Cena de Nochebuena

 

Por A. J. Numan

Justin había llegado a Providence a finales del verano, justo a tiempo para el inicio del curso escolar. Su madre había fallecido, víctima del tifus hacía dos años, y su padre, tras sopesadas consideraciones, había decidido retornar desde Boston, a Rhode Island, donde pensaba contar con la ayuda de las tías solteras del muchacho, hermanas de su difunta madre, para la crianza del más joven de los Clarke.

La acogida de sus tías, no obstante, fue fría e indiferente. Todo lo contrario que su llegada al colegio, un auténtico acontecimiento que despertó la curiosidad de profesores y alumnos. Bien era verdad que aquel incómodo foco de atención que sobre él se había posado, no duró mucho. Al cabo de unas pocas semanas, Justin se sintió aliviado de haber dejado de ser novedad, harto de miradas curiosas y preguntas incómodas. A partir de aquel momento se entregó con desgana, y junto al resto del alumnado, a una sucesión de materias aburridas, impartidas por un claustro de profesores poco inspirado y peor pagado. Para los alumnos de la Escuela Elemental Grover Cleveland, y probablemente para sus maestros, el reloj que en la pared de cada clase marcaba la hora, era a la vez el objeto más amado y el más odiado, dependiendo de la posición de sus manillas. También para Justin Clarke, que observaba con desesperada atención el lento avance del minutero mientras el señor Sterling desgranaba con monotonía los correspondientes teoremas en clase de aritmética, la última de la jornada lectiva. Al llegar la hora fijada, todos guardaban apresuradamente sus libros y cuadernos en sus petates y se encaminaban hacia sus hogares, unos con alegría, otros con resignación. Justin, no obstante, había tomado como costumbre realizar una parada en la biblioteca pública en su camino a casa. No era el amor a la lectura lo que le llevaba allí, o no exactamente. Lo que le atraía de la biblioteca eran los relatos que el bibliotecario, Howard Philips, se encargaba de narrar a una audiencia entregada, que consistía en su mayor parte de los huérfanos del cercano orfanato de San Agustín, y del joven Clarke, si es que a éste le era posible asistir.

Justin veía poco a su padre, ya que las responsabilidades laborales que había contraído su progenitor tras su traslado le obligaban a abandonar por cortos períodos de tiempo, aunque con bastante asiduidad, el hogar de Providence. Tanto Thomas Clarke como su hijo se habían instalado a su llegada a la próspera ciudad, en la casa familiar de los Berice, donde Martha y Rose hacían lo posible por ignorar a su cuñado y sobrino con educado desapego. La madre de Justin había sido la más joven de las tres hermanas Berice, y en cierta forma, éstas se habían sentido obligadas a ofrecer su ayuda al viudo Clarke. Probablemente porque no esperaban que éste la aceptara. Además de sus tías, su padre y el propio Justin, en el caserón Berice también vivían una vieja cocinera y su marido, que hacía las veces de chófer, jardinero, y ayuda para todo. Durante el día, también una criada de ascendencia portuguesa estaba a disposición de las hermanas y, por ende, de los Clarke, aunque cada atardecer, salvo cuando el mal tiempo lo impedía, volvía a su casa en Fox Point.

La combinación de las frecuentes ausencias de su padre y el afable desentendimiento del que hacían gala Martha y Rose Berice le permitían a Justin ir y venir un poco a su antojo. Desde luego, contaba con mayor libertad de la que hubiera tenido de seguir viva su madre. Quizás este hecho, el de su orfandad materna, contribuía de alguna forma a que no se encontrara incómodo en compañía de los alumnos de San Agustín — dónde en general, a todos les faltaban ambos progenitores — en aquellas sesiones vespertinas en las que el alto y delgado bibliotecario les leía algún relato fantástico. Sobre todo, el mayor entretenimiento para Justin llegaba cuando el señor Philips dejaba de lado los libros y les confiaba, como si de un secreto se tratara, las extrañas leyendas que rodeaban a una parte de su familia: los Marsh.

Howard, a pesar de haber nacido en Providence, había pasado la mayor parte de su vida en Boston, de donde eran oriundos los Philips. Al terminar la carrera de periodismo, y sin tener una clara idea de cómo llevar a cabo sus planes de futuro, si es que existían, el señor Philips se embarcó en un proyecto un tanto alocado: recorrer las variopintas localidades que pueblan la costa de Nueva Inglaterra buscando quién sabe qué, quizás a sí mismo, le gustaba decir medio en broma. De aquella forma había terminado recabando en un pequeño pueblo costero de Massachussets denominado Innsmouth. A pesar del estado ruinoso de la localidad, y su abandonada apariencia, el joven Howard encontró, tal vez no lo que andaba buscando, sino algo mucho más importante y que, por alguna razón, se le había ocultado desde que era un crío: su familia materna. Encantado con aquel descubrimiento, y maravillado con las habladurías que al parecer pululaban por la región acerca de la familia Marsh, Howard Philips comenzó a ahondar en su investigación, primero en los registros de la cercana localidad de Arkham, y ahora en la biblioteca de Providence, donde extrañamente, parecía haber terminado recabando mucha de la documentación necesaria para construir el árbol genealógico y la historia de aquella parte de su familia. Tuvo la fortuna —así informó a los chiquillos que lo rodeaban— de que quedara disponible un puesto de bibliotecario, merced a la jubilación cuasi forzosa del viejo señor Bishop, el cual, prácticamente ciego a causa de las cataratas, se había empeñado en seguir al pie del cañón en su bibliófila labor hasta que ésta fue, a juicio de todos excepto quizás de él mismo, imposible de cumplir. De esa forma, Howard Philips pudo dedicarse a sus investigaciones sin que le supusieran un coste demasiado oneroso, ya que, aunque el sueldo de bibliotecario no era nada del otro mundo, al menos le permitía no morirse de hambre.

Para su audiencia infantil fue una gran fortuna encontrar a un adulto como Howard Philips, tan cándido como para confiarles aspectos de su vida a los niños. Típicamente, los infantes sólo hubieran tenido acceso a tal información espiando las conversaciones de los adultos, tal y como había sucedido a lo largo de la historia, desde que el mundo es mundo. Howard era sencillo en el trato, amable y detallista, tanto con la clientela habitual de la biblioteca como con la jauría de huérfanos que casi todas las tardes abarrotaban uno de los salones de la biblioteca pública de Providence para escucharle declamar poemas de Poe, relatos de terror gótico publicados en la revista Cuentos Extraños, que el señor Philips compraba con su propio dinero, y, sobre todo, las historias de los Marsh.

El principal problema para Justin aquel día consistía paradójicamente en algo que en un principio había sido fuente de una inenarrable alegría: desde el día 22 de diciembre hasta el día 2 de enero el colegio cerraba sus puertas a causa de la Natividad. Aunque era sin duda placentero mantenerse lejos del aburrido edificio en el que diariamente pasaba aletargado, como el resto de sus compañeros, la mayor parte de su jornada, pronto Justin se dio cuenta de que, sin colegio del que salir, era difícil justificar ante su padre y sus tías, sus visitas a la biblioteca. Sin duda, su asistencia a un evento en el que se mezclaba con los huérfanos de San Agustín no sería acogido con buenos ojos por Martha y Rose Berice. Su padre, al que de otra forma esos detalles le traerían sin cuidado, terminaría dándole la razón a sus tías con tal de no llevarles la contraria. El joven Clarke y los chicos recogidos por los Hermanos Cristianos no pertenecían a la misma clase social, y por ello, el hecho de que alguien pudiera descubrir al sobrino de las Berice en semejante compañía bastaría para provocarles a las dos hermanas taquicardias, desmayos y quién sabía si algo peor. En particular Rose amenazaría con ingresar en el Hospital Butler, como hacía cada vez que algo no iba de acuerdo con lo que ella esperaba, ya fuera la temperatura de su almuerzo, la limpieza exterior de su coche, o el precio del pescado. Martha, sin embargo, era más propicia al desmayo sin previo aviso. Thomas, el padre de Justin, la había tenido que recoger ya varias veces del suelo, presa de alguno de sus repentinos vahídos. Bien era verdad que la recuperación era rápida y teatral, por lo que el señor Clarke, a veces, no podía reprimir una mueca de cansancio cada vez que un disgusto daba con su cuñada en el piso.

