Petra

 

Por Isabel Santos

Félix quería ser arqueólogo. Su bisabuela le había contagiado esa pasión. Cuando llegó el momento de empezar una carrera universitaria, sus padres analizaron y aceptaron el presupuesto que le ofreció Mentes del Plata, la empresa dueña de la ciudad estudiantil. Tenían que comprar permiso de residencia y circulación, título de arqueólogo, estadía y materiales de estudio.

Como contaban con lo justo para cubrir esos gastos, les quedó poco margen para lo que todos los estudiantes pedían como regalo para ir a la universidad: un clon móvil de Biomac. Por eso, Félix tuvo que conformarse con uno básico: conexión a la red de información global, memoria extensible, batería incorporada y recarga en cubículo fijo. Igual estaba contento, quería irse a vivir a otra ciudad y estudiar lo que siempre le había gustado. Él y su clon móvil, al que llamó Junior, viajaron juntos hacia la universidad. Eran físicamente iguales. Junior había sido creado con los genes de Félix, también para abaratar costos.

 Mentes del Plata había rediseñado el espacio, ubicando las viviendas de los estudiantes en un semicírculo de torres gigantes, como picos elevados de estructuras monumentales. Los edificios rodeaban las dos orillas del río de La Plata enmarcando lo que en el pasado habían sido dos ciudades: Buenos Aires y Montevideo. La empresa había conservado las fachadas de algunos edificios antiguos, como el vestigio de un pasado oscuro. Todo ese nivel bajo era como un gran sitio arqueológico. Vacío, sucio, deprimente. Pero era el tipo de sitio que Félix apreciaba: los de tierra y piedra.

 

El transporte aéreo que los llevó a la ciudad aterrizó en la terraza del edificio de su nueva vivienda. Bajaron al piso 8 y se instalaron en una diminuta habitación, que también tenía incorporado un habitáculo para clones.

Junior se conectó para recargar su batería y se alimentó con los fluidos para clones que había en la gaveta del habitáculo.

Félix desempacó su valija y se acostó para intentar descansar. Entonces Junior aprovechó para trabajar en la búsqueda de fósiles. Con lo que encontrase de provecho, debían crear un clon y reanimarlo para recuperar fuentes vivenciales del pasado. Así que empezó por buscar las ofertas con la datación que Félix deseaba: imperio antiguo egipcio, 2600 a.C. Fue seleccionando los fósiles. Parecía que los únicos clones arqueológicos que desarrollaban recuerdos de su pasado genético eran los que habían tenido muertes trágicas.

Junior confeccionó las listas de candidatos, y a partir del día siguiente, ya metidos de lleno en la investigación, ambos fueron descartando posibilidades. Compraron todo lo necesario para la puesta en escena de la obra de reanimación. Félix tenía asignada un aula en la universidad donde desarrollaría las escenas escritas por él. Escribiría un guion con el trasfondo y los diálogos adecuados para interactuar con el clon arqueológico.

Después de varios días de búsqueda, encontraron a la venta casi todos los huesos correspondientes a una misma persona con la datación que necesitaban. La habían desenterrado del lecho del Nilo, junto a los restos de un barco. Aparentemente era alguien que había muerto en un naufragio.

Junior fue quien tomó la decisión de elegirla. Félix creyó que Junior estaba más capacitado para evaluar todas las posibilidades, y lo dejó actuar libremente.

La clonación se produjo sin problemas.

El clon, al que llamaron Petra, fue ubicado en la silla de reanimación. El aula había sido decorada previamente con todo el mobiliario adaptado para parecer una habitación egipcia. Incluso la silla de reanimación parecía una litera de la época.

Félix siempre dijo que su familia era del tipo africano, y en verdad así lo creía. Además él ya tenía el aspecto de un egipcio del imperio antiguo, así que para el vestuario y el maquillaje gastó poco, y como por otra parte él ya se rapaba cuidadosamente el cabello y usaba túnicas y sandalias, simplemente le quedaba exagerar un poco más su estilo. Sinceramente, llegados a ese momento de su vida, asumiría su personaje sin sentirse juzgado.

