El Príncipe Feliz v.2.0

 

Por Enric Herce

En lo más alto de la ciudad alzábase sobre un pedestal la estatua del Príncipe Feliz.

 La obra databa del siglo XVII y fue encargada, con motivo del séptimo centenario de la urbe, al escultor Pietro Belleti. La figura, de cuatrocientos nueve centímetros y forjada en hierro, reproducía un príncipe sonriente vestido con casaca, camisa, calzones ajustados y botas de montar, según la tendencia en el vestuario de la época; toda cubierta de fina filigrana de oro, tenía dos zafiros por ojos y un rubí escarlata coronaba el puño de su sable.[1]

El invierno se acercaba y en la plaza del ayuntamiento, un grupo de chavales de instituto asaban castañas en un bidón oxidado y acosaban a los transeúntes para que se las compraran y les ayudaran a pagarse el viaje de fin de curso. El concejal de Deportes aceptó muy gustosamente una papelina sin perder detalle del ombligo de la muchachita que se la ofrecía. Mientras el obeso concejal buscaba cambio para pagar, la concejala de Obras Públicas y Mantenimiento Urbano, así como el de Cultura y Patrimonio Histórico-Artístico, que acompañaban al anterior camino del pleno consistorial, levantaron la mirada hacia la estatua.

—Una ciudad tan moderna como la nuestra no debería exhibir semejante antigualla —consideró la concejala de Obras Públicas.

—Es una obra de gran belleza y de enorme valor simbólico para nuestra ciudad —repuso el concejal de Cultura.

—Sí, sí, mucha belleza y valor simbólico, pero anda que iba a estar ahí arriba sino fuera porque tiene enamorada a la alcaldesa —dijo la primera con desdén.

Y realmente así era.

 

Aquella misma noche, una golondrina llegó a la ciudad.

Volaba tan rápido como sus alas le permitían camino del sur, con la vana esperanza de alcanzar a sus compañeras que habían partido seis semanas antes.

Una y mil veces se maldecía por su estupidez: ¿Cómo había podido perder la cabeza por aquel junco cantamañanas? Terriblemente guapo, sí, de hermoso talle y dorado color, también, pero un cantamañanas lisonjero como la copa de un pino, por culpa del cual ahora aleteaba rezagada.

Tan pronto se conocieron, ella le había entregado su corazón apasionadamente, como todo cuanto hacía, y él se había dejado querer. Las otras golondrinas ya le habían advertido de los peligros de un amor contra natura como aquel, pero ella nunca hizo caso de las críticas a su humilde condición social ni a su poca elocuencia y pobre personalidad.

—Siempre se mueve según sopla el viento —comentaban.

«Lo que ocurre en realidad es que me tienen envidia», se decía.

Pero llegado el momento de partir y proponerle que emprendieran juntos el viaje hacia el sur, el junco se negó en redondo al ritmo de la brisa, silbando que debía permanecer en la charca para cuidar de su anciana madre. La pobre golondrina no tardó en descubrir que era una mariposa de bellos colores la que le había birlado el novio.

Agotada por el viaje decidió detenerse a descansar y en cuanto vio la estatua sobre su pedestal, en el centro de la plaza, decidió refugiarse entre los pies del Príncipe Feliz.

Pronto cayó presa de un sueño profundo. Sueño del que le despertó una gruesa gota de agua.

—¿Pero habrase visto semejante locura? El cielo ha estado despejado todo el día y ahora se pone a llover. Sin duda alguna, toda esa porquería que los humanos lanzan a la atmósfera ha trastocado el clima. —Aún no había encadenado ni tres tópicos sobre el cambio climático cuando una segunda y luego una tercera gota le aterrizaron en la mollera— ¡Menuda birria de estatua me he buscado como refugio! —protestó indignada alzando la cabecita a lo alto. Y fue entonces cuando, a la luz de la luna, vio el rostro más hermoso que jamás le había sido dado a contemplar. Un rostro de mejillas de oro sobre las que se deslizaban delicadas lágrimas. No pudiendo evitar sentirse conmovida por la tristeza que expresaban aquellos hermosos ojos, la golondrina preguntó:

—¿Quién eres?

—Soy el Príncipe Feliz.

—¿Y por qué lloras? —insistió por aquello de aclarar si el epíteto se lo habían endosado con recochineo o es que sencillamente el guapo mozo tenía un mal día.