Así pues, se trataba del día 24 de diciembre cuando Justin, con la excusa de devolver un libro cuyo préstamo estaba a punto de caducar, consiguió escapar de casa y escabullirse por las calles de Providence, en dirección a la biblioteca. Llevaba tres días sin acudir, y ardía en deseos de conocer qué había sucedido con el capitán Obed Marsh, lejano pariente de Howard Philips, a su regreso de la Polinesia. Para su desgracia, las calles de la ciudad estaban inusualmente repletas de transeúntes, ultimando sus compras navideñas. Además, una nevada inesperada, en conjunción con las frías temperaturas, complicaba su avance, so pena de resbalar en el hielo y romperse la crisma, hecho que le podía hacer perder algo más que la deseada tertulia del bibliotecario.

Frustrado, Justin comprobó por el tañer de las campanas de la cercana iglesia de San Andrés que llegaba definitivamente tarde. Para rematar un día en especial aciago, escuchó desde la calle, a través de la ventana abierta de la sala en la que solían reunirse, cómo el señor Philips daba por terminado, antes de tiempo, el encuentro.

—Y recordad —decía Howard a los últimos huérfanos en abandonar la sala— esta noche vendrán a celebrar la Nochebuena algunos de mis parientes, de los que tantas aventuras os he contado. Es una ocasión única. ¡Todos los que deseéis tomar parte en la cena con la familia Marsh, estáis invitados!

Justin hubiera deseado entrar en la biblioteca e intercambiar al menos unas palabras con el señor Philips, pero antes de poder hacerlo, Irving Quentin, el malhumorado bedel de la biblioteca, colgó el cartel de cerrado en la puerta, prohibiéndole la entrada.

—Vete a tu casa, chico. Los demás también tenemos derecho a una cena en familia —contestó de mal humor el señor Quentin a los ruegos de Justin—. Los libros seguirán aquí después de Navidad, no te preocupes. No caerá esa breva.

El pequeño Clarke maldijo para sí. Le hubiera gustado hablar con el señor Philips e indagar sobre aquella invitación a la cena de Nochebuena. No es que tuviera duda alguna sobre la posibilidad de asistir: sabía que sus tías le negarían el permiso, sin discusión posible. Su padre, además, ni siquiera se encontraba en Providence. Aquella misma mañana le había anunciado que tendría que ausentarse una vez más, por motivos laborales. Esta vez era a Nueva York donde se le requería, por lo que no estaría de vuelta hasta un par de días más tarde. Aunque a Justin aquello le había apesadumbrado, a las hermanas Berice no pareció importarles demasiado. Martha dudó por un instante si desmayarse o no, pero al ver que su hermana no invocaba al sempiterno Hospital Butler, decidió ignorar ella también, con un estudiado y elegante desdén, las noticias que traía su cuñado.

En el camino de vuelta, Justin maquinó silenciosa y secretamente un plan que le permitiera librarse de la cena de Nochebuena con sus tías, y en su lugar, asistir a la cena que, según había escuchado, ofrecía el bibliotecario, y a la cual asistirían, como parecía, algunos de los famosos Marsh, así como los huérfanos de San Agustín. Dudaba que se les permitiera a estos últimos abandonar el orfanato alegremente, por lo que sospechaba que, los que lograran asistir, lo harían mediante alguna artimaña similar a la que él pensaba ejecutar.

Al llegar a casa, el joven Clarke comenzó su actuación ante sus tías. Interpretaba con gran veracidad variadas muecas de sufrimiento, acompañadas de ostensibles suspiros y algún que otro quejido. Todo parecía en vano, puesto que ninguna de las dos Berice le echaban cuenta, ocupadas como estaban en pasar revista crítica a todos y cada uno de sus familiares, amigos y conocidos, en una conversación que se repetía prácticamente cada noche. Despellejar a sus vecinos, figurativamente hablando, era el pasatiempo favorito de Martha y Rose antes de la cena, algo que su sobrino no iba a conseguir interrumpir con facilidad. Finalmente, Justin se dejó de rodeos.

—Tía Martha, tía Rose, no me encuentro bien, creo que me iré a la cama. —dijo, aprovechando un instante de silencio en el que sus tías rebuscaban en su memoria una nueva y propicia víctima de sus críticas.

—Pero aún no hemos cenado —dijo Rose, con sorpresa.

—Lo sé, pero no tengo hambre —argumentó Justin intentando que en su rostro aflorara la tristeza por perderse el banquete de Nochebuena. En realidad, la cena consistía en prácticamente las mismas viandas de cada noche, con la única diferencia de que serían servidas sobre un mantel decorado con motivos navideños. La vieja cocinera nunca había aprendido a cocinar más de tres platos, algo que a las Berice no parecía haberles importado nunca, puesto que, al fin y al cabo, tampoco habían desarrollado un paladar aceptable, preocupadas como estaban de lucir siempre espléndidamente desnutridas en sus muy decentes trajes.

—Esta juventud cada vez es más débil y enfermiza —intervino Martha—. Lo mismo le pasaba a tu difunta madre, que en paz descanse.

Justin a punto estuvo de preguntar qué quería decir eso exactamente. Era irónico cuanto menos escuchar esas palabras de los labios de una mujer a la que los desmayos asaltaban tan a menudo que en determinados establecimientos de Providence ya tenían preparado exprofeso unos cojines, ex profeso para su visita. Es cierto que, sin una audiencia entregada, Martha rara vez se desvanecía, y a todas luces, su sobrino no contaba como tal. Aun así, la conversación entre sus tías volvió a reanudarse, esta vez recorriendo ambas la lista de familiares a los que aquejaba una u otra enfermedad. Justin aprovechó para escabullirse hasta su cuarto. Con cuidado, preparó la cama de forma que pareciera que alguien descansaba arrebujado entre las mantas. El joven sabía que, sin su padre allí, sus tías se conformarían con echar un vistazo fugaz desde la puerta, si es que recordaban en algún momento comprobar cómo evolucionaba el pretendido malestar de su sobrino.

A continuación, sin olvidar abrigarse, abrió la ventana de su cuarto y salió al tejado. A pocos metros, las ramas de un roble se estiraban a poca distancia del joven escapista. Justin había subido y bajado varias veces dicho árbol, aunque nunca lo había utilizado para entrar o salir de su cuarto. Con cuidado de no resbalarse con el hielo y la nieve que cubrían el tejado, Justin logró asirse de una rama, y con la agilidad propia de su edad, y a pesar de que el abrigo entorpecía sus movimientos, consiguió llegar hasta el suelo sin ser visto y de una sola pieza.

