La muñeca de porcelana – Reed.

 

Por José Jorquera Blanco

Y, según se cuenta por algunos extraños lugares, aquellos en donde la magia, aún, convive con aquellos que mantienen su corazón abierto a ella. Un lugar donde los sueños se convierten en etéreas mariposas aladas que revolotean en la imaginación de aquellos que todavía no han roto en mil pedazos su alma. Esta historia, susurrada de labios de un sabio anciano, se transmitió de boca en boca hasta llegar a mis oídos y dice lo siguiente:

Hace muchos, muchísimos años, en una casa de tantas que existieron en las afueras de una ciudad oscura y antigua cuyo nombre yace olvidado en la memoria del devenir, vivía una simple marioneta de madera, ¡pero no era una marioneta cualquiera! Había sido tallada por todo un maestro ebanista. Además de sus complicados mecanismos, que la dotaban de una movilidad singular, la marioneta poseía una belleza que la hacía única. Se cuenta que su creador había quedado tan complacido con su obra, que una lágrima se deslizó por su mejilla y golpeó en el torso de la magistral figura. Esa pequeña gota impregnó en la madera una parte de la esencia de su hacedor. Después la vistió con una sencilla camisa de tela blanca junto con unos pantalones cortos y un pequeño gorro, ambos de color azul. El ebanista permaneció cautivado por su creación durante años y se vio incapaz de venderla. Pero los caminos del destino son caprichosos y sucumbió, eso sí, a la dulce tentación de regalársela a su querido sobrino. Así fue como la marioneta de madera encontró otro hogar.

Cuando la marioneta llegó a su nueva casa, enseguida recibió las atenciones de todos los juguetes. De forma rápida se arrebujaron en derredor suyo para observarla con más detenimiento. Los soldaditos de plástico le rodearon para ver si se trataba de un enemigo que abatir. La marioneta se asustó en un primer momento al ver a todos con apuntándole con sus fusiles. Tras comprobar que no suponía ninguna amenaza, saludaron a la vez y se retiraron en formación hasta su caja. El payaso fue el siguiente en acercarse y le gastó una broma que terminó por no gustarle demasiado. Comenzó a repetir todas y cada una de las palabras que decía con una voz estridente; al principio le hacía gracia, pero al final terminó exasperado. Uno por uno, todos los juguetes se acercaron a saludar a su nuevo amigo; incluso el osito de peluche gruñón, que no prestaba atención alguna a nada y siempre se mostraba huraño con todo el mundo, se giró para ver al recién llegado. Así pues la marioneta disfrutó mucho con la extraña bienvenida y una vez terminaron las presentaciones, la marioneta se dirigió hacia un rincón cercano a la ventana, y allí se colocó para pasar su primera noche en este extraño y acogedor hogar.
La marioneta pronto se convirtió en el centro de los juegos de los niños, y eso provocó una cierta envidia por parte de los demás juguetes, que no veían con buenos ojos el ser desplazado por un recién llegado. A pesar de que muchas veces la marioneta acababa desfogada tras tanto uso continuado, disfrutaba de su sencilla existencia. Con el paso del tiempo algo pareció afectar a la pequeña marioneta. Su función se centraba en ser utilizada para hacer felices a los niños, pero la pobre marioneta no encontraba en ningún momento disfrute para sí misma. Y eso era una terrible enfermedad que la iba medrando. Su vida era de todo menos aburrida, pues de forma constante representaba complejas funciones que deleitaban a todos los niños que tenían la suerte, y el privilegio, de verlas. El sino de la marioneta era el mismo: no encontraba satisfacción en lo que hacía, no hallaba nada que hacer para intentar ser feliz. La alegría que tan dulce y de forma desinteresada entregaba a los demás, le era constantemente negada, y eso hacía que sintiera una punzada en su cuerpecillo de madera. Lo más curioso era que esa punzada se encontraba en el lugar donde cayó la lágrima de su hacedor. Por fortuna un acontecimiento cambiaría para siempre su existencia.

