Las mujeres pelirrojas que salvaban a las mujeres verdes

 

Por Tony Jim

—Pues me parece una solemne tontería —dije.

—Yo diría que no lo es, señor Jim, que ayudar a la Flota Estelar no es ninguna tontería —dijo el cardasiano Gul Goauld.

—Pues a mí me lo parece —insistí yo.

—Bueno, usted no deja de ser un asalariado del glorioso Imperio Cardasiano —aclaró el Gul.

—Eso mismo, como parte del Imperio, aunque sea una parte contratada, opino que es una tontería ayudar a la Flota Estelar —repetí.

—Como bien dice, usted es una persona contratada y, como tal, ha de acatar las órdenes de sus contratantes, las gentes que le han contratado a usted, Sr. Jim —añadió el Gul Goauld.

—Eso sí, tiene razón Gul, solo quería dejar clara mi postura.

—Mire, puede ser que no le sentara nada bien que la Flota lo echara de sus filas, y que a raíz de eso tuviera ciertos problemillas con algunas potencias de la galaxia conocida, pero de eso hace mucho tiempo.

—No tanto. Y eso de que me echaran, habría que verlo. Es muy discutible.

—Bueno, el caso es que el Imperio, al cual sirve usted, por contrato o por lo que sea, tiene interés en ayudar a la Federación.

—Me parece muy bien.

—Eso es, digamos que siempre es una gran ventaja que alguien poderoso te deba un favor.

—Como decía, me parece muy bien, pero no veo qué pinto yo en toda esta historia.

—Hombre, si me dejara acabar, sabría de qué va y qué pinta usted en ella, ¡hombre ya! —dijo el Gul con un tono algo irritado.

—Usted perdone, yo solo quería dejar clara mi opinión. Que ya sé que, a veces, no lo consigo.

—Bien, como iba diciéndole, la Federación Unida de Planetas por medio de su organización, la Flota Estelar, ha contactado con el glorioso Imperio Cardasiano para solicitar su ayuda en cierto asunto, y como le comentaba antes, dicho glorioso Imperio ha aceptado brindar dicha ayuda a la anteriormente citada entidad federada.

—Vaya, luego dicen que soy yo el que se enrolla.

—A ver, le tengo que explicar las cosas para que le queden claritas. Así que menos críticas.

—Usted perdone, ¿y en qué consiste el asunto ese en el que podemos ayudar a la Federación?

—Pues se trata de trata…

—Vaya, qué redundante.

—Bueno, déjeme acabar, ¿no?

—Bueno, bueno, usted perdone de nuevo.

—Pues, como le iba diciendo, se trata de trata de blancas: de trafficking.

—Ah, muy interesante, pero nosotros no nos dedicamos a eso, ¿no? A lo de la trata de blancas, digo, puede que a la trata de cardasianas o lagartas, sí que nos dediquemos, aunque no estoy seguro. No sé, parece algo raro que la Federación, una entidad tan pulcra, quiera dedicarse a eso, ¿no?

—Bueno, no es exactamente que los de la Federación quieran comprar blancas o negras o cardasianas o lagartas. De hecho, hablando con propiedad, en concreto se trata de trata de verdes, pues estamos hablando de esclavas de Orión y, exactamente, lo que quiere la Federación es lo contrario.

—Ay, que no le pesco, ¿lo contrario?, ¿qué quieren los de la Federación que no sean verdes?, ¿cuál es el contrario de verde?, ¿el azul?, ¿quieren traficar con mujeres azules, con andorianas o bolianas?

—Para nada, cuando hablo de lo contrario, quiero decir que, obviamente, la Federación lo que quiere es acabar con el tráfico de mujeres, sean del color que sean y, obviamente, también están en contra de la esclavitud. Así que lo de las esclavas de Orión, tampoco les acaba de gustar.

—Eso ya tiene más sentido, sí. Ya me extrañaba a mí. Entonces, lo que quiere la Federación es que les ayudemos a terminar con el contrabando de mujeres. Y, bueno, ya puestos, con el contrabando de gente en general; que engloba lo de la esclavitud y no distingue ni de colores, ni de géneros, ni de especies, ni razas de alienígenas, por lo visto.

