Motivo

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Por  Laura López Alfranca

Goliat siempre había sido un superviviente nato. Poseía un sexto sentido que le hacía subirse al caballo ganador incluso antes de que este se decidiera a participar en la carrera. Por eso no dudó en incorporarse a la Aliah Corp. de su universo, aunque tuviera que empezar como recepcionista. Por suerte, escaló en la empresa con la suficiente rapidez como para que, cuando vendieron a los suyos como esclavos a otras dimensiones, no le salpicara a él. Aunque, por si acaso, era mejor ascender un poco más y llegar a los intocables superiores, no fuera a ser que alguien se le adelantase.

Ahora estudiaba los dosieres de la dimensión 42-47-(-47)-IT con cansancio. Llevaba días comentándolos con su gabinete y, tras reírse de las fotos y las expresiones de los candidatos, ya no se sentía tan motivado. Mejor dicho, había tomado una buena decisión, pero la tenía muriéndose en sus redes, como decían los suyos: la mejor candidata era Marta Pérez, tanto por estudios, como por preparación física y situación familiar… a pesar de todo, no se fiaba.

En la mayoría de las dimensiones conocidas donde existía una Marta Pérez (o un Marcos, un Mansur, una Martha, una Marthe, una… lo que fuera) acababa dedicándose a la enseñanza tras una carrera meteórica dentro de las ciencias de este y otros planos, y por el mismo motivo: la pérdida de su gemelo (en este reclutamiento, la muerte de Mar Pérez) por parte de la «exploración y colonización interdimensional». O lo que vendría a ser una repetición de patrones y conductas hacia un individuo útil: tratar de aislar a los pocos que pueden realizar los viajes a través de los agujeros de gusano. Es decir, era culpa de la compañía y algo hecho a propósito para poder obtener trabajadores; el problema era, que los sujetos pertenecientes al grupo M parecían culpar en mayor o menor medida a la compañía. No intercedían, no daban muestras de ser parte de la resistencia, pero no querían saber nada de ellos. Hasta esta Marta Pérez, que había decidido mandarles un currículum y ayudarles… Lo cual le escamaba.

Estaba esperando a que su secretaría le mandara un mensaje y le indicara que la candidata había aparecido. Goliat había mantenido cerca los currículums de los trabajadores habituales, a la espera de saber qué era diferente en aquel ejemplar. Conseguirla le sería un gran impulso dentro de la micro-sociedad de los intocables dentro de la compañía.

Un pitido.

Una petición rápida.

Una puerta que se abre.

Una mujer que se sienta.

Tras la expresión de sorpresa inicial y de un algo indecible, Marta Pérez se sentó ante él con su cara purpúrea cansada. Se le veía por la piel hinchada bajo los ojos reptilianos, los orificios por nariz apuntando hacia abajo, la fina boca con expresión agotada y que su mirada estaba opaca (uno de los pares de párpados lo cubría, como si estuviera medio dormida de forma muy literal).

—Qué cara, cualquiera diría que ha visto una mosca en su sopa —comentó él para tantearla.

—Entienda, señor Ortiz, que no esperase ver a un arácnido de la 27-1-12, creí que todos habían sido vendidos como complemento doméstico —replicó ella con sinceridad.

No era muy diferente a los de otras dimensiones y eso aumentaba la suspicacia del hombre.

—¿No tiene ganas de darme un bocadito si no le doy el trabajo? Para irse comida al menos.

También era cierto que odiaba tratar con las ramas dimensionales repilianas por un vestigio arcaico de supervivencia de los de su especie: ningún lagartijo era de fiar si estabas gordo y tumbado al Sol encima de tu red, aunque esta fuera una oficina lujosa en un edificio de máxima seguridad, anclado en un planeta artificial en medio de la red de agujeros de Scharzschild.

—Soy más de frutas que de carne. No me gusta que mi comida pueda guiñarme un ojo… o, como en este caso, ocho —aseveró ella sentándose—. Sabe que soy la mejor para este trabajo, ¿por qué estamos dando tantas vueltas?

—Si ni siquiera nos hemos presentado —dijo Goliat mientras se frotaba los quelíceros con calma—. No podemos decir que estemos dando ni una sola vuelta.

—Quiere darlas y yo no tengo tiempo. Quiero empezar ya con las exploraciones —insistió Marta Pérez.

—¿Por qué? Prácticamente podría trabajar para la competencia. ¿Acaso NASA, SETI o Área 51 no le han tanteado también? —insistió el hombre.

Si ella insistía en la rapidez, él tendría que correr y ponerse ocho pasos por delante. Por suerte, aquello pareció calmarla.

—Ellos ya no hacen viajes al espacio —comentó ella—. Solo ustedes siguen mandando en algunos puntos cohetes para localizar a las civilizaciones paternas.

Entonces comprendió: tras descubrir las brechas inter-dimensionales y establecer comercios, la investigación espacial pasó a ser un mero hobby o complemento para la humanidad. Algunos universos habían probado que los nacidos en la Tierra habían sido fruto de colonizaciones, ¿para qué buscar a unos padres putativos, aunque con los mismos genes, en la inmensidad del cosmos? En el caso de Aliah Corp. porque eso podía generarles grandes riquezas. Solo aquellos que hubieran llevado una cierta cantidad de misiones para ellos e invirtiendo parte de su dinero, podían jugar a ser astronautas por unos años.

—¿El viejo sueño que tenías con tu hermana? Déjame mirar… —pidió distraído, aunque se sabía muy bien el informe—. ¿Marcela?

—Mar, no le gustaba ser Marcela —murmuró ella con agotamiento.