Sin perder más tiempo, Félix y Junior empezaron a representar las escenas de la obra guionizada por Félix. Intentaban así que Petra despertara su memoria genética, pero lamentablemente no estaban obteniendo los resultados esperados.

El arqueólogo despertaba cada noche pensando en Petra. Imaginaba posibilidades para conseguir las fuentes vivenciales, aunque sabía que lo más razonable era matarla y no seguir con aquella farsa. ¿Para qué actuar una y otra vez, si ella parecía ser incapaz de recordar?

 

 

Félix lucubraba planes cuando salió de su casa rumbo a la universidad.

Pensando en Petra, esa mañana subió al transporte aéreo. Y, como todos los días que iba a la universidad, bajó una estación antes de su destino para caminar el último tramo por el nivel más cercano al suelo. Miró hacia arriba: la marea humana de estudiantes entraba por la puerta principal en el piso 20.

Antes de subir los niveles para llegar al set arqueológico, se detuvo un segundo a observar las dos palmeras artificiales que seguían intactas en el hall de la fachada antigua y recreaban el viejo Museo Etnográfico de Buenos Aires. Su bisabuela había estudiado arqueología allí. Ahora ese lugar era un subsuelo lleno de polvo. Félix siempre se tomaba un momento para quedarse en ese espacio y recordarla.

Ese día subió primero a la biblioteca. Quizá podría encontrar el dato que hiciera despertar la memoria genética de Petra. Quizá no habían investigado bien la época, la zona, las costumbres para escribir la obra de reanimación.

Encontró a su amigo Patricio en la sala de lectura.

—¡Los paleontólogos la tienen fácil! —dijo Félix—. Nada de clones.

—Te quisiera ver a vos esquivando dinosaurios clonados —respondió Patricio.

—Ojalá pudiera esquivar egipcios clonados. Ningún clon arqueológico es capaz de recordar. Mi bisabuela sabía más que yo de los egipcios y solo contaba con fuentes escritas. Esta novedad de las vivenciales, a mí no me funciona.

Dejando la búsqueda para otro momento, Félix se sentó con Patricio y conversaron. No quería entrar al set, no quería asumir que había fracasado. Pero, cuando se dio cuenta de la hora que era, apuró el fin de la charla: además, el supervisor de la carrera estaría esperándolo.

—Rex me espera, tengo que estar allá sí o sí.

El precio que su padre había pagado por su título se agotaba muy rápido. Félix tenía que lograr un descubrimiento valioso, antes de perder el crédito para seguir estudiando. Mentes del Plata ya le había mandado una advertencia por gastos excesivos.

Félix salió de la biblioteca y caminó apurado.

Cuando llegó al set, seguía sin ideas nuevas. Rex lo esperaba en la sala de maquillaje, todo lleno de betún, con la cara recién embadurnada.

—¡Félix, el proyecto no funciona! Vos y tus rarezas. —Y lo miró de arriba abajo. Félix ya venía con los ojos maquillados para la obra—. Toda esta parafernalia. Manipular todos estos objetos. Petra es un problema. Gastaste una fortuna en todos los elementos del set. Estás loco, Félix. Ya tuve demasiada paciencia. Si hoy no funciona la obra, matás al clon.

Petra estaba dormida en la silla de reanimación.

—¡Cargá el software, Félix! —Rex ya se quería ir del set—. ¡Apurate!

Félix se ubicó al lado de Petra, que recibía toda la información a través del dispositivo que tenía implantado en su cerebro. Toda su vida había sido inventada para la investigación. Le habían incorporado un trasfondo previo y los diálogos guionizados por Félix.

Ella seguía inconsciente guardando toda esa información en su memoria. Félix esperaba el aviso de la máquina de reanimación para empezar la escena.

En la obra, él representaría el papel que se había escrito para sí: un pasajero del barco donde viajaba Petra en el momento del naufragio.

Ese día Félix tenía un actor distinto: Rex, que reemplazaba a Junior.

Rex, caracterizado como un sirviente egipcio para supervisar el trabajo.