—Veo que ya lo va captando, señor Jim.

—Me ha costado, sí, me ha costado, aunque no acabo de ver claro lo que me decía de las esclavas de Orión. Y no es por qué yo sea daltónico, claro.

—Ya me parecía. A ver si se lo puedo dejar ya claro de una vez, que estamos alargando la explicación y usted tiene que empezar su misión cuanto antes.

—Eso, eso, que aún no me ha contado cuál es mi misión. Y si hay esclavas de Orión de por medio, parece que será una misión interesante.

—Pues las hay. «Haberlas, haylas», como se suele decir.

—Está bien, a ver en qué consiste la misión.

—Verá, como ya sabrá, la gente de la Federación es un poco como la policía de la galaxia, y claro, todo lo que sea un tanto ilegal, o al menos ilegal para ellos, o que sea de una cierta moralidad dudosa, pues no les gusta, por lo visto.

—Bueno, cada cual tiene sus creencias y costumbres. Y sus gustos.

—Pues supongo. Ahora no vamos a entrar a discutir la moralidad de cada cual. El caso es que, en ciertos territorios fronterizos, de una zona de influencia de Cardasia, se están llevando a cabo estas prácticas que comentábamos de trafficking y, en concreto, de tráfico de esclavas de Orión, y esto ha llegado a oídos federales. Y, claro, como también son territorios próximos a la frontera con la Federación, pues parece que no queda muy bien, y la Federación ha decidido tomar cartas en el asunto y mirar de poner fin a esas prácticas, al menos en una zona próxima a sus territorios.

—Me parece muy bien. Y supongo que como no quieren mancharse las manos, pues les ha encargado el trabajo sucio a otros: en concreto, a nosotros.

—Pues supongo, pero de la misión, más concretamente, se va a encargar usted.

—Me lo temía, los de la Federación les pasan el encargo a los cardasianos y estos a mí personalmente.

—Pues eso, como decíamos antes, usted ahora trabaja para el Imperio Cardasiano y, como tal trabajador, pues tiene que trabajar, claro.

—Ya veo. Así, recapitulando; la Federación les pide a los cardasianos un favor, ya que se trata de una zona de influencia cardasiana, y ese favor consiste en acabar con una red de traficantes de esclavas de Orión.

—Eso es, y nosotros le pasamos el encargo a usted que, como sabrá, no tiene pinta de cardasiano y así podrá actuar de una forma más encubierta.

— ¿Y qué es exactamente lo que tengo que hacer?

—Nuestra idea es que se haga pasar por un comprador de esclavas y que contacte con los traficantes con la excusa de querer comprar unas cuantas mujeres verdes.

—Está bien, suena interesante, aunque si me descubren puede ser algo peligroso.

—Bueno, pues procure que no lo descubran.

—Ah, eso es fácil decirlo.

—El caso es que, obviamente, la Federación tiene localizados a los traficantes en cuestión, pero tampoco quiere actuar en territorios de influencia cardasiana para evitar cualquier tipo de incidente diplomático, y tampoco quiere mover ficha sin tener pruebas fehacientes, claro está.

—Ya me imagino, los de la Federación son muy diplomáticos y muy de respetar leyes, y supongo que no van por ahí deteniendo a gente sin tener pruebas o algún tipo de justificación legal.

—Eso debe ser.

—Bueno, pues haré lo que pueda.

—De eso se trata. Ya habíamos pensado en usted por sus antecedentes de ineptitud.

—¿Eh, qué quiere decir?

—Bueno, que como tampoco es un encargo muy importante, sino que se trata de una encomienda de terceros, de la Flota, un tema que interesa a la Federación principalmente; que si por lo que fuera, que esperamos que no, claro, pero que si por lo que fuera, sale mal, pues tampoco pasa nada. Nosotros, con aceptar una petición de favor de la Flota Estelar, pues ya quedamos bien, y el favor nos lo deben igual por haber aceptado ayudarlos simplemente.