Goliat pensó que no entendía a qué se debía tanta tristeza: la había podido disfrutar buena parte de su edad adulta y estuvieron a punto de conseguir entrar en el programa espacial. Otros de los suyos perdieron a su mitad siendo apenas unos niños.

—Es una pena lo que le pasó, ¿fue un accidente de moto?

—De coche —gruñó ella.

El hombre estaba sorprendido de que no les culpase: la situación siempre se repetía y era o por un novio o novia (que estaba en nómina de la compañía y era usado para esta situación), o por ofrecerle solo a una el trabajo. Daba igual el motivo, porque siempre se ocasionaba la misma secuencia de enfado, el homólogo de Marta se bajaba de un coche y el de Mar perdía el control del vehículo porque había sido saboteado. La tesitura era de todo menos sutil y si él fuera el encargado, en vez de matar tanto a Mar, las dejaría vivas y felices, con ganas de trabajar para ellos en las misiones que menos popularidad tenían: la búsqueda de las civilizaciones maternas (o paternas como llamaban algunos, pero a él le gustaba más referirse a estas como madres por la seguridad que inspiraban).

—Cuánto lo siento, pero ¿por qué quiere seguir adelante con lo del viaje espacial?

—Cuando éramos pequeñas, nuestro padre nos contó —explicó ella como si hablase con un niño pequeño— que si un gemelo permanecía en la tierra y otro viajaba a la velocidad de la luz, el primero envejecería de forma normal y el segundo lentamente. Cuando se volvieran a encontrar, uno podría parecer el abuelo del otro.

—Las teorías de Alexander Ansztein —comentó el hombre.

—En mi mundo era Ainstein —comentó ella—. Siempre quisimos saber si era verdad.

Su amor por la ciencia estaba registrado en el documento, pero no que llegara hasta ese punto. Interesante, alguien que soñaba con ser una cobaya humana debía ser muy útil para la compañía. O lo sería si no sintiera miedo al tenerla cerca.

—Visto lo visto, creo que voy a tener que contratarte —comentó Goliat—. Necesitamos gente con tantas agallas como tú y más que estén interesados de forma tan viva en el viaje espacial.

Por unos momentos, la piel escamosa pareció relucir de nuevo. Casi se le erizaron todos los pelos, incluso los que no deberían hacerlo.

—Aun así, debemos pasar por el trámite de la exploración inter-dimensional. Han aparecido varios agujeros interesantes y que ofrecen grandes oportunidades económicas. Todo legal, obviamente y de cambios muy sencillos para la primera vez…

Ella no parecía tener muchas dudas, ya que no preguntaba casi nada. Cuando salió de su despacho, Goliat no dudó en contratar varios espías para que, cuando Marta llegara a su casa, pudieran tenerla vigilada; los habría colocado en el monorraíl, pero había leyes muy estrictas y ni siquiera la Aliah se atrevía a romperlas. Convencería a los jefes de que había sido fácil y de que aquello era seguridad estándar, pero seguía con su sentido de la supervivencia zumbándole a la desesperada.

Aliah Corp. no había sobrevivido miles de dimensiones por nada: vendía a los débiles y los mejor dotados se convertían en los esclavos de la compañía para que siguiera creciendo. Controlaba los tráficos entre universos y su comercio… por eso, solo por eso, no iba a dejar un detalle como Marta Pérez se le escapase si podía evitarlo. Y ya sabía cómo solucionarlo sin que nadie pudiera dudar de sus intenciones, además, si las cosas no salían como había planeado, siempre tendrían a una buena cobaya dispuesta a jugarse el cuello en los viajes espaciales.

 

***

 

El camino de vuelta era muy largo y requería muchos transbordos. Seguramente, antes de que pudiera poner un pie en su casa, Marta sería llamada para incorporarse a su nuevo trabajo. Sin embargo, necesitaba salir de aquel lugar tan falso y artificial, aunque el monorraíl viajando a través de las realidades no fuera el paradigma de lo natural: a su alrededor, los mundos se convertían en reflejos burbujeantes y sinuosos, irreales como las ilusiones de un espejo de feria. Las luces del vehículo titilaban: daba igual los avances tecnológicos, siempre tenía que haber alguna bombilla de neón que no podía funcionar como era debido.

Marta no había sido sincera al cien por cien ante la araña híper desarrollada: claro que deseaba conseguir el sueño de su infancia. Sin embargo, lo que más necesitaba, era encontrar algún maldito plano donde ella hubiera hecho las cosas bien y Mar se hubiera salvado. Había estado en más de diez, hablado con copias suyas de más de cincuenta y en cada uno la respuesta había sido la misma: Mar murió cuando el coche se salió de la carretera. Muchos le habían dicho que era culpa de Aliah Corp., que no confiara en ellos. La verdad es que, por mucho que ellos hubieran propiciado el accidente, si ella no hubiera estado tan…

El monorraíl que cruzaba los agujeros se detuvo en su grieta. Pensó que era justo a tiempo para no tener que llorar, pero su corazón volvía a latir doloroso y sus ojos ya estaban inundados. Se bajó y se quedó en los asientos de la estación: un poco de suelo de cemento sobre la inmensidad de la nada, rodeada de grietas donde se podía ver el fluir de la vida de otros mundos. El poste de luz donde se introducían las coordenadas de su hogar y un pequeño banco donde no dudó en sentarse para desahogarse.

El aire a su alrededor absorbía su llanto, no dejando que el sonido se alejara mucho más. La sensación era claustrofóbica, como si su culpabilidad hubiera inundado el mundo.

