La noche, tus ojos – Reed.

 

Por Virginia Pérez de la Puente 

Cometió el error de mirarla a los ojos.

Christopher se quedó petrificado, suspendido en el aire con una mano pegada al cristal. Abrió la boca, pero comprendió que no iba a ser capaz de pronunciar una sola palabra.

Sus ojos lo miraban fijamente. No había miedo en ellos, ni sorpresa, ni siquiera recelo. Sólo…

Fascinación. Brillando en sus pupilas, en el rostro joven. Realmente joven.

Chris se apartó de la ventana y se zambulló en el aire, la sangre martilleando en sus oídos, girando tan vertiginosamente como los pensamientos en su cabeza.

—¿Por qué te fuiste? —inquirió Josh frunciendo el ceño—. Ya era tuya, Chris. Una mirada y te habría invitado a pasar hasta su dormitorio.

—No lo sé. —Chris se pasó la mano por el pelo revuelto—. La vi allí, mirando por la ventana, y ella… me miró.

Josh sonrió.

—De eso se trata, ¿sabes…? —comentó, posando los pies sobre la mesa—. Te miran, les cuentas un cuento y te dejan entrar. Creía que después de tantos años ya lo habrías aprendido.

Chris sacudió la cabeza. Todavía podía ver los ojos de ella clavados en los suyos, la mirada que le había dejado sin palabras por primera vez en su dilatada existencia.

—Sólo pensar en hacerlo —murmuró— me pareció… obsceno. Me sentí sucio. Y a la vez…

Josh se incorporó y enarcó una ceja. Chris calló. Confuso, se sentó en la silla y apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y a la vez? —preguntó Josh con voz suave.

¿Y a la vez qué? Chris dejó caer la cabeza sobre las manos. Atraído. Fascinado. Sus ojos…

Josh soltó una risita traviesa.

—Así es como yo lo veo, muchacho —dijo en tono casual—. Hay tres tipos de humanos, ¿vale? Están los que sirven de alimento —enumeró—. Bastante tienen con que los toquemos una vez —añadió con desprecio—. Están los que nos gustan: ésos están ricos… —se relamió con fruición—. Y están los que nos gustan mucho. —Y miró directamente a Chris a los ojos—. Tanto, que llegamos a ofrecerles lo único que realmente poseemos. Esta vida.

Chris asintió, ausente.

—¿De qué tipo es ella? —inquirió Josh, reclinándose en la silla y estudiándolo detenidamente.

¿De qué tipo es? Una noche más, Chris se encaramó al alfeizar y escudriñó el interior de la vivienda. De ninguno. Ella era… ella.

Le gustaba subir hasta su ventana y observarla mientras dormía. La penumbra del dormitorio ejercía sobre él un poder sedante; la respiración acompasada, los párpados cerrados, la boca entreabierta de ella le aceleraban el corazón. Le gustaba su nariz recta, la piel suave, las pequeñas pinceladas de sombra que las pestañas proyectaban sobre sus mejillas. Le gustaba su rostro de niña, que apoyaba al dormir sobre el brazo levantado. Le gustaba la curva de su cuello, la vena que palpitaba justo encima del hueco de la clavícula.

Pero, pese a que sabía que era lo más sencillo para conseguir lo que quería, no podía pensar en alimentarse de ella.

—¿Significa eso que es del tercer tipo? —caviló mientras se acomodaba en el estrecho reborde de ladrillo.

La sangre, que tan perezosa había penetrado en su cuerpo horas antes, bullía en su interior como si hirviera.

A veces se sorprendía sintiéndose inexplicablemente débil. La luz de las farolas, los faros de los coches le dañaban los ojos y le hacían desear acurrucarse en un rincón y llamar a Josh a gritos. Pero, pese a su confusión, en los diez siglos que llevaba viviendo jamás se había sentido tan vivo. Nunca había sido todo tan sencillo, ni Chris tan fuerte. La sangre nunca había sido tan deliciosa, los humanos tan fáciles de cazar. Y la noche nunca había sido tan atractiva. El olor del mar, de las flores, de la sangre; los guiños de las estrellas, que titilaban tratando de llamar su atención, peleándose entre ellas por una mirada suya; los inútiles forcejeos de sus presas, los gritos, el suspiro con el que aceptaban la derrota… Y siempre, antes del amanecer, regresaba a su ventana y la observaba, deseando y a la vez temiendo que abriese los ojos y lo mirase.