Al maquillaje de los ojos de siempre, Félix le agregó una cicatriz en la ceja derecha, para que pareciera una herida reciente producto del dramático naufragio. Su personaje era igual a su persona. En la universidad, él podía disfrutar de su pasión: se sentía un egipcio del imperio antiguo. Esa habitación era su lugar en el mundo. Y el momento de la obra era su tiempo de mayor placer.

El cuerpo de Petra había sido creado hasta el punto de parecer una persona de mediana edad y con sexo femenino, como quiso Félix. Su tez, bastante blanca para su gusto, ojos negros, alta estatura. Rasgos africanos.

A Félix le llamaba la atención el grosor de sus piernas. También la musculatura de sus brazos y la textura rústica de sus manos. Esos detalles eran importantes para identificar algún indicio que mostrara rasgos de su persona. Para que funcionara la reanimación, tenían que caracterizarla lo más parecido a su identidad real en el pasado, en Egipto.

Al principio, Félix había dudado. Y después de analizarlo muchas veces, optó por un vestido de lino, ajustado, con un cinturón de cuero.

El plan era hacer creer a Petra que había sido rescatada del naufragio y estaba siendo asistida en el hogar de un egipcio en la ciudad de Alejandría.

Si Petra incluía un giro distinto en el diálogo —o sea, si Petra se salía del guion o del trasfondo—, esas fuentes traídas del pasado por ella serían las pruebas que tendrían de que el clon incorporaba situaciones nuevas. Traía al presente fuentes vivenciales de su pasado genético.

Hasta ese momento, Petra nunca se salía del guion impuesto.

Los personajes ya habían interpretado la obra varias veces, y los diálogos eran parecidos:

—Buen día —decía Félix. Y Junior le acercaba una bandeja de bronce con frutas para el desayuno.

Ella respondía al saludo y reaccionaba siguiendo su parte en el guion.

En la obra Félix le contaba la historia del rescate lo más rápido que podía, y esperaba la reacción de ella, después de preguntarle si se acordaba de algo más sobre el naufragio.

—No recuerdo nada más —decía Petra.

Y ponía cara de haberse quedado con la mente en blanco.

Hasta ahí siempre pasaba lo mismo. Pero, a veces, el trauma revelado por el relato disparaba distintas situaciones dramáticas.

Esas veces, la escena terminaba con Petra sedada y el guion modificado.

Ese día, quizá porque quería irse más rápido del set, Rex la increpó, sumándose a la conversación y saliéndose de lo guionizado. Y Petra se quedó muda, y miró a Rex con horror.

Y Rex se sintió tan molesto que se olvidó de que estaban representando una obra. Tomó la jeringa, oculta en la bandeja del desayuno, y le aplicó al clon el sedante antes de que Félix dijese su parte del diálogo.

—¡Basta! —dijo Rex—. Esto no va más.

—¿Y si traducimos toda la obra al idioma copto? —dijo Félix buscando la última oportunidad—. Yo puedo hablarle en copto —le gritó a Rex que ya se estaba yendo del aula.

Félix lo alcanzó en el pasillo, y Rex le confirmó lo que Félix temía: iba a aconsejar la suspensión de la investigación con ese clon. Lo más probable era que la empresa estudiantil le asignara otro clon que ya estuviese usado y hubiese demostrado capacidades para el recuerdo.

Los clones arqueológicos eran considerados objetos, y tenían que tratarse como objetos. Petra no tenía futuro. Era una cosa, igual que lo habían sido sus restos fósiles antes de clonarla. Si no funcionaba el recuerdo, había que matar al clon.

 

Tan abatido se fue Félix de la universidad que hizo el camino de regreso a su casa casi sin darse cuenta. Mecánicamente subió y bajó del transporte aéreo.

En el momento en que pasó los controles de ocupación del edificio de su vivienda se acordó de Junior, su clon móvil personal. Se preocupó pensando que lo había dejado sin permiso de circulación por la ciudad: se había olvidado de tramitar su renovación.

—Hola, Junior —dijo Félix. Y fue directo al habitáculo donde permanecía siempre.

—Hola, Félix —dijo Junior.

—Tengo malas noticias —dijo Félix.

Junior grababa la performance de ese día y la incorporaba en su memoria.