Mar y ella siempre habían estado juntas, en lo bueno y en lo malo. Habían amado las ciencias por encima de cualquier otra cosa y deseaban poder demostrar las teorías sobre los gemelos. Querían ver el universo y, si era posible, conocer nuevas civilizaciones. La llegada de Aliah Corp. y las otras empresas dimensionales abrió un mundo de infinitas posibilidades para dos chicas como ellas, con su inteligencia y su preparación para los viajes espaciales. Si demostraban su valía, podrían entrar en los programas de exploración y de ahí a encontrarse con las estrellas.

Entonces fue cuando apareció Diego, la cameló y la enchufó dentro de la compañía. Debía dejar a Mar atrás y su hermanase sintió furiosa, no sabía si por el chico, el puesto o porque Marta hubiera entrado de forma tan poco escrupulosa. Poco importaba ya, ella se había desecho de su mundo por el camino. Aguardó a que lo poco que le quedaba de familia muriera y decidió que ya era el momento de jugarse el pellejo para encontrar a su hermana. Si es que quedaba algún vestigio de ella en los universos.

Tras la muerte de su gemela, rechazó el puesto que le había ofrecido Diego en la sección espacial, muy lejos de los peligros de seguir el camino normal: los viajes de exploración entre dimensiones. Deseaba que, cuando se reunieran, volviera a sentirse orgullosa de ella: nada de trampas ni trucos, ya que había llegado hasta allí por sus propios medios. Aunque para ello tuviera que sacrificar su moral y lo que hubiera sido.

Solo necesitaba un maldito mundo, uno en el que ella se hubiera portado como una hermana. Si tenía que descontar aquellos en los que no había existido, quedaban muy pocas probabilidades y cada nuevo descubrimiento la dejaba más desolada porque siempre se quedaba sola. Podía haber soportado la pérdida de sus padres y de sus otros familiares, pero no la de Mar, no sabiendo que era culpa suya.

Alguien se sentó a su lado y, para su sorpresa, le tendió un pañuelo. Ella lo tomó y murmuró un agradecimiento.

—No hay de qué —comentó el hombre.

Marta no supo si fue por el tono de voz o porque se fijó en la piel más azul de su acompañante. Sin embargo, al levantar la cabeza para cerciorarse de que estaba equivocada, quiso gritar furiosa: y allí estaba ella. No era ella, ELLA, pero sí, pero… Era un individuo de su misma especie, complexión, edad, personalidad, nombre y vida, era la propia Marta venida de otra dimensión y con un rabito de regalo. Había oído rumores de que iban reclutándolos según sus vivencias, por eso el tipo araña de la compañía había intentado alargar la entrevista cuando sabía que el trabajo era suyo: no se fiaba. Era más que posible que siguiera sin hacerlo y su casa estuviera llena de cámaras y micros.

Todo por culpa de esos capullos.

—No me lo puedo creer —se quejó ella y antes de que su otro yo hablase, le cortó—. Ni se te ocurra hablarme, me vas a joder el trabajo.

—¿De verdad deseas trabajar para los que mataron a Marcelo? —le reprochó con enfado—. Sus manos están manchadas de sangre de muchos inocentes, incluyendo a nuestro hermano.

—Fuimos nosotros quienes matamos a nuestro gemelo. No me vengas echando la culpa a los demás.

—¡Ellos sabotearon nuestro coche!

—¡Y nosotros no estuvimos allí con ellos! —sollozó ella—. Murieron solos y sabiendo que en ese momento les odiábamos.

—Pero ellos sabotearon el coche —insistió su otro yo, ¿cómo se llamaría?—. ¿De qué habría servido estar con ellos si uno de nosotros tenía que morir? María…

—Marta, mi nombre es Marta —le corrigió ella.

No supo por qué eso le hizo reírse.

—Mateo —se presentó tendiéndole la mano. La reptiliana se la aceptó a regañadientes—. Las Martas suelen escucharme, las Marías se culpan a sí mismas.

Le miró la muñeca y vio un reloj de color plateado que no le gustó mucho.

—¿Y los Mateos os ponéis a gritar soflamas políticas a la primera de cambio?

La joven tiró del aparato y la piel lila se llenó de pelo negro y los rasgos de reptil se volvieron felinos. No era su equivalente y él, en vez de asustarse al verse descubierto, extendió el brazo para que ella colocara el dispositivo de camuflaje en su muñeca.

—Los Mateos tendemos a impacientarnos, sí —comentó él con amargor—. Es… si supieras el gran error que estás cometiendo.

—Ilústrame, ¿vas a decirme que si entro en una dimensión que «In Time» está más retrasada tecnológicamente, venderán a esa sociedad como esclava? Porque eso ya lo sabía.

—Marta…

—¿O que se establecerá y será imposible deshacer ese tentáculo de poder?

—Marta…

—¿Que es una compañía perversa? ¿Una multinacional que en el fondo nos esclaviza a todos? —acabó ella con lágrimas en los ojos y furiosa—. Dime algo que no sepa.

—¿Cómo puedes mantener tu cordura, sabiendo que haces todo lo que va en contra de lo que siempre creíste? —preguntó Mateo con calma.

Ella sintió el golpe en el alma como si la hubiera abofeteado. En cambio, se mantuvo firme, ignoró a su conciencia y volvió a enfrentarse a él.

—Dame un motivo para volver a hacer lo correcto.

Él se quedó callado, temió que no le hubiera entendido.

—Sabes cuál es mi mayor motivo. Dámelo —le rogó.

Deseaba poder escuchar de aquellos labios gatunos una respuesta que le diera la esperanza que había perdido.