Sentado en el alfeizar con las piernas colgando sobre el vacío, Chris recorrió con los ojos la silueta dibujada por las sábanas. No pudo evitar sonreír. Si Josh supiera que, en vez de buscar la forma de ser invitado a entrar para buscar la espada, pasaba las noches recreándose en la contemplación de su cuerpo dormido…

—Eres un depredador. ¿Quieres hacer el favor de portarte como tal?

Chris lo miró fríamente. —No creo haberte dado motivo en estos últimos mil años para creer que no sé lo que soy.

—Pues mira, últimamente pareces haberlo olvidado —gruñó Josh—. Espiando por su ventana como un tuno borracho…

—Sólo estoy esperando. —Asintió cuando Josh alzó la botella de vino. Su cuerpo no admitía el licor, pero le gustaba jugar con él, mirarlo, olerlo, saborearlo sin tragarlo—. Tiene que invitarme para que pueda entrar. Y la espada está dentro.

Josh le tendió la copa con un gesto elegante. —¿Pero es la espada lo que echas de menos? —inquirió con una mirada penetrante—. ¿O la humanidad que perdiste con ella?

—La espada —respondió él, y sacó la lengua en un gesto de fastidio—. La humanidad siempre me ha importado un carajo.

Josh sonrió. —La tuya. La de los demás prefieres bebértela.

—Yo no lo habría expresado mejor —rió Chris.

Era su espada. La espada con la que, mil años atrás, un hombre llamado Krisztian había emprendido la caza de un monstruo más, uno de tantos.

—No os enfrentéis con él de noche, señor caballero —había suplicado el voievod, el príncipe de aquella agreste región encerrada entre montañas—. Esperad a que salga el sol.

Krisztian lo había mirado con desprecio desde su montura. El reflejo de la luna llena jugaba en el peto bruñido de su armadura, deslumbrando al voievod.

—No hay honor en atacar a un adversario dormido —contestó—. Me he enfrentado a un dragón, a un basilisco, a una quimera, todos bien despiertos. No voy a esperar a que este monstruo esté indefenso. No habría honor en esa victoria.

Suspiró. Qué estúpido era entonces, qué imprudente. Con qué alegría había cabalgado en dirección a la muerte. Con qué frialdad se había encarado con el monstruo, con qué soberbia le había conminado a rendirse.

Con qué facilidad le había desarmado el monstruo, con cuánta burla lo había mirado, con aquella horrenda sonrisa que dejaba al descubierto los afilados colmillos. Con cuánta rabia había esperado Chris la muerte, devolviéndole la mirada sin parpadear, con el filo de su propia espada en la garganta.

La muerte había llegado, aunque no hubiera sido como la esperaba. Y la espada… La espada había sido destruida.

O eso había creído entonces. Hasta que la vio en aquella fotografía, guiñándole el ojo desde la vitrina de cristal, justo encima de la imagen sonriente de ella.

Apoyó la cabeza en el vidrio de la ventana y la miró una vez más. Dormida parecía una niña inocente. Qué despreocupadamente se entregaba al sueño, sin saber que había un monstruo encaramado en su alféizar. Qué fácil era olvidar quién era. Y, sin embargo, no podía imaginar que pudiera haber alguien más regio que ella. Descendiente de una de las más antiguas familias de Transilvania, que más adelante gobernó también Valaquia, decía la revista bajo una de las fotos del reportaje, la última de los Tsepesh vive en la actualidad en un piso que ella misma ha decorado… Sonrió. Antaño las princesas no decoraban sus palacios, ni desvelaban sus secretos a las revistas que las plebeyas leían en la peluquería. Se descubrió imaginando cómo sería acariciarle la mejilla, el tacto de la piel cálida bajo los dedos.

