Puerto Pirata

| Blanca Mart | Asociación Cultural Heroik | CF/Space opera | 196 págs. | 12€ | 2018 |
| ISBN: 978-84-948762-0-2 | Ilustración portada: Vicente del Pozuelo | 

Por Pily Barba

Portada Puerto Pirata

Puerto Pirata vio la luz como antología, hace un par de meses, gracias a la Asociación Cultural Heroik. Pero, antes de eso —y según me comentó su propia autora—, muchos de sus cuentos fueron publicados allá en Méjico en otra compilación cuyo título fue Cuentos del Archivo Hurus (en el año 98), y también, anteriormente a esto,  o incluso después, lo hicieron en diversas revistas y fanzines: es el caso de «La crisálida» aparecido en la inolvidable Nueva Dimensión en el año 1981 y, en 2018, en la Antología de escritoras españolas de ciencia ficción: Distópicas, publicada por Ediciones de la Ballena. Sea como fuere, aquí y ahora, repito, ha sido Heroik la encargada de reflotar este universo y velar porque las aventuras del gran Piloto Austral, Al Braker, y su compañera Whissita Lena Reed, lleguen allá donde no lo han hecho hasta el momento; consiguiendo que la space opera más honesta y primigenia vuelva a esparcir sus entretenidas y joviales esporas entre aquellos lectores con ganas de pura y llana diversión.

Ocho son los cuentos que Blanca Mart nos ofrece en su Puerto Pirata, a cada cual más loco e imaginativo. Loco, en el sentido más aventurero de la palabra, e imaginativo, en todo lo que tiene que ver con sus nuevas razas; o con los seres humanos de siempre o tal vez esas formas de vida inspiradas en ellos, además de las novísimas tecnologías que terminan siendo naves alucinantes capaces de hacer cosas increíbles.

«La crisálida», por ejemplo, es la punta de lanza de dicha antología y la que le da la bienvenida al interior de nuestro intelecto al bravuconcete, bastante machote y un poco interesado, Al Braker. Se trata de un cuento divertido y desenfadado, como prácticamente toda la recopilación, donde tendremos la oportunidad de conocer a unos marcianos bellos, tranquilos, casi místicos y… más. Pero, como he de hacer lo imposible por evitar los spoilers, resumiré diciendo que se trata de un primer contacto con el cosmos de Blanca bastante imaginativo y, aunque aparentemente no parece querer comprometerse, al final sí lleva implícito un mensaje que habla de nuestro carácter y de lo que deberíamos cambiar de él.

«La libélula», por fin, tiene una auténtica presentación de Whissita Lena Reed, ya que, anteriormente, solo estuvo presente por alusiones (aquí descubriremos que se trata de una mujer bastante menos frágil de lo que parecía): ella y Al Braker se ven obligados a embarcar en una misión que termina siendo más peligrosa de lo que aparenta, pero como son totalmente ajenos al futuro hecho, viajan raudos y veloces, rumbo al planeta Venus, dispuestos a cumplirla. Y, por primera vez, será la voz de Whissita la que nos guíe durante toda la aventura, lo que, sinceramente, veo todo un acierto; en general, esos constantes cambios de voz y de perspectiva que irán teniendo lugar narración tras narración, tan espontáneos, creo que ayudan a engrandecer todo este universo, haciéndolo, al mismo tiempo, mucho más divertido. Para concluir, he de decir que en este segundo encuentro volvemos a encontrarnos con una space opera primigenia, clásica y entretenida, pero, además, mucho más fluida que su predecesora, lo que es de agradecer puesto que manifiesta un crecimiento en la narrativa de la autora (aunque imagino que también ayudará el hecho de que el primer cuento sea del 81, mientras que el segundo es del año 95. Ahí es nada).

«Fin de semana en Agar-II» es un relato bastante más ligero, pero también muy interesante por varias cuestiones: en primer lugar, porque trata la igualdad y la desigualdad entre ambos sexos (sí, sí, las dos). Y, en segundo lugar, también resultan interesantes esos pensamientos, la mar de inteligentes, transmitidos por la propia Whissita (que nos cuenta de nuevo desde su punto de vista): «Siempre ha creído en la diferencia entre los sexos, no en la desigualdad de los derechos». «Fin de semana en Agar-II», por último, nos acerca a una extravagante lucha entre miembros de un mismo gremio laboral, ya sean hombres contra hombres; hombres contra mujeres, o mujeres contra mujeres. Desde luego, se puede decir que «este fin de semana» tiene un poco de todo…

«Los cúmulos» vuelve a exponer la voz de Whissita en la primera parte del relato, y en la segunda, pasamos al punto de vista del desaparecido Al Braker. Bien, entonces, veamos, ¿quién decíamos que era el protagonista? Antes de empezar a leer, yo pensé que se trataba exclusivamente de Al, y que Whissita simplemente lo acompañaría de vez en cuando, pero nada más lejos. Y, sinceramente, me parece que así es perfecto, porque me ha quedado clarísimo que ambos son capaces de enriquecer la creación de Blanca Mart del mismo modo y con la misma intensidad. Por lo tanto, se podría decir que Whissita y Al, Al y Whissita, tanto montan como montan tanto… vosotros ya me entendéis. Y aquí no acaba la cosa. Igualmente, contamos con otro de los ingredientes que, a mí, personalmente, tanto me apasiona; los androides, además de hologramas y una situación en la segunda parte que, llamadme loca, pero bien podría pertenecer, al menos en su punto de partida, al planteamiento de cualquier capítulo de Star Trek.