—Llevo demasiadas dimensiones a mi espalda y… No está —le dijo con la misma pena que ella—. Marcelo… Marcela no existe en ninguna de ellas. En todas nos los matan.

Por unos momentos, había creído que podría rechazar ese trabajo y ser ella misma de nuevo. Sin embargo, la respuesta estaba clara.

—Entonces no me importa lo que tengo que hacer. Si en los multiversos no hay hueco para Marcela, entonces estos no deberían esperar mi compasión —replicó ella sintiendo el móvil vibrar—. Esa es mi respuesta, y dado que…

Pero su otro yo se había marchado dejando tras de sí un número de teléfono, la muchacha supuso que era al que podría llamar en caso de emergencia. Estaba sola. En la pantalla de su teléfono se podía ver el nombre de Aliah Corp., mientras se escuchaba la canción de Highway to hell de los Alternating Current.

Dejó que la primera llamada pasase para poder serenarse. Allí estaba su momento de dar el paso y abandonar lo que fue; las lágrimas pasaron y endureció su coraza, más que dispuesta a lanzarse a lo desconocido.

Antes de que acabase el solo de guitarra del inicio, cogió la segunda llamada y con un suspiro, habló:

—Marta Pérez.

—Ah, Marta —comentó con voz sedosa el tipo araña—. Espero que no te hayas puesto ya el pijama.

—No, solo he mudado de piel para limpiarme —comentó con mordacidad. No parecía que Goliat fuera del tipo que entendiera esas bromas, a juzgar por el silencio que siguió—. Estaba en la estación, de camino a casa.

—Perfecto, entonces vuelve rápido a las oficinas de Aliah. Tenemos una misión para ti y el tiempo es oro.

Colgó sin despedirse, aunque la mujer no le dio importancia. Cambió de vía y aguardó durante horas el siguiente tranvía.

 

***

 

—La cuestión es, que nosotros tenemos durante cuarenta y ocho horas la exclusividad de explorar esta nueva fractura —comentó Goliat—. Creemos que podría ser una gran oportunidad económica y no podemos dejar que Paperclip y Galilei se nos adelanten.

Ella escuchaba a medias, concentrándose en la canción de su cabeza y dejando que la vistieran con aquel traje tan apretado que le permitiría cruzar por el inhóspito paraje entre universos. A su alrededor los trabajadores se movían con gran rapidez para tenerla preparada.

—¿Por qué encarga a una novata este trabajo? ¿No sería mejor alguien más experimentado? —comentó ella siguiendo el solo de guitarra eléctrica con el pie.

—Están en misiones o descansando. Si no fuera tan importante, lo habríamos dejado pasar —insistió la araña—. Pero si este enlace sale bien, podremos expandirnos a una nueva zona virgen. Además, este tipo de traje es el que estás acostumbrada a usar en las simulaciones con robots de las escuelas espaciales. Nada que no controles.

—¿Y qué pasa con los protocolos de actuación?

—Son los mismos que la exploración espacial: camuflarse, conexión a redes de información si las hay y muestras de ADN. Sencillo.

Siguió hablando de la importancia tecnológica y científica que supondría descubrir zonas donde la vida hubiera surgido de diferentes maneras. Una parte de ella le dio la razón y se sintió entusiasmada ante la posibilidad.

Cuando el ejecutivo se separó de ella, uno de los ingenieros con cara de mariposa se acercó y con voz grave que llegaba desde lo más profundo de su mente, le explicó el proceso: la harían deslizarse por un túnel nuevo; debía tener cuidado, porque al no estar «apuntalado» podría derrumbarse y dejarla flotando en medio de la nada. Tendría el traje para sobrevivir al trayecto y al entorno, así como al nuevo medioambiente si este resulta hostil. Aunque le aconsejaba que, de ser así, volviera para que se la equipase mejor.

La siguiente parte del plan era conseguir información fiable de la situación del mundo y recopilarla en una memoria portátil, así como alguna base genética para someterla a estudio, como bien había dicho Goliat. Marta acalló esa voz que decía que la usarían para mermar a las criaturas al otro lado si eran numerosas.

Mientras Goliat hablaba de que aquello sería tan sencillo como un paseo en tirolina, el científico añadió un combustible extra entre los objetos de la exploradora.

—Por si acaso ocurriera algún… imprevisto —comentó guiñándole un ojo.

Aquella confianza solo significaba una cosa:

—¿Mateo? —preguntó ella ceñuda.

—Casi, soy una María —aseguró ella. Jamás habría adivinado que una mujer insecto pudiera ser tan indistinguible de un hombre—. Ten cuidado allá fuera.

—No quiero… —comenzó a decir ella un tanto furiosa.

—Él tiene razón: es una zona inexplorada. Es la primera abertura que hay y es un gran trozo del multiverso —continuó ella—. Si no quieres ayudarnos, al menos…

—¿Al menos…?

—Si le encuentras, si encuentras a Marcos… —murmuró con pena— necesito saberlo y para eso tienes que volver.

Marta no podía negarse ante aquella petición tan normal y dolorosa.

—¿Crees que puede pasarme algo? —preguntó a su otro yo.

—Lo sé. Lo más probable es que, o te asesine alguno fingiendo ser de otra compañía, o te cierren el camino de vuelta.

María debió ver el disgusto en la cara de Marta, porque añadió.

—Por eso te he preparado un buen equipo. Si usas la cabeza, podrás salir airosa. Lo sé porque yo soy tú —bromeó mientras desenrollaba la trompa.

—¿Y sabes que intentarán eliminarme por eso mismo?

