¡Lo obsoleto es muerte! ¡La novedad es vida! – Reed.

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Por Carlos Alberto Gómez Villafuertes

El Excelentísimo Carel Suprabaniam López de Aguilera, Laureado esposo de la Excelsa Marsupia Porodianska Gutiérrez, y Capitán del Acorazado del Modernikado Galáctico UEUMMk-456357 Estremecedor, tomó el transbordador que le llevaría a su nave con el ánimo lleno de espanto. Hacía dos semanas que el Acorazado permanecía en los astilleros centrales, para someterse a una de las frecuentes actualizaciones de la Flota.

Durante aquel intervalo de tiempo, López de Aguilera había dejado las operaciones en manos de su primer oficial, mientras él se reunía en el planeta con sus amantísimos hijos y esposa, de modo que no tenía ni idea de lo que podía haber sucedido en aquellos días de ausencia.

—¿Qué le habrán hecho esa vez a la pobre? —murmuró pensativo, recordando las variadas modificaciones realizadas sin cesar a su amada nave, mientras la minúscula lanzadera rodeaba el gigantesco anillo de atraque y se aproximaba al Acorazado.

En los seis años transcurridos desde su botadura, el Estremecedor había estado más tiempo realizando actualizaciones que misiones de combate. Los avances técnicos se sucedían tan deprisa, que apenas podía salir del astillero. Y lo que es peor, lo mismo les ocurría a todos los navíos de la flota Modernikana. No ganarían la guerra en curso, no, pero desde luego tenían los sistemas más modernos que…

Un gesto de horror cubrió su semblante cuando la lanzadera giró alrededor de un saliente del anillo y el Acorazado apareció ante su vista en todo su esplendor.

—¿Pero qué demonios le han hecho a mi nave, Schlemer? —le aulló al oficial del astillero que se encontraba a su lado, al contemplar la enorme y desagradable excrecencia marrón que surgía de la popa del buque—. ¡Eso parece una patata! ¡Una enorme patata peluda clavada al casco de mi nave!

—No señor. —dijo el tal Schlemer con aplomo— No es una patata, es un sistema infligionador de surapudancia esquimótica. Es lo último en cuanto a sistemas de propulsión.

—¿Y dónde está mi esfingulador sincropo bariónico? ¡Ni siquiera habíamos podido probarlo a pleno rendimiento!

—Obsoleto, señor. Esos motores tenían por lo menos cuatro meses de antigüedad. No podemos permitir que una nave de guerra del Modernikado sea una antigualla.

—¡Pero al menos podrían haber colocado algo más estético! ¡Y no ese… ese… horror!

—¡Señor, por favor! Es cierto que la morfología del infligionador no es excesivamente atractiva, pero… ¡Fíjese! Admire la forma elegante en que las pilosidades pudáncicas se proyectan desde el núcleo esquimótico.

López de Aguilera meneó la cabeza con escepticismo.

—Sigue pareciéndome un montón de pelos clavados en una patata más bien fea.

—Ustedes los militares no comprenden nada. —farfulló con desprecio el oficial del astillero. Hinchó el pecho y gritó—: ¡Lo obsoleto es muerte! ¡La novedad es vida!

López de Aguilera llevó la mano hacia la culata de la pistola sodolándrica que colgaba de su cintura, pero se contuvo en el último momento. ¡Dios! ¡Otra vez aquel dichoso eslogan! ¡Con qué placer convertiría a aquel tipo en una pavesa! Hizo un esfuerzo para dominarse y se concentró en su nave.

—¿Y eso qué es? —volvió a estallar, señalando una serie de conos espiralados, más bien horribles y parecidos a helados de cucurucho multicolores, que sobresalían de distintas zonas del casco.

—Son los nuevos componentes del sistema de armamento, los novísimos fusionadores altramúcicos de aluvión nefrítico. Eficacia garantizada de destrucción máxima.

—¡Vaya por Dios! ¿Y dónde están las unidades de evaporación presintágmica fotónica que instalaron la última vez? Ni siquiera hemos llegado a dispararlas.

—Creemos que los rebeldes de la Obsolescencia Estelar han robado los planos del escudo nulificador postagmático afotaico, —susurró aquel odioso Schlemer en tono confidencial— lo que los hace invulnerables frente a las descargas de las unidades de evaporación presintágmica fotónica. Además, ese armamento tenía por lo menos cinco meses de antigüedad. Por completo inaceptable.