—Yo era un hombre orgulloso que nada quería saber del dolor ajeno. Vivía en mi palacio rodeado de lujos y con cuanto pudiera desear a mi alcance. Mis súbditos me llamaban el Príncipe Feliz. Y feliz viví y morí. Cuando Pietro Belleti forjó esta estatua lo hizo utilizando mis retratos como modelo, y tanto empeño puso el artista en captar mi espíritu y personalidad que, de alguna forma que no acierto a comprender, mi alma quedó atrapada en ella. Como si de un castigo divino se tratara, desde este pedestal me son dados a contemplar, día tras día, la miseria y el dolor que habitan en la que fuera mi ciudad y de los que me desentendí en vida. Aunque estoy hecho de hierro cada noche las lágrimas anegan mis ojos.

«Vaya, o sea que en realidad no es de oro», pensó la golondrina algo decepcionada. Empezaba a estar cansada de cuantos exhibían una fachada que no se correspondía con su interior.

—No lejos de aquí, en una de las calles que se abren a la plaza, hay un viejo edificio destartalado que pronto derribarán para construir un centro comercial. En la buhardilla, habita un hombre enjuto de largas melenas y manos temblorosas. Es un artista que en su día cosechó grandes éxitos de público y alabanzas entre la crítica, pero que tras un amor desdichado ha caído en desgracia y vive en la miseria. El que fuera su productor, por pura piedad, le ha encargado unas canciones para un artista de poca monta. Tal vez sea esta la oportunidad de relanzar su maltrecha carrera; pero es tan intenso el frío que reina en su buhardilla, y tanto el tiempo que ha pasado desde que comiera caliente por última vez, que sus manos tiemblan exageradamente y no atina ni siquiera a coger el bolígrafo. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿querrías llevarle el rubí de mi empuñadura? Lo haría yo mismo pero mis pies están sujetos a este pedestal.

—Bueno, la verdad es que me viene un poco mal —replicó la golondrina—, voy con mucho retraso y mis amigas me esperan en el sur. Seguro que ya descansan en el tejado del hotel El Faraón. Entre sus enormes letras de neón se disfruta de una vista inmejorable de la fachada del casino donde noche tras noches ricos y no tan ricos se dejan los cuartos.

—Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿querrías quedarte a mi lado por esta noche y servirme de mensajera? Su tez es cada vez más lívida y temo que no llegue al amanecer. Si le llevaras mi rubí él podría empeñarlo y conseguir a cambio dinero suficiente para un hogar con calefacción y una nevera bien llena.

—Hace un frío horrible —protestó la golondrina—; pero de todas formas pensaba quedarme a descansar aquí esta noche.

La golondrina arrancó, con penas y trabajos, el rubí de la empuñadura del sable y se dirigió a donde el Príncipe le había indicado. Colándose por uno de los agujeros del techo entró en la sucia y pequeña buhardilla. El músico lloraba desesperado, sentado delante de un papel en blanco, incapaz de escribir ni una sola nota. A pesar de su desmejorado aspecto la golondrina lo reconoció al instante. Se trataba de un afamado cantante de los ochenta que había llegado a lo más alto durante la movida madrileña y que había desaparecido en los noventa. Sus temblores y lividez no eran causados por el frío sino por el síndrome de abstinencia. La golondrina dudó si soltar o no la joya que portaba entre sus patas, consciente de para qué utilizaría aquel pobre desdichado el rubí del Príncipe; pero finalmente decidió que aquella era su voluntad y ella una simple mensajera.

En cuanto el hombre vio sobre la mesa el rubí se frotó los ojos, incrédulo y se levantó con una sonrisa desesperada.

—Ahora sabrán si soy o no soy capaz de volver a componer canciones como las de antes. Todos aquellos que aseguraban que estaba acabado se tragarán sus palabras.

   De regreso junto al Príncipe y tras contarle la alegría que había embargado al músico gracias a su presente, este le dijo:

—Golondrina, golondrina, golondrinita, allí abajo en una oscura calleja, una mujer de tierras lejanas ofrece su cuerpo a cambio de dinero. A pesar del frío se ve obligada a vestirse con un escueto corpiño y falda corta para que la clientela se sienta atraída por la mercancía. Los mismos que le prometieron papeles de residencia y un trabajo digno la obligan a prostituirse para pagarles su mísera comida y el cuartucho donde se hacina con muchas otras como ella. Ahora, se encuentra engañada y atrapada en una situación que no tiene salida y cuanto desea es regresar a su país junto a su familia.

