Música de sangre

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Por  Laura López Alfranca

El detective Gordon siguió mirando los expedientes con los ojos verdes secos y enrojecidos, cansados de tanto llorar. Apoyó la cabeza entre sus manos y suspiró, agotado. Ojalá hubiera alguna pista que seguir, algo en lo que orientarse en tamaña oscuridad. Se rascó el pelo corto y todavía pelirrojo, pero salpicado de canas. La barba raspaba demasiado, indicando que ya era hora de un rasurado.

Su mujer, Sally, le dejó una taza de té encima de la mesa y le acarició la frente, relajándole. Era su mayor apoyo y confidente, y más después de lo que le ocurrió a Thais.

—¿Todavía no se te ocurre nada? —preguntó cogiendo la foto de Jean Luc, uno de los jóvenes asesinados.

El hombre negó con la cabeza, incrédulo ante la expresión feliz y calmada de los cadáveres. Vestidos de diferentes personajes pop y portando un ramo de flores entre sus manos, cada uno diferente. Los forenses dictaminaron que sus fallecimientos se trataban de muerte natural a causa de sus enfermedades, lo cual tenía desconcertados a los cuerpos de policía de once países, dado que el modus operandi siempre era el mismo: alguien secuestraba a niños y muchachos de las clínicas donde pasaban sus últimos momentos, para reaparecer sosteniendo un ramo de flores y vestidos como sus personajes favoritos en vida. El contenido de sus estómagos (que variaban entre dulces y cualquier comida basura preferida o que siempre quisieron probar) indicaba que ese criminal les alimentaba… Gordon no lo entendía. No parecía obra de un sádico, pero no cambiaba el hecho de que había un crimen por medio, a pesar de que, como muchos no dejaban de señalar con mezquindad, los niños eran desahuciados de la medicina, por lo que estaban destinados a morir.

Su mujer cogió la foto del expediente de Thais y la miró. No pudo evitar una sonrisa trémula, mientras acariciaba su rostro de piel oscura como si el plástico fuera la cara de la muchacha. Luego, se la tendió a él para asegurarse de que la había mirado bien. Sí lo había hecho, pero eso no quitaba para que llorase al contemplar el relato, sin saber muy bien si era felicidad o tristeza. Ya no parecía demacrada ni enferma, sino sana y satisfecha; como si el cáncer jamás hubiera existido. Vestía con una túnica griega, como las musas de su película favorita de cuando era una niña: «Hércules». Con un ramo de gerberas jamesonii entre sus manos. Jamás había escuchado sobre esa flor, pero cuando la buscó y leyó su significado, se quedó impactada: Gran felicidad; alegría ante la vida y lo logrado. Era como si alguien hubiera cogido el espíritu de su Thais para convertirlo en una flor. Verla así, más vital y feliz de lo que estuvo en sus últimos meses de vida, le hizo llorar de nuevo, sintiéndose culpable por haberse quedado dormido aquella noche, mientras la velaba.

Recordar las palabras de otros padres achacándole que cómo era posible que él sufriera tanto por la muerte de una niña que no era suya, que adoptaron cuando tenía cinco años y más siendo ella negra y sus padres blancos… Había recibido denuncias por agredir a algunos de esos iluminados, por dudar siquiera del amor que sentían por su niña.

—Ojalá no le encuentres —dijo Sally interrumpiendo sus pensamientos.

Carl gruñó, furioso.

—¿Realmente te agrada el cabrón que mató a nuestra hija?

—Más que los médicos, sin duda alguna. Acabó con su dolor y parece que la hizo feliz —le recordó la mujer con calma.

Tenía razón, pero al agente le dolía que alguien se la hubiera arrebatado antes de la enfermedad.

La mujer se quedó mirando la copia del expediente de la carta que les dirigió. Cuando Sally se la entregó, Carl Gordon suspiró y atendió a su petición, era lo único que podía calmar su ira. Era la letra de su niña, lo sabían con seguridad.