—¡Yo voy a seguir la investigación! —dijo Junior—. Ya había llegado a incorporar esa parte de la grabación. —Y lo dijo como si él pudiera decidir eso.

—¿Quién te dijo que podes hacerlo? Yo soy el arqueólogo. Y no voy a arriesgar mi título. Decidí que voy a matar a Petra y a esperar a que me traigan un clon que sirva. Tengo que conseguir fuentes vivenciales del pasado. Para eso soy arqueólogo.

Junior se sintió abatido.

—Petra tiene que seguir viviendo —dijo Junior

—¿Se te ocurre alguna solución? —Félix necesitaba una salida rápida.

—Violar la ley que obliga a matarla —dijo Junior segurísimo.

—Eso es imposible, Junior.

Félix se sentó. Y miró el habitáculo de Junior. Estaba bastante desordenado. Junior siempre lo tenía impecable. Algunas túnicas de Félix estaban enrolladas en las gavetas de alimentos de Junior y también sus maquillajes.

—Se puede violar la ley. Yo lo estuve haciendo y nada pasó. —Junior se levantó, desconectando de un tirón su dispositivo de grabación que tenía adherido a su mano derecha. Fue hacia la única ventana de la vivienda y, señalando hacia fuera, volvió a decir lo mismo en un tono más elevado—. ¡Se puede violar la ley!

—¿Qué hiciste, Junior?

—Salí a la calle con mi permiso de circulación vencido.

—¡Estás loco! Podría perder mi residencia. Nadie puede salir sin permiso de circulación.

Félix se paró de un salto, y su enojo lo hizo seguir gritando. Lo retó como si fuera un chico desobediente. Y siguió diciendo:

—¿Qué hiciste, Junior? ¿Qué hiciste, Junior?

Junior se justificó:

—Nadie me pidió el permiso. No controlan tanto como amenazan.

—Te lo prohíbo, no lo vuelvas a hacer. ¿Entendiste bien?

Junior se acercó a Félix, desafiante. Pero, como si hubiera cambiado de opinión, se ubicó en el escritorio y se volvió a conectar el dispositivo para grabar.

Parecía querer cumplir rápido su función.

Félix veía a Junior como una prolongación de sí mismo. Nunca se le había ocurrido que fuera una persona distinta, alguien con otros sentimientos y sensaciones. Junior era un joven casi recién nacido. Pero había incorporado en su memoria todo lo que Félix sabía, leía y había vivido en la universidad. Podía comunicarse a través de la red de información. Y dado que tenía mayores capacidades conectivas, sin duda, era alguien preparado para vivir en esa ciudad y podría hacerlo mejor que el mismo Félix. Y por lo visto lo había hecho, con o sin permiso.

En ese momento, Félix estaba preocupado más por Junior que por Petra. La reacción de Junior lo había descolocado. Félix ya no sabía quién era Junior. Era la primera vez que su dispositivo actuaba como una persona.

El padre de Félix, como todos los consumidores de clones móviles baratos, había comprado un diseño estándar. Y él se preguntó si estarían contempladas en el diseño las reacciones de Junior.

 

 

Al día siguiente, mientras viajaba hacia la universidad, Félix seguía pensando en Junior.

Lo había dejado escribir el guion. Y le sorprendió que su clon hubiera logrado escenas más sensibles. Quizá tenía más experiencia sobre guiones para clones, así que lo dejó participar. Quería observarlo, conocerlo, descubrir hasta dónde llegaban sus capacidades personales. Para asegurarse algún tipo de control, activó el sonido del sistema de localización. Estaría atento a los movimientos de Junior.

Y trató de disfrutar la obra, que quizás interpretaría por última vez. En cuanto Rex trajera el documento de defunción del clon Petra, Félix tendría que matarla. Se había resignado a aceptar la orden, y más después de darse cuenta de que Junior se estaba involucrando demasiado en la obra. Por suerte su falta de permiso había hecho que no tuviera que representar el papel de sirviente ese día. Félix tendría toda la obra para representarla solo con Petra. Un cierre adecuado para el último intento.