—¡Jo!, pues vaya, qué poca confianza tienen en mí. No sé de dónde han sacado eso de mis antecedentes de ineptitud, siempre he servido fielmente y, por un módico precio, al glorioso Imperio Cardasiano.

—Bueno, más o menos así ha sido, sí, pero por si acaso…

—Saben ustedes motivar bien a sus tropas —dije algo alicaído.

—Hombre, no se preocupe, yo se lo decía para quitarle algo de tensión al asunto y para que no estuviera bajo presión, que ya sabemos que no se trabaja bien bajo presión. Anímese, hombre.

—Veré lo que puedo hacer.

—Mire, para animarle, y también para ayudarle con la misión, hemos pensado contratar también a un agente externo, aunque contratándolo a tiempo parcial, no como a usted, que es más bien contratado por el Imperio a tiempo más completo.

—¿Ah, sí?, ¿de quién se trata?

—Ya verá cómo le doy una alegría: ya solo por decirle que es una chica y, luego, por añadir que han trabajado juntos en otras ocasiones.

—¿Es la vulcana mercenaria Sony-B?

—Esa misma, ¿ve cómo, con la motivación adecuada, es usted muy espabilado?

—Ya podría ser.

—Bueno, pues la misión es esa, van ustedes, Sony-B y usted, a la zona esa de los contrabandistas, haciéndose pasar por compradores de mujeres de color, de color verde, y así ven exactamente quiénes son los vendedores que trafican con mujeres.

—Dicho así, parece fácil.

—Pues para que sea más fácil, le tengo que decir que, ya previamente, un agente nuestro ha contactado con los traficantes y hemos acordado un punto de encuentro para intercambiar el oro prensado latino por las muchachas verdes, así que ustedes dos, la vulcana y usted, solo tienen que estar en el punto acordado para el intercambio, toman unas cuantas fotografías de dicho intercambio que sirvan como prueba y ya está.

—Bueno, a ver qué tal sale.

Así partimos, a bordo de una lanzadera, la vulcana y yo, al punto de encuentro con los peligrosos traficantes verdes. Dicho punto de intercambio era simplemente un oscuro y pequeño asteroide desértico.

—A ver, repasemos la historia: yo soy una especie de mano derecha de un importante y rico señor cardasiano, que quiere comprar unas chicas verdes para una de sus turbias fiestas, y tú Sony-B, eres mi guardaespaldas, para que vaya yo protegido, ya que me encuentro en una zona un tanto turbia y peligrosa.

—Sí, porque me parece que tú como guardaespaldas no das mucho la talla, literalmente.

—Aunque me pese, tengo que decir que tienes razón, Sony, un tipo bajito, regordete y con gafas, no tiene ninguna pinta de guardaespaldas. Aunque tampoco tengo pinta de héroe galáctico, y eso sí que lo soy.

—No voy a hacer ningún comentario a esoo, pero en cuanto a lo de tener pinta de guardaespaldas, tú tranqui, que como ayudante de un mafioso, tienes más pinta, o incluso como contable de mafioso.

—Puede ser, aunque yo soy más de letras.

—Nadie es perfecto. Pero bueno, como se suele decir, las apariencias engañan.

—Eso sí, por eso te decía lo ser un gran héroe galáctico.

—Ya te he dicho que de ese tema no voy a opinar. Centrémonos en la faena que nos ha traído aquí. Yo ya he preparado varias cámaras previamente para grabar el momento del intercambio.

—Y yo ya tengo aquí preparado el maletín con un buen puñado de lingotes de oro prensado.

—Ahora solo hay que esperar.

—¿Sabes si los traficantes suelen ser puntuales?

—Pues, ni idea.

Como si pareciera que me hubieran oído, en esos momentos apareció en las inmediaciones un coche con los cristales de las ventanillas oscurecidos. Bueno, no era un coche en sentido estricto, era un coche de esos del futuro (el futuro es ahora), vamos, que no tenía ruedas, iba como flotando. El coche se acercó hasta donde estábamos nosotros, abrió sus puertas y salió un tipo alto y rubio, un gigante rubio que se acercó hasta nosotros.

