La partícula divina – Reed.

Por Pedro Escudero Zumel

—Buenos días, doctor Camões. Siéntese, por favor.

Luis Camões observó desconfiado a su interlocutor. La rivalidad que mantenía con Matthias Weyl, director del laboratorio de investigación del acelerador de partículas CERN, era legendaria en los círculos científicos, y había llegado a trascender incluso más allá.

Durante años se había opuesto a los experimentos de aceleración de protones que pretendían simular las condiciones que se dieron en el universo en los instantes posteriores al Big-Bang, para explicar ―entre otros muchos asuntos― el proceso de creación de la materia. Argumentaba que las energías desatadas en el proceso resultaban peligrosas y podrían provocar una reacción en cadena con mayor poder destructivo que las mayores bombas nucleares de los arsenales de las superpotencias.

Esas afirmaciones habían sido refutadas como meras supercherías por el sector oficial y mayoritario de la comunidad científica ―con el actual director del CERN a la cabeza―, tildándolas de alarmistas y desprestigiando de un modo contundente al científico portugués. Tenía suerte de haber conseguido una plaza como profesor de ciencias en un instituto de secundaria en Coímbra, su ciudad natal.

Luis se sentó con un movimiento pausado, sin separar la mirada de su rival.

―¿Por qué me ha llamado?

Matthias le tendió un voluminoso dosier.

―Tiene señaladas las páginas más relevantes. Podrá estudiar el resto más tarde.

Camões no pudo disimular un gesto de disgusto, su aversión por el director llegaba a tal punto que a duras penas toleraba que le dijera qué podía y qué no podía hacer.  Sin embargo, la curiosidad le pudo, y consultó las páginas señaladas mientras su anfitrión esperaba sin decir palabra.

―Estos datos… ¿Son de una prueba ya realizada? ―preguntó al cabo de un rato.

―Sí, así es.

―¡Pero esto confirma todas mis teorías!

Iba a añadir algo más, pero reparó en que si sus conjeturas fuesen ciertas al completo el laboratorio en que se encontraba debería haberse reducido a polvo.

El director del CERN sonrió, en cierto modo se sentía victorioso. Pese al acierto teórico del científico portugués sobre los inusitados niveles de energía liberados, el acelerador de partículas no había sufrido el más mínimo percance. Tal y como él predijo.

―Vamos a repetir el experimento para confirmar los datos.

Luis se levantó de la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

―¿Cómo? ¿¡Está loco!? ¿Sabe lo que puede suceder? ¡Es un milagro que no hayan destruido media Europa! ¿Saben que…?

―El experimento se repetirá con o sin su colaboración.

―Se lo contaré a la prensa. La gente tiene que saber…

―Nadie le creerá ―atajó Matthias―. Usted no tiene prestigio alguno. Para los medios de comunicación es poco más que un charlatán de feria. Su palabra no vale nada, pero yo le ofrezco una nueva oportunidad. Participe conmigo en la nueva prueba y avalaré sus conclusiones.

Durante varios segundos sólo se escucharon las fuertes inspiraciones y expiraciones de Luis.

―¿Cuándo lo harán?

―¿Le ha acompañado su equipo?

Camões asintió. Llamar equipo a la medida docena escasa de fieles seguidores de los postulados del doctor era una delicadeza, o una ironía, y él lo sabía. Se trataba de un grupo heterogéneo, que abarcaba desde simples aficionados a estudiantes de post-grado.

―En ese caso, no esperaremos ni un minuto más. ―Matthias cogió el auricular del teléfono y marcó el número de recepción―. Soy el señor Weyl, acrediten a los visitantes y acompáñenlos al control central. ―Colgó el auricular y, mientras recogía unos informes, se dirigió a su invitado―:  Nos reuniremos todos allí.

