Paseante nocturna (Por el camino de amapolas)

 

Por Iván Mayayo Martínez

 

En la madrileña Red de San Luis a mediados de septiembre de 1918, en las postrimerías de la Gran Guerra, se sufre un veranillo de San Miguel adelantado. Parece que el calor emana de las mismas obras, adalides de la civilización, que han modificado la fisionomía de la ciudad. Atrás quedó el mercado donde se mezclaban chulos, yendo y viniendo a sus quehaceres diarios, currutacos elegantes de largas patillas y otros tipos matritenses con chirleros de navaja siempre dispuesta o ágiles mozuelos que escamoteaban hogazas de pan bajo las redes de los puestos. El progreso lo ha barrido todo.

Entre las calles Montera y la reciente Gran Vía, los albañiles del edificio en construcción, al que llaman «de los escoceses», observan desde lo alto la creación del suburbano por la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII. Los bueyes tiran de las carretas llevándose los escombros que, a través de una grúa eléctrica, van saliendo del pozo. Los hornos producen ladrillos al límite de su capacidad, mientras los carpinteros preparan las vigas que se van a utilizar para apuntalar el avance de los obreros en el túnel.

Dentro, uno de los peones, un hombre alto de piel bronceada, empuja él solo una carretilla de escombros hasta la entrada del pozo.

—¡«Tagalo»! —grita el capataz— cargamos otra más y terminamos por hoy.

El hombre gruñe.

—No soy tagalo.

—Lo que quieras, «Tagalo», pero mueve tu culo y llena la carretilla.

—Sí señor —mientras suspira impotente.

Danilo Ruíz Osorio, «Tagalo», como lo llaman, nació en Filipinas, en el seno de una familia peninsular acomodada que perdió todo con la guerra. Peón en el metropolitano desde hace casi un mes, es un trabajador incansable y de gran fuerza. Mientras recoge los escombros con una pala uno de los ayudantes de piquetas, Vicente Álvarez, que faena cerca acometiendo la piedra con desgana, alcanza en un descuido a Danilo cortándole en el brazo. Éste suelta la pala lanzando un grito, más de sorpresa que de dolor, y sujeta la herida sobre la manga de la sucia camisa que se tiñe de sangre.

—¡Mierda! Disculpa, «Tagalo». Déjame que te ayude.

—¿Qué ha pasado? —grita el capataz.

—Ha sido mi culpa, señor —responde Danilo—. Me puse en medio.

—¡Arregladlo cuanto antes y seguid trabajando! Quiero marcharme a casa.

—Gracias por cubrirme —susurra el ayudante de piquetas.

Aunque con cierta resistencia, Vicente consigue remangar la camisa revelando un intrincado tatuaje a base de extrañas letras que recorren el brazo.

—¡Vaya! —exclama— ¿Qué significa?

—Nada —mientras, a duras penas, permite que el compañero limpie la herida con agua y se la vende con un trozo de lienzo.

—Deberías ir a que te lo vea un médico.

—Estoy bien. Terminemos.

Al acabar la jornada, los obreros suben a la superficie por la escalera. Danilo se despide con un lacónico «Hasta mañana» y se aleja.

—¡Eh, «Tagalo»!… ¡Danilo, espera! —Vicente se acerca corriendo—. Oye, —señala titubeando el brazo—, quería disculparme por lo de antes. Te invito a unos vinos… por las molestias. Si te encuentras bien, claro.

—Vamos —responde seco.

 

 

A la mañana siguiente, un parroquiano de la churrería San Ginés encuentra en el pasadizo a Vicente Álvarez sentado en el suelo, cubierto con una chaqueta.

—Venga caballerete. ¡A dormir la mona a casa! —lo sacude.

El cuerpo del obrero se desliza y cae al suelo. En el pecho se descubre una herida, como de lanza, y los ojos, sin vida, quedan mirando al infinito.

 

***

 

En el barrio de Cuatro Caminos, cerca de la Glorieta Joaquín Ruíz, vive la viuda Juana Osorio. Sola, de perpetuo luto, todas las tardes busca ecos de un pasado feliz, que nunca encuentra, entre las verdades del periódico vespertino La Acción, publicación «monárquica, católica y con alto sentimiento patriótico». Añora a su marido que murió en Filipinas, tiembla con las amenazas y desmanes de terroristas anarquistas o se angustia con las noticias de la interminable guerra en Europa pensando en su hijo, del que no tiene noticias desde hace años.

Esa noche de agosto duerme intranquila y sueña con que, a los pies de la cama, se teje un camino de amapolas con hilo de oro. Lo sigue y las flores brotan hasta llegar al cuarto del hijo. Allí un hombre barbado de ojos claros, con túnica dorada, la espera. De las sienes, entre sus cabellos rubios, asoman dos pequeñas alas.