 

 Ya en el set, trató de concentrarse en su nuevo rol. La obra especial para ese día tenía dos personajes. Contaba la historia de dos hermanos. Dos compinches que habían naufragado.

Él y Petra serían dos apasionados por la navegación, o por las pirámides, o por los monumentos. Algo de lo que había en el delta del Nilo en el Egipto antiguo. Félix iría viendo qué cosa despertaba en ella más interés.

—¡Hola, Félix! —dijo Petra al ver su cara.

Félix no estaba preparado. Y transpiró al recibir el sobresalto. Trató de recomponerse.

Ella le tomó la mano y suspiró:

—¡Qué alegría verte! ¡Estamos vivos! —Y, mirando la habitación, preguntó por ese lugar.

Félix dijo su texto de corrido, por los nervios.

Petra reaccionaba mejor a este nuevo guion. Él la notó más enérgica que en todas las otras reanimaciones. Si bien los diálogos fueron más fluidos, y Petra parecía dispuesta a discurrir por algún otro espacio mental, ninguna escena logró despertar la memoria genética de la Petra original. Llegó un momento en que volvió a quedarse en blanco, como siempre.

Félix estaba decidido. No tenía ganas de seguir intentándolo. La investigación no funcionaba. Petra tenía que morir, antes de que él también se viera involucrado en la obra y le faltara coraje para matarla.

 

Cuando Félix llegó a casa, tuvo que reconocer el fracaso frente a Junior.

—No funcionó tu guion —dijo Félix—. Y le entregó a Junior su permiso de circulación renovado—. Ya podés salir afuera. —Y siguió repitiendo—: ¡Tengo que matarla! ¡Tengo que matarla!

Junior estaba en su puesto de trabajo grabando en su memoria las escenas que Félix había vivido con el nuevo guion.

—Ya sé qué hacer —dijo Junior—. Grabemos lo que Petra sueña. Mañana voy con vos al aula.

Félix lo miró extrañado.

—¿Por qué pensás que sueña?

Junior se paró y encendió el reproductor de imágenes. Se conectó a distancia, cual control remoto, y se mantuvo atento a su grabación interna.

Las imágenes se veían en el reproductor. Y Félix sintió pudor cuando se vio acariciando la mano a Petra antes de despertarla.

—Ves ahí —dijo Junior congelando la imagen—, cuando vos le acariciabas la mano. Ves: ella movía el ojo izquierdo como si tuviera un tic nervioso. Mirá. —Y volvió a correr la imagen—. Ese tic es la prueba de que algo se resistía a ser asimilado. La sensación corporal de la caricia era diferente a lo que pasaba por su cabeza.

Félix dio un salto. Se acercó a la pantalla, y no pudo creer cómo él no se había dado cuenta del tic. Y, queriendo menospreciar el descubrimiento de Junior, le preguntó:

—¿Y…? ¿Y e-eso es importante, nos beneficia?

—Yo tengo el mismo tic —dijo Junior—. Lo percibo, y después veo escenas que vos viviste, y que yo nunca experimenté.

De nuevo Félix sintió pudor, aunque un pudor distinto. Él nunca se había percatado de que Junior podría tener acceso a los recuerdos de su pasado.

—Entonces… —le dijo a su clon—, ¿después del tic, Petra tendría sus verdaderos recuerdos?

—Sí, es ahí, después del tic es cuando hay que grabar.

—Estuvo recordando —dijo Félix, y razonó el problema—, y al despertar lo olvidó todo… —Y se tomó la cabeza.

La verdadera Petra egipcia había estado con él, y él ni se había dado cuenta. Sin duda, Junior estaba más capacitado que él para la investigación.

 

Félix programó el viaje a la universidad para primera hora de la mañana siguiente. Se daría esa última oportunidad.

Cuando salió de su habitación, Junior ya estaba listo y esperando.

—¡Vamos! —dijo Junior—. En cinco minutos pasa el transporte.

Félix accedió a llevarlo. Lo necesitaba.

Juntos subieron los pisos de la vivienda y se ubicaron en la sala de espera para el transporte aéreo.

Félix mostró los permisos de residencia y circulación al visor de la máquina, y Junior pasó su muñeca por el dispositivo adherido a la puerta del transporte. El aparato les dio el permiso de entrada a los dos.