 

Queridos papá y mamá:

No sé muy bien qué deciros, aunque podéis creerme que había ensayado mil discursos diferentes para cuando llegara este momento, así que será mejor dejar que las palabras se escriban y esperar que me entendáis. Puede que mi cuerpo ya estuviera muerto cuando estaba en el hospital, pero podía veros junto a mí, apoyándome y cuidándome con tanto amor… Puede que me haya atiborrado de regaliz antes de partir, que haya probado aquello que siempre deseé comer y vivido increíbles aventuras, pero sin duda, cuando me vaya, vosotros seréis lo que más echaré de menos de este mundo.

Debo deciros que lo que ha ocurrido fue porque así lo decidí: nadie me obligó, ni tampoco he sido una víctima. Escogí morir a esperar a que mi cuerpo me liberase. Al fin vuelvo a bailar, aunque ahora lo hago con el viento.

Siento los borrones, pero no puedo evitar llorar porque, aunque esté bien, me da miedo dejaros solos. No quiero que os culpéis de mi enfermedad, ni de mi muerte, porque me voy feliz y liberada. Puedo presumir de haber tenido unos padres maravillosos y de que el poco tiempo que me queda, he vuelto a ser feliz. No os preocupéis por mi alma, estaré bien en el cielo, que sé que me lo he ganado. 

Os quiere, Thais.

 

Era su letra, pero no todas parecían sus palabras. La joven jamás había creído en Dios y no la culpaban por ello. Sin embargo, era un cambio radical y era lo que hacía sospechar a Carl que hubiera sido obligada.

—Pon un rato la tele y descansa, ya sabes que el comandante te quiere recuperado antes de volver al trabajo —pidió la mujer yendo a por unas galletas para el té.

El agente obedeció y, para su sorpresa, en el programa de vídeos musicales salía ese pianista japonés que estaba ganando popularidad. Era tanto o más famoso que cualquier cantante de pop rock británico. Jamás le había escuchado, la música clásica no le decía nada, pero a Thais le encantaba. El hombre había aprendido a usar algunos programas de internet para poder descargar su música, para que la joven la escuchara durante la quimio y, luego, en la UCI cuando esperaban.

Thais se había carteado con aquel tipo, y aunque solo le había mandado una respuesta tipo con algunas letras raras, ella la guardó con mimo. Aquello fue antes de la operación que la dejó en estado catatónico, después de saber que no había esperanzas y todo lo que hicieran, alargaría muy poco su vida. Demasiadas malas noticias en poco tiempo, no había forma de digerirlas.

Iba a cambiar, hasta que escuchó el título de la canción: Gerbera. Sintió una lágrima rodar por su cara, sin comprender cómo el mundo se había confabulado de aquella forma. Pero, cuando escuchó la canción, la realidad a su alrededor desapareció por unos momentos, subyugado por tan bella pieza que tantos recuerdos le traían. Alguien había convertido a su niña en una melodía alegre y desenfadada, algo que necesitaba que uno se moviera para honrar lo que oía.

Oyó una bandeja caer al suelo y se giró para mirar a su mujer, pero no la vio a ella. Pudo ver a su Thais con los enormes auriculares en el cuello, las trenzas al viento, una gran sonrisa y la ropa colorida… Bailando como solo ella sabía hacer cuando escuchaba una pieza de aquel chico, poniéndole letra que solo la muchacha comprendía. Por puro instinto, el agente Gordon levantó la mano y apuntó con el mando a la tele. Al instante hubo reacción, su preciosa hija se volvió con una sonrisa, agarró un cojín y le dio en la cabeza con él.

—¡No cambies! ¡Me encanta esta canción! —se quejó ella y volvió a mirar a la televisión como si nada.