—¿Quién eres?

Como única respuesta, el misterioso personaje susurra: «La puerta».

Llaman. Juana despierta. Alguien usa la aldaba. Se levanta y, echándose una mantilla sobre los hombros, da una luz y abre:

—Madre.

Lo mira de arriba abajo. No recuerda a un hombre tan alto, ni tan bronceado, ni con las facciones tan duras. Sí recuerda sus ojos.

—Danilo. ¡Gracias Dios! —se santigua—. ¡Hijo mío!

 

 

Tras un tiempo de convivencia, Juana se da cuenta de que ya no conoce a su hijo. Cuando regresa de las obras del metropolitano, en las que trabaja, comen sin mediar palabra para luego encerrarse en su habitación. No responde a sus preguntas. No hablan. Ni siquiera la acompaña a misa en Nuestra Señora de los Ángeles. Danilo es alguien oscuro que vive en el silencio.

Desde su llegada la acosan sueños extraños, donde sus temores cobran forma: «En una cueva, rodeado de encapuchados, Danilo está tumbado boca abajo con los brazos en cruz, desnudo de cintura para arriba. Un elaborado tatuaje cubre completamente sus extremidades y espalda. Las misteriosas figuras que lo rodean comienzan a entonar un cántico en una lengua extraña. Las letras tatuadas se iluminan a medida que el canto cobra fuerza, hasta convertirse en un fulgor. El suelo tiembla, un desagradable olor emana de entre las rocas. El terremoto se intensifica, amenazando con derrumbar el techo, mientras el olor se hace más persistente y nauseabundo. Poco a poco surge, del interior de la tierra, una masa blanda gigantesca, con miles de tentáculos aflorando de su cuerpo. El hedor es insoportable.

—¡Morador de la oscuridad! —gritan al unísono—. ¡Tú que habitas las profundidades libera nuestro mundo!

La cueva se derrumba y Juana, elevándose como un pájaro, ve cómo todo Madrid es engullido por aquella criatura voraz procedente del Infierno».

 

***

 

Juana pasa el día nerviosa, lleva noches sin dormir. Grandes bolsas de cansancio se descuelgan bajo sus ojos y le ronda una idea que no consigue sacar de su cabeza. Cuando Danilo regresa de trabajar, bien entrada la noche, ve que una manga de la camisa está manchada de sangre.

—Hoy llegas muy tarde.

—Doblé el turno y hay huelga de cocheros —responde Danilo.

—Ya lo sé. También de lecheros. Vivimos en el caos absoluto. ¿Qué te ha pasado en el brazo?

—Solo es un corte —responde taciturno.

—¿Y no tiene nada que ver con esto? —lanzándole ejemplares de La Acción con las noticias de enfrentamientos entre huelguistas y las fuerzas del orden—. ¿Vendes tu fuerza a esos…anarquistas? ¿Así es cómo te han herido?

—Madre…—los gritos de furia y rabia de Juana le confunden—. Fue en la obra…y luego he estado tomando vinos con un compañero.

Ante sus explicaciones la madre parece calmarse. Le toma del brazo.

—Lo siento, últimamente tengo sueños…metáforas. Estoy agotada. Deja que te lo mire —él es reacio pero ella insiste—. ¡Aguarda, déjame!

Le remanga la camisa y retira la tela. Intenta darle un beso pero él aparta la cara. Limpia la herida con mimo.

—¿Y el tatuaje? —tiembla al ver que es idéntico al del sueño—. ¿Qué… significa?

—Solo son letras —responde hosco y, apartando el brazo bruscamente, se marcha a su habitación—. Buenas noches.

 

 

El viernes por la mañana, mientras Danilo trabaja, Juana recibe una visita inesperada.

—Buenos días señora. Me llamo Ildefonso Morales, inspector de la Brigada de Investigación Criminal. ¿Me permite pasar?

La viuda se queda petrificada. Las facciones del inspector le recuerdan a las de aquel que le visita en sueños, el hombre dorado. Se repone en un instante.

—Sí, claro. Adelante.

El inspector pasa y sin esperar invitación se sienta en un sillón animando, con una mano, a sentarse a Juana en una silla.

—Hace un par de días apareció muerto un compañero de trabajo de su hijo, Vicente Álvarez. ¿Le conocía?

—No, pero mi hijo está en las obras del suburbano ahora mismo. Si quiere usted venir más tarde…

—No es necesario. Es con usted con quien quiero hablar. Hay testigos que vieron al finado al anochecer acompañado de un hombre de estatura elevada, tez bronceada, corpulento y con rasgos duros. Podría ser Danilo, ¿verdad?

—Lo dudo inspector. Mi hijo volvió a casa nada más terminar su jornada laboral, pues me encontraba algo indispuesta. ¿Es acaso el único trabajador del metropolitano fornido?