Afuera, las calles de la ciudad aparecían blancas y desiertas. La primera parte del plan, abandonar la casa sin ser visto, había funcionado. A continuación, restaba lo más complicado. Justin no había estado nunca en la casa del señor Philips, aunque sabía que se situaba en el barrio de Fox Point, justo enfrente de la iglesia católica de Nuestra Señora del Rosario. Aquella confidencia había surgido a la luz cuando el bibliotecario explicó a los niños que le rodeaban cómo, al llegar a Providence, todos los alojamientos se le antojaban prohibitivamente caros, hasta que se internó en el barrio de Fox Point, habitado en su mayor parte por portugueses y cabo-verdianos. Justin recordó en aquel momento que en una ocasión había estado en dicho barrio, cuando María, la criada, sufrió un accidente al caer del taburete en el que se había encaramado, al objeto de limpiar el polvo de la lámpara. Una vez recuperada la muchacha, así como las señoras de la casa —una de las cuales había aprovechado para desmayarse y la otra para reclamar a gritos que la internaran de una vez en el Hospital de Butler, tal era su sufrimiento— el señor Thomas Clarke, por una vez presente, condujo a María hasta su casa. La chica protestó encendidamente, afirmando que la hinchazón del tobillo no era nada por lo que preocuparse. Por si acaso, el padre de Justin no atendió a excusas, y con el chico de copiloto, llevó en su auto a la azorada criada hasta su casa. Todo aquel episodio revivió, pues, en la mente del joven cuando Howard Philips comentó lo barato que había sido alquilar la casa en Fox Point, en contraste a otras partes de la ciudad. El joven relató aquella peripecia, orgulloso de haber estado en el mismo barrio donde el bibliotecario había fijado su residencia. Fue entonces cuando Howard, interesado, preguntó dónde vivía exactamente la criada de las Berice y los Clarke, y si era cerca de la iglesia en cuestión. Era allí donde el señor Philips había alquilado un viejo caserón, bastante ruinoso, pero que, para él, era más que suficiente.

De aquella forma, Justin intentó rememorar el camino que su padre había tomado para llegar a Fox Point. No era difícil hacerlo, aunque a pie todo parecía distinto de como lo recordaba desde el automóvil familiar, en el asiento de al lado de su padre. El joven Clarke, no obstante, se autoimpuso la precaución de no exponerse a la vista de los escasos transeúntes que a aquella hora se encontraban en la calle. Sospechaba que, de ser descubierto por algún adulto, no tardarían en hacer preguntas cuyas respuestas terminarían, a buen seguro, con una llamada a sus tías para que fueran a recogerlo. Se acabaría, así, la posibilidad de pasar la Nochebuena con algunos de los Marsh, en carne y hueso, sobre los que tantas historias había escuchado en la biblioteca. Justin ardía en deseos de preguntarles sobre las leyendas polinesias acerca de «los profundos», unas criaturas marinas a las que los nativos habían aprendido a convocar y que les proveían de pescado y artilugios hechos de oro puro. Según les había relatado el señor Philips, el capitán Obed Marsh había aprendido, a mediados del pasado siglo, en uno de sus lucrativos viajes por los Mares del Sur, el ritual mediante el cual dichas criaturas podían ser llamadas a la superficie.

El camino a seguir para llegar a Fox Point no era complicado: al abandonar la casa, debía recorrer Angell Street, hacia el oeste, para llegar a Ives Street. Una vez en ésta, simplemente era cuestión de seguir su trazado hacia el sur. La calle terminaba en Wickenden Street. En la intersección entre ésta, e Ives Street, ya se encontraría en el extremo más oriental de Fox Point. Hasta allí, no debería llevarle más de media hora. No sabía exactamente dónde se encontraba la iglesia que, según había comentado el señor Philips, se situaba en las cercanías de su alojamiento. Su plan consistía en encontrar dicho edificio primero, para después buscar la residencia del bibliotecario. Además, creía recordar que, en alguna de las charlas, el señor Philips había mencionado que le agradaba dormirse arrullado por el relajante sonido de las aguas del río Providence. Si el joven Clarke estaba en lo cierto, al final de la misma calle Wickenden, en el oeste, debía encontrar la iglesia, el río Providence y, por ende, la residencia del bibliotecario.

Justin llegó a Wickenden Street con las mejillas rojas, tanto por el frío, como por el embarazo que le causaba la posibilidad de ser descubierto en su escapada nocturna. Era complicado ocultarse de la vista de todos, puesto que, aunque las farolas de Providence no alumbraban demasiado, se trataba aquella de una noche de luna llena, lo cual unido a la blancura de la nieve, proveía al paisaje de una luminosidad un tanto fantasmagórica. La fortuna le había sonreído al joven, no obstante, ya que apenas se cruzó con nadie, y con los pocos que sí lo hizo, no echaron cuenta de aquel joven que apresuraba el paso con gesto resuelto. Una vez en Fox Point, sin embargo, la resolución que hasta entonces le había llevado en volandas hasta allí pareció diluirse. El barrio le era completamente ajeno, y apenas había ya farolas. El cielo pareció cerrarse, y finos copos de nieve comenzaron a caer mansamente. Justin introdujo sus manos en los bolsillos, y consolándose con el hecho de que ya era tarde para volverse atrás, continuó su camino hacia el oeste.

Al esconderse la luna tras las nubes, una creciente oscuridad apagó un tanto la claridad que hasta aquel momento había acompañado al chico. La nieve amortiguaba el ruido de los pasos del joven, sustituyendo el repiqueteo de las botas de cuero del muchacho sobre el empedrado piso, por un sordo crujido helado. Cada vez que Justin dejaba a un lado un callejón lateral, cuyo interior parecía sumido en una negrura infinita, un escalofrío recorría su cuerpo. Un fétido olor a pescado, que no parecía sino aumentar conforme Justin se acercaba a donde, esperaba, se ubicaba el hogar del bibliotecario, impregnaba todo a su alrededor, otorgando al barrio una pátina oleaginosa y resbaladiza que la nevada no conseguía desvanecer. Al fin, entre casas de aspecto humilde, muchas pintadas a la usanza portuguesa, pero que en la semioscuridad de la noche se le antojaban igual de tenebrosas que el resto, el joven Clarke creyó vislumbrar la torre de una iglesia. Asumiendo que se trataba de Nuestra Señora del Rosario, Justin apretó el paso, confiando en que, una vez se encontrara frente a ésta, no le resultaría complicado hallar la casa en la que el señor Philips estaría celebrando en aquellos momentos la cena de Nochebuena.

El olor era nauseabundo, y crecía conforme el chico se acercaba a la oscura torre. El sobrino de las hermanas Berice se preguntó con extrañeza cómo alguien podía vivir en aquel lugar, respirando aquella hedionda peste a pescado podrido. Ciertamente, no veía luz alguna filtrándose por entre las ventanas cerradas a cal y canto, y ningún sonido acompañaba a sus pasos en la nieve. Justin se detuvo y miró a su alrededor. ¿Quizás se había equivocado y no era ése el camino? No se asemejaba al Fox Point que visitó con su padre cuando trasladaron a María hasta su casa. Era aquel un barrio, si bien humilde, al menos algo más alegre y bullicioso. Aquel lugar, sin embargo, parecía desierto y abandonado. El chico examinó la ruta por la que había venido y sólo acertó a descubrir sus propias pisadas sobre la nieve. ¿Acaso nadie había paseado por aquella calle en todo el día? ¿En víspera de Navidad? Dudó una vez más si volver atrás, al confort del hogar y de su caliente y mullida cama, o continuar en su aventura, cuando, al fondo de la calle, distinguió una sombra que avanzaba hacia él. La lenta, aunque persistente caída de la nieve, no obstante, y la ausencia cada vez más evidente de farolas provocaba que el joven Clarke no pudiera distinguir con claridad a quién o a qué pertenecía aquella sombra. Por un momento, dudó si permanecer allí, detenido, aguardando a que quien quiera que fuera llegara a su altura: continuar su camino, sabiendo que alguien seguía sus pasos se le antojaba incómodo. No obstante, se decidió finalmente a retomar la marcha: no existía razón alguna que justificara una espera a un desconocido con el que probablemente nada tendría en común.