La canción acabó, su niña se sentó en el sofá, cansada y desapareció de nuevo. Ambos se miraron, sabiendo que habían visto lo mismo. Sally lloró con el corazón partido y Gordon no dudó en acercarse a ella a abrazarla. ¿Qué clase de broma macabra había sido esa?

 

***

 

—Y aquí tenemos a la protagonista del vídeo: ¡Carola Vergara! —la presentó su hermano Quique a la cámara—. Mirad qué guapa está.

Carol observó al joven que estaba grabándola y le tiró el avioncito de papel mientras se reía. Luego lo pensó y se apuntó lo que acababa de pasar en su cuaderno: era una lista de cosas que echaría de menos cuando muriese

—Ey, no te pongas con eso, por favor —pidió el chico, triste, mientras se sentaba a su lado.

Quique y ella eran gemelos: el mismo castaño para ojos y cabello, las mismas pecas con piel pálida. Muy altos y no tan delgados, aunque ella se había consumido desde que la comida cambió de sabor y se volvió repugnante. Querían ser director y escritora, por lo que su hermana le alimentaba con sus historias y él las volvía realidad, mostrando que eran posibles.

Mientras él grababa, la enferma montaba más flores con papeles de colores, ignorando la mirada apesadumbrada de su hermano: tenía que asumir que iba a morir por mucho que le doliera la separación. Le había dejado tantas cosas que debía hacer por ambos, que no sabía si el pobre podría cumplirlas, al menos estaría distraído. Se revolvió del dolor de huesos y la cabeza se quejó, pero no dejó de disimular una sonrisa para no herir a su hermano.

—Te llegó una carta del japonés ese —dijo de pronto mostrando la misiva.

Ella se puso nerviosa y la abrió, ilusionada, esperando a que le diera una respuesta positiva.

 

Querida Carola. 

¿Cómo estás? Tu carta me entristeció, siento que estés pasando por una situación tan difícil. Seguramente, busques en mí un consuelo que no sé cómo darte, ojalá que estas palabras te lleguen a reconfortar y puedas salir pronto de ese hospital. Aquí tienes un autógrafo, ¿desearías que te dedicara una canción durante mi próximo concierto? 

Con cariño 

Sho Hike.

 

Solo era una carta tipo. No había nada extraño en ella, ni esperanzador.

—Vaya, debe ser un tipo muy ocupado —aseguró el hermano al mirar las palabras sin alma ni sentido que había escrito—. Y su secretaría un poco mema, ni siquiera te agradeció las flores de papel que le mandaste.

Carola se mordió los labios para contener las lágrimas de decepción. Había hablado con Gori, la chica del otro lado de la planta y anoréxica. Ella le había asegurado que si le ponía en la carta lo que le había dicho, ese tipo la ayudaría con sus problemas: le libraría de aquel dolor y el horror de aguardar a la muerte en aquella cama, sin piernas, con un cerebro haciendo una cuenta atrás como una bomba… Sin posibilidades de escapar.

—Si has sido una tía legal, lo hace. Lo leí por internet —aseguró ella, mucho mejor ahora—. Le pedí ayuda, me mandó una carta y… bueno, ya me ves.

Solo con una carta y Gori estaba curada, pero a ella le tocaba una carta tipo.

—Mira qué curioso —dijo señalando un par de letras separadas—, debería decirle a su secretaria que cambie de impresora, las letras parecen diferentes.

La joven lo miró fijamente, era apenas una diferencia, pero se notaba si uno se fijaba con atención. Cuando el joven se fue al baño con una revista, supo que tenía tiempo de sobra. La joven cogió el cuaderno y apuntó las letras. Solo había una frase, pero le hizo llorar de alegría al saber que, pronto, podría ser libre. Cogió un sobre, metió varias flores de papel, con mucho esfuerzo por parte de sus brazos, se colocó en la silla de ruedas, descansó unos momentos y bajó hasta la pequeña oficina de correos del hospital. Pidió que fuera enviada de forma urgente, necesitaba que llegase lo más rápido posible.

