Placeres nocturnos – Reed.

Por Rafael Rius iconocorcheas 

Corrió por el pasillo de aquellas oficinas hasta que un charco la hizo resbalar. Se había manchado las piernas y las manos al caer, y en seguida supo que aquel monstruo tendría mucho más fácil seguir su rastro por culpa de toda aquella sangre pegada. Oyó cómo las acristaladas puertas situadas en mitad de algunos de los pasillos se hacían añicos ante la presencia de aquel ser infernal, señal de que debía darse prisa. Intentó ocultarse en un despacho cuya puerta parecía más sólida que las demás; una vez bien cerrada se escondió tras la falsa seguridad que le proporcionaba la sombra de un endeble archivo. Observó con engañosa tranquilidad que, aunque oscuro, aquel lugar era insuficiente; de ponerse peor la cosa debería salir por el ventanal. La noche era fría, apenas había nubes pero sí un insistente viento, esto hacía que por aquel rincón de la ciudad no pasease un alma. Si lo hacía, si saltaba, la altura sería la de un segundo piso, no muy alto pero suficiente para romperse algún hueso…, entonces sí que lo tendría todo perdido. Las bisagras de la puerta quedaron prácticamente arrancadas en la primera embestida; no soportarían una segunda. Con cierta reticencia, pero azuzada por la presencia cercana del hombre lobo, se encaramó a la ventana. La puerta voló literalmente, y en tres zancadas su zarpa quedó presta para cazar a su presa… Saltó. Sólo unas leves contusiones, nada roto aparentemente; tuvo suerte, aunque cojearía un buen rato. Avanzó por la desértica calle, alejándose todo lo que pudo de aquellas oficinas, conteniendo el dolor de las piernas, sofocando la agitada respiración de su pecho. Al rato creyó haber avanzado lo suficiente, estar fuera de su alcance… Pero el dolor que sintió cuando los colmillos se abrieron paso a través de su carne le demostró lo equivocada que estaba. Con el hombro desgarrado, las piernas doloridas y el resuello agitado, cayó de rodillas al suelo, rendida ante su captor. Él la miró, saboreó su sangre y lentamente recuperó su aspecto normal, su aspecto humano; sonreía…

Te he cogido, ahora te toca a ti… Y mientras él echaba a correr, el cuerpo de ella empezó a transformarse a la vez que lanzaba un escalofriante aullido bajo la luz de la luna llena… un, dos, tres…, diez, voy, pensó.

© Copyright de Rafael Rius para NGC 3660, Febrero 2017

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