—Sé quién eres.

El suave murmullo lo sorprendió tanto que estuvo a punto de volver a dejarse caer al vacío.

—Lo que eres —añadió ella. No había abierto los ojos, pero sus labios se habían curvado en una leve sonrisa. Se estiró bajo las sábanas como un gato y parpadeó. Chris se quedó sin aliento cuando sus ojos se abrieron y se clavaron en los suyos—. ¿Por qué no entras?

Una invitación. Tardó un instante en comprenderlo. Aturdido, dio un breve empujón al cristal. La ventana se abrió con un crujido.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella. Lo miraba directamente a los ojos, sin demostrar sentir algo que no fuera curiosidad. Iren. El nombre le llegó como una caricia. Sonrió al entrar en el dormitorio.

—¿Quién ha dicho que necesite un motivo? —inquirió a su vez.

Josh le lanzó una mirada exasperada.

—¿Te invitó a entrar, y tú vuelves sin tu maldita espada?

Chris se encogió de hombros. Contuvo el impulso de tragarse el vino que tenía en la boca, lo escupió en la copa y lo miró con indiferencia.

—Ya me ha invitado —respondió—. Puedo ir a buscarla cuando quiera.

La mirada de Josh estaba preñada de burla.

—Ya —dijo con sorna—. Supongo que no estaría bien que simplemente se la robases, ¿eh…?

No, no estaría bien. No, cuando Iren seguía invitándole a entrar cada vez que Chris acudía a su ventana. Bufó. Llevas un milenio matando a los que te invitan a sus hogares, Chris… ¿Por qué no le quitas la espada y ya está?

Pero no podía. No, cuando Iren lo miraba como si fuera un milagro que hubiera esperado toda la vida. Sonrió. El milagro que entra por la ventana como un ladrón. Como un…

Tomó aire y señaló la vitrina que se veía por la puerta entreabierta del dormitorio.

—He venido a por mi espada.

Ella enarcó una ceja. —¿Tu espada? —rió—. Perdona —dijo, y realmente parecía una disculpa—, pero creo que te equivocas. Esa espada pertenece a mi familia desde hace…

—¿Mil años? —finalizó él en su lugar. Asintió, sombrío—. Justo el tiempo que hace que la perdí.

Iren cerró la boca. En sus ojos brillaba una curiosidad sólo superada por la fascinación que Chris ya había visto la primera vez que se asomó a ellos. El silencio se expandió por la habitación.

—¿Qué tiene de especial esa espada, de todos modos? —preguntó bruscamente. Él sonrió.

—Yo la usaba para matar monstruos. Ahora, podría usarla para matarme a mí mismo.

Iren no rió al oír su respuesta. Su mirada se desvió hacia la espada, que los observaba con indiferencia, encerrada en su ataúd de cristal.

—No me lo creo —dijo al fin, y se encogió de hombros—. No existen las espadas especiales para matar monstruos.

Él sí rió alegremente. —Es curioso… ¿No crees que pueda haber una espada mágica, pero no te asombra tener delante de ti a un monstruo?

—Tú no eres un monstruo —rechazó ella. Él siguió riendo.

—Así me describen en los libros… Así me habría descrito yo hace mil años.

Iren lo miró fijamente.

—Sigues siendo ese caballero del que hablabas, ¿verdad? —dijo con suavidad—. Después de tantos siglos.

Chris asintió. —Ahora estoy en el otro bando. Tendría que matarme yo mismo. Pero —sonrió con desgana—, sí, supongo que lo soy.

Josh resopló.

—Y la espada sigue en su casa. Chris, eres tan gilipollas que a veces me entran ganas de pegarte.

Él hizo una mueca.

—¿Por qué? ¿Crees que ahora que sabe que la espada puede matarme va a intentarlo…?

Josh puso los ojos en blanco. Chris, por el contrario, se echó a reír.

—Está fascinada —se contestó a sí mismo, ufano—. Todavía tengo demasiadas cosas que contarle como para que sueñe siquiera con acabar conmigo.