—¿Quieres que le lleve otro rubí? —quiso saber la golondrina.

—No tengo más rubíes, pero puedes coger uno de mis ojos. Son zafiros de gran valor y sin duda le permitirán saldar la deuda que nunca pidió contraer y empezar una vida nueva.

—¿Tu ojo? ¿Me estás pidiendo que te arranque un ojo? —quiso saber, incrédula, la golondrina, preguntándose por qué, aunque solo fuera por una vez, no podía encapricharse de alguien normal—. De verdad que me encantaría arrancártelo, no me malinterpretes, pero se está haciendo tarde. El frío es cada vez más intenso y como te he comentado voy con retraso y me tengo que ir. Mis compañeras ya deben de estar revoloteando entre palmeras en playas doradas. Sobrevolando hordas de adinerados jubilados que se tuestan al sol y disfrutan de la vida regalada que les proporcionan las rentas de sus participaciones en fondos de inversión. Nunca les ha preocupado demasiado saber qué clase de negocios están financiando, ni en qué condiciones se encuentran los trabajadores a quienes esas multinacionales explotan en fábricas de países subdesarrollados.

—Golondrina, golondrina, golondrinita. Antes has accedido a ser mi mensajera esta noche. Haz lo que te pido una vez más, te lo ruego.

Y entonces, embargada por un sentimiento, mezcla de tristeza y de aprensión, la golondrina emprendió el vuelo y, no sin esfuerzo, arrancó uno de los zafiros del bello rostro del Príncipe Feliz. Luego voló hasta la oscura calleja que él le había indicado y lo dejó caer a los pies de la mujer.

—¡Alabado sea el cielo! —exclamó la prostituta en cuanto tuvo la piedra preciosa entre sus manos—. Sin duda un ángel ha oído mis plegarias y se ha apiadado de mí.

Ya de regreso a la plaza, la golondrina repitió las palabras que la mujer había dicho al descubrir su regalo. El Príncipe Feliz sonrió al escucharlas.

—Es curioso —dijo la golondrina—. A pesar de que la noche avanza y la temperatura desciende siento un extraño calor en mi interior.

—Eso es porque tu alma se siente reconfortada por las buenas acciones —le respondió el príncipe.

«Más bien creo que es porque me he vuelto a enamorar como una tonta», dijo la golondrina para sus adentros, cuidándose mucho de verbalizar sus sentimientos, pues no era ella de ir montando numeritos.

—Cerca de la catedral hay una plaza rodeada de porches. Bajo las arcadas, en un banco, hay una mujer con un abrigo rojo. Hay moratones y sangre en su rostro y mira con temor una de las ventanas iluminadas que da a la plaza. Su pareja la maltrata y esta vez, a duras penas ha conseguido escapar de la paliza con vida. Sabe que luego vendrán las disculpas, las lágrimas, los «es la última vez te lo juro no me dejes». Y ella sabe que volverá a creerle, porque no soporta la idea de que su hijo quede a solas con ese monstruo y porque le falta el valor para cogerlo y marcharse. Tantas veces le ha dicho que es una inútil y que sin él estará sola y se morirá de hambre, que ha terminado por creerlo. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿querrías llevarle mi otro zafiro? Con él tendrá la oportunidad de empezar de nuevo sin depender de nadie más que de ella misma.

—¿Tu otro ojo? —preguntó la golondrina aterrorizada—. ¡Pero entonces te dejaré ciego! ¡No puedes pedirme esto! —protestó aleteando inquieta sin poder apartar la vista del rostro del Príncipe, bello a pesar de la cuenca vacía.

—Golondrina, golondrina, golondrinita. Mañana podrás volar hacia el sur, pero esta noche necesito que hagas lo que te pido. Yo mismo lo haría, pero ya sabes que me encuentro atrapado en este cuerpo de hierro.

La golondrina permaneció en silencio un buen rato. Luego, apenas logrando contener las lágrimas, revoloteó hasta el rostro del Príncipe y tras arduo trabajo consiguió arrancar el segundo zafiro. Pronto partió volando hacia donde él le había indicado y soltó su preciada carga en el regazo de la mujer del abrigo rojo.

—Pero, ¿qué es esto? —dijo la mujer levantándose del banco y alzando la joya hacia la lumbre de una farola— Parece… pero, ¿cómo es posible?… ¡Es un regalo caído del cielo! Si tan insignificante e inútil fuera nadie me ofrecería un regalo tan bello y valioso como este. ¡Nunca más nadie se atreverá a decirme otra vez que no valgo nada!