En el breve lapso transcurrido desde que empezara a nevar, el viento se había tornado si cabe más frío, y los copos de nieve se empeñaban en azotar sus ojos. Así mismo, la nieve que cubría la calle comenzaba a subir en altura, pulgada a pulgada. Ya no era agradable caminar por allí, recibiendo el gélido aire en la cara, y sintiendo cómo sus pantalones se mojaban por efecto de la nieve, que ya casi alcanzaba la altura de sus tobillos. Justin escuchó, sin atreverse a detener sus pasos y mirar de nuevo hacia atrás, cómo la persona que avanzaba por la misma calle que él, había aumentado el ritmo de sus pasos. Con el corazón embarcado en un rápido tamborileo, el joven Clarke aceleró su marcha también, aunque no sin dificultad. Sin ser consciente de ello, Justin se encontró corriendo, asustado e incapaz de, incluso, volver la cabeza y comprobar quién se encontraba tras él.

—¡Clarke! ¡Espera, Clarke! —escuchó a su espalda.

No era profunda la voz que así le llamaba, sino clara e infantil. Era la voz de un niño, que jadeaba, agotado sin duda por aquella carrera sobre las nevadas calles de Fox Point. Justin se detuvo, aliviado y cansado al tiempo, intentando recuperar el aliento. La figura que ahora se acercaba era pequeña e inofensiva, y no la amenazadora sombra que había imaginado hacía unos instantes.

—¿Por qué corrías? —preguntó el recién llegado. Justin lo reconoció al fin. Era Robbie, uno de los huérfanos de San Agustín, con el que a menudo solía intercambiar saludos y alguna que otra anécdota, a la salida de la biblioteca.

—No sé, no te reconocí, y creí… No sé lo que creí. —respondió Justin.

—Te entiendo, está todo tan solitario y tan oscuro. ¡Y este olor!

—Apesta, ¿verdad?

—¡Es insoportable! —asintió Robbie.

— Vas a la casa del señor Philips? ¿Os lo han permitido? —preguntó Justin.

— Sí, ahí voy, pero no nos han dejado —dijo el huérfano, guiñándole un ojo—. Nos hemos escapado.

Justin miró alrededor, pero no vio a nadie más.

—Oh, nos hemos ido poco a poco —dijo Robbie, al reparar en el gesto de confusión de su compañero—. Si nos fuéramos todos a la vez, nos pillarían seguro. A mí me tocó el último. ¡No sabía que ibas a venir también!

—Sí, casi no me entero de la cena.

Robbie estornudó en ese momento. Mientras que Justin había salido de la casa de sus tías con un buen abrigo y excelentes botas, el huérfano, en cambio, no contaba con abrigo ni calzado apropiado, únicamente una chaqueta que llevaba con las solapas levantadas, con el ánimo de aplacar un poco el efecto del viento, y unos zapatos empapados a causa de la nieve que cubría las calles de Providence. Aunque el joven Clarke no era especialmente dado a fijarse en aquellos detalles, el mero hecho de que se hubiera dado cuenta le dejaba claro, a sus ojos, que Robbie, si no se encontraba ya aterido por el frío, pronto lo estaría.

—Igual seguimos nuestro camino, ¿no? Aquí parados no hacemos nada —le dijo al huérfano, pensando que moverse indudablemente serviría para entrar un poco en calor.

Ambos emprendieron su marcha una vez más. Para Justin, aquella compañía inesperada le ayudaba a desechar preocupaciones y recelos que, sin querer reconocerlo, le habían acechado intermitentemente desde que dejara Angell Street. Ahora, aunque el olor a pescado seguía inundando el ambiente, y las luces en la calle y en las casas eran escasas o inexistentes, no albergaba las preocupaciones que poco antes a punto habían estado de provocar que se diera la vuelta y volviera al hogar.

Robbie abría el camino. Parecía conocer aquellas calles, o al menos, la forma de llegar hasta la morada del señor Philips, por lo que Justin se limitó a seguirle. No conocía demasiado bien al resto de los huérfanos, por lo que el joven Clarke se alegró sobremanera de que, de todos los alumnos del orfanato de San Andrés, precisamente fuera Robbie al que había encontrado de aquella manera tan casual. Ambos tenían la misma edad y compartían un gran interés por las historias que el bibliotecario les contaba. Había una diferencia, no obstante. Mientras que Robbie daba por cierto absolutamente todo lo que escuchaba de los labios del señor Philips, Justin no terminaba de creerse las historias más fantásticas, a pesar de la seriedad con las que se narraban a aquel arrobado e infantil auditorio. Quizás fuera porque, de vez en cuando, el bibliotecario dejaba escapar un guiño cómplice, o una sonrisa pícara que aliviaba un tanto la tensión en la sala. Aun así, incluso aceptando que no todo era verdad, la pátina de misterio y emoción con que Howard Philips vestía aquellos relatos, llenaban un vacío que Justin ni siquiera hubiera sospechado poseer. Y, visto que, según le contaba Robbie, la mayoría de sus compañeros de San Agustín ya se encontraban celebrando la Nochebuena con el señor Philips y su extraña familia, el joven desechó cualquier resquemor que hubiera podido crecer en su corazón durante el frío y solitario trayecto. Ahora, junto al huérfano, las tenebrosas calles no le encogían el corazón, y el olor, aunque seguía siendo repugnante, se le hacía soportable.

Tras un rato de andar sobre la nieve, Robbie se giró con una sonrisa en su cara.

—Aquí es —dijo, mientras esperaba a que Justin llegara a su altura y mirara al lugar hacia el que apuntaba el huérfano.

Al ver la casa en la que se celebraría la cena, Justin no supo exactamente qué pensar. Era, sin lugar a dudas, más grande de lo que imaginaba, pero el aspecto tétrico y destartalado de la mansión que frente a él se mostraba no permitía adivinar que estuviera, siquiera, ocupada.

—No se ve ninguna luz —advirtió el joven Clarke, preocupado por el ruinoso aspecto de la casa.

—Tampoco hemos visto luz alguna en el camino —respondió Robbie, encogiéndose de hombros, y acercándose a la puerta.

Justin miró a su alrededor, un poco preocupado. Al otro lado de la calle, no obstante, contempló la iglesia católica de Nuestra Señora del Rosario. También estaba a oscuras, su alta torre elevándose como un negro vigía en aquella noche tan sombría. No podía ver la bahía, pero hasta él llegaba el rumor del mar. Una brisa helada le hizo estremecerse, a pesar de su abrigo. Clarke, un tanto desconcertado, volvió ahora la vista hacia Robbie, justo en el momento en el que el huérfano tomaba en sus manos la aldaba y sin titubear golpeaba con ella la pesada puerta ante la que se encontraba.