Josh lo miró de reojo.

—¿Por ejemplo…?

—¿Y cuál es el origen de tu… de tu… especie? —vaciló Iren.

—¿Y qué importa? —preguntó él a su vez—. ¿Acaso sabes tú realmente cuál fue el origen de la vuestra? ¿Te sentirías mejor si te dieran pruebas de la existencia de un Adán cualquiera?

—¿Eso es lo que fue Drácula?

Chris parpadeó. —¿Drácula? —repitió, y después se echó a reír—. ¿En serio te crees todos esos cuentos? ¿La bruja mala, los duendecillos del bosque, el Hada Madrina…?

Y siguió riendo bajito, sin demostrar la extrañeza que le causaba la mirada fija de Iren.

Josh le lanzó una mirada sombría.

—¿Le contaste quién era?

Chris negó con la cabeza. —¿Qué querías que le dijera? ¿Que conozco al tatara-tatarabuelo de ese tío? Qué va. —Levantó la copa de vino y la miró al trasluz. Parecía sangre, pero no lo era—. No quería ver su desilusión cuando le dijera que el querido nietecito Vlad chillaba como una nena cuando veía una gota de sangre. En eso no salió a ti, amigo mío…

Josh no coreó su risa. —No me refería a mí —murmuró—, sino a ella.

Chris dejó de reír y enarcó una ceja.

—¿Ella? —preguntó. Josh hizo una mueca y, al fin, esbozó una sonrisa desganada.

Entonces lo comprendió. La sonrisa resbaló tan rápido de su rostro que estuvo a punto de morderse el labio. Iren Tsepesh. Las letras del reportaje pasaron ante sus ojos como los subtítulos de una película. Descendiente de una de las más antiguas familias de Transilvania, que más adelante gobernó también Valaquia…

—Claro —susurró, inclinándose hacia delante para mirar a Josh—. Por eso la tenía Iren. Una herencia de familia. Maldito cabrón —renegó, sin saber muy bien si estaba enojado, furioso o simplemente sorprendido.

—Llámame sentimental, si quieres —contestó Josh con indiferencia—. No quería destruirla.

—Qué estupidez —dijo Chris. Definitivamente, estaba enojado. Tal vez furioso—. ¡Qué estupidez, Josh! ¡Dejarles la espada! ¡Para el caso, bien podrías haber dejado que te pusieran una jodida lámpara de rayos UVA en el jodido ataúd!

—¿Crees que sabía qué clase de descendientes iba a tener, Chris? —gruñó Josh—. Por aquel entonces mi familia estaba muy orgullosa de tenerme de pariente, muchas gracias.

—Entonces es que ellos eran tan imbéciles como tú —le espetó Chris—. Dejarle la espada al idiota de Vlad…

—Vlad nació cuatrocientos años después, por si mi querida tatara-tatara-tatara-tataranieta te ha sorbido el seso hasta el punto de hacértelo olvidar —replicó Josh, fastidiado. Apoyó la mejilla en el puño, el codo sobre la mesa—. Si llego a saber que ibas a montarme este numerito, te aseguro que en lugar de dársela a mis descendientes te la habría metido por el culo.

Chris le lanzó una mirada rabiosa.

—Llevas diez siglos diciéndome que la habías destruido.

—Y con razón, si lo primero que haces al saber que todavía existe es salir corriendo a buscarla —rezongó Josh—. Y ni siquiera sabías si era de verdad tu estúpida espada. Podría haber sido una imitación.

—Era mía, Josh. Reconocería esa espada a cien kilómetros de distancia. Estuve a punto de matarte con ella, ¿recuerdas…?

Josh resopló. —Más quisieras. Estuviste a punto de cortarte las pelotas con ella, más bien. —Sonrió—. No tuviste ni la más mínima oportunidad.

Chris le sacó la lengua. Josh soltó una carcajada.

Jozsef, se hacía llamar cuando Chris lo conoció. Un nombre que hacía temblar de miedo a las mismas montañas. Un monstruo con nombre. Una presa.

