Palomas – Reed.

Por Rafael Rius

Desde lo alto veo ahora el pequeño parque que antes observaba a diario desde la ventana de casa. La verdad es que no es nada especial, en un día normal puedes ver a niños rebozándose en la tierra y montando en columpios oxidados; a madres manteniendo conversaciones a la vez que tienen la mirada puesta en lo que hace su hijo, a algún corredor castigando su cuerpo con algunos ejercicios mientras su perro juguetea con las palomas, a ancianos que en días soleados descansan sus huesos en un banco, y cómo no, también a aquellos que alimentan los pajarillos con los restos del pan del día anterior. Todos los días ocurre lo mismo, y todos los días ver aquellas palomas me recuerda cómo empezó todo.

Aquel día era de esos que se está mejor en casa, el parque estaba vacío por el frío que hacía, y como suele ocurrir en estos casos, las palomas buscan el sustento en los huecos de la fachada. Unos pequeños golpes atrajeron mi atención hacia la ventana. En el alféizar de ésta había una paloma, cojeaba de una pata y apenas podía mantenerse en pie, manchas de sangre salpicaban su plumaje; posiblemente algún gato intentó dar buena cuenta de ella. Yo era una persona solitaria, todo el día encerrado en casa, falto de amistades, falto de cariño. El caso es que debió ser que tenía el día tonto, ya ves, una simple paloma; me apiadé de ella, le entablillé la patita, la alimenté y la cuidé hasta que pudo valerse por sí misma y recuperar su libertad perdida. Fue cuando ocurrió, de alguna forma que aún no consigo explicarme, comprendí que quería que me uniese a ella.

Empezó a visitarme a diario, sin palabras ni arrullos, ambos nos entendíamos. Llegué a pensar que estaba enloqueciendo; pero no era así, ahora lo sé. Poco a poco los cambios empezaron a desarrollarse, sutiles al principio, acentuados conforme el tiempo pasaba. Tal ligereza había adquirido mi cuerpo que hasta pensé que algún día llegaría a volar; y es día no se hizo esperar. Me sentía preparado, agradecí la presencia de mis nuevos congéneres en el alféizar donde todo empezó; ahora tenía por fin amigos, pertenecía a una comunidad. Me coloqué junto a ellos, noté la suave brisa en mi rostro y salté esperando sentir la ligereza de un vuelo jamás experimentado por hombre alguno.

Agonizando de dolor, con el cuerpo retorcido en un baño de sangre, dediqué mi último pensamiento a mis nuevas amigas: «¡Capullas! Podríais haberme dicho que los perros no juegan con nosotras… ¡Nos cazan!».

© Copyright de Rafael Rius Sánchez para NGC 3660, Junio 2017

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