El centro de análisis y control del CERN tenía poco en común con la visión estereotipada que podían tener de él los profanos en la materia. Se trataba de una sala de tamaño medio, con capacidad para dos docenas de personas, equipada con apenas seis consolas de control y otros tantos puestos informáticos similares en su aspecto a los que se podían encontrar en cualquier otra oficina. No había enormes pantallas de estadísticas, filas de butacas para el personal técnico y múltiples puestos de seguimiento que se asociaban por obra del cine a las salas de centrales de los grandes centros de investigación. Por lo común no albergaba a más de cuatro o cinco personas a la vez. Los periodistas hablaban del acelerador de partículas como de una macro-estructura en la que diez mil científicos se afanaban en sus investigaciones; pero en realidad ―pese a que a lo referente al tamaño estaban en lo cierto― la cifra real de personal que desempeñaba tareas era mucho menor, alrededor de tres mil investigadores permanentes, aunque a este número se  acostumbraba a sumar a los científicos cuyos proyectos dependían de los experimentos que se realizaban en las instalaciones, pese a que su labor se llevaba a cabo en laboratorios de todo el mundo.

Tan pronto como los dos profesores cruzaron el umbral de la puerta de la sala de control, uno de los miembros del equipo de Luis ―un hombre de aspecto curtido y musculatura bien desarrollada que no hubiera desentonado en un cuerpo del ejército― se dirigió al director del CERN con un tono de voz contenido que apenas disimulaba su crispación.

―Tendremos acceso libre a todos los datos, ¿no?

Matthias se atusó el pelo.

―Por supuesto, no estamos aquí para perder el tiempo. ―Hizo una pausa mientras lanzaba un vistazo de los pies a la cabeza al sujeto que le increpaba―. En especial el mío.

Un leve murmullo, producto de las suaves risas nasales de los cinco técnicos que ocupaban la sala, se impuso al tenue zumbido de los monitores y los extractores de aire. Rodeados de tecnología punto el ser humano reproducía su comportamiento más primitivo. Un cacique había dado una lección a un enemigo y todo el grupo lo celebraba.

El director indicó a sus subalternos, todavía con una sonrisa socarrona en los labios, que facilitaran acceso completo a los datos del experimento al equipo de Camões, y que les permitieran descargar cuantos datos precisaran directamente a sus portátiles para que emplearan su propio software de interpretación.

A continuación, unos y otros se dispusieron a esperar. Sólo los comentarios entre los miembros de los dos equipos rompían de tanto en tanto el silencio. Los dos doctores se sentaron al fondo de la habitación, muy cerca el uno del otro, como si una distancia mayor pudiera suponer algún tipo de acicate para ser traicionados.

El experimento requería un proceso lento, tanto para evitar posibles contaminaciones en los resultados como por lo delicado de la operación. Primero se debían introducir en el acelerador isótopos de plomo, después se procesaban hasta conseguir dos haces de haplones que eran acelerados en sentidos contrarios a través de los veintisiete kilómetros de longitud del acelerador. Por último, se producían las colisiones de las partículas en cuatro puntos preestablecidos en los que se encontraban una serie de sensores que permitían recoger la información. La controversia entre ambos profesores radicaba en que según la teoría oficial dichas colisiones deberían ser escasísimas, y la energía liberada por lo tanto irrelevante, mientras que el doctor Camões sostenía que los choques serían millones en fracciones de segundo, y que la energía liberada sería intensa e inestable, pudiendo generar una potencia explosiva de varios cientos de gigatones.

―Empieza la aceleración ―indicó uno de los técnicos del CERN casi tres horas después de iniciarse el proceso.

A los pocos segundos los monitores de seguimiento comenzaron a mostrar la existencia de millares de colisiones, tal y como el científico portugués había vaticinado. Los niveles de energía aumentaron en consecuencia hasta triplicar en breves instantes los niveles de seguridad que soportaba la cubierta de protección del acelerador.

Uno de los colaboradores del profesor Camões se giró en dirección al director del CERN.

―¡Deténganlo! ―gritó―. ¡Vamos a morir todos!

Matthias miró a Luis.

―Si fuera a estallar ―dijo el doctor Camões a su ayudante― ya lo hubiera hecho.

Hizo una pausa y se quedó mirando las estadísticas que mostraba su portátil.

―Hay una fuerza que impide que la energía se extienda más allá. Esa es la única explicación.

