Ojos verdes, negra sombra

| Javier Quevedo Puchal | Dilatando Mentes Editorial | Línea general 462 págs. | 
| Portada e ilustraciones interiores: Fernando Villanueva Martín-Consuegra | 
| Prólogo: Mª Concepción Regueiro Digón | Ensayo: Juan Ángel de Dios |
| ISBN: 978-84-947508-4-7 Realismo mágico/costumbrismo… | 2018 | 19,95€ |

Por Pily Barba

Portada Ojos verdes, negra sombra

Llevo algún mes que otro rehuyendo hacer el comentario de la última novela de Javier Quevedo Puchal, Ojos verdes, negra sombra (Dilatando Mentes Editorial), entre otras cosas porque, tras su lectura, mis límites de respecto hacia este autor han llegado a cotas que ni el mismo imaginaría, y ahora, me veo metida de lleno en un episodio de odiosa inseguridad; de esa que a veces sentimos los lectores con ganas de transmitir lo que despiertan en nosotros determinadas lecturas, porque, en el fondo, nos vuelve locos pensar que tenemos la posibilidad —y podemos perderla— de llamar la atención de otros consumidores de letras para que estos, al final, lo tengan fácil a la hora de separar el grano de la paja de esa increíble montaña de producción literaria que nos ahoga día a día. Pero, volviendo a esa inseguridad, sinceramente, es una sensación que odio porque es muy paralizante. Aun así, una vez desvelados mis temores (como si eso me exorcizara de algo), allá voy, y como diría precisamente cualquiera de los personajes de la novela de Quevedo Puchal: «Qué Dios nos pille confesaos».

Veamos, Ojos verdes, negra sombra, en ningún sentido es una novela al uso. Este título con sabor a cuplé nos adentra en la vida de varios individuos, en su pasado y en su presente —un presente, por cierto, bastante poco halagüeño—, y lo hace desde las raíces más profundas y a la antigua usanza. Pero vayamos por partes… Por un lado, tenemos a los andaluces, Aurelia y Liberto; una recién debutada cupletista y su fiel hermano, que han de huir de Sevilla por ser ella sospechosa de un crimen que podría haber perpetrado. Ambos se fugan lo más lejos posible —teniendo en cuenta que no tienen pasaporte—, y donde aún conocen a quien pueda echarlos una mano: la casa del antiguo amor de Aurelia en Pobramoura, allá por Galicia. Y en la otra punta del mapa (de España), está la casa de los Quiroga, habitada por almas de todos los colores y bagajes; los señoritos, Rosalía y Zacarías, y la hermana de la primera, Clara y su futuro esposo, Darío. Pero hay más, muchos más; personajes secundarios con una fuerza y un carisma arrebatador. Incluso está la propia casa y, en general, cada una de las costumbres o tareas de sus habitantes. ¿Y qué hay de los parajes de alrededor? Pues también estos tienen su aquel. Lo tiene incluso la oscuridad y lo que en ella habita, al menos en algunas noches en las que más vale estar bien arropado y calentito en la cama.

Pues bien, como decía, a través de todas estas pieles, nuestro querido autor nos contará, sin escatimar ni risas ni lágrimas, las hazañas que algunos han de perpetrar en su día a día para poder llevarse un mendrugo de pan a la boca; haciendo tareas realmente agotadoras y denigrantes, al tiempo que otros pisan sus manos por el simple hecho de poder hacerlo. Efectivamente, estoy hablando de la desigualdad entre clases, casi de la esclavitud; del concepto del señorito cabrón, que Javier termina clavando. Porque, aunque no lo he dicho aún, aquí, lógicamente, hay pobres y ricos, pero pobres y ricos de los de antes, puesto que la novela está ambientada en 1935, en los tiempos de la Segunda República. Asimismo, y entre tanto calvario y abuso, encontraremos a quien luche por conseguir al amor de su vida, sea al precio que sea; o a la que se empeña en echar de su lado a ese que pretende ser su dueño y verdugo… porque también aquí se habla del amor exclusivamente carnal o de conveniencia, y del verdadero, así como de los malos tratos y el abuso (de nuevo) de poder. Y entre medias de esos anhelos o malas artes, de las caricias y de los palos, se nos dará otra buena dosis de nobleza, ya sea en el pellejo de sus personajes masculinos o en el de los femeninos. También, observaremos la grandeza de la mujer en todo su esplendor; la fortaleza de algunas féminas que, a pesar de ser presas de su situación laboral e incluso civil, son y se sienten tan libres como el viento: se trata de auténticos estandartes de la feminidad que no cejan en su empeño de romper barreras absurdas…

