Metanoia

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Por Laura Quijano Vincenzi

Úrsula caminó a buen paso entre los escombros, saltando y evadiendo hierros retorcidos, grandes bloques de concreto a medias desmoronados, y objetos caídos u olvidados. No prestaba atención al camino, pues lo conocía como la palma de su mano, y su pensamiento estaba enfocado en lo que quizá viviría aquel día, por lo que no advirtió que otra persona salía de un hueco abierto en un edificio semiderruido y comenzaba a seguirla con pasos cautos.

La calle estaba silenciosa y vacía. No se vislumbraba ni siquiera el movimiento de algún animalillo desnutrido que quisiera husmear entre los restos quemados de lo que en su tiempo fueron restaurantes o mercados bien abastecidos. Tampoco se veían sombras humanas, en una ciudad que apenas recordaba un tiempo mejor.

Úrsula se detuvo un momento para asegurarse el bolso bien cargado, que portaba a un costado, y aprovechó para tomar aliento, mientras sus botas con suelas aislantes y acondicionadas para terrenos difíciles se acomodaban sobre un inmenso bloque de muro, que había caído justo sobre la antigua calle de concreto. Miró a lo lejos y sólo vislumbró silencio y soledad. La larga avenida, que alguna vez fuera una vía concurrida, llena de vehículos y peatones, y flanqueada por parques, edificios públicos y establecimientos comerciales, permanecía cubierta de escombros y polvo, reseca como un desierto, lúgubre bajo el cielo encapotado y gris que ahora jamás se despejaba.

La mujer recordaba todavía aquellos días lejanos. Era una niña entonces y solía acompañar a su madre cuando ésta necesitaba ir a San José a cumplir toda clase de visitas obligadas, como ir a una oficina pública o a un banco, y otras no obligadas, como cuando decidía entrar a las tiendas. Era una vida apacible y la niña se la tomaba como una garantía.

Con un suspiro, descendió por el inmenso bloque de concreto y siguió su camino a buen paso, todavía ajena a la presencia de su perseguidor, que no parecía decidirse aún a interpelarla o a interrumpir su viaje.

Un trueno retumbó en el cielo y las nubes se arremolinaron con amenaza de tormenta, pero Úrsula no alteró el paso ni atisbó el cielo, pues ya estaba muy acostumbrada a las continuas amenazas que nunca se cumplían y a una lluvia que nunca llegaba. La sequedad era la insignia de aquella ciudad, que alguna vez se había rodeado de montañas verdes y estaba poblada de parques exuberantes, y ahora sólo era una mancha en la mitad de un desierto colosal.

Luego de un rato más en que los truenos retumbaron, las nubes se volvieron oscuras y el viento sopló con mayor fuerza, Úrsula llegó a su destino. Una puerta desvencijada daba paso a un oscuro pasillo de madera, el cual se internaba en el suelo a través de una escalera de concreto, que tomó apenas cruzó el umbral. Los escalones estaban semidesmoronados, pero eran fuertes todavía y las botas de suela gruesa de la mujer le aseguraban un descenso seguro. Ya no solía usar los vestidos ligeros y las zapatillas elegantes que tanto le gustaban cuando era adolescente, pues yacían perdidos en el tiempo y en el olvido, sino que prefería la ropa cómoda de algodón que le permitiera protegerse del viento seco y continuo, o de los insectos que pudiera encontrar en sus viajes por comida: un pantalón azul largo, una camisa de algodón de manga larga y una chaqueta de buena calidad, se complementaban con anteojos oscuros, guantes y un sombrero de ala ancha.

—Parezco un explorador de novela de aventuras— solía decir cuando se miraba en el único espejo que compartía con Gloria, a lo que ésta siempre sonreía sin decir nada.