 

***

 

Carl y Sally estaban frenéticos. Uno de los de delitos telemáticos estaba entrando en el ordenador de su hija, buscando pistas como un favor personal. Después de lo ocurrido, Carl no tenía dudas: había una relación entre las flores con las personalidades de las víctimas y las canciones del chico.

—Es precipitado, lo sé, pero todos los títulos de su último álbum coinciden con las flores encontradas en los cuerpos —aseguró el agente.

—Es japonés. Salí con una durante un tiempo y les obsesionan esas chorradas —dijo el chico, pero se puso manos a la obra.

No encontró nada, salvo muchas páginas sobre leyendas urbanas del chico y de fans. Entonces el programa recuperó un correo que le había enviado Thais al compositor.

 

Querido Sho-kun,

Sé que esto es muy precipitado, pero necesito ayuda cuánto antes. Hablé con una chica del foro shoiminlove.com, que me dijo que tal vez podrías echarme una mano. Me estoy muriendo: tengo un tumor enorme en el cerebro y me van a operar. Las probabilidades de quedarme como un vegetal son muy grandes… Podría decirte que no merezco morir o algo así, pero no soy diferente a otras personas y no me parece justo. Sin embargo, no quiero que mis padres estén cuidando de mí mientras me meo y cago encima, no es vida para un enfermo, ni tampoco para quienes le cuidan. Prefiero ser escueta, porque como te tenga que dar los motivos por los que mis padres merecen librarse de mí, me llevaría siete mails. Lo resumiré con: soy adoptada, negra y ellos blancos, jamás sentí esa diferencia que aseguran que te encuentras si vives lejos de tu gente. Ellos son mi gente, se merecían tener un hijo propio y cuando se lo decía, se reían de mí, diciendo que yo era ese «hijo propio». Por eso te pido que me mates. Si es cierto lo que cuentan, entenderás que es por un buen motivo y no te lo pido a la ligera.

Muchas gracias y te quiere

Thais Gordon.

 

Los padres se echaron a llorar. El informático consiguió rescatar otro mail de la chica diciendo que sí, pero de la respuesta del músico no había rastro. Al ver que faltaban las respuestas, mientras el joven miraba en la nube, ellos rebuscaron por todo el cuarto, desesperados. Solo encontraron la carta estúpida tipo, que ahora era mucho peor ante la petición de la joven. Fue ese momento en el que el agente Gordon reparó en las diferentes letras y las marcó, formando una única frase:

«Are you sure?[1]»

—Esto no prueba nada, Carl —dijo el chico de telemática—. Por mucha coincidencia que sea…

—Entonces voy a preguntarle al mismo Sho en persona —dijo levantándose—. Prepáralo todo con el consulado y los jefes. Esto no va a quedar así.

 

***

 

El auditorio guardaba silencio, nadie se atrevía a respirar, no pensaban siquiera en aplaudir. El ambiente electrizante contuvo el aliento cuando apareció Hike Sho, el pianista. Se colocó sin muchas ceremonias. La sala se revolvió excitada, se tragó saliva y se apretaron dedos de manos y pies, a la espera de lo que sería un concierto maravilloso. Las cámaras de algunas cadenas internacionales comenzaron a grabar al hermoso joven de cabellos negros, mirada oscura y melancólica y hermosa sonrisa angelical.

Con calma, más por sí mismo que por torturar a su público, colocó las hojas con cuidado y acarició el teclado con amor. Respiró profundamente mientras la sala contenía su aliento. La música lo inundó todo. Las notas envolvieron a cada espectador presente o en casa, abrazándoles con calidez y evocándoles maravillosas imágenes. Los arpegios, ligaduras y cualquier movimiento técnico quedaba olvidado por la sensación de aspirar el perfume de un campo de flores y las historias de esos maravillosos lugares, historias que los dedos de Sho eran capaces de contar.