En una noche de diciembre y con motivo de las fiestas tradicionales en esta época del año una hermosa muñeca de porcelana, con unos cabellos ensortijados y brillantes como las ascuas del fuego de una fragua y con un vestido color celeste con bordados de color blanco, fue regalada a la familia. Desde su llegada a la casa la muñeca deslumbró con sus modales refinados, su franca sonrisa y sus dulces palabras. Todos los juguetes disputaban mil y una atenciones para con la recién llegada. Por desgracia, esta situación se desarrolló durante un corto período de tiempo. La muñeca de porcelana fue encerrada en una urna de cristal y allí pasaba horas interminables mirando hacia el mundo exterior, donde se hallaban los demás juguetes, observándola, con rostros de franca y sincera tristeza. Y la muñeca derramaba lágrimas en su cautiverio, rogando que alguien, quien fuese, la sacara de allí y la liberase del tormento que padecía día tras día. Estar encerrada y aislada del mundo pero permitiéndola ver cómo los demás formaban parte de él y ella no, era un suplicio. La urna, ¡la maldita urna! Una delgada capa de cristal era la responsable. La marioneta, que amaba en secreto a la hermosa muñeca de porcelana, sufría ante la incapacidad de no poder volver a tocar sus finas y suaves manos. Noche tras noche se acercaba a escuchar los vanos ruegos de la muñeca de porcelana que quedaban enmudecidos ante la barrera de cristal, pero no así sus lágrimas, sus incansables lágrimas, que terminaban por perderse en su vestido. Noches enteras pasó contemplando la hermosa muñeca de porcelana. Cada vez que miraba a sus ojos pintados, suspiraba. Cada vez que veía la luz reflejada en su nívea cara, desesperaba. Y cuando contemplaba sus ensortijados cabellos, deseaba volver a tocarlos suavemente. Hermosas palabras de amor surgían de la pequeña marioneta que se iban a perder en el silencio del cristal que protegía a la muñeca. Y, noche tras noche, declaraba sus sentimientos al silencio, sin saber si la muñeca siquiera podía escuchar sus palabras, lanzadas al aire con mensajes apasionados. Y la agonía iba carcomiendo a la pobre marioneta. Tras muchas horas de meditación la marioneta, por fin, se decidió a actuar. Había urdido un plan para liberar a la muñeca de porcelana. Y lo llevaría a cabo esa misma noche. Cuando las últimas luces de la casa se hubieron apagado, la marioneta comenzó a desplegar su ingenioso mecanismo. Saltó de su rincón en la ventana hacia uno de los mullidos cojines desperdigados por todo el suelo de la habitación. Avanzó de forma sigilosa para que nadie se enterase de lo que estaba ocurriendo, trepó hasta la mesa y se guardó en sus pantaloncitos una pesada bola metálica. Tras introducirse la pesada bola metálica hacía que sus movimientos fueran torpes y ridículos, como si tuviese una enorme barriga y le costara moverse con ella. Cada paso que daba suponía un enorme esfuerzo para la marioneta. Más no debía demorarse, ya que ahora afrontaría la parte más difícil del plan: tenía que subir hasta la estantería. Comenzó a trepar despacio, apoyándose entre los pesados y viejos volúmenes de la librería. Subió despacio y llegó hasta el tercer estante, pero resbaló un par de veces por el peso. Con un enorme esfuerzo consiguió subir a la repisa y allí descansó un rato por el cansancio de su intrépida escalada. La marioneta cogió la pesada bola metálica y se colocó sobre la urna. Ahora tenía que hacer que esta cayese justo encima de la urna y la rompiera para liberar a la muñeca de porcelana. La bola metálica rodó despacio hacia el borde a consecuencia de su peso y cayó de forma violenta contra la urna que estalló en mil pedazos. Las afiladas y pesadas lágrimas de vidrio cayeron hacia la inmaculada muñeca como gotas de lluvia y desgarraron el vestido celeste y los bordados de color blanco como si fuesen navajas afiladas; sus marfileños rasgos quedaron resquebrajados por el embate cristalino e incluso algunas de sus extremidades se quebraron. La marioneta descendió aterrorizada para encontrarse con la pobre muñeca de porcelana que permanecía, aún, inmóvil en el suelo. Se acercó lentamente hacia ella y le pareció escuchar un débil susurro. La muñeca de porcelana se levantó y observó a la marioneta con sus facciones rotas y resquebrajadas. El miedo y la rabia hicieron mella en la pobre marioneta mientras la ayudó a levantarse. Tomó sus manos agrietadas y miró sus rasgos marfileños. ¿Este había sido el precio por su libertad?

—Me escuchaste, me liberaste de mi prisión…

La felicidad  y la dulzura de la muñeca hizo que la alegría volviese a inundar el corazón de la marioneta y el vacío que sentía en el pecho se evaporó. ¡Al fin estaban juntos!

—Dime, ¿sigo siendo hermosa? ¿A pesar de todo aún me quieres?

La marioneta observó a la muñeca, tocó sus ensortijados cabellos, sus delicadas manos y sus preciosos ojos empezaron a humedecerse. Todos sus mensajes habían llegado hasta ella. Noche tras noche, la hermosa muñeca de porcelana escuchaba sus palabras, cargadas de amor y esperanza.

—Eres la muñeca más hermosa de todo el mundo. Y nunca, ¡nunca!, he dejado de quererte…

La muñeca de porcelana rompió a llorar mientras abrazaba a la marioneta. Y si bien la belleza es algo efímero, no lo es, sin embargo, el amor…

© Copyright de José Jorquera Blanco para NGC 3660, Julio 2017

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