El Príncipe Feliz sonrió lleno de dicha cuando la golondrina le repitió las palabras de la mujer. La golondrina lo contemplaba arrobada, a ella le seguía pareciendo muy bello.

—¿Has estado alguna vez en el sur, mi Príncipe? Cuando el sol se pone es una enorme bola anaranjada que ocupa casi todo el firmamento y se sumerge lentamente en las aguas cristalinas del océano, mientras el cielo va tornando su luz en violeta y miles de luceros se asoman para vernos. Allí también hay gentes pobres, gentes que viven lejos de la zona turística en pobres chabolas de madera y hojalata. Si pudieras revolotear sobre ellas de noche, podrías escuchar las bellas historias que comparten a la lumbre de una fogata y las dulces canciones que entonan. Si vieras el brillo en sus ojos a pesar del hambre y la miseria, si vieras sus sonrisas cuando la magia del momento los transporta a un presente mejor, entonces conocerías, mi Príncipe, lo más parecido a la felicidad que existe en este mundo. Me gustaría tanto que pudieras venir conmigo para verlo.

—Y a mí acompañarte, golondrina. Pero estoy atado a este pedestal y ahora también estoy ciego. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿querrías ser tú mis ojos? Vuela sobre la ciudad para así poder contarme lo que hayas visto.

Obediente, la golondrina sobrevoló la ciudad en todas direcciones sin perder detalle de lo que en sus calles sucedía. Desde su privilegiada perspectiva pudo ver harapientos vagabundos que intentaban inútilmente arrancar el frío de sus huesos bebiendo vino barato y arrimándose a titubeantes hogueras. Vio a una pareja de ancianos que, abrazados, yacían bajo un puente con el escuálido abrigo que unas hojas de periódico les ofrecían; desde que el banco se había quedado con su piso, aquello era lo más parecido que tenían a un hogar. Vio, a través de una ventana de un destartalado edificio, a una mujer llorando desconsoladamente a los pies de la cama donde yacía su hija agonizante, la medicina que podía curarla no estaba cubierta por la sanidad pública. Vio a un joven sin piernas aparcado en su silla de ruedas, en un rincón del refugio para veteranos de guerra, mirar con tristeza la bandera de su país que pendía de la pared. No resulta grato descubrir que uno se ha jugado la vida y se la ha arrebatado a otros por los intereses de unas pocas empresas petroleras. Vio tantas y tantas cosas… y todas y cada una de ellas se las relató luego al Príncipe Feliz.

—Me cubre una fina capa de oro, golondrina. Arráncala a pequeñas láminas y repártelas entre todas las gentes pobres y desconsoladas que has visto, pues si bien es cierto que hay muchos males ante los que el oro nada puede, no lo es menos que los hombres creen que da la felicidad o al menos que ayuda a conseguirla.

De este modo, la golondrina pasó el resto de la noche quitando la cobertura de oro del Príncipe y repartiéndola por toda la ciudad. Luego, exhausta, regresó a sus pies a descansar.

El frío del amanecer despertó a la golondrina. Tras desperezarse aleteó hasta llegar a la altura de la cabeza del Príncipe y le habló:

—¡Mi querido Príncipe! Quiero que sepáis que os amo. Pero debo partir hacia el sur o moriré. —Sin mediar más palabra le besó en los labios. Sin embargo, el Príncipe Feliz no le respondió — ¿Príncipe? —insistió sin recibir respuesta. La golondrina pensó que tal vez el Príncipe se había molestado por su decisión de marcharse y le había retirado la palabra. Después, al contemplar la rigidez en su rostro de piel grisácea ya sin rastro alguno de la cobertura de oro, entendió que el espíritu del Príncipe Feliz ya no moraba en la estatua y que su espíritu había sido liberado al fin.

—¡Adiós, mi querido Príncipe!

Con una sonrisa en los labios, el Príncipe Feliz vio alejarse revoloteando a la golondrina. Él también la amaba y sabía que, de haberle respondido, la golondrina hubiera terminado quedándose a su lado y pereciendo.

Aquella misma mañana, cuando la alcaldesa de la ciudad cruzó la plaza camino del ayuntamiento, no pudo evitar detenerse y contemplar el aspecto del Príncipe Feliz.