Nadie se fijaba en el pianista que sudaba para mantener el ritmo melodía tras melodía. Estas se solapaban formando un conjunto invisible que engrandecía el alma de aquellos que lo estaban escuchando en directo o por internet. Las tiendas online se colapsaban con la venta de sus singles, ya que el disco no saldría hasta que el joven no hubiera acabado de recolectar «todas las flores necesarias». Era como él llamaba a sus canciones.

Sho acabó de tocar las últimas notas y mientras el público tardaba en reaccionar, el muchacho vio que una de las marcas negras se había corrido a causa de su sudor, revelando así su verdadera naturaleza rojiza. Sonrió con pena, la limpió con el dedo y se lo llevó a la boca mientras saludaba a una audiencia eufórica y recuperada. Solo necesitaba una flor más para este álbum y buscaría una nueva colección. Sentía las notas en su cabeza, desordenadas, buscando un hueco en el que asentarse y formar otra obra que quedaría marcada para la posteridad. Ca-ro-ra se llamaba aquella chica de España que le había pedido ayuda; estaba casi convencido de que iba a ser la última flor de su jardín. ¿Sería una rosa o más bien una flor del desierto? Deseaba ver en qué se convertiría.

Cuando salió del escenario, sus ayudantes se inclinaron mostrando un profundo respeto y mostrándoles cartas y mails de chiquillos pidiendo su ayuda. Haruka-chan, la más joven de ellos, le dirigió un gesto de preocupación:

—La chica de España, la enferma de cáncer, te ha vuelto a mandar una carta. Solo hay flores en ella —dijo con pena.

Acompañada por aquellas florecitas de Origami había recibido su respuesta afirmativa., aunque sin palabras.

Dejó que le llevaran al hotel donde vivía y cuándo estuvo solo, se quitó el traje y, desnudo, se asomó a la ventana abriendo los brazos. Estaba en la habitación más alta donde nadie podía espiarle: nada de cámaras o fisgones. En su pecho, encima del esternón y brillando con intensidad un tatuaje con unas alas. A su espalda, se formaron dos sombras blancas que le permitieron volar. Las agitó con fuerza y se alejó a través del cielo nocturno.

El viaje fue corto para un ser como él, pero lejano para cualquier humano. En medio de una isla cubierta de magia, imposible de detectar por la tecnología, se alzaba la naturaleza, manos verdes deseosas de tocar el cuerpo del ángel con admiración y reverencia. Se encaminó al corazón del lugar, donde las más hermosas flores nacían. Todas ellas eran las palabras de esos pobres chiquillos, rogando por una respuesta a sus plegarías, a un Dios que ya no existía. Las Gerberas de Thais, las Silenes de Jean Luc, los Tulipanes de Erik… y las vio. Brillando con sus colores naranjas, estaban las Siempre Vivas de Carola, habían acabado por florecer de la carta que le mandó; ya no quedaba papel o tinta, solo vida. El ritual de plantar había dado como frutos esas hermosas flores, era la forma que tenía la tierra de explicarle qué clase de persona era la que se encontraba al otro lado. Quienes sabían de él en esos términos tendían a ser criaturas maravillosas, merecedoras de toda la compasión que un humano o ángel pudiera darles. Las cortó con cariño y mimó. Alzó la mirada y vio las sombras de sus congéneres llegando a sus islas, cada uno con sus misiones y sus propios problemas. Posiblemente, más de uno tuviera que matar por compasión a almas que merecían vivir en un paraíso terrenal. Sin saludar o despedirse, Sho alzó el vuelo, dejando que las hojas se enredaran en su cuerpo formando un traje: un nuevo personaje para el deseo final de aquella criatura moribunda.