—Sí, ya lo han hecho varias veces cuando nos hemos infiltrado. Pero como a mí me dan por muerta…

Marta tragó saliva y sintió pánico. No había esperado que hubiera tantos problemas, tanto dentro, como fuera de la exploración; los demás la habían metido en medio de una guerra quisiera ella o no.

Cuando quiso decirle algo a María, Goliat la tomó de los hombros y la llevó hasta la zona de despegue, si es que se le podía llamar así dada la situación. La abertura parecía más un espejo deformando la realidad de una lanzadera y, salvo por los cubos de basura de colores, el lugar le resultaba tan anodino y normal como cualquier parte de su mundo.

—¿Estás preparada? —preguntó Goliat mientras sacudía sus quelíceros.

A Marta le daba muchísimo asco, no entendía cómo sus antepasados de esta o cualquier dimensión podían encontrar a seres así apetitosos.

—¿Se puede estar preparada para una situación así? —replicó Marta con temor.

No le gustaba saber que se dirigía a una trampa, había preferido seguir en la inopia.

—No, así que ¡flotando!

Le vio chasquear su boca y reírse. Jamás había visto una risa tan siniestra, aquel ser era demasiado horrible para ser tolerado.

Le habría gustado poderle replicar. Sin embargo, el ser le empujó con uno de sus brazos hacía la superficie ondulante y su casco se activó con rapidez, cubriendo su rostro y protegiéndole del vacío del agujero de gusano; la sensación de aparecer al otro lado fue extraña, como atravesar una membrana acuosa y acabar ingrávida. Cuando creyó que se quedaría flotando por toda la eternidad, los propulsores de sus pies se activaron y dio un bandazo. El traje la dirigía en todo momento y se notaba que había sido un robot quién se había aventurado a colocar aquellos artefactos, porque el camino iba zigzagueando de forma abrupta y mareante. Marta trató de extender los brazos para poder controlar mejor su «vuelo», pero era imposible al estar el asunto tan mecanizado. Ni siquiera los de las prácticas daban tantos problemas, podía regular al menos la velocidad con la que podía desplazarse entre ambos mundos.

A su alrededor, la realidad se había convertido en un túnel donde los colores se estiraban hasta el infinito. En el techo (¿o sería el suelo?) de la gruta había varias ¿rocas, aparatos, robots? Mejor llamarlas marcas, que la guiaban en su trayecto. Cuando pasaba por una de estas, brillaban con luz verde. Debían ser las guías que usaba el traje para moverse.

El golpe contra la barrera de la otra realidad fue doloroso. Su cabeza retumbó mientras el resto de su cuerpo se quejaba al intentar pasar a través de la membrana. Volver a recuperar la gravedad y caer al suelo del callejón, entre la basura, tampoco ayudó a reestablecer el sentido del equilibrio y el de situar el lugar correspondiente al suelo.

Se apoyó en el muro de ladrillo y sintió que la armadura se quedaba pegada contra un papel. Levantó la cabeza y se quedó mirando con expresión de asco a la fotografía. ¿Eso era una persona atractiva en este mundo? Los ojos estaban demasiado juntos y redondos, la sonrisa carecía de colmillos, su piel era de un marrón tirando a rosa y tenía un poco de pelo en la cabeza. La nariz era inmensa y por todo el cuerpo se le marcaban los músculos en exceso.

Entre eso y el viaje, se dobló a un lado y vomitó en el cristal del casco. Este se abrió para verter el contenido de su estómago tras dejar que le manchase la cara. Marta tiró de varias anillas y pulsó los botones pertinentes para que su traje buscara las redes y sintetizara un disfraz para pasar desapercibida entre tanto monstruo. Sacó un pañuelo del kit de supervivencia y dejó que el cálido aire contaminado de la ciudad le impregnase. Los edificios eran rectos, cuadriculados y de color crema; le recordaban a las zonas antiguas de su hogar. Por la altura del sol, debía estar amaneciendo todavía. Había algún borracho pasando a su lado, pero no repararon en su aspecto. Se llevó la mano a la nariz al sentir el azote del hedor a bebida y… lo que quisiera que segregaran aquellas criaturas.

Miró la placa azul encima de su cabeza y pudo reconocer el nombre: calle del Río, como la que había en su Madrid; el traje dictaminó que realmente se trataba de un Madrid, algo que la sorprendió todavía más y no pudo evitar sentir curiosidad sobre lo que podía haber cambiado. El traje pitó y tras superar la impresión de que su pectoral creciera de forma desmedida, se vio vestida con unos pantalones de tela azul, y una camiseta con la foto de una chica levantando un dedo y con una pompa rosa en la boca. Al descargar la información de quién era la tipa que llevaba, deseó no haberlo hecho, pero al menos ya sabía que levantar el dedo corazón en aquel Madrid era un insulto.

La reptiliana empezó a caminar con inseguridad y fue escuchando el sonido de una voz en su cabeza: el chip de almacenamiento de memoria. Este le iba indicando por dónde debía ir entre las callejuelas; prefería moverse y no quedarse fija mientras se cargaban los datos, no fuera a ser que el asesino llegase justo después que ella… Si es que Goliat escogía ese método.

Le sorprendía la visión de aquella ciudad tan parecida y diferente a la suya: prácticamente le daba la sensación de que caminaba por los cascos antiguos y la Ciudad Museo de Madrid: los coches antiguos de combustión escupiendo humo, tan diferentes a los modelos eléctricos de su ahora. Las tiendas con escaparates no interactivos que mostraban sus contenidos a través del cristal; los bares no habían cambiado, eso sí que le reconfortó: el mismo olor a alimento procesado con grasa, a café y a, según las definiciones de la red de ese mundo, a humanidad.