—Bueno, hoy no tuvimos mucha suerte— dijo, cuando entró en el pequeño sótano en el que ella y Gloria habían podido rehacer su vida, tras los terribles incendios que habían terminado de destruir lo que quedaba de una San José arruinada—. Sólo encontré latas de atún y unas cuantas botellas de vino. Lo bueno es que tomaremos al mejor estilo elegante, lo malo es que tendremos que conformarnos con las latas.

Gloria, una apacible anciana sentada sobre una silla de ruedas, miraba entonces la hermosa pantalla de cristal líquido que le mostraba los últimos datos de su computadora, único objeto de alta tecnología que aún permanecía funcionando en la estancia. Era una caja pequeña, de forma ovalada, que se valía de una batería alimentada por la luz del día mediante unos cables conectados a un tubo de extracción solar, ubicado en lo alto de aquel pequeño edificio, y ella sólo tenía que pasar los dedos suavemente por su superficie para conectarla con el nanodispositivo insertado en su cerebro. La pantalla cristalina era grande, también de forma ovalada, y estaba sujeta al muro, por lo que la mesa donde Gloria había depositado la computadora disponía de espacio para otros objetos, como una jarra vieja que ella usaba para tomar agua, o el plato para sus alimentos.

—El vino estará bien, Ursi— dijo en tono amable—. Y el atún me caerá de perlas. Hoy en día no puede uno ponerse con remilgos.

—Ni hoy ni nunca, como decía mi madre, que por dicha no tuvo que vivir para ver este tiempo— afirmó Úrsula, colocando su bolso sobre la repisa.

Era una estancia pequeña y rectangular. Poseía dos ventanas a ras del suelo de la calle, por las que entraba la poca luz posible en sus días siempre mortecinos, y contaba con un mobiliario apenas funcional: una mesa adosada a la pared, donde ambas mujeres comían las viandas que la más joven conseguía; un camarote al fondo, hecho de madera vieja, pero fuerte y sólido; un retrete básico, que Úrsula había dispuesto detrás del camarote, escondido en un cuartito, que posiblemente era usado como bodega en el pasado; una cocina eléctrica, alimentada por la misma energía solar de la que se valía la computadora; y varias repisas donde habían acomodado la ropa que les quedaba, la comida enlatada o embotellada, los ungüentos y medicinas básicas que habían logrado rescatar de una farmacia, un grupo de libretas y unos lápices, y una vieja muñeca de trapo, que Úrsula no había podido tirar porque le recordaba la que ella había tenido de niña.

Al otro lado de aquellas repisas, estaba la mesa de la computadora, y junto a ella, una caseta estrecha de color negro, hecha de cristal, que permanecía cerrada y vacía. Era más alta que Úrsula y apenas un poco más ancha, pero era poco decir, pues la mujer apenas medía un metro con sesenta y estaba muy delgada.

—Escuché truenos— dijo Gloria en tono suave, mientras la recién llegada se quitaba el sombrero y la chaqueta—, ¿es sólo mi deseo o quizá llovió algo esta vez?

—Ni una miserable gota— le aseguró Úrsula en tono festivo, tomando su abrelatas entre los objetos dispersos de la repisa—, pero no te preocupes: ya lo habías previsto, ¿no?

Gloria asintió con expresión triste, mientras su amiga abría la lata suavemente.

—Sí… es sólo que una siempre tiene la esperanza de haberse equivocado…

La otra iba a añadir un comentario con una sonrisa, cuando un sonido extraño la sobresaltó y al momento, se volvió hacia la puerta con un cuchillo en alto.

Un hombre había aparecido en el umbral, lo que causó un sobresalto en ambas mujeres y una expresión ahogada. Su rostro enflaquecido y sus ojos brillantes daban cuenta de su mal estado, así como sus ropas ajadas y polvorientas, su cabello gris sudoroso y apelmazado y sus manos temblorosas, pero lo que más le preocupó a Úrsula fue el arma que sostenía en la mano derecha y que apuntaba hacia ella. Era una pistola de color gris, de las que antes se imprimían en casa y que habían sido el medio favorito de las turbas, tanto para atacar como para defenderse durante los tumultos. Disparaban balas de plástico, tan letales como las antiguas, pero lanzadas por un arma más precisa.