López de Aguilera se tragó la respuesta que pugnaba por salir de sus labios y con gesto enfurruñado siguió contemplando lo que quedaba de su pobre navío.

No, la entrada en el Estremecedor no había sido todo lo gloriosa que debiera. El camino hacia el puente había cambiado y uno de sus nuevos ayudantes había estado a punto de caerse por un orificio que nunca había estado allí. Al parecer, el pasillo principal se había convertido en una tuba de ascoliación eudótica para los elevadores sinópticos, fuera lo que fuese aquello. Tras ímprobos esfuerzos habían conseguido sacar al pobre hombre de su asqueroso baño en un fluido color violeta, aún más repugnante a la vista que al tacto, si tal cosa era posible. Lo habían enviado a la enfermería de la nave víctima de un ataque de nervios, mientras gritaba cosas no aptas para oídos delicados.

Con el máximo cuidado posible, López de Aguilera tomó el nuevo camino que, confiaba, le llevaría al centro de mando de la nave.

Tras un par de tropiezos sin importancia con distintos objetos, a cuál más feo, por fin entró en el puente… ¿Puente? ¿Aquello era un puente? En primer lugar, era la décima parte del original, que ya en sus mejores tiempos no había sido excesivamente grande. En segundo, no había informadores holográficos, ni captores sinápticos prefontales. ¡Ni nada! ¿Y qué infiernos era aquella especie de pelambrera que surgía de las paredes, como un caso terminal de melenas irreductibles? ¿Y la repugnante masa informe que ocupaba una pequeña piscina frente a la pared frontal?

Se acercó al primer oficial, el mismo que había permanecido a bordo supervisando las modificaciones.

—Dígame, primer oficial, ¿Qué-Es-Eso? —preguntó López de Aguilera señalando la pelambrera.

—Estooo… según los manuales, lo que surge de las paredes son filictores neurónicos, señor. Se supone que captan los pensamientos de los oficiales y traducen las órdenes a los sistemas. Actúan como los obsoletos captores sinápticos prefontales, pero sin necesidad de contacto físico.

¿Y el resto de la tripulación del puente?

—Han sido destinados a otras secciones, señor. Los filictores son capaces de controlar la nave con sólo un oficial en el control.

—Mira qué bien. ¿Y esa asquerosidad de la piscina?

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando la susodicha masa se hinchó, adquirió un horrible color verde fosforescente y se derrumbó, salpicando por todas partes.

—¡Cuidado, señor, es muy sensible! —dijo nervioso el primer oficial, y señaló hacia la palpitante masa, que trabajosamente recogía los múltiples pedazos de sí misma dispersos por el suelo—. Eso es el nuevo visionador pseudopódico poliforme. Sustituye al obsoleto informador holográfico.

López de Aguilera apretó sobre su pecho el sobre con las órdenes de destino.

—¡Zarpamos enseguida, antes de que se les ocurra alguna otra cosa! Encárguese usted de sacarnos del muelle. Ya le informaré del rumbo.

—Sí, señor.

El primer oficial se colocó frente a la piscina, y se concentró. Los filictores neurónicos comenzaron a brillar y a estremecerse mientras el visionador pseudopódico poliforme se elevaba en el aire y cambiaba de forma, ofreciendo una espectacular visión del exterior.

Impulsada por el infligionador de surapudáncia esquimótica, la nave comenzó a moverse lentamente, separándose del anillo de atraque.

López de Aguilera comenzó a sentir una cierta desazón. Una creciente molestia en la barriga que le hacía sentirse sumamente incómodo. No tendría que haber bebido aquella ultima jarra de Jajenja en la fiesta de despedida.

—Debería haber ido al retrete antes de salir del muelle orbital —se dijo, mirando a su alrededor. ¿Dónde, en nombre de Pilalia, estaría el cuarto de baño? Además de la escotilla de acceso al puente, había un par de puertas en las paredes, en los únicos sitios libres de aquella pelambrera de filictores neurónicos, que parecían agitarse presos de un frenesí apocalíptico, pero vista la situación, no se atrevía a experimentar. Suspiró resignado.

—Primer oficial…

—¿Sí, señor? —contestó el interpelado diligentemente, sin dejar de observar el visionador pseudopódico poliforme, que en esos instantes mostraba una espectacular vista del anillo de atraque y el planeta situado bajo él.