Tres golpes sonaron secamente en el silencio nocturno, sobresaltando a Justin, quien apenas pudo reprimir su instinto de agazaparse y buscar un refugio donde esconderse. Reponiéndose, aunque con paso cauteloso, se acercó hasta donde el huérfano esperaba.

—No se oye nada —susurró Justin, quien había esperado escuchar cierta algarabía, lógica consecuencia de una reunión más o menos numerosa. El silencio absoluto con que se habían recibido los golpes en la puerta no se correspondía con una cena en la que ya debían estar, si Robbie estaba en lo cierto, el resto de los huérfanos, además del señor Philips y sus familiares.

El huérfano pegó su oreja a la puerta, intentado escuchar.

—Creo que viene alguien —dijo, también en voz baja.

Justin acercó también su cara a la fría puerta, y en efecto, le pareció escuchar unos pasos acercándose desde el interior. De nuevo, un escalofrío le recorrió el cuerpo, y sin saber exactamente qué era lo que le asustaba, se retiró un par de pasos. Robbie lo observó confundido, e incluso llegó a abrir la boca, pero antes de que pudiera preguntar qué ocurría, la puerta se abrió.

Apenas una pulgada era lo que la puerta se había abierto, y Justin sintió un temblor en sus piernas, presa repentina de los nervios. Robbie, un poco más entero, alargó su cuello, en un vano intento por distinguir, a través de la rendija que dejaba la puerta, la figura que, en penumbra, se encontraba tras ella.

—¿Qué queréis? —dijo una voz gutural, helando la sangre de los dos jóvenes.

—Veníamos a la cena —respondió Robbie, cuya valentía comenzaba a flaquear. Sus palabras eran apenas un suspiro, carentes del impulso que hasta apenas unos instantes había guiado las acciones del huérfano.

—¿La cena? —respondió, tras una breve pausa la persona que se encontraba tras la puerta, y un atisbo de risa cruel parecía ocultarse tras aquellas palabras—. Ah, sí, la cena. Por la entrada de atrás.

La puerta se cerró lentamente, y los pasos de aquel extraño se perdieron en el interior de la casa.

—¿Quién era ése? — preguntó Justin, con la seguridad de que fuera quien fuera, no era el señor Philips.

Robbie se encogió de hombros de nuevo.

—Pero tú estabas más cerca, ¿no le viste? —preguntó de nuevo el joven Clarke.

—No le vi la cara —respondió—. Supongo que será familia del señor Philips.

—¿Crees que será un Marsh? —preguntó Justin, en el que, ahora, la curiosidad parecía sobreponerse al miedo.

Robbie, con el gesto de alguien que sabe algo importante, asintió. Ambos se quedaron mirándose, en la entrada de la destartalada mansión, sin saber qué hacer.

—Supongo que debemos ir por la parte de atrás. Imagino que habrá otra puerta. —dijo al fin el huérfano.

Justin asintió, de nuevo permitiendo que abriera el camino su compañero. Robbie suspiró, molesto de tener que ser siempre él quien diera la cara. Rodearon la casa con dificultad, ya que la nieve hacía difícil avanzar por el jardín —si es que el patio yermo y abandonado que rodeaba la mansión se podía llamar así—. El joven Clarke observó, de nuevo, y con culpabilidad, los zapatos que llevaba el huérfano. Eran viejos y llenos de agujeros. En contraste, Justin llevaba botas altas del mejor cuero que se podía comprar en Nueva Inglaterra, o al menos aquello aseguró el empleado de la zapatería donde sus tías las adquirieron para él, y cuyo correspondiente importe no tardó el señor Clarke en reponerles. Fuera el mejor cuero, o fuera simplemente aceptable, el caso es que, a pesar de su pretendida calidad, podía sentir el frío en sus pies, así como un sentimiento de culpabilidad a la altura del estómago, que poco tardó en subirle al rostro, haciéndole enrojecer al imaginar cómo se sentiría su compañero, al que la nieve llegaba ya a los tobillos.

—Espera, Robbie —le dijo— Me duelen los pies. ¿Qué te parece si tú me dejas tus zapatos por un rato, y yo a cambio te presto mis botas?

El huérfano miró a Justin boquiabierto, mientras éste se deshacía de sus botas y se las tendía. Finalmente, como si saliera de un trance, se libró en un abrir y cerrar de ojos de sus ajados zapatos, tomando las botas del joven Clarke. Éste, por su parte, no pudo evitar un escalofrío al calzarse los empapados zapatos de Robbie.

—¿Y si te pones un rato mi abrigo? —añadió Justin—. Yo podría ponerme tu chaqueta mientras.

—¿Estás loco? —le preguntó el huérfano, pensando efectivamente, que su compañero había perdido el juicio.

—Vamos, me haría ilusión. Estoy un poco harto del abrigo. A lo mejor lo aprecio más si lo tienes tú durante un tiempo.

Robbie hizo girar sus ojos, pero no perdió la oportunidad, quitándose su chaqueta con prontitud e intercambiándola por el abrigo que Justin ponía en sus manos.

No tardó mucho en arrepentirse el joven Clarke de su buena intención. En cuanto sintió el viento helado atravesar la chaqueta, y la humedad de la nieve en sus pies, se dio cuenta de que aquel gesto podía ser honorable, pero no agradable para el que lo prestaba. Robbie, por el contrario, parecía encantado, y ahora abría camino por la nieve con renovado ímpetu. Justin le seguía, sin embargo, con mayor dificultad.

Llegaron al fin a la parte de atrás de la casa. Desde allí nada podían ver, al ser la oscuridad mayor que en la parte delantera. Ambos chicos buscaron una puerta a la que llamar, sin éxito. A punto estuvieron de darse por vencidos cuando Robbie descubrió, pues a punto estuvo de caer por ellas, unas escaleras que, pegadas al muro de la casa, se perdían hacia abajo. Sin otra opción, ambos descendieron por ellas, a tientas, peldaño a peldaño hasta llegar a su final. Allí, ninguna luz, ningún lejano resplandor de las calles llegaba. Justin alargó sus manos, palpando con cuidado frente a él, hasta que sintió en sus dedos el inconfundible y frío tacto del metal.

—Hay algo aquí —dijo.

Robbie se acercó y comenzó, a tientas, a investigar con su compañero. Pronto descubrió un pomo.

—Creo que es una puerta.

El huérfano golpeó la puerta con su puño. El sonido de la mano contra el metal le recordó a Justin el sonido de una campana. Le vino a la memoria el entierro de su madre, en la lejana Boston. Recordó, de pronto, la tristeza y la soledad con la que sonaban las campanas en aquella mañana de hacía ya dos años.

La puerta se abrió de golpe.

Una figura vestida con una especie de hábito con capucha se recortaba frente a ellos.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —dijo una voz ronca, profunda. Una voz que a Justin le parecía que le costaba formarse en una garganta poco acostumbrada a hablar. Un denso olor a pescado parecía filtrarse por la puerta abierta.

—No encontrábamos la puerta —respondió Robbie.

—Pasad —dijo la sombra con un gruñido, apartándose y dejándoles el paso libre.

Justin dudó. Dentro no parecía haber mucha más luz que en el exterior, aunque un resplandor rojizo parecía escaparse de alguna lejana habitación, arrojando suficiente iluminación como para descubrir al hombre alto, aunque aparentemente encorvado, que les esperaba junto a la puerta que acababa de abrir. No podía ver su cara, oculta en las sombras de su capucha, pero algo en él le resultaba ofensivo, cuando no simplemente aterrador. No obstante, antes de que pudiera entrever qué era aquello sobre lo que sus sentidos le alertaban, su compañero Robbie ya le había empujado, precipitándole al interior de la casa, mientras la puerta se cerraba tras ellos.