Qué irónico, pensó. La presa se convirtió en su verdugo, el monstruo en su hermano. Todavía podía sentir el filo de la espada en el cuello, todavía veía el brillo de los colmillos a la luz de la luna…

Ejercemos sobre los humanos un poder de seducción tal que somos capaces de lograr que nos inviten a pasar, aun cuando sepan que, al hacerlo, se están condenando a muerte. Lo que los humanos no saben es que nosotros nos sentimos igual de atraídos por ellos.

—¿Por qué?

Chris sonrió. —Porque somos iguales, pero diferentes. Atracción, repulsión, necesidad, deseo. Eso sentís, eso sentimos. —La miró atentamente—. ¿Por qué no tienes miedo?

Ella sostuvo su mirada.

—¿Y tú…? ¿Y por qué sigues viniendo? ¿Por qué no me has matado ya?

¿Y quién dice que no tenga miedo?, pensó, mientras Iren estiraba las piernas y rozaba con los pies sus pies descalzos. Se estremeció.

—Estás… frío —musitó, doblando los dedos para apartarlos de su piel.

—Estoy muerto —corrigió él con voz suave—. ¿Qué esperabas?

—No lo sé —dijo ella en voz baja. Vaciló antes de volver a apoyar los pies sobre los de Chris. Pese a la calidez de su piel, él se estremeció.

—Hazlo —se encogió de hombros Josh—. Hazlo de una vez. Pero deja de lloriquear, Chris, por el amor de Dios.

—Yo no lloriqueo —gruñó él.

—Pues se le parece mucho. —Josh sonrió—. Sigue así, y pronto acabarás llorando por tu humanidad perdida y la mortalidad que no llegaste a saborear.

Chris torció los labios en una mueca de desprecio.

—Ya tuve suficiente mortalidad cuando la tuve, muchas gracias. Y es algo que no tengo intención de echar nunca de menos. Como la humanidad esa de la que tanto te gusta hablar.

—Y, sin embargo —dijo Josh con una mirada perspicaz—, es su humanidad lo que la hace ser como es, ¿verdad…?

Sí, era humana. Radiantemente humana. Pero no era eso lo que le fascinaba. Él mismo, una vez, había sido humano.

No. Ella era humana, pero también era ella. ¿Dejaría de serlo si Chris le arrebataba su humanidad?

¿Y realmente quería Chris hacerlo?

—¿Cómo lo supiste tú? —preguntó de pronto. Josh parpadeó, desconcertado.

—¿Cómo supe qué?

Chris cerró los ojos y se los frotó con las yemas de los dedos.

—Que no querías matarme. Que… que querías que compartiera tu vida.

La sonrisa de Josh se desvaneció. Miró a Chris con seriedad, más serio de lo que lo había mirado jamás. Alargó una mano y la posó sobre su hombro.

—Por tus ojos —dijo, y clavó la mirada en ellos.

Pero todo, el frío de la noche, el filo de la espada, el brillo de los colmillos, había desaparecido cuando Chris vio por primera vez sus ojos.

El monstruo vaciló por primera vez desde que Chris se había presentado ante él, dispuesto a matarlo. Pero no dejó de sonreír: si acaso, su sonrisa se hizo más amplia mientras apartaba la espada.

—Tus ojos —murmuró, justo antes de inclinarse sobre su cuello.

Ahora era Iren la que lo miraba fijamente, con esa misma expresión de intensa fascinación que habían tenido los ojos de Josh al mirar al caballero que había ido a matarlo.

Ella abrió la boca para hablar, pero parecía no ser capaz de encontrar las palabras. Volvió a intentarlo, y volvió a fracasar. Finalmente, sonrió.

—Chris… —empezó.

Repentinamente, Chris sintió miedo.

Josh se recostó sobre el respaldo de la butaca sin dejar de mirarlo. A la luz vacilante de las llamas que ardían alegremente en el hogar, sus ojos parecían de oro fundido.

