Mimicry


Por Daniel Pérez Navarroiconocorcheas

El relato “Mimicry” ha sido publicado en un número especial de SuperSonic Magazine en inglés (SuperSonic #9 12-2017). Ahora aparece en español, en una edición conjunta, escrita y como audio-relato, entre NGC 3660 y Noviembre Nocturno.

 

Ya no es necesario esperar. Diagnóstico y tratamiento instantáneos. Como café seco y en polvo vertido en una taza llena de agua caliente. Así reza la publicidad del invento: Usted está en buenas manos. Mecánicas.

Desde hace varios meses, los dispositivos ocupan la calle como antes lo hacían las antiguas cabinas telefónicas. En cierto modo, se parecen a aquellas: armatostes metálicos cuadrangulares, pero de ventanas ahumadas.

Se accede a ellos a través de una puerta corrediza. En su interior, espera una camilla con una disposición perpendicular respecto al suelo que gira noventa grados cuando entra algún cliente. El resto —aparatitos para diagnosticar, instrumental quirúrgico, medicación— permanece oculto detrás de compuertas disimuladas que se abren cuando es preciso llevar a cabo alguna actuación médica.

Casi se puede asegurar que hay instalado un dispositivo en cada esquina. Sólo que, al contrario de lo que ocurría con los teléfonos públicos, que parecían haber echado raíces en el suelo, las terminales Mimicry son móviles, de modo que si una de ellas está ocupada con alguna emergencia, como un infarto de miocardio, alguna que esté desocupada se desplaza hasta aquel lugar para que no quede desatendida una segunda demanda de asistencia que pueda surgir.

Eficientes. Rápidas. Cómodas. Accesibles. No divagan. Tampoco se equivocan, ni se cansan, ni las encuentras dormidas en caso de que busques una a las cinco de la madrugada. No reclaman subidas salariales, no protestan por estar en funcionamiento las veinticuatro horas del día y solucionan cualquier problema al instante. Están provistas de todos los adelantos necesarios para emitir un diagnóstico en menos de cinco minutos, con un margen de error inferior a cero coma cero cero cinco por ciento, y lo resuelven.

Da lo mismo que usted necesite la intervención de un aneurisma de aorta como que precise la administración de algún antibiótico que cure una neumonía. Mimicry lo soluciona. Deduce, en cada caso, cuál es la opción que ofrecerá mejores resultados y la aplica inmediatamente.

¿Se nota que me dedico a la publicidad? ¿Que trabajo para el Arco, en Mimicry?

No se confundan. No tratan con un mercachifle que vende, como si fueran persas, malas alfombras recosidas y encontradas en un altillo. Todo lo que acabo de decir es cierto. Un sueño tecnológico del Arco puesto a su disposición. Bienvenidos al Servicio Mimicry de Salud.

Las encuestas de satisfacción nos avalan. Si usted muere dentro de una cabina significa que nada podía hacerse en su caso. Si tenía alguna posibilidad de sobrevivir un solo día más, Mimicry la tuvo en cuenta y la puso en práctica. Mimicry, obviamente, no hace milagros. Todos tenemos que morir algún día. ¿Hace falta aclararlo? No. Por eso el noventa y siete coma ocho por ciento de la población confía en nosotros.

Nosotros.

Me permitirán que hable así, que sienta que formo parte de una familia. Me gusta mi trabajo, sí. Pero además creo en él, porque lo que yo anuncio son las llaves que abren las puertas del cielo.

Por eso, cuando sentí hace unos minutos un ligero ardor a nivel del estómago, no lo dudé. Saqué de mi bolsillo mi tarjeta de usuario, entré en un dispositivo libre, me tumbé en la camilla y expuse en voz alta la naturaleza de mis molestias. Había comido algo antes, unas bolitas de patata rellenas de queso con salsa ranchera. Este genial invento me amonestó cuando lo supo (sin excesivo énfasis). Lo hizo por dos razones. La primera, porque me había advertido en ocasiones anteriores que debía prescindir de la salsa ranchera. Mimicry había cicatrizado un par de úlceras que tuve en el duodeno, pero yo seguí castigando el intestino delgado con condimentos picantes. La segunda razón, porque el galeno electrónico sabía de sobra lo que yo había comido. Resultaba innecesario que yo lo detallara. El analizador gástrico e intestinal ya había listado los componentes y cantidades de cada bocado que me había llevado a la boca antes de que yo confesara mi pequeña transgresión dietética.