Llovía bastante, y el piloto automático les advirtió que el viaje sería incómodo por la sudestada. A esa hora de la mañana el Río de La Plata se resistía a ser transitado por aire o por agua. El viento tenía una fuerza inusual y la marea estaba demasiado elevada y turbulenta.

Félix tenía curiosidad por preguntarle a Junior qué observaba: parecía atento a todos los sistemas de vigilancia de la compañía, o a las condiciones meteorológicas. Félix no tenía ni idea de lo que Junior tenía en la cabeza. Pero no le preguntó nada, porque temía delatar el comportamiento de su clon móvil con conversaciones que despertaran sospechas en los otros residentes. Cualquier expulsión de la ciudad era bienvenida por los que tenían estudiantes familiares en las listas de espera para comprar sus permisos.

Ese día Félix estaba ansioso por terminar con sus dudas, y bajaron del transporte directamente en el piso 20 de la universidad, la entrada principal.

Entraron juntos en el set de arqueología, y Junior, como siempre, se acercó a Petra atraído. La miró detenidamente mientras ella permanecía sedada. La litera de reanimación acababa de hidratarla y alimentarla con los sueros vitamínicos que consumían los clones.

—¡No le incorpores el trasfondo, Félix! —dijo Junior—. Y tampoco el guion.

—Ya sé —dijo Félix—. Comprendí la estrategia.

Se descubrió obedeciendo las directivas de Junior, y eso lo disgustó.

Sin embargo, era verdad lo que había dicho Junior, ese día Félix no sabía bien cómo actuar. Fue Junior quien se acercó a Petra y se comunicó con ella, desde su sistema neuronal electrónico. Le compartió algo de su energía para que ella tuviese algún grado de consciencia, o sueño lúcido, y dijo:

—¿Qué estás esperando, Félix?

Félix no entendía qué tenía que hacer.

—¡Acariciale la mano! —dijo Junior, y sonó como una orden.

Félix lo hizo, y esperaron.

Junior, interactuando con el dispositivo que Petra tenía implantado, grababa su reacción. En algún momento, si Junior tenía razón, ella soñaría. Y Junior podría captar ese sueño y transmitir las imágenes en la pantalla.

Pasaba el tiempo y Junior no podía ni captar ni reproducir. Todo lo que se veía era la pantalla oscura.

Era evidente que la mente de Petra era una tabula rasa que no podía despertar.

Junior se acercó más a la silla de animación. Le implantó a Petra un mantra, un programa neutro de estímulos sensitivos. Y esperó que funcionara. Hacer más sería invadir todo lo genuino que ella podría recordar.

—¡Ayyy! —gritó Petra con una voz gutural que nunca habían escuchado en ella.

Y fue como si esa voz despertara un evento del pasado que volvía a suceder.

El tic apareció.

Ella soñaba, y Junior captaba las escenas y las iba reproduciendo en la pantalla para que Félix las viera.

La persona que se veía en la pantalla se miraba la mano derecha como si tuviese ahí una herida. Jadeaba, igual que si le faltara el aire. Y gemía de dolor. Pero su mano parecía estar sana. Sostenía una especie de instrumento musical. Un sonajero atravesado por tres ganchos curvos.

Corría.

Tenía heridas en el otro brazo, porque salpicaba sangre cuando lo sacudía.

Ellos no veían imágenes del lugar donde estaba ocurriendo la acción: ella no miraba el camino, solo su herida en el brazo.

En un momento dado esa persona clavó las rodillas en el suelo. El sonajero cayó también por el impulso. Para recuperarlo, se arrastró por el piso y levantó una polvareda que a Junior y a Félix les impidió ver qué pasaba.

Cuando alcanzó el sonajero, no pudo evitar seguir rodando, por el envión. Lo sostuvo con ambas manos sobre su pecho. Y un gancho de ese mismo sonajero le hizo una herida profunda. Gritó mirando la lastimadura. Y como no se veía bien la profundidad del corte, se sacó la ropa que cubría su pecho y miró su torso desnudo y malherido.