—No sé por qué me marché —confesó Chris—. No sé por qué fui en primer lugar. Por qué he seguido yendo. Podía haberle quitado la espada en cualquier momento…

Josh sonrió. —Estás hecho un lío, cachorrito.

—Sí —admitió él. Sacudió la cabeza, confuso.

Josh tomó aire, lo exhaló lentamente, y volvió a posar los ojos en él.

—Estás enamorado —sentenció.

No le sorprendió ver a Iren con la espada en la mano. Ella alzó la mirada sin dejar de acariciar el filo plateado, y se levantó, mirándolo fijamente, con una expresión extraña en el rostro. Chris acusó el impacto de su mirada, que lo dejó tan petrificado como la primera vez que la había visto. Fascinación. Atracción. Deseo.

Iren se acercó a él y posó el filo de la espada bajo su barbilla, sin que él fuera capaz de moverse para impedirlo.

—Era esto lo que venías a buscar, ¿no es cierto? ¿Tu preciosa espada?

Chris cerró los ojos. Vete. Ella lo obligó a retroceder hasta la cama.

—¿Me la vas a dar? —susurró él—. ¿Y si después elijo no irme?

Iren contestó hundiendo el filo en su garganta, lo justo para hacer que brotase una gotita de sangre. Chris emitió un suspiro tembloroso y se sentó en la cama.

—No puedes matarme. Ni siquiera con esta espada. Te lo digo por experiencia —dijo con amargura.

Ella se acercó más. Chris percibió el olor de su sangre.

—¿Vas a exigirme que te convierta en lo que yo soy? —preguntó con desprecio—. ¿Que te lleve conmigo?

Ella posó un dedo sobre sus labios. El contacto cálido le hizo sentir el impulso de cerrar los ojos. No lo hizo. En vez de eso, apartó el rostro. El filo de la espada se clavó dolorosamente en su carne, pero no tanto como sus ojos.

—No lo hagas. No seas tan… vulgar. Déjame que sea yo quien te lo pida. —Sonrió, sardónico—. Qué le voy a hacer, preciosa: soy un tradicional.

Iren volvió a posar el dedo sobre su boca.

—Cállate —susurró.

Lo besó. Y después lo ensartó de nuevo con los ojos. Chris tuvo que contenerse para no suspirar. ¿De qué tipo es? Se mordió el labio; el breve dolor del colmillo hincándose en la carne, la sangre escurriéndose por la comisura de la boca, no hicieron sino acrecentar su confusión. Del tipo de humana que besa a un ser como yo…

—No —contestó ella al fin—. No, no quiero ser lo que tú eres.

Sorprendido, Chris trató de incorporarse. El filo de la espada se hundió en su piel. No emitió ningún sonido; se dejó caer hasta apoyar la espalda en el colchón.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja. Los ojos de ella relucían en la penumbra como los de un gato.

Iren posó los labios en los suyos.

—Por lo que eres, por cómo eres, por quién eres —susurró sin separarse de él. Un escalofrío recorrió la columna de Chris, que tuvo que obligarse a mantenerse inmóvil. No te entiendo, gritó.

Pero no pronunció las palabras. No habría podido hacerlo aunque hubiera encontrado el aliento.

—Si yo fuera como tú —continuó ella como si supiera lo que él pensaba—, ya no podría quererte. —Sonrió contra su boca—. ¿Quién ama a un igual, a uno mismo? Pero no puedo pensar en vivir sin ser tuya —musitó. Chris gimió. Mía. Una humana… La cabeza le dio vueltas. Iren asintió y esbozó una sonrisa entristecida—. Ya lo sé —contestó a su muda pregunta—. No puedo ser tuya mientras tú seas… y yo sea…

—No se trata de ser humano o no serlo —susurró él—. Se trata de ti y de mí.

Ella negó con la cabeza y apartó lentamente la espada. Pareció ensimismarse en sus propios pensamientos un instante; después, lo miró. Y sonrió.

