Próxima – Reed.

 

Por Laura Ponce y Matín Adrián Ramos

Hoy es mi cumpleaños y mi último día. Todos están aquí, incluso ha resucitado mi abuelo para venir a despedirme. El aroma de mi comida favorita se mezcla con el del pasto recién cortado y Pupu, mi gato inmortal, se frota contra mis piernas. La nave está por partir. Todos me saludan agitando sus pañuelos. Luego los veo reducirse al tamaño de hormigas y la luz se convierte el negro y en dorado.

No estoy seguro de cuántas veces me he ido; las despedidas cada vez son más extrañas y al mismo tiempo, cada vez más normales. La historia, las películas, mi vida entera se mezcla con la partida, la partida en la que sueño el final del viaje.

Es este tiempo lánguido e indefinido, es lo que pasa entre esos dos eventos —la partida y el final del viaje— lo que no tengo demasiado claro.

Sueño con la puerta que no he visto pero ha de estar. Una puerta igual a la que vamos a empezar nosotros y que nunca llegaremos a ver terminada.

Parece una idea a la que uno no se acostumbraría fácilmente, sin embargo ya llevamos sumergidos en ella tanto tiempo…

¿Cuándo? No lo sé.

¿Dónde? Tampoco estoy seguro.

Este lugar es todos los lugares, es lo que queramos hacer de él.

Hemos descubierto que aquí podemos animarnos a ensayar el futuro, podemos prepararnos para lo que nos aguarda imaginando las múltiples formas de enfrentar las situaciones que se nos presenten, podemos conocernos entre nosotros y emprender nuevas y descabelladas aventuras.

Es un sitio maravilloso y a la vez aterrador, porque después de un tiempo, sin importar qué se intentara mostrar u ocultar de uno mismo, todas las máscaras se resquebrajan, todas las simulaciones pierden fuerza y termina por hacerse evidente lo que cada uno es en realidad. Aparecen rasgos que enternecen y otros que asustan.

Me he relacionado con mucha gente aquí, con variada suerte, pero creo que Laura es la indicada. A ella se le ha dado últimamente por hablar con Borges —lo que a mí me aburre sobremanera— y ni siquiera eso me aparta de su lado. Está claro que la adoro.

Los ¿días?, van pasando entre problemas matemáticos, reconstrucciones literarias y surf entre las estrellas, conversaciones con aquellos a los que convocamos, vivos o muertos, y duelos con espadas láser.

Pero ahora, de a poco, todo se va haciendo menos nítido —incluso Borges, gracias a Dios.

Sólo Laura sigue igual, tan clara para mí como el primer día. Tomo eso como una señal de nuestro vínculo verdadero.

Todo se vuelve más lento y la sensación de claustrofobia crece acechando en la oscuridad.

Debemos estar cerca, supongo.

Y la memoria regresa despacio, dejándome recordar por qué emprendimos este viaje.

 

Crecimos escuchando que viajar por el espacio es complicado.

Que viajar por el espacio es lento.

Que viajar por el espacio es caro.

Sin embargo un día llegó a la Tierra una nave de los Constructores. Era prueba y fruto de una tecnología desconocida, una tecnología que estaba más allá de nuestra compresión.

Pero también era una invitación.

Los Constructores habían hecho su propio descubrimiento eones atrás. En su primer viaje de exploración fuera de su sistema habían descubierto Pórtico, el primer punto de salto. Eso marcó el inicio de una nueva era para su civilización, en la que se dedicaron a estudiar tan magnífica estructura e intentar comprender su funcionamiento. Tenían la aspiración de hallar alguna vez a los Primeros, aquellos que lo habían alzado y lo habían dejado allí para los que vinieran después de ellos. Verse beneficiados por tamaño acto de generosidad cósmica transformó a la civilización de los Constructores y terminó por darles un nuevo propósito, un propósito casi religioso: Cuando lograron comprenderla y reproducirla, decidieron que viajarían por el universo difundiendo y compartiendo esa tecnología; así pagarían el favor, así demostrarían que eran dignos de él; así harían contacto con otras especies inteligentes y todos podrían regocijarse ante la grandeza de los Creadores y sus magníficas herramientas. Se convirtieron en constructores de puertas, en constructores de puentes. Se hacían llamar «la Gente del Pórtico» o «Porticanos».

La nave que llegó a la Tierra era una entre cientos. Los porticanos las habían enviado a las estrellas como una invitación y un salvoconducto, creían que sería más fácil si cada especie sólo tuviera que recorrer la mitad del camino, si los que estuvieran interesados en acudir a su llamado pudieran emprender el viaje por sí mismos, en lugar de esperar a que ellos los encontraran en sus mundos de origen, dispersos en la vastedad del espacio.

La nave que llegó a la Tierra traía instrucciones y materiales para la construcción de dos puertas; pero la nave misma era quizás la parte más importante del paquete.

Al mismo tiempo que comenzó la construcción del primer punto de salto, ubicado en órbita entre la Tierra y la Luna, la nave emprendió su viaje hacia el sistema estelar más cercano. Su propósito era transportar a aquellos que construirían la segunda puerta y darles un lugar seguro donde establecerse y desarrollarse como colonia antes de iniciar los trabajos.

Los que estudiaron el mecanismo de animación suspendida que utilizaba concordaron en que no podía haber sido diseñado con mayor ingenio. Ya se había demostrado que la mente no soportaba la inactividad sostenida, tarde o temprano llegaba la abstracción, el ensimismamiento y al final, la locura. El multiespacio era la solución a todo aquello: mantenía a los trabajadores ocupados y permitía que se conocieran entre ellos, que establecieran lazos y enfrentaran sus temores, antes de iniciar la construcción.

El plazo de «edificación» se estimaba en dos generaciones, por lo que cada minuto debía ser aprovechado.

Poco a poco comprendo dónde estamos y qué se espera de nosotros.

No sé si será mi imaginación, pero casi puedo sentir el efecto de la desaceleración.

Sé que allí afuera está Próxima, y nos espera —La próxima estrella, la próxima vida, la próxima versión del universo, y también aquella que está próxima a mí.

Me siento fuerte y renovado, comprometido con la ambiciosa empresa que tenemos por delante. Con la clara convicción de que la aventura recién comienza, de que todo el trabajo está por hacerse, escucho el mecanismo de los capullos abriéndose. Espero con ansiedad a que la cubierta termine de levantarse y me incorporo, emergiendo del bio-gel.

Al abandonar el nicho que me ha mantenido seguro y alimentado durante todo este tiempo, siento frío, y todos los temores que el condicionamiento mantuvo a raya me asaltan de pronto: ¿Qué pasará si no podemos? ¿Qué pasará si no nos alcanzan los recursos o si las condiciones planetarias no son las esperadas, si no somos tan fuertes ni tan listos como creemos ser? En los rostros de los otros que se van incorporando veo también ese primer instante de duda y confusión. Pero unos cuantos metros más allá Laura salta fuera de su capullo y busca con la mirada entre los rostros de los que se van levantando, hasta que sus ojos se encuentran con los míos, y entonces sonríe.

Ahora sé que, sin importar lo que nos espere allá afuera, todo estará bien.

 

Buenos Aires, en el día 365 del tercer año porticano

© Copyright de Laura Ponce y Martín Adrián Ramos para NGC 3660, Junio 2017

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