—Cierre los ojos y descanse —dijo una voz cálida y neutra a través del megáfono.

Obedecí. Y me quedé dormido.

Ahora estoy despierto, pero aún amarrado a la camilla.

Enumero las virtudes de Mimicry porque confío en este invento. Si ha decidido que aún debo permanecer acostado, aquí seguiré. Si ha escaneado mi cuerpo de manera rutinaria y ha encontrado cualquier problema de salud, por serio que sea, lo solucionará.

De modo que no me preocupo. No estoy preocupado. No lo estoy. No. En absoluto. Ni siquiera cuando levanto la cabeza —en este preciso instante—, miro hacia abajo y descubro que tengo el vientre abierto. Desde la punta del esternón hasta la vejiga.

Mimicry sabe lo que hace.

Puedo pedirle una explicación y me la dará.

—¿Ocurre algo?

—Estamos trabajando para su salud —dice a través del auricular la voz pregrabada—. Relájese. Terminaremos lo antes posible.

Observo cómo Mimicry prepara una inyección con un anestésico general. Cierro los ojos y simulo relajarme. Si el dispositivo detecta signos de ansiedad, me dormirá, para que yo no sufra ni interfiera durante el tiempo que dure la operación. Y no me apetece estar adormecido. Confío en estos dispositivos. Se dedican a salvar vidas y tratar enfermedades. Pero prefiero saber qué ocurre. Si vuelvo a levantar la cabeza, o sudo, o me dan palpitaciones, Mimicry me administrará el anestésico y yo no quiero dormir.

¿Acaso temo no despertar? No. No es eso.

—El proceso de trasplante de órganos constituye el mayor exponente de lo que significa el trabajo en equipo —dice la voz pregrabada, acompañada de una acariciadora y sosegada melodía—. Cada vez que se produce una donación, se pone en marcha un dispositivo organizativo en el que participan varios terminales. Estos tienen que actuar en pocas horas, con gran celeridad y en perfecta sincronización, para alcanzar el feliz resultado de dar vida. En el Programa de Trasplante de Órganos se dan una serie de valores positivos, como la transparencia en las actuaciones, la gratuidad, la equidad, la solidaridad y, en definitiva, unos magníficos resultados que ponen en evidencia las excelencias de nuestro sistema.

—Ya lo sé —digo. Sonrío. Yo escribí ese texto. Quizá fuerzo la sonrisa, quizá debería callar, pero añado—: ¿Necesito un trasplante? ¿Cuál es el órgano que no funciona? ¿Demasiada salsa ranchera?

—Estamos trabajando para su salud.

Hígado. Páncreas. Riñón. Quién sabe.

Noto que el corazón acelera. ¿Por qué? No debo ponerme nervioso. Estoy en manos de un dispositivo que salva vidas. Antes habría tenido que soportar largas colas para entrar en una consulta en la que me atendería alguien que apenas prestaría atención a mis palabras y me despacharía después de solicitar con desgana una serie de pruebas cuyos resultados conocería bastante tiempo después. Si requería una intervención quirúrgica, debería esperar a que me llamaran. Si necesitaba un órgano, podía morir esperando uno. En cambio, Mimicry lo está solucionando ahora. En el tiempo que tardo en dar una palmada. Lo que sea que me ocurra. De modo que resulta ridículo ponerse nervioso.

La jeringa con el anestésico se aproxima a mi cuello. Se detiene a la altura de la vena yugular. Aspiro y espiro. Diez veces. Con lentitud. Piensa en otra cosa, me digo. Tienes que desconectar, evadirte. No quiero que me duerma.

Antes cargábamos con el peso de las decisiones. Difíciles, subjetivas, cargadas de prejuicios y dudas. Miedos irracionales que nos agarraban y nos impedían elegir la mejor opción. Ahora no sucede eso. Mimicry prevé las diferentes posibilidades y toma la decisión más razonable, aquella que ofrece mejores estadísticas, la mejor. Confío en Mimicry.

Vuelvo a contar hacia atrás, desde diez y restando uno y dos alternativamente. Nueve. Siete. Seis. Cuatro. Tres. Uno. Mi corazón disminuye el ritmo de latidos. La aguja, a apenas un centímetro de la piel del cuello, permanece inmóvil.