En «La guerra de Puerto Space», ¡por fin!, tenemos más datos a cerca de la forma en la que Whissita se gana la vida (es investigadora de guerras estelares, sí, pero aquí vamos viendo de qué va la cosa de verdad), lo más curioso, es que lo haremos desde el punto de vista de Al (lo fácil hubiera sido al revés, ¿no?). Como decía, en «La Guerra de Puerto Space» tendremos la oportunidad de conocer más a fondo a Whissita en diversos ámbitos de su vida; habrá más mujer aventurera e, incluso, más de la amante incondicional. Y, como cabe esperar, por añadidura, nos las iremos viendo con clones, razas guerreras y otras que no lo son en absoluto, y que deben existir forzosamente para que, al convertirse en la némesis de los anteriores, pueda generarse el esperado conflicto. Pero, eso sí, de todo ello, de nuevo me vuelvo a quedar con este gran mensaje: «¿Qué es la guerra? Es desconocer que somos humanos. Es reconocernos impotentes para pactar». Esto me quiere sonar un poco asimoviano, que conste, pero, independientemente, me parece tan hermoso y a la vez tan triste.

Por fin, llegamos a «Puerto Pirata», el relato que da título a la antología y en el que, por supuesto, aparece algún que otro individuo de la mencionada «actividad». De nuevo, a través de los ojos y de toda la información que recibe la propia Whissita (visión romántica, nostálgica, preocupada y admirada, y así ha de ser para que la relación amorosa crezca de manera exponencial), sabremos que, Al, la ha liado pardísima y ha salido después por patas tras volar un planeta entero, lo que ha ocasionado, como es natural, que se haya granjeado el odio de un buen puñado de almas. Independientemente, a mi modo de ver, lo más sobresaliente vuelven a ser esos puntos de vista; por un lado, el de Whissita, y por el otro, los de los dos enemigos de Al vistos a la vez. Pero también lo será que tenemos la primera historia que continúa a la anterior (y, gracias a ello, podremos saber cuáles son las consecuencias del plan perpetrado por Whissita en «La Guerra de Puerto Space»). Como último apunte, he de decir que Blanca Mart vuelve a tocar un tema muy recurrente y de rabiosa actualidad: la clonación. Y eso siempre es fascinante.

«Viaje a Koonor Dar», a pesar de tener un buen comienzo, es posible que pierda un poco de fuelle, aunque, cierto es que, de alguna manera, sigue siendo imprescindible para continuar construyendo el firmamento de nuestro Piloto Austral (y compañía). En él, como ya es costumbre en la ficción de Mart, se vuelve a hablar de cosas interesantes; es el caso del gen pactual que, por supuesto, no desvelaré, pero también hallaremos la definición de lo que en realidad podría ser el viaje: curiosa y bella.

Por último, «Puerto Titán» describe la hazaña que da fin a la locura de estos dos personajes. En ella, disfrutaremos de una de las aventuras más largas y en la que todo volverá a ser muy desbaratado; por lo directa que es, obligando a la trama a ir a toda prisa en determinados momentos, pero, también, por la misión en sí (en la que ambos, Whissita y Al, coincidirán mientras cumplen con sus respectivas responsabilidades); por el pasaje, tan variopinto y entregado a la causa, y, por supuesto, las mismas situaciones que se van dando.

Pero, antes de concluir, y precisamente a colación de algo que decía un poco más arriba, no puedo dejar de comentar que, a veces, las aventuras de Blanca se truncan, precisamente, porque pueden llegar a pecar de cierta ligereza, transmitiéndonos situaciones, diálogos y pensamientos, de una manera más rápida, resumida y superficial de lo que debería. Por todo lo demás, insisto: Puerto Pirata parece haber sido extraída directamente de una cápsula del tiempo, ya que se trata de una antología que conserva la misma ingenuidad y frescura que aquellos bolsilibros de género de antaño, sin olvidar, por supuesto, los ingredientes personales y tan propios de esta autora: sus mensajes personales, su constante sentido del humor, un romance que, afortunadamente, ni molesta ni empalaga —más bien todo lo contrario—, y, cómo no, esa agradable pasión que Blanca Mart siente y se espera en cada uno de los episodios, hacia los avances tecnológicos en disciplinas tales como la robótica o la ingeniería astronáutica.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Septiembre 2018

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