—Tal vez no. En fin —incorporándose—. Si recuerda cualquier cosa hágamelo saber. Un saludo señora.

—Vaya usted con Dios.

Y Juana cierra la puerta tras la marcha de Morales, un poco preocupada por haber mentido, autoconvenciéndose mentalmente de que su hijo no es un asesino.

 

 

Al día siguiente, de madrugada, la viuda despierta por el ruido de la puerta. Le da la extraña sensación de que Danilo acaba de salir. A los pies de la cama el hombre vestido de dorado la contempla. «Estoy dormida», piensa.

—Llévame contigo —le pide.

—¿A dónde?

—Sabes que tu hijo te oculta algo. Síguelo y llévame contigo —la apresura.

Sin saber por qué, obedece. Se levanta de la cama y se cubre con la mantilla negra. Al salir a la calle siente el frío de la noche. Se sorprende por poder ver tan claro como si fuera de día.

—¡No te pares! —el hombre del sueño habita ahora en su mente.

A lo lejos, dirigiéndose al solar donde están realizando las obras de las cocheras del metropolitano, distingue a su hijo. A su paso, el mágico hilo teje el rastro de amapolas. Ella lo sigue.

Caminando por el descampado, que separa la civilización del futuro, cerca del túnel, pierde a Danilo de vista, pero la florida senda continúa por el interior del subterráneo. Observa la entrada, un arco de piedra y ladrillo sustentado con vigas de madera. Duda.

—¡Entra! —le urge la voz en su cabeza.

Aunque debería estar oscuro, dentro del túnel sigue viendo con claridad. Pisando el camino de amapolas, que se deshacen a su paso, llega hasta un recodo tras el que hay un farol encendido. Se asoma y siente miedo. Es la misma escena que soñó. Su hijo en el suelo y las cuatro figuras encapuchadas alrededor, entonando su extraña canción. El tatuaje se ilumina, hasta llegar a la herida del brazo. La luz se desvanece.

—Aún hay tiempo, no está ocurriendo todavía. Vuelve a casa pero tienes que entregarme a tu hijo —le dice otra vez la voz.

—¿Cómo?

—Dame a tu hijo. Es necesario o algo terrible sucederá.

—¿Esa cosa? No entiendo. No es más que un sueño.

—Bien sabes que la verdad se oculta en las parábolas.

De pronto le asaltan imágenes: una bomba que explota en la calle Mayor ante el paso del carruaje de Alfonso XIII, José Canalejas asesinado frente al escaparate de la librería San Martín a plena luz del día, otra explosión, niños sangrando entre lágrimas… Las noticias de atentados que ha leído en los diarios desde hace años se materializan ante ella y se mezclan con el enigmático tatuaje que ha visto en sueños y en el brazo de su hijo.

—¡Entrégamelo! ¡Aquí! ¡Ahora! —le insiste.

A Juana se le escapan las lágrimas. Responde.

—Me ha mentido. En verdad es un anarquista. Dios lo ayude. Es tuyo.

 

***

 

Es noviembre, Juana casi se ha resignado a vivir con su hijo como completos desconocidos. El silencio habitual solo se ha visto importunado por el regreso del inspector Morales para interrogar a Danilo, aunque la entrevista no ha tenido mayor trascendencia. Pronto regresa el mutismo habitual y Juana no se atreve a decir una palabra de más por temor a empeorar su relación. Prefiere dejarlo estar y continuar su vida. Piensa que los sueños, «sus desvaríos de vieja» como los llama, han desaparecido hasta que, la noche del día diez, regresan:

«La lluvia ha embarrado la zona de obras de las futuras cocheras del metropolitano. Distingue a tres hombres. Dos de ellos con traje negro, sombreros calados, pistola en mano, esperan las órdenes del inspector Morales, alto, rubio, que viste un largo abrigo amarillo. Ahora sabe que se trata del mismo ser que la visita en sueños. Los agentes reciben una orden y, procurando no hacer ruido, se dirigen hacia la boca del túnel. Cuando los pies del inspector tocan el barro brotan amapolas que mueren y se convierten en polvo al instante.

Entran y avanzan hacia el interior, el olor a humedad cada vez es más intenso, hasta llegar a la zona iluminada donde Danilo y las cuatro figuras encapuchadas realizan su ritual.

—¡Alto!

La ceremonia se interrumpe. Uno de los encapuchados se gira bruscamente, revelando unos ojos rojos y una cara canina. Con un espantoso gruñido salta y se aferra a las paredes del túnel, desprendiendo algunas piedras con el impacto.

—¡Disparad!