El hospital de Madrid (Ma-di-rid, qué difícil era pronunciar algunos idiomas) no se diferenciaba mucho de otros tantos que había visitado. Las almas brillaban con más o menos fuerza, pero hubo una, cegadora como un faro, que le atrajo hasta su cuarto donde dormía con la mano de un padre cariñoso aferrada a la suya. No tenía piernas, y su cuerpo se retorcía de dolor hasta en sueños. La acarició con ternura y su sufrimiento pasó, el pijama se convirtió en un uniforme de cuero estrecho similar al de una superheroína. La chiquilla abrió los ojos, sorprendida y, al reconocerle, sonrió.

—Sho-kun, muchas gracias por venir —dijo ella cogiéndole las manos con cariño mientras lloraba—. Creí que… que…

Le quitó una lágrima con ternura y le tendió el ramo.

—Ven, tenemos poco tiempo hasta el amanecer y muchos últimos deseos que realizar.

A Ca-ro-ra se le trabó la lengua y la escuchó negarse como podía. Era una inválida, no podía moverse, aseguró. Sin embargo, cuando vio de nuevo sus piernas, gritó con la ilusión de una niña y se levantó, disfrutando de cada movimiento que sentía. Tomó las Siempre Vivas y las olió, extasiada.

—Ven, el mundo te está esperando —dijo Sho, llevándola de la mano.

 

***

 

Quique miró al policía hablar con sus padres, mientras toqueteaba la tarjeta que tenía entre sus dedos; el hombre parecía al borde del colapso por intentar encontrar una solución, le dio más pena que sus propios padres. No sabía qué hacer, había encontrado la carta del tal Sho medio quemada en una papelera y… suspiró. Él y sus padres habían pensado que Carola se había suicidado en algún lugar perdido de la mano de Dios. Cuando la encontraron vestida de cuero, con un ramo de flores en la mano y su expresión llena de felicidad, no pensaron en ese asesino de las noticias. Una superheroína, como siempre quiso ser. Una superheroína que, por lo visto, se mandaba mensajes secretos con ese tal Sho. «¿Estás segura?» recordó que ponía la carta, pero la ocultó. Ese detective estaba muy furioso con el pianista, y él le agradecía que la ayudara en sus últimos momentos.

—Vamos a intentarlo —se dijo mirando la tarjeta y llamando por el teléfono.

Encargó el billete y el hotel. Llamó a algunos de sus colegas y aceptaron por completo cubrirle esa semana. No sabían que se iba a Japón a descubrir la verdad. Tener dieciocho años ayudaba mucho, pero más que sus padres confiaran tanto en él como para darle una tarjeta de crédito con dinero.

Se fue a casa sin decirles nada. Empacó varias mudas de ropa y el cuaderno de Carola. Tachó uno de sus deseos y lloró apesadumbrado. No estaba seguro de que pudiera lograrlo, pero tenía que intentarlo. Si sus padres se lo reprochaban, estaba casi convencido de que sabría explicárselo. Deberían entenderlo, ellos puede que hubieran perdido a una hija, pero él a su hermana, a su mitad y la persona con la que soñaba al mismo tiempo. Puede que tuviera muchos y buenos amigos pero, como Carola, no había nadie.

Tras abastecerse y preparar el marraneo, los gadgets, varias novelas, coartadas y demás problemas de salir al extranjero, fue al aeropuerto, donde tuvo que esperar todavía más. Tras interminables horas y un par de chocolatinas, el avión decidió despegar rumbo a lo desconocido y debía embarcar. Escribió en el cuaderno cientos de ideas para posibles historias, preguntándose si podría ser capaz de coger la cámara de nuevo o todo se quedaría en papel mojado.

Subió al avión y, para su sorpresa, se encontró en su mismo asiento al policía que gritaba tanto a sus padres. Ambos se miraron durante unos momentos y el joven se sentó esperando no ser reconocido.

—Tú eres el hermano de Carola Vergara —le dijo en un inglés un tanto extraño, pero asintió—. ¿Saben tus padres que te has escapado?

