Mujer en azul con habitación al fondo

Por Ángel Ortega

La mujer entra en la estancia, todos los rayos de luz son tonos de azul. Vestida con un traje de noche, con lentejuelas, los hombros rectos desnudos y guantes largos bien calados. Mira hacia el techo con expresión ausente y su melena cae con estudiado desaliño sobre su ojo derecho. Arriba, en la penumbra, hay algo que no se adivina. Cada movimiento de sus brazos y del vuelo de su vestido son armoniosos; con ellos agita levemente el aire e inunda la habitación con una mezcla magistral de perfume de maderas y fragancia animal de noche agitada, ambas en su justa medida. No pierde la compostura ni cuando identifica el objeto sobre ella, apenas un elegante estremecimiento, una exhalación de horror.

En el techo hay un hombre colgado. No es un hombre; es solo una parte de él. No tiene ni brazos ni piernas, no tiene siquiera muñones. Las extremidades están arrancadas de raíz y las aberturas rezuman la frescura de unos tallos recién cortados. Gotean hilos de sangre casi sólida, casi como melaza. Es un tronco con solo la cabeza, enganchado al techo mediante cables de acero, que traspasan la espalda y brotan en el pecho, amarrados fielmente con pernos y arandelas. El hombre sufre, solo puede mover el cuello y su cara es una fea mueca, una carátula que cambia cada segundo de gesto. Masculla algo ininteligible.

En el techo hay algo más. Es mucho, mucho más grande, y mucho más terrible. Es algo espantoso que se extiende más allá de lo visible, es maldad, es horror. La mujer apenas puede distinguirlo, pero lo siente. Aunque sea más de lo que puede soportar, no alza siquiera la voz y contempla el espectáculo con su porte de dama, con su vestido ceñido reventando nalgas y senos, con sus manos describiendo siempre formas geométricas perfectas, con sus pómulos marcados, con sus ojeras incipientes.

Al fondo, la pared se desdibuja entre una neblina forzada e inverosímil. Solo se distingue un reloj de cuco, un paragüero con tres o cuatro bastones, quizá un laúd o una cítara.

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Septiembre 2018

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