Entre el ruido y el fogonazo de los disparos los horripilantes seres se mueven rápidamente, esquivando las balas. El olor a pólvora se mezcla con el de humedad, en una combinación asfixiante. Uno de los agentes cae bajo uno de los engendros que, demostrando poseer una fuerza sobrenatural, desgarra con grandes colmillos afilados a su víctima. La sangre empapa el suelo. El «demonio» levanta sus garras ensangrentadas pero antes de que pueda volver a atacar, con un certero disparo en la cabeza el inspector lo abate. El otro agente, apuntando hacia arriba, vacía el cargador de su pistola sobre una de las criaturas que se precipita hacia él desde el techo. El ser cae herido de muerte a su lado, lanzando espumarajos de sangre y revolviéndose entre el polvo.

Danilo, en pie con los ojos en blanco ajeno a todo lo que le rodea, murmura una retahíla indescifrable, mientras el inspector y el agente, que ha conseguido recargar su arma, evitan a duras penas los ataques de las dos bestias restantes, en un rápido baile. Herido en el brazo el agente consigue, al fin, neutralizar a la criatura que al recibir cuatro balazos deja de atacar. El inspector, en un remolino, agarra al último de esos seres, mezcla entre humano y perro, y con fuerza sobrehumana lo estampa contra las rocas, convirtiéndolo en un amasijo de carne, huesos y sangre.

Sin detenerse, los dos apuntan al hijo de Juana, que continúa su letanía con voz queda. De pronto se detiene, se hace el silencio y uno de sus brazos, convertido en un gran tentáculo negro disparado con gran potencia, atraviesa el pecho del agente que intenta agarrar, sin éxito, el apéndice que se retrae al instante. El cuerpo del policía desmadejado, sin vida, queda tirado en el suelo, alanceado. A continuación Danilo dirige el tentáculo, que caracolea como si tuviera vida propia, hacia el hombre del abrigo amarillo.

—No eres más que un instrumento —Morales escupe cada palabra—. Dile a tu amo que acepte su derrota. Es hora de firmar un armisticio, ya llegará su momento. Sé que nos está escuchando.

El trabajador del metro esboza una sonrisa de medio lado y lanza un grito con una voz que no le pertenece.

—¡Muere!

En el instante en el que el tentáculo vuela hacia su pecho, el inspector, exclama:

—¡Despierta mortal! ¡Este es mi verdadero rostro!

Juana contempla a su hijo quien, abandonando el trance, observa con ojos desorbitados cómo su contrincante muta en algo gigantesco y terrible. Con la boca abierta en una mueca imposible, Danilo grita. El desgarrador sonido que produce no proviene de su garganta, sino de un lugar lejano, más allá de la existencia».

Todo se oscurece y ahora sueña con una niña a la que le gusta cazar moscas. Les arranca las alas y las mete en una cajita. Las visita con frecuencia y las cuida hasta que mueren. Una voz interrumpe sus recuerdos de la infancia. «Te lo devuelvo, ya no lo necesito».

Juana despierta y corre a ver la cama de Danilo. Vacía. «¿Ha sido real?». Un golpe en la puerta de casa la sobresalta. Abre nerviosa y allí está su hijo, en el suelo, con la mirada perdida, babeando ausente. Un sonido gutural, similar a un llanto, emana de él. Ella lo abraza y consuela.

—Está bien, está bien. ¿Qué te han obligado a hacer? Dios me ha hablado en mis pesadillas. Él te ha guiado y te ha traído de vuelta. Ahora estamos juntos.

 

Al día siguiente, Juana despierta ligera, como si hubiera perdido una gran carga que la abrumaba. Ha pasado toda la noche abrazada a su hijo, colmándole de besos, bañándolo con sus lágrimas, susurrándole palabras de afecto. Abandonando el negro se viste con un traje azul petróleo, «¡Qué más da lo que digan! ¡Mi hijo está en casa!», y se lleva a Danilo a dar un paseo hasta la iglesia. Él no dice nada, solo balbucea mientras camina dubitativo como si fuera un bebé enorme.

Al anochecer, como siempre, una vecina deja un ejemplar de La Acción en su puerta y da tres golpes secos antes de marcharse sin esperar a que le abra la puerta. Limpiándose las manos en el delantal que viste sobre la bata, Juana abre y recoge el diario. Lee los titulares de la primera página: «Un gran día para la humanidad. A las once de la mañana ha terminado la guerra». Ya había escuchado la noticia por la mañana, durante el paseo, de boca de los muchachos que venden diarios pero estaba esperando a leerla para creerla del todo. Entra sonriendo, aliviada. No se fija en que en el lugar donde había estado apoyado el periódico unas amapolas se marchitan hasta convertirse en polvo, llevándose sus sueños para siempre. Cierra la puerta, de vuelta a la cocina, para seguir preparando la papilla que va a dar de cena a Danilo, contenta porque su hijo, al fin, ha regresado.

© Copyright de Iván Mayayo Martínez para NGC 3660, Noviembre 2017

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