—Atrás— dijo el hombre con voz ronca—. Yo sabía que usted tenía un refugio, lo sabía. La he visto pasar varias veces. Deme esa lata.

Úrsula colocó la lata en la repisa, de forma que él pudiera alcanzarla, pero no apartó la mirada del arma, mientras Gloria se echaba hacia atrás, con el ceño fruncido.

El hombre cogió la lata con su mano izquierda, sin dejar de apuntar a Úrsula con la otra y sin dejar de mirarla con ojos brillantes. Ella sintió el hedor que emanaba de su cuerpo, como de sudor seco de muchos días, y sintió por un momento un intenso deseo de vomitar, pero no podía dejar de mirar el arma. No estaba entre sus planes morir así.

—¿Quién es usted?— preguntó entonces, mientras veía que el hombre tomaba el atún con sus dedos mugrientos y se lo llevaba a la boca con ansiedad manifiesta.

—¿Qué importa?— masculló el hombre, aún tembloroso y mirándola con rencor— ¡Sólo necesito comer! ¿Tiene más?

—Sí, usted mismo puede verlas. Pero si me ha visto pasar todos los días, ¿por qué no me siguió al supermercado? Hay comida ahí, en gran cantidad. No tenía necesidad de venir a apuntarme…

—Cállese, y deme otra.

Úrsula torció el gesto, pero no sabiendo si la pistola estaba cargada o no, cogió el abrelatas y abrió otra lata de atún. El hombre la cogió con la misma avidez que la anterior, sin dejar de apuntar hacia ella, y en seguida comenzó a devorar el contenido.

—Vea— dijo Úrsula en tono paciente—, no necesita apuntarme, puede…

—¡Cállese, le dije!

La mujer apretó los labios, molesta, sabiendo que no tenía más remedio que guardar silencio. No le quedaba ningún arma entre sus pertenencias, pues la última la había perdido cuando buscó refugio para ella y para Gloria, y como hacía ya varios meses que la ciudad había muerto, no había considerado necesario buscar otra. Ahora lamentaba su decisión.

El hombre se acabó el contenido de la lata en pocos segundos más y al momento, exigió una tercera ración. Úrsula, que había traído unas cinco latas, consideró por un momento arrojarle una a la cabeza, pero de inmediato desechó la idea, pues temía que el arma se le disparara con el sobresalto y matara a alguna de las dos. Resignada, abrió la tercera lata y se la pasó, preguntándose qué haría su asaltante cuando ya no le quedaran más raciones. ¿Comérselas a ellas?

En aquel momento, advirtió por el rabillo del ojo que la silla de ruedas de Gloria había avanzado por la estancia hasta colocarse cerca de ella, y no sabiendo qué pensar, clavó su mirada en la cara del hombre, que ya se terminaba la tercera lata.

—¿Va a querer otra?— preguntó entonces, con aire resignado, temiendo que Gloria cometiera alguna imprudencia por el miedo.

—No, no— repuso el hombre—, lo que necesito es… ¡eh!

El grito fue repentino y estentóreo, justo cuando la silla de ruedas de Gloria lo embistió con una fuerza inusitada y el arma volaba por los aires, liberada por la sorpresa.

—¡Oh, no!— exclamó Úrsula, arrojándose al frente para atrapar la pistola en el aire, mientras el hombre caía de espaldas sobre el tramo final de la escalera de concreto y Gloria se balanceaba peligrosamente hacia delante en su silla.

—¡Vieja idiota!— gritó el hombre, incorporándose.

