Por Sara Martínez
En Nochebuena fuimos a cenar a casa de una prima segunda del churri. Aunque añoraría a mi familia, la idea se me antojaba muy interesante. ¡Mi primera Nochebuena en Venus! ¿Cómo la celebrarían allí? Preparé mi estómago para toneladas de los más exóticos manjares. Ya me lo podía imaginar, y se me hacía la boca agua: infinidad de entrantes ricos y extravagantes para ir abriendo el apetito. Después vendría el plato principal. Quizás allí no fuera pescado. Nunca he sido entusiasta del pescado, así que… ¿y si por una vez fuera carne? Para terminar, el postre, exquisito y dulce. Y, sobre todo, abundante. Acabaríamos la noche con uno de los célebres brindis venusianos.
Madre del cielo… ¡Bendita inocencia! Sonaba muy bien, ¿verdad? Demasiado. El batacazo fue gordo. Todavía me deprimo cuando lo recuerdo. Los entrantes fueron más que escasitos, raquíticos y tirando a mediocres. Habrían sido tolerables si el plato principal no hubiera sido gloxterflina. Si alguien no sabe qué diantres es eso, le envidio. ¡Felices afortunados! Es pescado, ¡por supuesto! Extraviscoso, medio crudo y desagradable. Pues será un plato típico de allí, pero se lo pueden meter por el culo. Y encima, ligerito. ¡Dietético! ¡En Nochebuena! ¡¿ESTÁIS DE COÑA?! El postre fueron mazapanes cutres. Honrando a la terrícola, ya ves. Y el brindis venusiano está sobrevalorado: tienen un champán mu malo. Me fui a dormir con una nueva filosofía: no hay lugar como el hogar. Soñé con kilos de canapés de mi abuelita. Y con un cordero asado.
En Navidad, después de la comida, fuimos a un mercadillo navideño. Venus siempre se viste de gala en estas fechas. Derrocha color y luces. Todo estaba precioso, repleto de guirnaldas y amor a tutiplén. Los puestecillos bullían con animación. Había un porrón de gente. Nos dejamos seducir por el espíritu de tanta celebración, respirando paz entre los pueblos y paseando al compás de los villancicos. Los músicos tan pronto tocaban Jingle Bells como un estribillo neptuniano. La Navidad ya había extendido sus dominios por todo el sistema solar. Todo era francamente perfecto. Pululando por aquí y por allá, terminamos por comprar adornitos oberonianos para nuestro abeto. Estábamos atacando unos deliciosos dulces —esta vez sí, venusianos— cuando un desgraciao vino a jodernos la marrana. Es que siempre pasa. Siempre.
¿Qué coño ven en mí los tipos chungos? De verdad que no lo puedo entender. Parece que soy un imán para el terrorismo. Acojonante, colega. Sin comerlo ni beberlo, me vi atrapada en un espeluznante atentado. Que tiene telita, ¿eh? Era el segundo en un año. O sea…, ¡CABRONES! A ver, pongámonos en situación: estaba yo happy de la muerte cuando un capullo amargado con una astronave comenzó a liarla muy parda. Se dedicó a atropellar a la peña y a freírla a rayos láser. Tope guay. Y todo porque… ¡ooodiaaa la sociedaaad de consuuumooo! Puto Grinch de los cojones. En serio, aún me pregunto cómo sigo viva. De pura casualidad, y solo porque logré esconderme a tiempo detrás de un pobre Santa Claus marciano. Parece un tío majete. Sobrevivió. A veces le llevo flores. Pero me cago en la leche, Merche. Una Navidad normal. ¿Pido tanto?
En Nochevieja nos esperaba la velada más alucinante del cosmos: planeábamos festejar hasta el amanecer en el Gran Réveillon de Titán. Sobra hablar sobre esta fiesta brutal, la más legendaria en la Vía Láctea. Por unas horas, la mayor luna de Saturno es también capital de la juerga. El astro en toda su extensión recibe el nuevo año terrestre entre vítores, bebida y risas, fuegos artificiales de Tetis, música y emociones. Se ofician conmovedores rituales. Se baila hasta que no se puede más. Se estrechan inesperados lazos entre criaturas de multitud de naciones. Los nativos del lugar son festivos y alegres, según se suele contar. Dan la bienvenida con sus diez brazos abiertos a todos los visitantes. La superficie de Titán se convierte en un asombroso hervidero de vida. Ya lo dice la canción: «Lo que sucede en Titán, eso nunca se olvida».