Humanos, qué nombre más curioso para una raza pensante. Aunque ella prefería decirles feanos, es que ni con diferentes colores de pelo y ojos, o siendo más pálidos, rojos u oscuros mejoraban con respecto al de aquel cartel. Lo peor era al tocarles, con su piel tan desagradable y la carne tan blanda. Casi deseaba que si había un asesino, se abalanzase sobre ella… casi, porque recordarlo le hizo sentir un aliento frío sobre su espalda.

En una calle de varios carriles y muchos coches, se encontró con un pequeño edificio donde un humano vendía periódicos. ¡Qué curioso desfase! Aunque estuvieran en el mismo tiempo, ellos estaban varios siglos atrasados, ¿por qué sería? Mientras se dirigía a un cajero y dejaba que su traje lo hackeara para poder sacar lo que usaran para pagar, su chip de memoria fue introduciéndole los recuerdos históricos de aquel mundo. Entre los llamados años oscuros de la Edad Media y que la gran mayoría de las guerras había acabado con las familias científicas más importantes, pudo hacerse un buen cuadro general.

—Primates —murmuró ella sentándose en un café y leyendo el periódico, mientras en su chip seguía descargándose la situación mundial—. Tuvieron que descender de la rama más beligerante, eso seguro.

La economía estaba fatal, había conflictos bélicos… Sí, por lo poco que pudo estudiar en las prácticas biológicas a los simios, le pareció muy propio de algunas especies. A pesar de todo, no se habían extinguido como les había pasado a otras civilizaciones muy parecidas a la suya.

—Vaya, vaya, señorita Pérez —le saludó un hombre que, si bien tenía la piel más oscura que la media de lo que había visto, le parecía igual de repulsivo que los demás—. ¿Me permite invitarla a un café?

Parecía el típico baboso que trataba de ligar con cualquiera y debía tener fijación con ella en esa dimensión. No era agradable pensar que ese tipo de situaciones se daban sin importar el lugar; hasta que recordó la posibilidad de que fuera un asesino de Goliat. Decidió seguir con la conversación.

—No, gracias —comentó ella dando un trago pequeño a su vaso de papel.

Esperaba que no la tocase, le seguía dando demasiada cosa. Al menos empezaba a gustarle más los olores.

—Oh, vamos. No hacía tanto que me dejabas invitarte, preciosa —insistió él con una sonrisa que debía ser arrolladora—. ¿Es que desde que trabajas para la competencia ya no te caigo tan bien?

¿Una relación? No esperaba que en su caso se recuperase tan rápido de lo ocurrido con Mar. Para no meter en líos a su otro yo, no dudó en abrasarse la garganta hasta acabar la bebida y tirar el recipiente a la basura.

—Pregúntamelo otro día y veré si estoy de mejor humor —pidió despidiéndose.

Lo que menos necesitaba en ese momento, era meter en líos a su otro yo. Debía ser discreta y… Sintió un sopor repentino demasiado fuerte, sus piernas cedieron y la recogieron dos hombres a la salida del local. Sabía que sentía miedo y ansiedad, de una forma mantecosa y lenta.

Parpadeó, apenas fue un segundo y al hacerlo, pasó de estar en medio de las calles de la ciudad, a encontrarse encerrada en una celda de paredes de cemento gris; no sabía cuánto tiempo había pasado. Se miró las manos y la ropa, preocupada de que hubieran podido retirar su camuflaje, pero permanecía. Estaba sentada en una mesa y solo se escuchaba el movimiento de una cámara de vídeo vigilándola, a veces llegaba un grito del otro lado de la puerta. Con una sonrisa desagradable, alzó el dedo corazón al aparato de vigilancia esperando así llamar la atención de quien quisiera tenerla allí encerrada.

Entraron una hembra (lo adivinó por los pectorales enormes, porque tenía el pelo tan corto como el hombre), y un macho, y la miraron con una sonrisa condescendiente. Antes de que la puerta se cerrase, entró otro hombre, que observaba la escena con semblante furioso. Todos llevaban trajes negros.

—Bueno, agente M-17 —saludó el hombre sentado y de mueca sonriente—, ¿le ha gustado el café de ayer?

—Lo habría preferido sin somníferos —reconoció Marta con calma—. Sobre todo porque se confunden de persona.

—¿Qué no eres nuestro agente M-17…? —preguntó la agente enseñándole un rostro humano. Debía ser el suyo—. ¿O que no estabas hablando con tu excompañero de la investigación invasora?

—¿Lo estaba? —insistió ella intranquila—. ¿Lo soy?

Estaba acostumbrada a los interrogatorios. Lo que le ponía nerviosa, era no saber en qué situación estaba metida su otro yo. Nadie la había preparado y lo más básico, que habría sido buscarse para saber qué había de su vida, no se le había ocurrido hasta ese instante. El tipo de la puerta la miró, cogió un móvil del bolsillo y salió corriendo de la habitación. Fue ese el momento en que los dos interrogadores se miraron y Marta supo que la cosa iría a peor.

La primera bofetada no tardó mucho en llegar, como tampoco las siguientes. Cuando vieron que no sangraba y su cara no se deformaba demasiado, la reptiliana tuvo la certeza de que iba a tener problemas más serios. Su piel de reptil era muy resistente a los envites humanos y eso se reflejaba en su disfraz. Sintió que la piel se tensaba y se endurecía más si eso era posible, el corazón le latía con fuerza y su cerebro trataba de organizarse para poder escapar.