La persona del supuesto sueño tenía el pecho de un hombre.

Giró la cabeza hacia atrás, y una cara gigante y de apariencia felina se abalanzó sobre ella y le incrustó el sonajero dentro del pecho.

En ese momento, Junior sintió un sonido. Algo le pasó a su sistema de estímulos sensitivos cuando rebotó el eco en todo su cuerpo de carne y metal.

La pantalla volvió a estar oscura.

—¿Qué fue eso, Junior?

—¿Escuchaste lo mismo, Félix?

—¿Escuchar qué? Si no tenía sonido la imagen. ¿Qué interpretaste de lo que vimos?

Petra permanecía dormida.

—Es algo que vivió Petra —dijo Junior—, o soñó Petra, o imaginó Petra. Tiene que ver con la diosa egipcia Bastet. La cara felina, su sist…

—… su sistro —terminó la frase Félix para impresionarlo. Sabía que el sonajero con ganchos era un sistro, el instrumento de Bastet. El que se usaba en las ceremonias religiosas para ahuyentarla, cuando su furia amenazaba con inundaciones. ¿Se habría ahogado Petra en una inundación?

Félix lucubraba opciones lógicas para interpretar las escenas.

—¿Pusimos algo de Bastet en los trasfondos anteriores? Quizás alguno no quedó bien borrado, y eso fue lo que generó el sueño.

—Ya lo evalué, Félix. No es eso.

—¿Por qué soñó que era un hombre, entonces? ¿Petra habrá sido un hombre? —Y recordó las manos rústicas y las piernas fornidas del clon.

Junior parecía buscar las mismas alternativas. Caminó hasta el vestuario y miró los objetos del decorado. Permaneció buscando algo en su memoria, procesando, como le pasaba siempre que pensaba. El eco seguía. Y, aparentemente, solo Junior lo escuchaba.

—Voy a buscar un sistro —dijo Junior—. Hay uno exhibido en el museo de historia antigua de la universidad. Piso 15.

—Voy yo —dijo Félix—. Tengo que tramitar yo el permiso de retiro de objetos.

Miró a Junior de arriba abajo. Junior estaba actuando demasiado independiente, para que le diera tanta libertad.

—¿Para qué necesitamos un sistro? —preguntó Félix. De nuevo estaba siguiendo órdenes sin saber.

—El sonido del sistro es importante —dijo Junior—. Aunque tampoco podía explicar por qué.

Y Félix obedeció sin pensar. Era más fácil volver con el sistro. Si Petra no despertaba con ese sonido, él la dormiría definitivamente.

Junior esperó a que Félix se fuera del set y se acercó a Petra con admiración.

Ella seguía dormida.

Junior se paró detrás de la litera, sostuvo la cabeza de Petra con sus dos manos, y las ubicó sobre los dos lóbulos frontales. Quería despertarla él mismo, actuando como una máquina de reanimación.

Descargó toda su potencia energética emitiendo la grabación de un trasfondo que los uniera. Lo inventó en ese instante, para despertarla y huir con ella.

Y, como si hubiese extinguido su vida en ese acto de entrega energética, se apagó en seco.

Cuando Junior despertó, Petra estaba a su lado representando las escenas del trasfondo. Preocupada, porque la descompensación de Junior no estaba en el guion. Junior creyó poder despertarla sin tanto esfuerzo energético.

Rápidamente salieron del aula y caminaron hacia los pisos más bajos, y después por las calles vacías del casco antiguo hacia el río.

La obra inventada por Junior llegaba hasta el intento de escapar por el río saliendo de la jurisdicción de la ciudad.

La sudestada hacía que las olas pegaran fuerte contra los murallones que protegían a los edificios. La vigilancia costera se había retirado. Era imposible que alguna barcaza de las que merodeaban la frontera, para colocar residentes sin permiso, resistiera el embate de las olas. Estaban todas abandonadas.

Dos clones sin futuro eran habitantes ideales para esas zonas periféricas, y Junior saltó con Petra a una de las barcazas fondeadas. Estaba casi destruida por los golpes contra la muralla. Junior tenía la intención de ir mar adentro.