—No —reconoció él sin el menor pudor.

—Si te sirve de algo, yo tampoco debería haber hablado con tus padres, ni mucho menos debería estar acercándome a ese japo —dijo abriendo la cartera y enseñándole una foto de una chica—. Se llamaba Thais, era mi hija.

—Lo siento —dijo disimulando su sorpresa—. ¿Ella también apareció como…?

—Como tu hermana, sí. Todos me dicen que debería dejarlo pasar que, si realmente ha sido él, hay peores monstruos que encontrar. No ha dejado pistas y las que encontré son… nada —insistió el hombre, apesadumbrado.

—Me temo que yo tampoco lo veo como un monstruo —replicó el chico al borde del llanto—. No voy a culparle de la muerte de mi hermana. Ella ya estaba muy mal y habría acabado muriendo en unos meses.

—Entonces, ¿por qué estás volando a verle? —preguntó el hombre.

—Quería saber cómo fueron sus últimos momentos —le explicó gesticulando con sus manos—. Para que, cuando piense en lo injusto de la situación, recuerde que tuvo un final feliz.

—¿De qué te servirá? —inquirió el hombre.

—Para saber que hay algo de justicia en el mundo y que, en el fondo, siempre podré seguir adelante… —aseguró, pero no dudó en añadir—. Para no volverme loco.

Los dos extraños comenzaron a hablar, a reírse de las anécdotas de la persona que el otro había querido y perdido. Pasaron de ser simples rasgos; pelo cano, ojos cansados, mirada triste y soñadora y piel pecosa, a un confidente que entendía mejor que nadie sus sentimientos; pudieron ver sus almas, sus corazones y penas. Les gustó lo que había más allá. Eran muy similares: buenas personas cansadas por las desgracias y buscando algo a lo que aferrarse. Una esperanza de que, realmente, aquel compositor de lejanas tierras solo había hecho lo que ambos habían deseado: darle un final digno y feliz a quienes más querían.

El pobre policía había tenido que comprar una entrada carísima para un concierto, deseando poder entrar y hablar con él. El joven deseó poder haber pensado en lo mismo, pero ahora era tarde. Aun así, pudieron comprar una el triple de cara en la reventa. En cualquier otra situación, ambos habrían disfrutado de la aventura de verse en otro país, en otro continente. Sin embargo, necesitaban respuestas y no sabían cómo conseguirlas; así que, tras un par de días sin otra cosa que hacer que conseguir un pase para Quique y sin ánimos de disfrutar de Japón, las horas transcurrieron lentas hasta la noche del concierto.

 

***

 

La sala de conciertos era inmensa, la televisión estaba presente y muchos de los allí presentes ya daban muestras de nerviosismo antes de que el tal Sho apareciera. Cuando el joven saludó con una sonrisa y se sentó al piano, el hombre y el muchacho se agarraron de la mano con fuerza. Si era cierto lo que había ocurrido con la canción de Gerbera y a través de la televisión, ¿qué ocurriría en directo?

Los dos aguantaron las demás canciones, tan hermosas e impactantes, tan llenas de vida y esperanzas que parecían tener alma propia. Ante la canción de Gerbera, el agente se llevó la mano libre a la cabeza y lloró como un niño pequeño. Quique tragó saliva, aguantó y, cuando empezó la canción de Siempre Viva, una mano le acarició la cara. A su lado estaba Carola, sonriendo como si la enfermedad nunca la hubiera tocado, con sus piernas intactas.

—Ey, Quique —le saludó consiguiendo que se echara a llorar—. Tío, debo reconocer que tienes unos huevos enormes, ¡te has escapado a Japón para verme!

—Alguien tenía que despedirse de ti —hipó su hermano—. Dime qué tengo que hacer, qué tengo que creer, porque estoy muy perdido.

—Naaa, no quieres eso. Tú lo que quieres es cotillear, mamón.