Tal vez por eso, cuando vio a un equipo científico entrar, su cuerpo reaccionó mucho más rápido que su mente. No estaba atada, por lo que pudo lanzarse contra uno de los doctores que entraba por la puerta y derribarle. No aguardó mucho para escaparse por la puerta y lanzarse a correr por los corredores de cemento. Tampoco tardaron en perseguirla y dispararle. El mundo era gris a su alrededor, así como las puertas y las caras de los humanos.

Una explosión.

Se agachó rápidamente.

Cayó un humano delante de ella.

No fue difícil saltar encima del cuerpo.

Siguió corriendo en aquel laberinto, sabiendo que necesitaba un plan para salir de allí. Y casi como caída del cielo, allí estaba ella en su forma humana; no dudó en lanzarse sobre ella cuando fue a escapar y la agarró del cuello con fuerza.

—O me dejan marcharme o me la cargo —dijo con nerviosismo.

Se apoyó contra una pared para evitar los ataques por la espalda, mientras un buen puñado de militares la apuntaban con sus armas. Escuchó cómo su otro yo se ahogaba y le arañaba el brazo, pero no cedió.

—¡Alto! —pidió el humano que salió a coger el móvil—. Dejadla que se marche si libera a M-17.

—Cuando esté segura de que me vais a dejar tranquila —aseguró ella—. Quiero un coche y que no nos sigáis.

—Está bien, lo que tú quieras —comentó el agente especial.

***

 

Solo cuando se encontró al volante del coche y con su otro yo al lado, supo que la habían engañado. La adrenalina no le había hecho pensar en lo fácil que había sido marcharse, y ahora era demasiado tarde. Conducía de noche por una carretera sin luz y de apariencia abandonada. A su alrededor había árboles medio secos que disimulaban un poco la contaminación lumínica de la ciudad. Ya sabía que le quedaban apenas unas horas para volver antes de que entrasen los de las otras compañías, por lo que no estaba segura de si podría volver o si la querrían matar aquí. Era complicado adelantarse a una araña, tiene seis piernas más que tú para ir varios pasos por delante.

No había hablado en todo el trayecto, la copiloto tampoco. Por lo que cuando detuvo el vehículo y se dio de cabezazos contra el volante, esperaba que no se asustara.

—Esta ha sido la misión más fracasada de la historia —se quejó a sí misma—. Tendré suerte si puedo volver a tiempo al portal.

—No te agobies, Marti. Al final todo saldrá bien —dijo su compañera agarrándole de la mano.

Fue el cómo se refería a ella cuando la miró sin comprender. Al verla llorar, se quedó un tanto asombrada. Era normal que sintiera reparos por haber visto una copia suya, pero no tanto como para sollozar así. Ni mucho menos como para lanzarse a su cuello así.

—Tranquila, de verdad. Si sabes que no te iba a hacer daño —murmuró cohibida.

—Claro que no, tonta.

—Aunque tampoco es para ponerte a llorar, no es que hayamos…

La escuchó bufar y se separó un tanto molesta, aunque sin dejar de sonreír.

—¡Eres la persona más obtusa y cegata del mundo! ¡No nos parecemos tanto como para no reconocerme!

Ante esa respuesta, Marta se miró en el espejo retrovisor y luego estudió el rostro que la miraba con lágrimas: no, no eran exactos, aunque sí muy parecidos. Entonces lo comprendió y el mundo se le vino encima. Se llevó las manos a la boca tratando de aguantar sus sollozos.

—Mar… estás viva…

En un mundo perfecto, su primer encuentro habría sido con su Mar: una preciosa reptiliana de piel más rosada que la suya y a la que no habría tardado en reconocer. Sin embargo, aquello le servía tras tantos meses de dolor, tanto como que volviera a abrazarla y llorasen juntas.

—Podría decirte lo mismo. Casi me da un ataque cuando te vi en la sala de interrogatorios —explicó su hermana—. Pensé que estaba viendo un fantasma.

—No, no es eso, es decir…

—Ya sé que eres de otra dimensión, no soy boba —comentó la mujer con calma—. Por eso accedí a que me reclutasen los Hombres de Negro: para poder volver a verte, aunque no esperaba que fuera tan pronto.

A pesar de lo extraño del encuentro y tras escuchar lo de «ser reclutada», Marta supo que había mucho que contarse.

—Aunque no sea exactamente tu Marta… ¿qué me pasó?

—Tuvimos una discusión en el coche, perdí el control y tú me cubriste con tu cuerpo. Moriste para salvarme.

A pesar del gesto derrotado de Mar, la reptiliana se sintió feliz como nunca antes: era cierto, si hubiera ido en el coche, sí habría podido salvarla. Fue como si se hubiera liberado.

—Lo pude hacer, esta vez sí fui capaz… ¿fue un accidente?

—No, fue causado por la compañía en la que trabajábamos para los viajes espaciales: Aliah Corp. —Marta se llevó las manos a la cara—. Entonces tú has venido con ellos.

—Pero no puede ser, me dijeron que erais una región inexplorada. La mayor parte de mis copias lo…

—A mis copias le dijeron lo mismo y la mayoría repetía lo que tú: No habíamos tenido ninguna brecha hacia esa parte del universo hasta ahora —prosiguió Mar y ambas suspiraron—. Así que da igual que sea por un lado u otro, siempre nos acaban jodiendo. Qué bonita historia la nuestra.

—Puede que haya algún plano donde no hayan llegado —murmuró Marta con esperanzas.

—La cuestión es que como atraviesen la brecha de la Calle del Río…

—Será una masacre para vosotros. Os venderán como esclavos

—¿Tan retrasados estamos? —preguntó Mar.