Gloria se echó hacia atrás otra vez y con una mano, accionó su silla de ruedas y ésta se movió hacia atrás con rapidez silenciosa. Por un brevísimo momento, el hombre rozó las piernas inmóviles de la mujer, pero ésta sabía manipular su vieja silla con manos expertas y pudo colocarse detrás de Úrsula a tiempo. Esta última había comprobado que la pistola estaba cargada y ahora apuntaba a la cabeza del hombre con ella.

—Mierda— masculló éste al verse de frente al cañón.

—Sí, mierda, mierda— repitió Úrsula, mirándolo con fijeza—. Atrás. No crea que no sé usar uno de estos chunches. ¿Cómo estás, Glori?

—Bien— repuso la anciana en tono neutro—, no te preocupes por mí.

El hombre se apoyó entonces en la pared, al lado del umbral, y la miró con aire desafiante.

—En realidad— dijo con la misma voz ronca de antes—, si dispara, no se pierde mucho. Adelante, proceda.

—Supongo que no se pierde mucho, cierto, pero no tengo intención de dispararle por el momento. ¿Quién es usted y por qué actúa de esta forma?

Él aspiró hondo, con los labios apretados y la mirada aún brillante.

—Me llamo Luciano Bermúdez— masculló con desgana—. No he comido en dos días y estoy harto del agua estancada. Quizá me estoy muriendo, ¿quién sabe? Hace unos días llegué a San José y vi que usted andaba por aquí… Se ve bien, como de quien come, y por eso… por eso la seguí.

—¿Cómo que «llegó a San José”»? ¿Dónde estaba antes?

—En Heredia, con los que huyeron de los tumultos después de los incendios. Pero hubo una balacera y mataron a mucha gente. Yo escapé porque no tengo a nadie de quién preocuparme, por eso. Había oído los rumores de que aquí ya no había nadie, que el desierto se extiende por todos lados y de que no es posible encontrar ni una cucaracha viva. Pero entonces la vi a usted…

—No crea que soy una buena noticia— le aseguró Úrsula en tono amargo—. Sólo estamos Gloria y yo y por razones que quizá usted no comprenda. En realidad no he visto a nadie humano o animal en casi tres meses desde que llegamos. San José es una ruina completa.

Él sonrió a medias.

—¿Por razones que quizá yo no comprenda? Puede ser. Sé que Ud. es ingeniera y que la doctora Gutiérrez es una de las físicas más brillantes del país. Y sé que ustedes tienen que ver con la construcción de las máquinas dragadoras, las que «quemaron» las aguas internas del país…

Úrsula aspiró hondo y bajó el arma.

—Eso no es exacto. ¿Por qué mejor no se va? ¿Qué gana con apuntarme o amenazar a mi amiga, si de por sí la comida no está aquí, sino a un kilómetro hacia el este? Es fácil de encontrar.

Luciano parpadeó, como si le sorprendiera el gesto de ella, y aun lució más perplejo cuando la mujer se guardó la pistola.

—No tengo a dónde ir— susurró en tono asombrado—. Los pocos lugares que tienen gente son horribles. Se comportan como bestias sin cerebro ni conciencia. Muchos se mueren de sed y hay quienes están bebiéndose la sangre de los muertos… Pero ustedes tienen agua, incluso para… para verse limpias.

—El agua que uso para asearme es la poca que extraemos del ambiente— le explicó Úrsula—. No parece, pero las nubes que se ven en el cielo denotan que todavía tenemos humedad en algún grado. Tampoco usamos mucha. Es apenas para no oler a diablos. En realidad, no sirve para beber. Al menos, no a nosotras.

Luciano parpadeó de nuevo, quizá más asombrado y con un gesto triste, se dejó caer sobre la última grada de la escalera.

—¿Va a decirme que todavía tienen extractores de humedad? ¿Y con qué energía?

—Con tubos solares, por supuesto.

—¿Todavía tienen tubos solares? Pero creí que todo eso se había destruido con los incendios y los tumultos.

