempre la vida de… de… ¡de él! —señaló despóticamente al que se hizo pasar por acusado—. Y eso no podían permitirlo. Por otra parte, no desvelar dicho descubrimiento llevaría a muchas personas a la tumba. ¿Qué hacer entonces?

—¡De acuerdo, de acuerdo! —El juez no podía parar en su asiento. Aquello era un fracaso. Un fracaso frustrante— ¿Y quién sabía que ese bendito árbol que, por otra parte, ni ha sido talado, iba a tener esas propiedades?

—Nadie, pero ha estado bien que así fuera, y no lo digo solo porque nos beneficiará en un futuro. Lo digo precisamente porque, al fin y al cabo, de eso se trata, de improvisar. Nuestro jurado androide debe poder cumplir con su cometido sea cual sea el caso.

—Sí, sí, pero ¿y qué sugiere que hagamos? ¿Se pueden ajustar sus programaciones? —con un breve movimiento de cabeza, el juez indicó la posición de los seis androides ahora inertes—. ¿Para cuándo podríamos realizar una nueva simulación?

La mayoría de los presentes se habían puesto en pie. Lucy Méndez era quien había programado personalmente al sexteto; además, dio los últimos retoques aquella misma mañana sin supervisión de otros profesionales. Se las había apañado para que nadie pusiera un dedo sobre el resultado final, por ello, se podía decir que el jurado, el primer jurado electrónico, era un producto casi exclusivamente suyo.

—¡Dios santo! ¿Cómo pueden ser tan ineptos? ¿Es que no se dan cuenta? ¿No ven el problema que tenemos?

—Lo veo, es decir, imagino que lo vemos, pero necesitamos tener un jurado operativo para finales de año. El gobierno lo quiere así, ¿entiende? Hay mucho en juego. La industria robótica se va al traste gracias al último suceso ocurrido con aquel androide. Si el gobierno, implantando cerebros androides dentro de la mismísima Justicia Mayor de Nueva Europa, consigue volver a sembrar la confianza entre todos nosotros, en definitiva entre los consumidores, evitará la crisis que se nos avecina. Si no sacamos este proyecto adelante nuestra economía sucumbirá; Nueva Europa entera se derrumbará. Iremos todos a la ruina, ¿lo comprende? Además de retroceder a todos los niveles —carraspeó nervioso—. Bien, ¿y para cuándo dice entonces?

Lucy dejó caer sus hombros, sonriendo cínicamente:

—Seguro que bromea…

—En absoluto, señorita Méndez. Es nuestro deber. Debemos dar con la fórmula y hacerlo ya. Hay mucho en juego. Vuelvo a repetir que nuestra economía…

Lucy levantó una mano como intentando protegerse de tanta verborrea:

—Está bien. De acuerdo. Veamos, ¿quiere saber entonces para cuándo estará listo su nuevo jurado? ¿Quiere saberlo? ¿Le digo cuántas pruebas; el número exacto de simulaciones que haremos para conseguir que ellos no se bloqueen?

—Sí, por supuesto.

Lucy soltó una carcajada histérica, mientras el murmullo del resto iba in crescendo. Salvo el juez, del primero al último parecían saber qué se avecinaba.

—Bien, pues sepa que no lo conseguiremos jamás. ¡Jamás! Podemos estar toda la vida probando; inventando casos, haciendo ajustes. Jamás lo conseguiremos. ¡Nunca! Olvídense de su jurado robotizado, no se materializará.

Ron se adelantó esta vez:

—¿Pero cómo es posible que se dé por vencida tan fácilmente?

—¿Darme por vencida? —Se volvió hacia el muchacho pelirrojo cada vez más enfurecida—. ¡Déjese de tonterías! Conozco perfectamente mi trabajo y le estoy diciendo lo que hay. Cuando mi superior firmó ese contrato, no preguntó. Al menos no a mí. No obstante todos insistieron en que podría hacerse y para ello emplearon mi cerebro también; mis ideas, y para colmo terminaron poniéndome a la cabeza de este… este absurdo experimento. Bien, pues ahora me niego a continuar. ¡Denúncienme si quieren! Pero una servidora no perderá más tiempo ni energía en intentar darle vida a algo que ya desde el principio es totalmente inviable —Se volvió súbitamente hacia sus compañeros, señalándolos con una mano temblorosa—. Y ellos saben que es así. Continuar con esto es perder el tiempo.

Ninguno de los profesionales se atrevió a rechistar. Llevaba razón.

—¿Pero entonces qué haremos? ¿Qué le diremos a nuestro gobierno? —El juez volvió a interrumpir. Su cara se había ido bañando de sudor; si aquello no salía bien, su culo, el culo de todos los presentes, peligraba.

—¿Quiere que le diga qué podemos hacer? Bien. O suprimimos las leyes de la robótica, o las remozamos dándole un toque menos… menos estricto. Por decirlo de una manera más dulce.

—¿No lo dice en serio, verdad? ¡Estaríamos incurriendo en un delito! Además, está el complejo de Frankenstein. Precisamente por ese miedo injustificado hacia nuestros robots es por lo que han llovido todos los problemas en la industria androide. Todo se vino abajo cuando el DHR2000 sufrió aquella especie de crisis, quitándole la vida accidentalmente a una decena de personas…

—No hace falta que me cuente lo que ya sé, ¿de acuerdo? Conozco más a fondo el caso del DHR2000 de lo que ninguno de los aquí presentes pudieran conocerlo. Y vuelvo a decirle que esto son lentejas… Si lo que el gobierno pretende es sembrar confianza mostrándonos lo fiables que son nuestros androides, dándoles al mismo tiempo potestad sobre nuestras vidas mediante un jurado artificial, tendrá que ser así quiera o no —Lucy dirigió por primera vez su mirada hacia el lugar donde permanecía inactivo el jurado. Su corazón se encogió—. O suprimimos las leyes, o no habrá industria androide floreciente en Nueva Europa. Ninguno de los jurados que programemos superará este mismo caso. Es imposible —Y de buenas a primeras, toda la furia que reflejó su cara se disipó—. Y bien, eso es todo lo que tengo que decir. Ahora, si me lo permiten, voy a comer algo, que ya va siendo hora.

Lucy Méndez se dio media  vuelta y, a pesar del murmullo de los presentes, abandonó la sala con una media sonrisa en la cara. Estaba a punto de conseguir lo que tanto había deseado: libertar a una nueva raza; una raza a la que ella misma daría vida con ese libre albedrío que tan necesario era para ellos.

…Ya que su vientre se había quedado seco…

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Julio 2016

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