―Eso es ―intervino el Weys―. La cuestión es averiguar de qué fuerza se trata. Si unimos nuestros esfuerzos lo podremos saber antes de que la noticia se extienda. ¿Quería una oportunidad? Pues aquí la tiene. Será mejor que no la desaproveche.

Camões sonrió. Tantos años de ostracismo llegaban a su fin. Descubrir semejante singularidad y después darla una explicación supondría su ensalzamiento como uno de los mayores genios de la física moderna, al mismo nivel de reconocidas figuras como Einstein o Newton, y poco le importaba que la gloria fuera compartida con su rival mientras su propio reconocimiento estuviera más que asegurado.

―Adelante, colaboremos con ellos ―indicó Luis a su equipo.

Era consciente de que una investigación semejante bien podría tomar años, y que otros equipos de científicos podrían adelantarse en el proceso, pero al menos tenía una oportunidad ―una muy grande al contar con el interesado apoyo del director del CERN―, que era más de lo que hubiera esperado unas horas antes.

No había transcurrido más de una hora cuando dos de los colaboradores ―uno de cada equipo― se acercaron a los profesores, que en ese momento se encontraban discutiendo sobre las particularidades de su acuerdo de ayuda mutua.

Ambos ayudantes parecían inquietos. Lanzaban miradas de reojo a su nuevo compañero sin que ninguno de ellos se atreviera a hablar.

―¿Y bien? ―intervino Matthias.

―Los dato… ―contestaron ambos a la vez. Al comprobar que su acompañante también respondía, los dos se callaron, y comenzaron a mirarse de reojo de nuevo sin que ninguno se decidiera a retomar la explicación.

El director del CERN resopló.

―¡Vamos! ¿A qué esperan? ¿¡Se deciden de una vez!?

Finalmente, el ayudante de Matthias, ante la insistencia de su superior, tomó la palabra.

―Fue casi por casualidad. Decidimos medir no sólo la cantidad de colisiones, su posición relativa dentro del acelerador y la energía emitida, si no la frecuencia de impacto. Organizamos los resultados en secuencias binarias. Un cero representaba un lapso de 10 a la menos 6 segundos sin impacto y un uno un impacto en ese mismo periodo. Después las guardamos como archivos binarios en los ordenadores, por pura comodidad. No parecían seguir ningún patrón secuencia determinados, así que pospusimos su análisis.

―Pero entonces abrimos uno de los archivos ―interrumpió el colaborador de Luis. Aunque intentaba mantener la compostura no podía evitar gesticular de una manera excesiva como si necesitara mover las manos en todas las direcciones para hacer que su mente se mantuviera en calma―. Para nuestra sorpresa comprobamos que los archivos, esto…, formaban palabras.

―Desde luego hemos descartado cualquier contaminación o error ―intervino el otro ayudante―. De hecho, ya hemos repetido las pruebas tres veces, con distintos equipos.

―Estamos seguros de que no hay error posible ―aseveró el otro.

El doctor Weyl negó con la cabeza ante lo imposible de aquella afirmación.

―¿Palabras? ―intervino Luis al fin, mucho más abierto a otras posibilidades―. ¿Qué clase de palabras?

Cada uno de los ayudantes tendió una carpeta llena de folios a su respectivo jefe de equipo. Estos las abrieron y las empezaron a leer con interés.

―Es una secuencia bastante larga que se repite en varios idiomas ―explicó el ayudante del profesor Camões.

―En principio creó Dios los cielos y la tierra ―leyó el científico portugués a media voz―. Ahora bien, la tierra resultó sin forma…

Los dos rivales se miraron incrédulos, sin saber qué decir. Aunque repetirían las pruebas personalmente e intentarían descartar cualquier posible error, una idea comenzó a tomar forma en sus mentes. Los experimentos corroborarían el resultado inicial. Semejante descubrimiento les proporcionaría  un lugar destacado en los anales de la historia y supondría un impacto sin igual en el mundo. Los esquemas racionales sobre los que habían sustentado toda su visión de la realidad se derrumbarían para siempre. Acababan de demostrar empíricamente la existencia de Dios.

Ese era el secreto que escondía la Partícula Divina.

© Copyright de Pedro Escudero Zumel para NGC 3660, Junio 2017

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