En aquel preciso momento, se oyeron disparos y de entre las sombras salieron dos bellas señoritas, pelirrojas, para más señas —¿cómo lo sabíais?—. Estas gritaron al unísono, algo así como:

—¡Todos quietos, que nadie se mueva!

A nosotros nos juntaron con el gigante rubio y, mientras una de ellas nos apuntaba con un arma, la otra nos ató y nos sentó en el suelo: a mí, a mi bella acompañante y al gigante rubio.

—Muy bien, pervertidos, estáis todos atrapados —dijo una de las pelirrojas.

—¿Quiénes son ustedes? —grité yo.

—Yo soy McPage y ella Garbancita —dijo una de las chicas del pelo rojo.

—¿Garbancita?, vaya nombre.

—Bueno, en algún otro idioma puede que suene mejor —dijo McPage.

—A mí me suena a Garbancito de la Mancha, creo que era —dije yo.

—No sé por qué tendrá ese nombre esta señorita —dijo la vulcana.

—¿Porque está buena y es sana? —teoricé yo.

—¡Basta ya de tonterías! —dijo la tal Garbancita.

—Eso, ahora, traficantes de mierda, tendréis lo vuestro —dijo la otra pelirroja.

—¡Eh, eh! ¿Qué es ese lenguaje? —dije yo.

—Creo que ha habido una confusión —dijo la vulcana Sony.

—Exactamente, nosotros no somos traficantes de nada, al contrario.

—¿Al contrario?, ¿qué quiere decir eso? —dijo McPage.

—Bueno, pues que nosotros veníamos a atrapar a este traficante tratante de verdes —dije yo señalando con la barbilla al gigante rubio.

—No, no, te equivocas tío, somos nosotras las que hemos venido a acabar con vosotros, malditos —dijo la pelirroja Garbancita.

—Así es, os hemos pillado a todos con las manos en la masa. Al gigante rubio, ya lo conocíamos, hace tiempo que andamos detrás de él, siguiéndole para atraparle cuando menos se lo esperara. Y conocemos sus tejemanejes desde hace tiempo, y lo jodidamente malvado que es con sus chicas —dijo McPage.

—¡Por Q, qué lenguaje! —me lamenté yo.

—Señoritas pelirrojas, les repito que cometen un error. Sí que este gigante rubio es un traficante, pero nosotros no —dijo la vulcana.

—Eso es, aquí donde me ven, soy un representante del glorioso Gobierno Cardasiano, en misión especial y espacial para detener esta red de tráfico de mujeres.

—Hombre, pues no tiene usted mucha pinta de cardasiano, la verdad —dijo McPage.

—Sí, ya sé que soy bajito, regordete y con gafas, pero les puedo asegurar que soy un alto representante del glorioso Imperio Cardasiano en misión encubierta.

—Sí, al joputa solo le falta ser calvo para tenerlo todo —comentó Garbancita.

—Un respeto, por favor —dije yo—, todo llegará. De aquí a cien años…

—Mi compañera tiene razón. Como le decía, usted está claro que no es cardasiano para nada.

—Ya les he dicho que se trataba de una misión encubierta, por eso también me acompaña esta vulcana amiga mía, para no levantar sospechas.

—Ahora que lo dice, siempre se ha comentado que los vulcanos no mienten —dijo McPage.

—Bien cierto es —añadió Sony-B.

—Colega, no te dejes enredar, que a estos tipos los hemos cogido con las manos en la masa. Eso de que los vulcanos nunca mienten, son paparruchas; es una leyenda urbana, una leyenda urbano-espacial —dijo la pelirroja Garbancita.

—Mmm, no sé, no sé. Ahora que lo pienso, sí que es verdad que al tipo este medio enano no lo habíamos visto hasta ahora, a pesar de que llevamos ya meses detrás de esta red de tráfico de muchachas de Orión —dijo la pelirroja McPage.

—Eso es, ya les digo que somos agentes del glorioso Imperio Cardasiano, que tenemos la misma misión que ustedes, pelirrojas: detener a los traficantes de señoritas verdes de Orión —insistí.