Javier dice de esta, su primera y, sí, tal vez arriesgada novela costumbrista con tintes sobrenaturales (ahí es nada), que tiene un lado romántico, poético y yo diría que, incluso, aventurero, de ahí la primera parte de su título que, como la mayoría sabréis, pertenece a una copla: Ojos verdes. Además, añado, esta es precisamente la parte que nos colmará de ternura y caricias literarias; de repentinas danzas que nos dejarán entre alucinados y admirados, al tiempo que llenarán de júbilo a sus protagonistas. Pero luego está el reverso de la moneda, el que nos muestra el lado más tenebroso de la naturaleza humana; la que carga el ambiente de supersticiones y leyendas, de misticismo y brujería; de criaturas de la oscuridad que muchos saben que están ahí, pero que nadie quiere cruzarse ni, por supuesto, entender. Y no me olvido de la muerte… porque el desamor, o el anhelo de conseguir el cariño de esa otra persona que tanto se venera y que un buen día desaparece, puede llevar a quien sufre esta circunstancia a consumar actos horribles. Negra sombra, la segunda parte del título, representa bien a las claras todo esto, aun cuando su lado oscuro no consiga impedir del todo que titile, aquí y allá, el verde esperanza, aunque solo sea hasta que vuelva a pisarlo el verde inquina; el verde odio, el verde envidia…

Pero, volviendo a esa parte sobrenatural, algo que me ha llamado muchísimo la atención es que esta no tiene tanto protagonismo como yo pensé, y aun así, su medida es la perfecta. Asimismo, esas pinceladas que la van anunciando, sublimes y demoledoras, terminan de redondear su oscuridad, descartando de un plumazo la imagen que se pudiera llegar a tener de que tal vez estén ahí porque sí (porque nuestro Javier es incapaz de sortear las tinieblas).

Ahora la duda es, ¿habrá hecho el autor alguna especie de conjuro para que todo este caldo de cultivo dé un guiso tan apetitoso y nutritivo? Para mí que sí, porque a pesar de que siempre he pensado que Javier Quevedo Puchal es un portento juntando letras, aquí es todo tan distinto a lo que siempre ha hecho, y sin embargo, vuelve a estar tan bien armado; es tan natural, tan fluido, tan condenadamente perfecto… Como digo, tan perfecto es, y tanto lo ha cuidado Javier para que así sea (y aquí es donde entro en la sección, detalles maravillosos), que incluso la fidelidad de sus diálogos es asombrosa; sus dejes, sus giros, las exageraciones, las patadas al diccionario, los dichos y lo diretes… Aunque para la parte que tiene que ver con los personajes de más al noroeste del mapa, sé que ha tenido a su lado a una buena asesora, la misma que escribe el prólogo: Mª Concepción Regueiro Digón, y qué bien le ha sentado esta compañía a la novela.

¿Y queréis más perfección? Pues bien, como otra de las grandes pasiones de este hombre es la música, aquí se planteó el reto de construir partes de su prosa acompañadas de claves de Sol, de Fa, o de lo que haya hecho falta para que rebose las melodía. Así, todos los capítulos de la novela, además de ir acompañados de unas increíbles ilustraciones, van precedidos de una o varias estrofas de aquellas canciones que, de hecho, suelen ser el alma de lo que albergará el siguiente capítulo. Si es que, de verdad, se mire por donde se mire, Ojos verdes, negra sombra es un bellezón: una auténtica Miss que ya empieza a ser reconocida sustentando premios como el Premio Guillermo de Baskerville 2018 a mejor novela, y los que te rondaré morena, porque ya cuenta con alguna que otra nominación como es el caso de los Premios Amaltea a mejor novela fantástica…

Como decía, el libro en sí es una obra de arte: cuidado hasta el más mínimo detalle; plagado de impactantes fotografías obra de Fernando Villanueva, y rematado por fotos de portadas de discos y películas que han inspirado al autor en esta obra (¿sabíais que la imagen de Maribel Verdú en Blancanieves fue la desencadenante de toda esta maravillosa locura? Ea, pues ya lo sabéis). Aparte, cuenta con un extraordinario relato: «El vestido de mi madre», aparecido años atrás en la antología que coordinó Fernando Lopéz Guisado, Anatomías secretas, donde hallaremos uno de los más poderosos personajes secundarios, pero en otros tiempos y metida en otras lides… Y para cerrar el círculo, un magnífico estudio de Juan Ángel de Dios dedicado a los mitos y leyendas, arrojando un poco más de luz, con interesantísima información, a esa parte de la novela que tiene que ver con lo mágico y lo oculto. Así pues, bien también por Dilatando Mentes Editorial, cada volumen que editan es un tesoro en sí mismo.

Y, para concluir, os contaré un secreto: os juro que, por momentos, he tenido la sensación de estar leyendo poesía, aun cuando casi todo lo que encontraba era prosa pura y dura. Pero es que tanto las descripciones en general, como las reacciones de sus personajes, a veces, estaban tan asombrosamente bien dotadas de todo eso que envuelve a la poesía; puro sentimiento, genuina coherencia, tierno romanticismo, loca pasión, ¡vida!, ¿cómo no creer entonces que leía poesía, aun cuando la configuración de las frases no fuera la adecuada? ¡Menuda sorpresa también por esa parte! Así me ha pasado, que dentro de mi ranking de clasificación de trabajos literarios, he tenido que añadir una nueva categoría: esa en la que me he visto desbordada por la alegría cada vez que he tenido la oportunidad de volver a concentrarme en exclusiva en sus páginas, y que ha hecho que me dé lo mismo estar en un momento valle dentro de la novela, porque lo único que quería era ser testigo de absolutamente todo lo que tuviera que ver con Pobramoura; por momentos, incluso me he olvidado de mis propias obligaciones fuera de sus líneas. Increíble, pero cierto.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Diciembre 2018

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