El hombre, sin decir palabra, se dirigió hacia el lejano resplandor. Aunque no le había visto pronunciar palabra, tanto Robbie como Justin escucharon claramente la palabra «seguidme» resonando en su cabeza. De alguna forma, el joven Clarke sintió un deseo intenso de huir de allí, pero sabía que no conseguiría abrir la puerta que tras él se encontraba y regresar así al exterior. No le quedó más remedio que seguir al extraño y al huérfano, quien con menos dudas que su compañero, había ya emprendido el camino.

Hacía calor, mucho calor. Tanto, que a Justin no le molestó haber intercambiado su abrigo por la delgada chaqueta de su amigo. Observó con preocupación cómo el hombre que les había abierto la puerta avanzaba encorvado, pero con agilidad, hacia la rojiza luz. Parecía que en cualquier momento se pondría a cuatro patas, como si fuera un chimpancé de los que Justin había visto en el zoo de Boston un día lejano, aún viva su madre. Por segunda vez en la misma noche, el recuerdo de su madre se había asomado a su mente, y por segunda vez, volvió a desecharlo, como siempre hacía cuando temía que la nostalgia se agolpara en su corazón.

Cuando el joven Clarke llegó a la habitación, Robbie y el extraño le esperaban ya. Justin miró atrás. No alcanzaba a ver la puerta por la que había entrado desde el exterior, oculta ya en las sombras. Estaba confundido. ¿Por qué tanta oscuridad? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Dónde estaban los demás? Seguía sin a escuchar a nadie, ninguna conversación animada, ninguna risa que apuntalara una divertida anécdota, tal y como había imaginado que sucedería en aquella velada.

Una lámpara con pantalla roja, colgando del techo, teñía de aquel mismo color a las tres personas que se encontraban en la habitación, él, Robbie y el extraño del hábito monacal. No había nada más allí, excepto dos marcos, uno a cada lado del cuarto, en los que, en lugar de puertas, eran sendas cortinas las que ocultaban la vista de las habitaciones continuas. El hombre se acercó a Justin y le sujetó por el brazo, mirándole con curiosidad. El hedor a pescado que le llegó en aquel instante casi le hizo vomitar. El joven levantó la vista, y miró a la cara que le observaba desde el interior de la capucha, encontrándose con que el rostro que sobre él se cernía, no parecía humano. Unos ojos redondos sin párpados le miraban con cruel atención. No parecía tener más nariz que unos simples agujeros, y su boca entreabierta mostraba dos hileras de dientes largos, estrechos y afilados.

—Huérfano, tú por ahí —le dijo, arrojándoles con una fuerza inaudita hacia una de las habitaciones.

La inesperada violencia con la que le había impulsado hizo que Justin no pudiera evitar trastabillar e intentar agarrarse a la cortina. Ésta, no obstante, se escurrió entre sus dedos. Cayó, así, hacia lo que pensaba que era el interior de uno de los cuartos. Su caída, no obstante, continuó durante más tiempo del que esperaba. En lugar de un cuarto, tras la cortina se ocultaba una rampa por la que ahora caía sin control, resbalando como si estuviera en uno de los toboganes en los que jugaba en los parques de Boston, cuando era un poco más joven y su madre estaba viva.

El duro suelo detuvo su caída. Aunque Justin, dolorido y mareado, descubrió que al fin se encontraba en un lugar donde la iluminación era algo más decente. Provenía la luz de varias lámparas de gas repartidas por una gran habitación. Cuando el joven contempló lo que iluminaban, pensó con horror que quizás esta vez hubiera preferido estar a oscuras. Frente a él, amenazador, un ser parecido al que le había impelido por aquella rampa sostenía un tridente. Estaba desnudo, por lo que observó con repugnancia que su cuerpo parecía estar cubierto de escamas verdosas. Era palmípedo y los dedos de sus manos estaban coronados por negras uñas animales, cuyo peligroso aspecto hacía dudar de la necesidad de aquel tridente de puntas afiladas y terroríficas que, aun así, blandía.

—Quítate la ropa y ve con el resto de huérfanos, ¡deprisa! —le gritó.

Justin miró desesperado a su alrededor. Encerrados en una jaula, en una esquina, un grupo de niños lloraban aterrorizados. Otros seres, como el que le apremiaba a deshacerse de la ropa y reunirse con los niños de la jaula, se afanaban alrededor de algo que se asemejaba a una gigantesca olla, en la esquina opuesta de la habitación. Parecían intentar encender un fuego bajo ella, aunque la humedad del ambiente parecía causarles dificultades a la hora de que la llama prendiera.

—¡Yo no soy un huérfano! —gritó Justin.

El ser que sostenía el tridente se acercó aún más. Justin resbaló al retroceder, cayendo sobre el mojado suelo de piedra.

—¿A quién quieres engañar? —le dijo una voz que el chico sabía permanecía al del tridente, pero que resonaba únicamente en su cabeza, no en sus oídos. Justin entonces se vio a sí mismo, como si se mirara al espejo. Advirtió los zapatos agujereados y empapados, su chaqueta fina y gastada, y el horror de su expresión.

—¡Estas ropas no son mías, son de Robbie! ¡Él es el huérfano! ¡Es él quien tiene que estar aquí! —gritó Justin.

El tridente se acercó aún más, rozando su piel a la altura del cuello, y dejando en su camino un hilo de sangre. Justin sintió cómo el metal perforaba superficialmente su piel, y comenzó a llorar impotente. Entre gemidos procedió a quitarse los zapatos y la chaqueta.

—Yo no soy como ellos, yo soy Justin Clarke. El señor Philips me conoce, preguntadle —sollozó.

Los seres alrededor de la olla habían conseguido por fin encender el fuego. El resplandor de las llamas llegaba hasta ellos.

—¿Qué te parece si inauguras tú la cena? —le dijo el monstruo frente a él, con una expresión de malicia asomándose a su terrible rostro—. Tienes el honor de ser el primero. ¡El primer plato!

Justin intentó huir, pero volvió a resbalar, cayendo de rodillas. Su contrincante le empujó, haciéndole perder el equilibrio y quedar tendido en el suelo, sujetándole a continuación con violencia contra el mismo, con un pie que no era humano.

—Es un honor para ti —le dijo, dejando al descubierto sus afilados dientes en una sonrisa malvada—. ¿De qué otra forma crees que asistirías a la cena de los Marsh? ¿No sabes que ya estamos hartos de pescado?

Justin intentó revolverse, pero el pie de aquel monstruo frente a él le impedía moverse, aplastándole contra el suelo con una fuerza sobrehumana.

—Querido Enoch, libera a nuestro amigo, me temo que está diciendo la verdad. —dijo una voz familiar a su espalda.

El ser al que el señor Philips se había referido como Enoch relajó su presa sobre el joven. En efecto, era Howard Philips el que hablaba, con absoluta tranquilidad. A pesar de que su visión estaba enturbiada por las lágrimas, Justin reconoció al bibliotecario. Era su mismo rostro alargado, de prominente mentón, y su cuerpo alto y delgado, vestido con el mismo traje gris con el que siempre lo había visto. Pulcro e indiferente, a pesar de aquel escenario de pesadilla. En sus manos llevaba el abrigo y las botas que el joven había intercambiado con Robbie.