—¿Dónde está el, hmm… el cuarto de baño?

—Al final del pasillo de la puerta de la derecha, señor. No tiene pérdida.

—Gracias, primer oficial. Vuelvo enseguida.

Apenas había salido del puente, cuando la voz del primer oficial le llamó.

—Señor. Tiene una llamada del Jefe del Astillero.

López de Aguilera se puso pálido. ¡No por favor! Volvió al puente y se situó a un lado del visionador pseudopódico poliforme, que había extendido un pseudópodo especialmente repugnante y mostraba la porcina jeta del Jefe del Astillero, el Ilustrísimo Lord Actualizador Imenao Kawasagunda Peláez.

—¿Sí? ¿Qué desea? —le espetó López de Aguilera.

—¡Una gran noticia, Capitán Carel Suprabaniam! Hemos recibido los nuevos detectores de largo alcance, y tengo el honor de informarle de que su nave, el magnífico Acorazado Estremecedor, gloria del Modernikado, ha sido elegido para ser el primero en montarlos —hizo una pausa que debió parecerle dramática y terminó diciendo, a punto de estallar de placer—. Será el pionero en adoptar el pirifionador zahórico polimático, sistema puntero de nuestra tecnología de detección.

—¡Pero si acabamos de zarpar! Y además tengo órdenes de dirigirme al sector 47.567-B para una importante misión. —López de Aguilera agitó frente a la imagen del Jefe el sobre que contenía sus órdenes, aferrándose a él como un náufrago a la tabla de salvación.

—Las órdenes de modernización tienen prioridad absoluta sobre las del Almirantazgo, Capitán —bramó el Jefe del Astillero, poniendo más cara de cerdo que nunca. Hinchó el pecho y gritó—: ¡Lo obsoleto es muerte! ¡La novedad es vida!

La pistola sodolándrica estaba fuera de la funda antes de que pudiera darse cuenta. Con un esfuerzo sobrehumano, ayudado por la imagen de su amantísima esposa y sus catorce adorables retoños, López de Aguilera consiguió devolverla a su ubicación original, pero el gesto no pasó desapercibido para el porcino Jefe.

—¿Qué ha ocurrido Capitán? ¿Por qué ha desenfundado su arma?

—Durante un instante me pareció que mi pistola tenía una fuga en el núcleo seborreico sodolándrico —improvisó a toda prisa—. Pero ha sido una falsa alarma, señor.

—Lo celebro, Capitán. Puede atracar en el muelle acostumbrado. Que tenga un buen y novedoso día. — La imagen de Imenao Kawasagunda Peláez se desvaneció, y el pseudópodo volvió a ser asimilado por la repugnante masa.

—Ya te daría yo a ti un buen día —refunfuñó López de Aguilera. Se volvió al primer oficial, que había permanecido impasible.

—Pues ya lo ha oído. Volvemos al muelle. Supongo que conoce el camino —añadió con sorna.

—Sí, señor. A la perfección.

—Mientras tanto, ya sé lo que hacer con estas órdenes de destino —murmuró irónicamente el Capitán dirigiéndose al retrete.

Pero cuando Carel Suprabaniam López de Aguilera abrió la puerta del cuarto de baño y entró en el retrete se quedó unos instantes indeciso. ¿Dónde estaba el inodoro?

Aquella resplandeciente maravilla de loza que durante tantos miles de años había acompañado a la humanidad en su colonización de la Galaxia, brillaba por su ausencia. En su lugar, una sorprendente esfera, de medio metro de diámetro y tan negra que hacía daño a la vista, ocupaba el lugar de honor que durante tantos años había sido dominio exclusivo de la blanca loza.

No había nada más en el retrete. Ni un mísero rollo de papel, aunque provisto del sobre de órdenes, semejante detalle no tenía mayor importancia. Pero en la pared, a su derecha, había una placa metálica con algo escrito. Se agachó para verla

«R.O.C.A. Retrete Orgánico de Compresión Asintótica Mod. 23IB Patente Pendiente».

Y debajo en otra línea, que parecía curiosamente hinchada, se leía en grandes letras doradas:

 

«¡Lo obsoleto es muerte! ¡La novedad es vida!»