Sin saber por qué, puso sus dos manos sobre la cabeza de Petra, donde sabía que estaban ubicados los dispositivos de memoria extendida. Ella reaccionó con una espera mansa. Como si buscara un remedio para algún dolor. Entonces Junior ubicó en su memoria el sonido de un sistro. Se ocupó de que fuera una versión sonora del instrumento más antiguo. Y descargó lo que le quedaba de su potencia energética emitiendo esa grabación.

Petra abrió los ojos y giró la cabeza hacia atrás.

Junior se dio cuenta de que estaba distinta. Y él también estaba distinto.

El eco que Junior seguía escuchando y había captado en la grabación del sueño de Petra se potenció, y el sonido hizo un círculo alrededor de la barcaza, que quedó casi en seco sobre el lecho del río.

Petra se paró mirando la ola que volvía con toda el agua que se había llevado el eco.

Una ola inmensa.

Una vuelta de campana.

Los dos al agua.

Petra, la verdadera egipcia que había naufragado en el Nilo, despertó.

Junior escuchó un grito grave, monocorde, que se expandía en él y en el espacio. Un mantra que seguramente alcanzaría a los implantes de todos  los clones móviles.

Petra había saltado de la barcaza y ya estaba sobre el murallón mirando las torres gigantes de la ciudad. Parada con los brazos en cruz.

Y Junior, acostado en el piso, recuperándose del ahogo.

El grito seguía. Junior no sabía qué había pasado.

¿Qué estaba pasando?

Enseguida lo supo, cuando los dos se fueron transfigurando, gracias al sonido que seguía vibrando en el espacio.

¿Acaso Petra tenía poderes? ¿Se creía la diosa Bastet? ¿Lo era?

Junior vio aparecer cabellos gruesos como cables que crecían de las cabezas de los dos. Eran como extensiones neuronales de sus mentes híbridas.

Petra: piel y cabello negro. Cuerpo de mujer.

Junior: piel blanca y cabello rojo.

La energía potenciada por ese sonido mágico les creaba nuevos cuerpos. Los dos clones cambiaron físicamente.

Y su sensibilidad fue otra.

Su ritmo cardíaco se aceleró.

Junior se acercó a Petra y se unió a ella tocándole el pecho que, cual tambor agitado, irrigaba más sangre para fluir por otros cauces. Ella hizo lo mismo con él.

Se sincronizaron los ritmos. En ese instante de unión, pudieron percibir una oleada de información que llegó a sus cerebros modificados. Un nuevo sentido para los dos.

En esos cráneos extendidos había silicio y carne fundidos por la sonoridad de ese mantra del pasado. Dos pulpos cibernéticos con neuronas capaces de absorber más estímulos sensoriales. La información del mundo circulaba por un canal al cual ahora todos los de su especie tenían acceso.

El pasado volvió. Era información que atravesaba el tiempo para ser inspirada por esos nuevos cuerpos sensibles.

Una oleada de seres recién creados inundó la ciudad. Y esa ola se fue extendiendo por el espacio llegando a transfigurar a todos los clones móviles del tipo de Petra y Junior.

 

Junior ya no era la copia de Félix. Era…, ¿una mujer? ¿Su…?

¿La bisabuela de Félix?

Sí, Junior había elegido reanimar esos genes.

Las ahora dos mujeres recorrieron la costa del río, y se fueron reuniendo con todos los clones móviles transfigurados que bajaban de los edificios.

Se unieron en un círculo para sincronizar todos los ritmos cardíacos. Y las oleadas de energía informática penetraron en las consciencias y en los cuerpos modificados.

Cada ser de la nueva especie había escogido su versión; cada cual eligió su identidad sexual, genética, mental e instintiva. Todos esos nuevos seres, que eran muchos, podrían reproducirse y poblar la Tierra.

En esos canales de información recorrían el espacio los pensamientos de todas las vidas que habían pasado por el planeta.

Todo el conocimiento que había creado la humanidad, y también los aparatos cibernéticos, estaban disponibles para ser captados por esa nueva especie reencarnada.

Petra había traído la llave.

© Copyright de Isabel Santos para NGC 3660, Junio 2019

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