—¡Por el amor de Dios! ¡Esto es una vergüenza! —exclamó perpleja—. Más que un príncipe parece un pordiosero. Feliz, desde luego, pues nunca antes le había visto una sonrisa tan amplia y convincente, pero un harapiento pordiosero, al fin y al cabo. ¿Dónde están sus ojos y el rubí de su espada? ¿Qué ha sido de su preciosa piel de oro?

—Otro más de los actos vandálicos y crímenes que se han producido esta funesta noche alcaldesa —dijo el jefe de policía viniendo a su encuentro.

—¿Qué me dice?

—Un yonqui muerto en el portal de su casa, una prostituta asesinada a navajazos por un proxeneta de la mafia y una mujer que ha muerto de una paliza a manos de su marido. Sin olvidar las numerosas peleas entre vagabundos que han salpicado toda la ciudad, causando graves daños en el mobiliario urbano, y que se han saldado con decenas de heridos.

—¿Pero, por qué peleaban? ¿No me diga que protestaban por unas condiciones de vida dignas? —quiso saber la alcaldesa escandalizada ante semejante posibilidad.

—En absoluto, al parecer se disputaban pedazos de oro caídos del cielo. Un fenómeno de lo más singular, sin duda.

—En fin, tendré que comentar en el pleno el patético aspecto del Príncipe Feliz. Creo que ha llegado el momento de derribar la estatua y poner en su lugar algo más acorde con los nuevos tiempos.

—Yo voto por una de esas estructuras que nadie sabe demasiado bien qué significan, pero que siempre dan prestigio y convierten a una urbe en bastión de modernidad —opinó en el pleno del consistorio la concejala de Obras Públicas y Mantenimiento Urbano.

—Una de esas con extremos afilados y llena de salientes para que los pájaros no se le acerquen ni la ensucien con sus excrementos —aportó el de Medio Ambiente y Salud Pública.

—Habrá que convocar un concurso entre artistas locales —ordenó la alcaldesa dirigiéndose al concejal de Cultura y Patrimonio Histórico-Artístico.

 

—¡Nunca antes había visto cosa igual! —dijo el capataz de la fundición cuando los trabajadores le mostraron aquel corazón de hierro que se resistía a ser fundido junto al resto de la estatua—. En fin, tiradlo al montón de la chatarra.

 

—Busca en la Tierra lo más preciado que encuentres y tráemelo —pidió Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel le llevó el corazón de hierro del Príncipe Feliz.

—Pero, ¡habrase visto semejante atrevimiento! ¿Pues no me trae el corazón de un fulano que se ha dedicado a atizar la ambición humana, a despertar su lado más violento y a proporcionarle sus adicciones más ruines? —protestó Dios lleno de indignación mientras San Pedro reprendía con la mirada a su subordinado.

—Pero sus intenciones eran buenas y buscaban el bien ajeno a través del sacrificio propio —objetó el angelito apelando a cuanto le habían enseñado.

«El camino del Infierno está pavimentado de buenas intenciones» —recordó San Pedro con pose beatífica.

—Precisamente a Asuntos Infernales es dónde quiero que mandes eso —le ordenó Dios, indignadísimo—. Yo encargaré a alguien con más sentido común la tarea que se te había confiado.

Entre confundido y avergonzado, el angelito se encaminó a Asuntos Infernales, pero antes de llegar se cruzó con un compañero que trabajaba en el Reino de Yama, cielo de los hinduistas. Le contó el caso y su compañero se apiadó de él.

—Habría que analizar sus méritos y deméritos para así poder determinar cuál debe ser su próximo nacimiento de acuerdo con la Ley del Karma.

—¿Cuántos méritos de esos harían falta para reencarnarse en golondrina? —quiso saber con un brillo de esperanza bailándole en la mirada.

 

[1]  Cualquier lector con dos dedos de frente pensará que semejante botín, exhibido en un lugar público al alcance de cualquiera, poco tendría que durar, y que los mandamases de la ciudad, a parte de tener un mal gusto de órdago, eran una panda de pardillos. También saldrá algún listillo apuntando el detalle que, a buen seguro, la susodicha urbe sufrió en este período de tiempo alguna guerra civil de esas que se festejan quemando iglesias y saqueando el patrimonio artístico.

Mi única respuesta para estas objeciones es apelar a la licencia poética, mínima, en cualquier caso, pues tratándose de un cuento con moraleja y buenas intenciones no recurre ni a brujas ni a reinos lejanos y solo a un animal parlanchín, con lo que la cosa tampoco resulta escandalosa. N. del A.

© Copyright de Enric Herce para NGC 3660, Junio 2018

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