Desde luego, habría sido bonito tener la oportunidad de no olvidarlo. Para nuestra desdicha, el tráfico espacial era imposible aquel día. Quedamos prisioneros en un horrible atasco de ni sé cuántos años luz, moviéndonos a la velocidad del pedo entre grescas, gritos y bocinazos. Maravilloso, ¿a que sí? Aquella noche me comí las uvas vete a saber en qué rincón recóndito del jodido cinturón de asteroides. Verlo para creerlo. Cojonudo. Y eso ni siquiera era lo peor: en nuestro transbordador también viajaba mi prima Petra. Con su maridito. Asdkasftafftaffpwiff de mi corazón, asúmelo: te deseamos muerto. Pero no: tuve que aguantar sus mierdas y pedanterías. Sin darle un guantazo. Por lo menos llevábamos licores. Alcohol, sálvame de tanto dolor. Mis recuerdos a partir del quinto chiste rancio sobre la Tierra están difusos.
El día de Año Nuevo Terrestre me descubrí amaneciendo en Titán. ¿Cómo hostias había llegado allí? Lo ignoro, pero ¿eso qué más dará? El caso es que por fin me hallaba donde tenía que estar. Dios, ¡estaba en Titán! Si bien la noche había sido un despropósito, quizá todo volviera a su cauce. A pesar de que la algarabía había ido disminuyendo en intensidad, aún se percibía bastante actividad. El lugar seguía vivo. Los supervivientes de la farra demencial y otros seres de hábitos diurnos hormigueaban en un dinámico frenesí. Quedaba mucho que hacer. Nos aguardaba una jornada de comilonas, conciertos, turismo…, experiencias. Una gozada, vamos. De no ser porque tenía una resaca del quince.
¿Que la ciencia progresa? ¡Y un jamón! Mira que hemos inventado de tó: pastillas de cambio de especie, para crecer, inhibidores de menstruación… Puedes beberte una cochinada que haga que te salgan pecas en la nariz, pero está por nacer el superhéroe galáctico que derrote a las resacas. Nop… ¡Se siente! Continuamos recurriendo a los remedios del siglo XX. Y no funcionan. O sea…, son una caca de la vaca Paca. ¡Qué horror! Tuve que resistir el mal trago, dejándome arrastrar por el grupo con la cabeza a punto de estallar. ¡Precioso! ¡Regocijo e ilusión! Para colmo, al joputa de Asdkasftafftaffpwiff se le ocurrió sugerir la idea más fantabulosa del universo: ¡ir a un recital de estridicordio! Justo lo que necesito, mamón. Si querías matarme, lo has conseguido. Me encantó la parte del dueto con el violinista novato. Una delicia.
El día de los tres Floxkins de Urano me levanté flipándolo como una cría. Que tenga treinta y cinco añazos es lo de menos: ¡la magia flotaba en el aire! Aquel año había sido muy buena, y me había preocupado mogollón de sacar a relucir mis intereses al mundo en cuanto surgía ocasión. Tenía la esperanza de que por una vez se lucieran con mis regalitos; al fin y al cabo, unos buenos Floxkins de Urano siempre regalan juguetes. Probablemente habrían detectado mi nueva pasión por coleccionar art toys, mi afición por los peluches o las figuritas de alienígenas de vinilo. No me cerraba a la ropa, obviamente, mientras no fuera mi único botín. Hay camisetas muy chulas. Me vendrían bien. Mientras no fuera ropa interior… Tampoco podía faltar un par de libros o algún cómic resultón. Por supuesto, había cantado a los cuatro vientos mi lista de deseos. Sabían lo que quería. Lo había manifestado con total descaro. Por eso me mostraba confiada, segura: no iban a decepcionarme.
¡Vaya que si me decepcionaron! Tanto que casi tenía mérito. A lo grande, a lo bestia, con alevosía. Menudo hatajo de lerdos. Se lo habían currado un huevo, ¿eh? No me conocían en absoluto. Lo supe desde el primer paquetito que abrí: bragas y sujetatetas. Nada de lo que me trajeron era bonito, ni especial, ni imaginativo. Ni siquiera atinaron con las camisetillas: eran de lo más insulso. También me regalaron un nanoaspirador. ¡Yeaaaah! ¡Que viva el feminismo! Y unos pantalones sosos, ¡faltaría más! Ni con la talla acertaron. Que os den por saquito, Floxkins de Urano. No sois mejores que los Reyes Magos, por mucho que se empeñe la Asociación por la Integración de la Población Alien. Quizá los niños de fuera os entiendan mejor, pero sois igual de idiotas. Que os den a todos: Melchor, Gaspar, Baltasar, Santa, Deeklerix, Kawzerik y Gorflix.
Siete de enero en la Tierra. Era hora de regresar a la normalidad. Lo hice con unos kilitos de más y con la salud mental un poco tocada. ¿Quién habló de espíritu navideño? Fechas de amor y paz. Je… ¡Venga ya! Exhausta, liquidé un puñado de polvorones.
«Mañana empiezo la dieta».
© Copyright de Sara Martínez para NGC 3660, Enero 2019



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