—Nosotras no estábamos en San José cuando se desató la revuelta ni cuando toda esa gente se volvió loca y comenzó a matarse entre sí. Estábamos en nuestro laboratorio, cerca de la calle que va a… que iba a Tres Ríos. Nadie sabía que había algo ahí, por eso pudimos salvar nuestras cosas. Luego, nos quedamos sin suministros y en una inspección que hice por aquí, descubrí que San José aún tenía grandes depósitos de comida enlatada y conservas de muchos tipos.

Mientras hablaba, la ingeniera veía que él parecía apagado, triste, pero aún no se sentía segura. Había guardado el arma en su bolsillo, sin apartar la mirada del hombre, mientras observaba que Gloria, ahora con aspecto cansado, regresaba su silla de ruedas hasta su sitio, frente a la pantalla cristalina.

—¿Cuál es la verdadera razón, Luciano? ¿Por qué me siguió hasta aquí? ¿Por unas latas de atún?— preguntó de pronto en voz baja. Gloria volvía su vista a la pantalla, quizá cavilando el plan que ambas habían diseñado para aquel día, mientras ella consideraba que la actitud de aquel hombre le seguía pareciendo extraña. No podía evitar pensar que si tenía días de rondar las cercanías, ya habría encontrado comida de sobra para saciarse.

Él levantó la vista y la miró por unos minutos con expresión indecisa. Luego, torció el gesto y emitió un breve resoplido.

—Yo… la reconocí, doctora Román, porque… porque la había visto hacía mucho tiempo, cuando llegué a la… a la universidad— murmuró con aire cansado, apoyando su cabeza en el basto dintel de la puerta de la escalera.

Úrsula lo miró con atención. Habría jurado que su cabello gris y las finas arrugas que cubrían su rostro eran el producto de los años, pero algo en sus ojos y en sus palabras la hicieron suponer que estaba hablando con alguien mucho más joven que ella.

—¿Cuándo nació usted, Luciano?— preguntó entonces, en un tono entre asombrado y curioso.

Él sonrió con tristeza.

—En julio de 2075. Acabo de cumplir 40 añitos, ¿qué le parece?

—Vaya— dijo Úrsula con asombro, pensando en lo viejo que se veía y en lo joven que era en realidad—, pero…

—¿Pero qué hice para verme como una ruina? Créame que estos años no han sido nada fáciles. Cuando se desató la guerra del agua yo apenas estaba en la facultad graduándome de profesor, y para cuando los tumultos tomaron por asalto San José, apenas tenía para mantenerme. Los últimos años he sido uno de esos nómadas, que andan de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, tratando de mantenerme vivo. ¿Y para qué? Para que todo se fuera a la mierda. Para que la gente terminara por incendiar las ciudades y se volviera loca y genocida. Gente que se estaba muriendo de sed, matando a todos esos imbéciles que creyeron que se harían ricos con el agua y que terminaron por estropearla toda. O casi toda.

La amargura de sus palabras explicaba su aspecto, pero Úrsula quería saber algo más, algo que explicara su presencia en aquel lugar.

—¿Profesor de qué?— le preguntó en tono amable.

Luciano sonrió con amargura.

—Profesor de Estudios Sociales, ¿qué le parece?

—Me parece interesante. ¿Así que todo un profesor de Estudios Sociales piensa que Gloria Gutiérrez y Úrsula Román son culpables de idear las máquinas que terminaron por contaminar nuestros mantos acuíferos y destruir toda posibilidad de vida en un país ya castigado por el cambio climático y la desertificación de las zonas tropicales? ¿De verdad usted cree que las máquinas «dragadoras», como usted las llamó, son asunto nuestro?

Luciano se encogió de hombros.

