Tropa de pacificación

 

Por Carmen Rosa Signes Urrea

La ráfaga sonó lo suficientemente alejada de la garita como para sentirse aliviado. La amenaza de la revuelta les mantenía en estado de alerta. El rumor de otra tanda de disparos llegó tenue.

—¡Soldado!

—¡A sus órdenes señor!

—Infórmeme.

—Sin novedad, mi sargento. La noche continúa serena. Todo parece haber terminado.

—No se confíe soldado. Según nuestros informantes, esto no ha hecho más que comenzar.

Carter miró de reojo en dirección a la ciudad. Las palabras del sargento le pusieron nervioso. Aquel planeta nunca había dado qué hablar, eran unos completos desconocidos en la galaxia. Las voces más críticas se planteaban sobre la necesidad de enviar un ejército a aquel pequeño reducto de sedición sin importancia. Ni tan siquiera el emplazamiento era estratégicamente relevante; sus recursos pobres; y la población escasa, casi ridícula. Pero de pronto, todos los ejércitos de pacificación habían tenido que enviar refuerzos.

—Señor, ¿qué tipo de ataque se espera? ¿Qué individuos han sido los sediciosos? ¿Son civiles o militares? ¿Tienen algún tipo de formación, o apenas si saben cómo manejar un arma?

—Creo que ninguna de esas cuestiones es de su incumbencia. Limítese a vigilar, no pierda detalle, y a la menor señal, no dude en activar todas las alarmas.

 

Tenían los medios. Se sabían superiores, se sentían y eran considerados superiores. Los campamentos estaban situados a la suficiente distancia de las ciudades, como para que no coincidiera ningún encuentro. Tan sólo sus altos cargos habían mantenido contacto con los habitantes rebelados, pero nada había trascendido ¿Por qué tanta incógnita?

Por uno de los flancos exteriores, a Carter le pareció observar algo de movimiento, los disparos y la destrucción fueron inevitables, no pudieron reaccionar, fueron aniquilados.

Dispusieron los cuerpos ordenadamente en unos cubículos, mientras se les inyectaba un mejunje gelatinoso.

 

—Era necesario sacrificar a estos hombres. Esos seres cabezudos y paticortos apenas sí parecen representar una amenaza.

—Eso es lo que todos se pensaban. ¿Ha visto con qué facilidad nos han derrotado? Hay que reconocer la inferioridad. Al menos llenando sus despensas, la paz retornará durante una temporada.

—¿Por qué no destruimos su planeta?

—Y ¿por qué siempre nos creéis tan ingenuos? —dijo con el corazón de aquel pobre en la mano— ¡Idiotas!

Y mientras recuperaba su aspecto humano para no llamar la atención devoró el cuerpo silenciosamente.

© Copyright de Carmen Rosa Signes Urrea para NGC 3660, Octubre 2017

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