Mi querida vieja etcétera – Reed.

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Por Daniel Pérez Navarro

Le resultó verdaderamente complicado menearse entre las improvisadas calles de albero a causa del bullicio. También le desconcertaron los enormes monolitos negros provistos de cableado que custodiaban las esquinas de los diversos recintos, siempre desconectados. Por algún motivo que al perro se le escapa, los amantes de la feria de mayo prefieren el silencio. En aquellos garitos transitorios, los feriantes —feligreses que acudían en masa a sus santuarios— oraban, apretujados y mudos. Empezaban por asaltar sus templos, y lo hacían con tal arrebato, que pocos minutos después de la apertura oficial de la semana de feria no quedaba una silla desocupada. El siguiente paso consistía en obstruir los pasillos, y luego, las calles. Y todo, ¿para qué? Para leer. Sin parar. Los mostradores, me contó el sorprendido cánido, en lugar de bebidas, servían libros. Y los venden bastante caros, pero es que en feria todo cuesta más.

En el mejor de los casos, los aficionados se sentaban en alguna silla, pero si no la conseguían, leían de pie, apretados unos contra otros, casi sin espacio para abrir sus libros. Y así dejaban transcurrir las horas nocturnas, literalmente muertas, hasta que aparecían las primeras luces de la mañana. Entonces, en cuanto clareaba algo, abandonaban su cubil y deambulaban entre las cenicientas callejuelas labradas con polvo en busca de alguna de las muchas churrerías ambulantes. Cuando atinaban con alguna, rejuvenecían varios años (después de beberse un chocolate aguado y masticar media docena de churritos). A continuación, la mayoría, en lugar de recogerse, regresaba a las casetas y seguía leyendo. Cuando los párpados superiores se derrumbaban sobre los inferiores y se negaban a levantarse, cerraban los libros y volvían a casa. Entonces, exhaustos, se desplomaban encima de sus cuadrilongos colchones. Los muelles rizados les preguntaban, con sus vaivenes, dónde demonios habían pasado la noche y qué horas eran aquellas de llegar. Menuda batahola, la de las fiestas del mes de las flores.

Los aficionados a la feria, descubrió el perro, suelen responder a cierta tipología, una de carácter muy firme que ahorra durante los doce meses del año para dilapidar, durante aquellos santos siete días, lo que habían atesorado hasta entonces. Porque viven en y para la feria. Se queman las pestañas tragándose capítulos enteros de novelones. Y faltan al trabajo, pero es que esa semana está permitido descuidar todo lo que no sea leer.

Algunos se comportan de manera diferente. Sí, unos pocos no son feriantes. No estropean su vista entre palabras negras, ni roban al descanso nocturno las horas que el cuerpo precisa para recomponerse, sino que se interesan por la cultura. Y en esta región, la cultura es el vino. O como alternativa menor, la cerveza. Aunque no para los puristas.

Porque aún quedan unos pocos, incorruptibles, como vosotros —dije con exagerado énfasis a la pandilla que me rodeaba en aquel banco de piedra—, que se bañan en agua de rosas, saborean el néctar destilado, el jugo de la tierra, el sabor pedregoso de los viejos caseríos. Espíritus que mantienen vivas las antiguas tradiciones. Repudiáis los libros. Paladeáis la vida. Brindáis al día, y a la noche, y al amor, y a la fauna de los montes. Os ridiculizan porque no seguís sus principios. No os entienden, y lo que no se entiende, opinan que no puede ser bueno.

Uno me insultó. Dijo que iba a reírme de una mujer que compartía uno de mis apellidos, a quien supuso practicante de un oficio viejo, pero yo, entonces, algo achispado, no entendí de quién debía reírme.

El joven que los lideraba ordenó al que me interrumpió que me permitiera seguir. Aún faltaba el final de la historia.

El perro vio entrar en una caseta a un joven con una botella de vino, en evidente estado de embriaguez. Daba voces y brindaba por la feria de mayo. Los feriantes le sisearon. Molestaba. El borracho los llamó ciegos, insulsos, vacíos. La vida se acaba pronto, dijo, y la desperdiciáis por un conocimiento que sólo os traerá dolor. Les animó a que cerraran los libros y a que brindaran con él. Pero los feriantes son muy brutos. Una vez que advirtieron que no servía de nada pedirle que se callara, se agruparon para decidir en pandilla qué iban a hacer con él. La deliberación fue rápida. Lo sujetaron entre varios, lo tumbaron en una de las mesas y anunciaron que, por las buenas o por las malas, disfrutaría del sabor de un buen libro. Arrancaron páginas de una guía de teléfonos y se las hicieron tragar. Primero las arrugaron hasta formar con ellas bolas de papel. Luego se las introdujeron a la fuerza en la boca, una a una. Para que las pudiera tragar, le dieron agua en lugar de vino. Cuando empezó a vomitar sangre y papelitos, lo soltaron y, como si fuera un talego, lo lanzaron dentro de un contenedor de basura. Luego volvieron a sus libros, hasta el amanecer del día siguiente.

—Me gusta ese final —dijo el joven que los lideraba. Luego añadió, dirigiéndose a sus compañeros—: Y a vosotros, ¿os gusta también?

De algún modo, la narración resultó profética. Se me ocurrió que cada historia (escrita, filmada, imaginada, contada) siempre parecía un eco de otra que sucedía en algún diferente trocito de realidad, bajo otros nombres y circunstancias.

El perro rompió a reír, como ellos. Vaya carcajadas. Nadie podía dejar de reír. Mi querida vieja etcétera. ¿Quién comenzaba uno de sus poemas con ese verso? Declamé, como pude, parte de una composición de cummings (así escrito, en minúscula, como prefería el poeta de New Hampshire), que me tomó por asalto con cierta violencia.

A la mañana siguiente, alguien me encontró en un contenedor de basura, inconsciente, bañado en mi propio vómito, mezclado con sangre, entre bolas de papel. Y avisó a la ambulancia que me llevó al hospital.

© Copyright de Daniel Pérez Navarro para NGC 3660, Diciembre 2016

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