Él se rió, volvía a ser su hermana.

—Todo comenzó de noche, en mi cuarto…

La chiquilla le contó cómo, en sus últimas horas, viajó por el mundo salvando a gente como una superheroína, probando cosas que jamás volvería a comer y viendo el Sol amaneciendo de la sabana.

—Han sido tantas cosas y él me las concedió. No es malo, sino un ángel —dijo ella, deshaciéndose en el humo.

Los dos se levantaron, aplaudieron. Sintieron que, de pronto, el mundo volvía a tener sentido. Se pasearon por la ciudad, disfrutaron de los días que quedaban.

A la vuelta, ambos tuvieron que enfrentarse a los problemas de desobedecer a los jefes uno y a los padres el otro.

Mereció la pena.

 

***

 

(Muchos años después)

Los flashes de las cámaras eran tantos que tornaban la noche en día y Quique sonrió disfrutando de su éxito. Los actores se acercaban a él, felicitándole por su gran película y su valor por retratar la tragedia de su hermana. Los demás le consideraban uno de los directores y guionistas más cotizados de todo Hollywood. Eso era magnifico, sobre todo con lo que luchó para logarlo. Las asociaciones de víctimas del asesino de «el final feliz» no se le echaron mucho encima y, aunque clasificada de extremadamente fantasiosa y poco realista, la aceptaron dado que las historias de las víctimas escapaban del entendimiento de muchos de ellos.

Para su sorpresa, escuchó un bastón y, al girarse, se encontró con la pareja un tanto mayor sonreírle: los Gordon, que iban acompañados de una muchacha china, su segunda hija verdadera, como la llamaban. Los dos se acercaron a él y le abrazaron, alabándole con tan maravillosa película. Al ex-agente Carl Gordon le sorprendió la persecución final, sobre todo porque desde hacía años era incapaz de correr a causa de una herida. Mucho menos en el momento en que ocurrió la pérdida.

—Si ni llegamos a verle en persona, ¿no lo recuerdas? —bromeó él—. Aunque me ha gustado mucho más este final, la verdad. Me dejas en buen lugar.

Unas admiradoras le entregaron a Quique un ramo de flores de papel, uno de los muchos detalles que sustituyó de la historia original. A su alrededor, solo había caras felices, a juego con lo que él mismo sentía. Pensó que no habría nada mejor en el mundo.

Hasta que escuchó la melodía que más le había acompañado durante los últimos quince años: Siempre Viva, la canción de Carola. Sintió el abrazo de su hermana alrededor de su cuerpo, sus palabras diciendo que estaba orgullosa de él.

Lloró, estaba a punto de dejarse llevar por la pena hasta que vio a Sho, sonriendo, hermoso y con unas enormes alas a su espalda; ¿cómo era posible? Muchos misterios rodeaban al compositor. Como el concierto al que Quique asistió, que fue el último del compositor. Después se retiró de la vida pública. De cuando en cuando, salía uno de sus discos para descargar y comprar, mostrando nuevas y maravillosas canciones, con nombres de estrellas, mares, animales… y todas ellas representando un alma perdida por la enfermedad, pero recuperada por la compasión.

Fuera un ángel o humano, le debía mucho, por lo que Quique levantó la mano, le saludó y, como única respuesta, Sho inclinó la cabeza a modo de respeto. Desapareció, y con él la melodía de Carola. Ya no importaba, para el director la noche había sido perfecta: su hermana había venido, ¿qué más podía pedir?

—Espero que ganes un Oscar —dijo Carl agarrándose a su hija, Xin Hua, como si fuera el mayor tesoro del mundo.

—Creo que prefiero el dinero para escribir más películas.

La fama era maravillosa, pero era mucho mejor darle sueños y esperanzas al mundo.

[1] N. de la A.: ¿Estás segura?

© Copyright de Laura López Alfranca para NGC 3660, Octubre 2016