Sin poder contenerse, Chris alzó la cabeza y la besó. Ella le devolvió el beso con tanto ardor que él sintió el repentino impulso de apartarse, o de pegarse tanto a ella que fuera imposible volver a separarse. Iren le mordisqueó el labio, juguetona. Sonriendo al ver la ceja enarcada de él, volvió a morderle. Y Chris, comprendiendo de pronto lo que ella quería, emitió un suspiro tembloroso y clavó los colmillos en sus labios.

La gota de sangre cayó sobre su lengua, cálida y dulce. Iren gimió, rodeó su cuello con los brazos para impedir que se separase de ella y entreabrió los labios.

La sangre inundó su boca, y Chris dejó de pensar.

La sintió temblar en sus brazos, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para separarse de ella y mirarla.

—¿Qué…? —susurró él, luchando por no abalanzarse sobre ella y hundir los colmillos en sus labios manchados de sangre.

—¿Vosotros podéis… podéis… ya sabes? —tartamudeó Iren.

Chris sonrió, divertido, y, por toda respuesta, los afilados colmillos horadaron la piel de su garganta. El ahogado gemido de ella sustituyó a la sensación de placer físico que hacía diez siglos que no sentía, y tuvo que contenerse para no gemir él también. Enterró el rostro en el cuello de Iren, que respiraba agitadamente.

Un borbotón de sangre brotó de la herida y se vertió en su boca. Repentinamente tan ansioso como ella, se pegó a su cuerpo, la rodeó con los brazos y bebió con avidez, la sangre escurriéndose por su garganta, derramándose por la comisura de sus labios, llenando su mente de imágenes, de susurros, su cuerpo de anhelo.

El deseo de Iren parecía tan intenso como el que su sangre estaba provocando en él. Sin dejar de jadear entrecortadamente, se apretó contra su cuerpo y lo abrazó, impidiendo que su piel se apartase de la de ella ni un centímetro. Y él comprendió en ese mismo instante que tenía que apartarse de ella o ya no sería capaz de parar.

—No te detengas —imploró ella, como una mortal que, hablándole a su amante mortal, le suplicase que siguiera haciéndole el amor sin pensar en las consecuencias. Chris se separó de su cuello con esfuerzo y la miró. Tenía los ojos vidriosos, turbios, pero aun así su mirada estaba llena de pasión.

—Iren, no… Yo…

—Si no puedo ser tuya —susurró ella—, no seré de nadie. No te detengas —repitió. Levantó la mano con esfuerzo y acarició su nuca, antes de que la debilidad que se había apoderado de ella le robase las fuerzas. El brazo de Iren cayó sobre la sábana en el mismo momento en que los colmillos de Chris volvían a hundirse en su carne.

En su boca, la sangre se convirtió en lava fundida, en luz líquida, y fue él quien soltó un quejido de placer cuando sintió en sus venas cómo el corazón de ella se ralentizaba, cómo finalmente se detenía, y supo, gimiendo sin poder contenerse, que acababa de poseerla de verdad.

La cabeza de Iren cayó hacia atrás. Él separó los labios de su cuello y la miró. Tenía los ojos abiertos fijos en su rostro, la mirada velada por la muerte, una sonrisa ausente pintada en los labios ensangrentados.

Tembloroso, con el cuerpo fláccido de Iren entre los brazos, Chris cerró los ojos.

Josh suspiró. La mano que tenía posada sobre el antebrazo de Chris temblaba; más que la tristeza que se reflejaba en sus rasgos atemporales, fue eso lo que demostró a Chris la congoja que Josh sentía.

—Nadie te enseña a amar —musitó Josh—. Nadie te enseña a ser amado. Nadie te enseña a vivir. Y, desde luego, nadie te enseña a vivir eternamente.

—Nadie te enseña a ser un vampiro —concluyó Chris con voz átona.

—No. —Josh le dio una palmada en el hombro y se incorporó—. ¿Vienes…? —dijo de pronto. Chris alzó la mirada.

—¿A dónde?

Josh señaló la puerta.

—La noche —respondió simplemente.

© Copyright de Virginia Pérez de la Puente para NGC 3660, Septiembre 2017

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