—No cuadra mucho, esta red de traficantes lleva años actuando en esta zona de influencia cardasiana y los cardasianos nunca se han interesado por este tema. No parece una cosa muy propia del Imperio Cardasiano eso de meterse en negocios ajenos, sean lícitos o no.

—Claro, los cardasianos son más de politiqueos y guerras —añadió Garbancita.

—Que no, que no. Les aseguro yo, como alto representante del glorioso Imperio, que los cardasianos están interesados en acabar con este tráfico ilegal y, por ello, para esta misión hemos sido designados mi compañera vulcana y yo. Si el glorioso Imperio no ha tomado medidas antes ha sido por… por… porque no lo ha sabido hasta hace poco. Se lo puedo asegurar, que así es —expliqué yo (más o menos).

—Es todo muy confuso. No lo acabo de ver claro —dijo McPage.

—Y, por cierto, ¿a ustedes dos quién las envía para luchar contra el tráfico ilegal de mujeres? —pregunté.

—Todo tráfico de mujeres es ilegal —matizó la vulcana Sony-B.

—Nosotras actuamos por libre. Somos agentes independientes, aventureras, soldados de fortuna, freelances, como lo quieran llamar —aclaró Garbancita.

—Eso, eso. Actuamos por solidaridad de género, por feminismo si lo quieren llamar así, pero igualmente estamos en contra de la discriminación, tenga el género y el sexo que tenga. Y al conocer este caso de tráfico de verdes, decidimos acabar con él y castigar a los culpables de ello, como escarmiento y como ejemplo para gente de una calaña similar —añadió McPage.

—Me parece una causa muy loable. Yo, como mujer, aparte de como vulcana, apoyo sus intenciones y su causa, pero ya les digo que nosotros no somos gente de esa calaña.

—Hagan caso a la vulcana y libérennos, les repito, bellas señoritas, a la par que pelirrojas, que nosotros tenemos en este caso concreto el mismo objetivo que ustedes.

—Dejen ya de mentir, hemos visto que llevaban este maletín lleno de lingotes de oro prensado para comprar esclavas de Orión.

—¡Ese oro prensado es falso!, son barritas energéticas —dije yo.

—¡Colega!, es verdad lo que dice el tipo este —dijo Garbancita masticando una de las barritas lingote a la que le había pegado un buen bocado.

—De acuerdo, suelta al chaval y a la vulcana, aunque solo sea por no oírlos lloriquear —dijo la otra pelirroja.

—Gracias, gracias. Ahora que tengo libres las manos, les mostraré mi carné identificativo como miembro del glorioso Ejército Cardasiano —dije mientras me echaba la mano al bolsillo y sacaba dicho carné acreditativo.

—Hombre, haber empezado por ahí. Está claro que los carnés cardasianos son muy difíciles de falsificar. Esto no deja ya ninguna duda de que ustedes decían la verdad —dijo la pelirroja McPage observando mi carné identificador.

—Ya saben que nosotros, los vulcanos, no mentimos nunca —añadió Sony-B.

—Tiene razón, perdonen las molestias y el mal rato que les hemos hecho pasar —se disculpó la pelirroja Garbancita.

—Bueno, en cualquier caso, nos quedamos con el gigante rubio para darle lo suyo —añadió la otra.

—Como gusten, nosotros ya damos por finalizada nuestra misión. Y, en todo caso, queríamos agradecerlas también su lucha por esta noble causa de acabar con el tráfico de mujeres —dije yo.

—¡Larga y próspera caza de traficantes! —añadió Sony-B.

—Bueno, esperemos que no muy larga. Si es corta mejor, eso querrá decir que hemos acabado con ellos de una manera rápida y letal —dijo Garbancita.

Y así regresamos con la satisfacción del deber cumplido. Puede que en esta ocasión nos hubieran echado una manilla, pero eso es lo de menos, lo importante era que habíamos cumplido con nuestro deber. Tan satisfecho estaba de esta misión, que en recuerdo de ella, me guardé unas cuantas barritas energéticas doradas —evidentemente, no es que con tanta acción se me hubiera abierto el apetito…

© Copyright de Tony Jim para NGC 3660, Octubre de 2018

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