 

López de Aguilera sintió cómo su mundo se derrumbaba. En un instante lo vio todo rojo. Soltó un aullido estremecedor:

—¡Quiero mi inodoro de loza! ¡Quiero cagar a gusto!

Sacó la pistola sodolándrica con una rapidez digna de los mejores pistoleros del Far-West, y le dio gusto al gatillo, disparando una y otra vez sobre aquella infame cosa negra. El primer estallido sodolándrico fue absorbido por la ominosa superficie, también el segundo, al recibir el tercero, un asqueroso color azul actínico cubrió toda la esfera, el cuarto…

Una bola de fuego de un kilómetro de diámetro brilló en el espacio, volatilizando al UEUMMk-456357 Estremecedor, y a todo lo que se encontraba en su interior. El estallido, a pesar de haberse producido tan cerca del anillo de atraque, no tuvo graves consecuencias para las instalaciones, a no ser por la desafortunada muerte del Jefe del Astillero.

Un fragmento de una de las pilosidades pudáncicas del núcleo esquimótico, largo y afilado como la lanza de un Dios vengador, atravesó el panel transparente de la oficina del Ilustrísimo Lord Actualizador Imenao Kawasagunda Peláez, y aunque ya apenas sin fuerza, retuvo la suficiente como para atravesar el corazón del porcino individuo y clavarlo contra su sillón. López de Aguilera se hubiera reído a gusto, de no ser porque sus átomos dispersos formaban una minúscula parte de la supercaliente esfera de plasma que se disipaba con rapidez…

 

Modernikado News — Última edición.

En el día 4.894 de la fundación del Glorioso Modernikado Galáctico, el Acorazado de la Flota UEUMMk-456357 Estremecedor, al mando del Excelentísimo Carel Suprabaniam López de Aguilera, Laureado esposo de la Excelsa Marsupia Porodianska Gutiérrez, ha sido destruido debido a la obsolescencia de uno de sus sistemas auxiliares.

Según los análisis de la caja negra, se produjo una sobrecarga sodolándrica en el sistema R.O.C.A. Mod. 231B, posiblemente como resultado de una fuga del arma reglamentaria del finado y Excelentísimo Carel Suprabaniam López de Aguilera, según se desprende de su última conversación con el también finado Jefe del Astillero, el Ilustrísimo Lord Actualizador Imenao Kawasagunda Peláez, aunque los detalles exactos es posible que no se lleguen a conocer nunca. Esta sobrecarga sodolándrica, provocó un proceso de ascutación forofónica de los residuos biológicos almacenados en el R.O.C.A. Mod. 231B, produciendo su explosión instantánea.

Con su muerte, el Excelentísimo Carel Suprabaniam López de Aguilera, demostró la ineficacia de los sistemas obsoletos y la necesidad de continuas novedades, que eviten este tipo de luctuosos acontecimientos.

El inútil sacrificio de este héroe no quedará sin castigo, y se depurarán responsabilidades entre los encargados de modernizar los sistemas de la Flota, cuya negligencia en la sustitución del mencionado Mod. 231B por el novísimo Mod. 298C, que no adolece del defecto explosivo mencionado, ha causado tanto dolor al Modernikado Galáctico y a su esposa, la Excelsa Marsupia Porodianska Gutiérrez y sus catorce adorables retoños.

El Ilustrísimo Lord Actualizador Imenao Kawasagunda Peláez, ya fallecido, se presenta sin duda alguna como uno de los máximos responsables de esta negligencia, por lo que a título póstumo, se retiran las prebendas obtenidas por él para su familia, que será marcada con el sello del Obsoleto Negligente durante los próximos 180 días.

El Modernikado Galáctico concede también a título póstumo a la Excelsa Marsupia Porodianska Gutiérrez y a sus catorce adorables retoños, la Orden de la Novedad de Primera Clase con Hojas de Roble y Diamantes Enlazados, además de una pensión vitalicia y una bonificación que les permitirá disfrutar de las últimas novedades tecnológicas.

Por último nos unimos a la familia del héroe y a todo el Modernikado Galáctico, y pronunciamos la divisa por la cual dio su vida el Excelentísimo Carel Suprabaniam López de Aguilera. Hinchad vuestros pechos y gritad al unísono:

 

«¡Lo obsoleto es muerte! ¡La novedad es vida!»

© Copyright de Carlos Alberto Gómez Villafuertes para NGC 3660, Febrero 2017

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