—Me temo que ha habido un error, señor Clarke. Ha tenido suerte de que reconociera a su amigo. Usted no debía venir a esta cena. Esta cena es… digamos que especial —continuó Howard con una compasiva expresión en su rostro para con Justin, aunque impasible a los gritos de los niños enjaulados. Parecía estar familiarizado con los monstruos que pululaban a su alrededor y en ninguna forma asustado de su presencia.

—Yo… quiero irme… —musitó Justin, incapaz de encontrar un sentido a todo aquello.

—Oh, por supuesto. Antes permítame que le presente a Enoch Marsh. No creo equivocarme al recordar que usted mostraba un gran interés en conocer a mis parientes.

Justin miró aterrorizado al ser que se encontraba frente a él, y se acercó aún más, alarmado y desesperado, hacia Howard Philips. Observó entonces, con horror, cómo una puerta se abría tras él. De ella salió el monstruo que le había abierto la puerta, todavía vestido con su hábito de monje y su capucha. De su garra traía, arrastrando de una pierna, el cuerpo desnudo y sin vida de Robbie. Sin que aparentara esfuerzo alguno, lo arrojó a la gran olla en la que ya empezaba a hervir y burbujear el agua.

—Todos aquí lo son, de una forma u otra, Marsh, querido amigo. Excepto lo que es comida, claro. Así pues, dígame, estimado Clarke. ¿Es usted comida? —preguntó el bibliotecario.

Justin, aterrado, incapaz de decir palabra, negó con la cabeza.

—Claro que no. Era una pequeña broma. Pero, ¿cómo puede ser usted un Marsh? —dijo Howard Philips con teatralidad—. No se preocupe. Lo es. Verá, yo sé que es un chico culto, ¿conoce el término «cleptoparasitismo»?

—No —digo el joven Clarke con un hilo de voz.

—No se preocupe. Yo le informo. Hay distintos tipos de cleptoparasitismos. Por un lado, tenemos las especies que roban al cazador su presa. Aguardan tranquilamente a que otro realice el trabajo sucio, para aparecer y reclamar el fruto de su trabajo. Una hiena, por ejemplo. Pero, por otro lado, el tipo de cleptoparasitismo que nos interesa es una variedad a la que los zoólogos han denominado «parasitismo de puesta». Como me consta que usted conoce, existen determinadas especies animales que depositan sus huevos en los nidos de otras especies. Así ahorran esfuerzos, pues sus crías son mantenidas por otros. De esta forma actúan, por ejemplo, determinadas avispas que ponen sus huevos en los nidos de las confiadas abejas, quienes se ocuparan del sustento de estas larvas con la misma dedicación que si fuera su propia progenie. También puede encontrarse este comportamiento en algunos especímenes de arañas, o incluso en pájaros —el espabilado cuco, por ejemplo—. Y también los Marsh.

—Por favor… —suplicó Clarke, incapaz de encontrar sentido alguno en lo que estaba diciendo el bibliotecario.

—Enseguida. Pero escuche, porque esto le atañe. En el caso de los Marsh, suelen cambiar al cachorro humano por el suyo propio, sólo cuando son de género femenino. No quiero divagar, así que, resumiendo, querido Clarke: su madre no era una Berice. Su madre siempre fue una Marsh. Oh, nunca llegó a saberlo. Suelen morir jóvenes, al poco de tener descendencia. Los médicos, en ignorancia, aseguran que es tifus, pobres diablos, cómo podrían adivinar la verdad. Su madre, a decir verdad, duró un poco más de lo que viene siendo la norma. Vaya, ya divago otra vez. Al grano: lo que quiero decirle es que usted, por lo tanto, también, es un Marsh.

El olor a carne humana siendo cocida en el agua comenzó a llenar la estancia.

—Sígame, señor Clarke —dijo Howard Philips emprendiendo el camino, sin comprobar si Justin le seguía o no.

El joven corrió tras él, aterrorizado ante la perspectiva de volver a encontrarse a solas entre aquellos monstruos sin la protección del bibliotecario.

—Es interesante, ¿verdad? —continuó exponiendo el señor Philips mientras subía una escalera, con Justin jadeando a su espalda—. Cómo las féminas de la familia no tienen el aspecto acuático de sus hermanos. Se preguntará por qué usted y yo tenemos apariencia humana, si ambos somos descendientes de los Marsh, mientras que Enoch Marsh, por ejemplo, tiene una anatomía completamente diferente.

El bibliotecario abrió una puerta, y entraron en un comedor donde una mesa exquisitamente preparada aguardaba a sus comensales.

—No se preocupe. Cambiaremos. A su debido tiempo. Ahora, dígame joven Clarke. Aunque no estaba planeado que usted asistiese… ¿Desea quedarse a cenar? Ya ha visto los manjares que serviremos.

El cuerpo de Justin, en aquel momento, decidió que había tenido bastante. Aún intentó sostenerse, apoyándose sobre el respaldo de una silla, que terminó arrastrando estrepitosamente en su desmayo. La oscuridad caritativamente le envolvió en su seno, otorgándole al fin un ansiado, aunque temporal descanso.

Cuando despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba. Comprobó, con un alivio infinito, que a su lado se encontraba su padre.

—Papá… —intentó decir Justin, aunque el sonido que escapó de su garganta parecía más un croar afónico y cascado que una palabra.

—Ssssshh —siseó su padre—. No intentes hablar. Tranquilo, todo está bien, todo está bien.

A pesar de que era de día, y los rayos del sol, al entrar por los amplios ventanales, inundaban el lugar donde se encontraban, el joven Clarke no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera su débil cuerpo al apercibirse de que no estaba en la casa de Angell Street, sino en el interior de lo que parecía ser una larga galería, tumbado sobre una de las muchas camas que la poblaban. Excepto la suya, todas estaban vacías, aunque pulcramente hechas.

—Estás en el hospital Butler —le dijo su padre, en voz baja—. Hace tres días te encontraron desvanecido sobre la nieve, a la entrada de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en Fox Point. Fue una suerte que María, la criada, hubiera acudido a la misa del gallo y te reconociese.

Justin intentó hablar, pero no consiguió pronunciar palabra alguna. El solo hecho de intentar incorporarse le causaba mareo. Su respiración era débil y trabajosa, por lo que su padre, cogiéndole de la mano le intentó calmar.

—Los médicos creen que tienes pulmonía —continuó el padre del joven—. Nadie sabe cuánto tiempo llevabas allí, sobre la nieve. Horas, probablemente. Ni cómo llegaste hasta Fox Point. Es un misterio. Piensan que lo hiciste sonámbulo. Podría ser, tu madre también tenía antecedentes de caminar en sueños, según confesaron tus tías. Sonambulismo lo llaman. Al día siguiente no recordaba nada. ¿Acaso lo recuerdas tú?

Justin negó con la cabeza, al tiempo que sus ojos se anegaban en lágrimas. Mentía conscientemente. Recordaba todo lo ocurrido, pero ¿cómo contarlo? ¿Quién podría creerlo?

—Supongo que ese corte en el cuello tampoco lo recordarás.

Justin se encogió de hombros, rememorando cómo el tridente de Enoch Marsh había rasgado su piel. Thomas Clarke suspiró. Se levantó de la silla en la que estaba sentado a su lado y miró por la ventana.

—Tus tías te envían sus mejores recuerdos. Como comprenderás la noticia de que no te encontrabas sano y salvo en tu habitación, sino medio congelado en el otro lado de Providence, las afectó terriblemente. Martha se desmayó, aunque no te preocupes demasiado, se recuperó rápido. Rose, sin embargo, parece haber perdido el interés en ingresar en el hospital.