La máquina vuelve a decir algo:

—Le informamos que la ley exige el anonimato en la donación y recepción de órganos. No es posible conocer la identidad del donante y viceversa. Sólo personas con enfermedades transmisibles son rechazadas como donantes.

Siempre aparece algún descontento. Una revista sensacionalista, de nula credibilidad publicó el supuesto caso de un usuario completamente sano que fue despedazado por un dispositivo. Luego, sus diferentes órganos, la piel, algunos grupos musculares e incluso los dedos, fueron reimplantados en cinco afectados por un accidente de tráfico. Ese supuesto caso, según la publicación semanal, sucede con mayor frecuencia de lo que imaginamos. Los dispositivos Mimicry, interconectados unos con otros, decidieron que valía la pena sacrificar una vida para salvar cinco. Lo curioso es que, aunque se hubiera dado esa situación en la vida real —insisto, no creo que la anécdota sea verídica—, habría que dar la razón a Mimicry. Cinco vidas por una. Buen negocio. Pocas personas, supongo que los afectados en el accidente y puede que alguna más, aceptarían un intercambio tan razonable. Los circuitos de Mimicry no saben de sentimentalismos.

—Seguimos trabajando para su salud. La intervención finalizará dentro de sesenta segundos.

Conozco otras leyendas negras. Una insinúa que sólo recurrimos a Mimicry las personas corrientes. Los que pueden permitírselo son atendidos por los pocos médicos de carne y hueso que aún quedan. Cuando alguno de esos ricachones necesita un órgano vital, lo obtiene de nosotros. Mimicry —una estúpida máquina, al fin y al cabo— lo extrae de alguno de los usuarios con tarjeta médica siguiendo las instrucciones de un programa. Delirante. ¿Quién puede creer algo así? Como he señalado, en caso de que fuera cierto, ¿cuánto hemos ganado y cuánto hemos tenido que sacrificar? Supongo que ese es el motivo por el que casi nadie se plantee demasiados interrogantes. Algunos, ninguno.

—Intervención completada con éxito. Aconsejamos revisión dentro de una semana en cualquiera de los numerosos dispositivos que velan por su salud. Muchas gracias por confiar en nosotros. Está en buenas manos.

Nosotros. Yo formo parte de ese grupo. Supongo.

La aguja hipodérmica se retira. Siento cómo se aflojan las correas que me sujetaban. La camilla recupera lentamente la posición vertical y yo, también. Ahora siento mis pies en el suelo. Una sensación agradable.

—¿Cuál era mi problema?

—Muchas gracias por confiar en nosotros.

—Pero ¿qué me ocurría? ¿Por qué necesitaba una intervención urgente?

—Está en buenas manos. Gracias.

Los nuevos modelos de Mimicry. Confecciono su publicidad. Qué me extraña entonces. Discretos. Casi simpáticos. Benévolos. Casi todos los usuarios se han acostumbrado a esta perfecta asepsia. La exigen.

¿Para qué preguntar? ¿Para qué angustiarse? ¿Quién quiere saber de enfermedades y miserias? Como un coche que se entrega al mecánico. Toma las llaves y haz el favor de ponerlo a punto. No quiero saber más, sólo que corra. Es lo mismo.

Con los primeros modelos, no había que tomar decisiones. Ahora ni siquiera es necesario preguntar por la medida adoptada. Siempre es la mejor. Punto.

La puerta de la cabina se abre. La claridad del sol entra en el pequeño cubículo. Me toco el vientre. Ni siquiera palpo la cicatriz. Si me diera por mirar, me costaría trabajo encontrarla. Mañana, nadie que examine mi piel del abdomen, incluso aunque emplee una lupa, podrá adivinar que acabo de sufrir una intervención quirúrgica.

¿Por qué necesitaba operarme? Un trasplante de hígado. O de páncreas. O de riñón. O de los tres.

Quizá Mimicry me arrancó las tripas y dejó en el interior eviscerado la maquinaria de un reloj de cuco. Para que yo pueda seguir respirando, cada vez que entre en uno de los dispositivos Mimicry me dará cuerda. Divertido, ¿verdad?

Una última pregunta. ¿He sido donante o receptor?

¿Importa?

Vive feliz lo que te quede de vida.

© Copyright de Daniel Pérez Navarro para NGC 3660, Mayo 2018

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