La reptiliana no dudó en retirar el camuflaje de su traje. Su hermana ahogó una exclamación asombrada y, durante unos instantes interminables, la estudió sin saber muy bien qué hacer. Luego comenzó a acariciarle la cara:

—No tienes nariz, pareces Voldemort —se rio la humana.

—¿Quién?

—No me lo puedo creer, con lo que te gustaba Harry Potter —murmuró ella y siguió acariciando la piel—. Es muy dura, ahora entiendo que no te hicieran marcas.

—Aun así duele, no te creas —prosiguió ella—. Mar, tengo que volver por el túnel, sé que si lo hago, retrasaré la entrada de mi Aliah.

—¿Cómo? Es decir, no van a hacerte mucho caso si te pones a pelear por los derechos de los humanos con pancartas y esas cosas.

Marta le explicó a su hermana la sospecha de María y la posibilidad de que fuera una trampa para matarla, sobre todo porque no había aparecido nadie para cortarle el cuello. Aunque Mar trató de razonar que no iban a cerrar el tránsito a una zona que podía darles muchas riquezas, acabó por darle la razón cuando supo que aquello sería un mensaje para los que estaban en contra de la Aliah y creyeran que podían engañarles.

—Tengo que volver rápido y llevar la información. Eso hará que pueda mantenerme dentro y ayudar a la resistencia —insistió la reptiliana—. Ayudarles a que no te cojan.

—Pero podrías matarte. No quiero perderte otra vez —pidió Mar—. Debe haber otra manera. Podrías quedarte aquí y…

—Entonces entrarían y os esclavizarían. No voy a consentirlo —prosiguió Marta con calma—, ya tengo un buen motivo para hacer lo correcto.

—Porque no te valía con tu moral, no —la regañó la humana empujándola.

—Digamos que me he sentido muy perdida. Por suerte, todavía puedo solucionarlo. ¿Tú que crees?

—Que muevas ese culo de lagartija y te comportes como la Marti que conozco.

Como ofrenda de paz, Marta sacó una de las memorias secundarias y se la entregó a su hermana. Sabía que estaba llena de datos que podrían serle útiles en su lucha, así como un par de escamas para análisis genéticos.

—Creo que así tus jefes me dejarán pasar por el portal.

—Marti, este coche está lleno de micrófonos. ¿Tú crees que si te considerasen una amenaza seguiríamos hablando? Te dejarán volver para frenar a Aliah, aunque a mí no me haga gracia.

Mar guardó algunas escamas en una bolsa que sacó de la guantera y otras en una pequeña caja. Luego, la humana se arrancó tres cabellos de raíz para la muestra genética de Marta.

Después, mientras la reptiliana volvía a ponerse el disfraz y conducía de vuelta a la ciudad, la humana se fue trenzando un mechón que, para cuando alcanzaron las lindes del centro, se cortó con un cuchillo de comida que había abandonado. No pudo evitar reírse al ver que la humana era tan descuidada como recordaba. Aunque fueran los recuerdos de otra persona. Su hermana le ató el pelo a la muñeca, a modo de recordatorio.

Le habría gustado una despedida larga, lacrimógena y con una promesa de reencontrarse. Aunque no la necesitaban para volver a reunirse, solo con su determinación bastaba. Sin embargo, el tiempo apremiaba y sabían que tenía que irse. Apenas fue un abrazo rápido y un adiós triste.

Marta saltó hacia la brecha y, con la misma sensación y mareo, el viaje comenzó. La diferencia fue que antes de pasar por el primer indicador robótico, activó los propulsores que le había entregado María. La velocidad se incrementó muchísimo y cuando el detector reaccionó y estalló, ella ya estaba de camino al segundo, que también se accionó.

Una luz roja.

Una luz rosa.

Y una masa negra cubría el aparato.

La reptiliana volcó todos los sistemas para que se dedicaran a aumentar la velocidad, mientras el túnel de Scharzschild se colapsaba sobre sí mismo. Cada tramo del conducto se iba quedando sin energía y desaparecía. Aunque llevaba una velocidad constante, Marta vio cómo la última marca cambiaba de luz antes de que ella llegase. Sintió que las tripas caían a sus pies y su estómago subía a la garganta, mientras sus brazos se dedicaron a nadar en aquella anda, como si eso pudiera servirle de algo.

La masa negra comenzó a absorber ese punto de energía y ella la atravesó. Por unos momentos, el universo quedó reducido a nada: ni luz, ni oscuridad. Deseó volver a vomitar al verse atrapada para siempre en aquel limbo infinito.

Sin embargo y para su sorpresa, sintió la membrana estirándose y chocó contra los otros exploradores, más que dispuestos a meterse por el agujero. La puerta burbujeante desapareció sin hacer ruido y Goliat, así como los demás directivos de Aliah Corp. estallaron en gritos.

—¡Nos han boicoteado, han querido matar a nuestra exploradora! ¡Que lo investiguen!

Marta lo escuchaba mientras los trabajadores la ayudaban a quitarse el traje. Se carcajeaba aliviada, sintiéndose de pronto más viva de lo que llevaba meses sin sentir. Era un gran comienzo, era el mejor comienzo para la jodida historia épica en la que convertiría su vida.

—Marta —murmuró María preocupada—. Marta…

Como única respuesta, le enseñó la muestra de pelo y lloró de felicidad.

—Hicimos lo correcto, en una parte del universo hicimos lo correcto —murmuró más para sí que para su otro yo.

Ya era hora de volver a hacerlo. Aunque eso le costase la vida, sabía que en alguna parte había una hermana aguardando a su regreso.

© Copyright de Laura López Alfranca para NGC 3660, Enero 2017

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