A pesar de la incomodidad, Justin no pudo evitar una sonrisa. Su padre lo advirtió y lo miró con una expresión repleta de paternal cariño.

—En fin, no creo que vengan a visitarte. Están ocupadas explicando a quien quiera oírlas el tremendo sufrimiento en el que se encuentran inmersas por tu causa. Lástima que ahora en Providence la noticia principal sea la desaparición de al menos veinte huérfanos del orfanato. Les está costando a tus tías mantener el interés por sus padecimientos con esa competencia. Supongo que Martha habrá multiplicado sus desmayos.

Thomas Clarke volvió a sentarse, tomando la mano de su hijo entre las suyas.

—De todas formas, hace ya tres días de esto. Y en estos tres días me ha dado tiempo a reflexionar, Justin. Creo que venir a Providence ha sido un error. Pensé, sinceramente, que estar con la familia de tu difunta madre sería beneficioso para ti, pero me he dado cuenta de que no es así. Lo he pensado, y he tomado una decisión. ¿Qué te parece si nos vamos, tú y yo? Hay una oportunidad para mí en Nueva York. Estaríamos solos, pero ¿qué te parece? ¿No estamos solos aquí, de cualquier forma?

Justin asintió vehementemente, apretando con fuerza la mano de su padre. Aquella misma noche, Thomas Clarke se ausentó del hospital por primera vez desde que regresó precipitadamente de Nueva York. Volvió aquella misma noche a dicha ciudad, en el tren nocturno, con objeto de ultimar los detalles de su traslado, dejando en su lugar, velando la noche de su hijo, a María, la criada. Las hermanas Berice, por una vez, no levantaron objeción alguna a dejar a la mujer al servicio de su sobrino, esperando que así no se les reclamara su presencia en el hospital. Y a la portuguesa le venía bien el dinero extra que el señor Clarke le pagaría.

Aquella noche, libre ya de la fiebre que lo había mantenido durante tres días en una misericordiosa inconsciencia, Justin no pudo evitar revivir, una y otra vez, lo acaecido en la mansión del señor Philips. Volvía a ver el cadáver de Robbie arrastrado por el suelo de piedra de aquel sótano, en el que él mismo había estado a punto de sufrir un destino similar. Los huérfanos enjaulados, esperando su turno para ser cocinados en la gran olla parecían gritarle a él en los escasos minutos en los que el sueño le vencía. Pero, sobre todo, recordaba nítidamente las angustiosas revelaciones que, sobre él mismo, le había confiado el bibliotecario. Ahora, con el resplandor de la luna iluminando la sala en la que estaba, repleta de camas vacías, no podía evitar temblar al pensar en ello.

Repentinamente, el eco de unos pasos resonó en la estancia. Justin pretendió incorporarse en su cama, pero le fallaron las fuerzas. María, no obstante, detuvo sus ronquidos, y atontada aún por el sopor en el que había caído, miró a su alrededor. Al ver al inesperado visitante abandonó la silla en la que hasta hacía unos instantes había dormido plácidamente y se dirigió hacia donde éste parecía aguardarla. Justin no fue capaz de distinguir las palabras que ambos intercambiaron, pero poco después, volvieron a escucharse los pasos acercándose hasta su cama.

—Señor Clarke, tiene usted una visita. Les dejo a solas —dijo María, sin esperar siquiera a que Justin alcanzara a responder, y sin reconocer en los ojos abiertos de par en par del enfermo el pavor que en ellos se reflejaba.

Howard Philips se sentó al lado del aterrorizado joven. Además de su eterno traje gris, vestía un abrigo marrón de lana, y jugueteaba con un sombrero entre sus manos enguantadas. Durante unos interminables segundos, en los que Justin intentó en vano revolverse, abandonar su cama y arrastrarse, aunque fuera a gatas lejos de aquel hombre, ninguno de los dos pronunció una palabra.

—No se asuste, joven amigo. No vengo a hacerle daño. Simplemente vengo a despedirme —dijo el señor Philips con voz calmada.

—Váyase —alcanzó a decir Justin, aunque sus palabras apenas rompieron el silencio de la gran galería del vetusto hospital.

—Verá, no fue una casualidad que me trasladara desde Boston a Providence. Vine siguiéndole a usted. Alguien tiene que mantener un ojo en los descendientes de los Marsh, y como comprenderá, ese trabajo sólo puede ser encomendado a aquellos de nosotros que aún poseemos un aspecto humano. Que me conociera en la biblioteca sí fue casual, pero decidí aprovechar el momento para hablarle de su familia, enmascarándolo como si se tratara de una fantástica leyenda. Para encender la llama, supongo, sin desvelar, obviamente la verdad. Nunca esperé que las historias de nuestra familia lograran tal éxito entre la audiencia, sinceramente. Fue una auténtica sorpresa.

Howard se levantó de la silla, y miró hacia afuera, como eligiendo qué palabras pronunciar a continuación. Después, se sentó en la cama de Justin, quien como movido por un resorte se alejó de su lado todo lo que sus exhaustas fuerzas le permitían.

—No debería haberse percatado de nuestra especial cena de Nochebuena. —continuó el señor Philips sin alterarse—. Era demasiado pronto para usted. Verá, los antiguos Marsh terminaron mezclándose con los Profundos, y los Profundos están acostumbrados a los sacrificios humanos, algo que como comprenderá, no está bien visto en esta parte del mundo, ni ahora, ni cuando el capitán Obed regresó a la costa de Nueva Inglaterra, tras sus lucrativos negocios en los mares del sur.

—Yo no soy un Marsh —dijo Justin, con todas las fuerzas de las que era capaz. No eran muchas, no obstante.

—Sí lo es. No es necesario que lo acepte ahora. Ni siquiera en un futuro inmediato. Pero llegará el momento en el que se dará cuenta de que, se esconda donde se esconda, usted es lo que es.

En silencio, Howard Philips se quitó uno de sus guantes y mostró su mano al enfermo. Justin la contempló con horror. Hasta hacía apenas unos días había sido una mano completamente normal, una mano humana. Ahora se encontraba cubierta de escamas. Sus uñas, también, se habían trasformado en afilados y negros engendros como las que había visto en las garras de Enoch Marsh, cuando aquel sostenía el tridente que rasgó su piel en la pasada y aciaga Nochebuena.

—¿Ve, señor Clarke? Ya ha empezado la transformación. Se acabaron para mí los aburridos y desesperantes días en la compañía de los humanos. Por fin me reuniré, definitivamente, con mi verdadera familia. Nuestra familia. Le esperaremos. Si quiere encontrarnos, vaya a Innsmouth. Allí empezó todo.

Antes de que de la garganta de Justin escapara un grito que dejara aflorar el horror que le invadía, Howard Philips se había levantado. Con paso rápido abandonó la sala, cruzándose con María, quien volvía en aquel momento. El señor Philips, su mano oculta de nuevo por el guante, se tocó el sombrero e hizo una galante inclinación de cabeza, mientras continuaba su camino.

—¡Qué señor más agradable! Pero… ¿Se encuentra bien, señor Clarke? —preguntó la criada con consternación—. Está usted lívido, como si hubiera visto a un fantasma.

Justin desvió su mirada contemplando cómo el señor Philips se perdía a lo lejos, en la penumbra de los pasillos del hospital Butler.

Y no dijo nada.

© Copyright de A. J. Numan para NGC 3660, Febrero 2018

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