—No dije que las hubieran construido— aclaró en tono desabrido—, pero su amiga, esa señora que está sentada en esa silla de ruedas, que ahora parece ignorarme, bien que ideó un sistema para que las compañías de agua lograran crear máquinas que desviaran el curso de los ríos subterráneos y contaminaran las fuentes y mantos de la competencia. ¿O me equivoco? Las mismas malditas compañías que se adueñaron de nuestra agua en 2060, justo después de que la extinta Asamblea Legislativa tuviera la genial idea de dejar en manos privadas las fuentes y los mantos acuíferos, mientras el cambio climático terminaba de destrozar Guanacaste y Alajuela, secar nuestros campos y acabar con nuestros pobres ríos. ¿No fueron esas malditas máquinas, llámelas como quiera, las que contaminaron todos nuestros mantos acuíferos y terminaron por extender la sequía y la devastación en todo el país?

—En realidad— dijo de pronto Gloria, lo que impidió que Úrsula hablara cuando estaba a punto de replicar—, yo no tuve nada que ver con eso. Mi creación solo fue una máquina del tiempo.

Úrsula torció el gesto, pero Luciano miró a Gloria con los ojos muy abiertos.

—¿Una qué?

Gloria deslizó sus dedos por la pantalla y se volvió hacia Luciano con una expresión dura, como hacía tiempo Úrsula no le veía.

—Una máquina del tiempo— repitió la anciana—. No tuve nada que ver con la construcción de las máquinas que desviaron los afluentes y contaminaron los mantos acuíferos. Junto con un equipo de más de cincuenta físicos e ingenieros, ideamos y construimos una máquina del tiempo, justo en julio de 2075, el año y el mes en que usted, mi joven profesor, vino al mundo. Mala hora, mala fecha, pero, ¿qué podíamos saber nosotros? ¿Qué podía saber usted?

Luciano parpadeó por tercera vez en aquel rato, esta vez cubierta su faz con una absoluta estupefacción.

—Úrsula fue una de mis ingenieras— añadió Gloria, que volvía sus ojos a la pantalla, donde nuevos datos numéricos, y de otro tipo, se deslizaban a gran velocidad—, brillante como ninguna y la que tuvo la idea de resguardar nuestro laboratorio cerca de Tres Ríos, a escondidas de todos. Nadie sabía lo que hacíamos ni de nuestros proyectos.

—Pero, ¿no decían que una máquina del tiempo era imposible?— preguntó Luciano en tono perplejo, mientras Úrsula asentía embargada de recuerdos.

—Obviamente no lo es— repuso Gloria en tono seco—. El desarrollo de la física cuántica durante el siglo XXI es complejo y está lleno de detalles. Lo único que voy a decirle es que en el 2040, una investigadora china, la doctora Feng Jin, a cargo de un grupo de 132 investigadores, entre físicos e ingenieros, logró retroceder diez minutos en el tiempo. A partir de ahí, y por medio de diversos contactos, este logro fue reproducido en otros veinte laboratorios alrededor del mundo, en cuenta el mío, en el que pudimos construir una máquina del tiempo muy básica en 2066. Sin embargo, se destruyó.

Luciano la miraba con una expresión cada vez más atónita y poco a poco, su vista se desviaba a la caseta cristalina que permanecía cerrada y oscura al lado de la mesa de la computadora. Úrsula, al seguir su mirada, supuso que comenzaba a comprender qué era aquel objeto de apariencia tan inocua.

—Pero de eso no se sabía nada— susurró el hombre, mirando otra vez a la científica fijamente—. No hay registros de nada de eso. También estudié Historia y sistemas de archivo, no crea que no sé de qué estoy hablando.

—Sí, lo imagino— repuso Gloria mirándolo con seriedad. Su rostro cubierto de finas arrugas y su cabello gris no daban cuenta de sus 95 años de vida, como sí lo hacía su mirada cargada de años de experiencia y conocimientos acumulados.

—Pero, ¿entonces?

—Entonces nada. Es obvio que un proyecto de esa naturaleza sería mantenido en secreto por cualquier gobierno, profesor, ¿o acaso lo creería tan imprudente como para cantarlo por ahí como si fuese la lotería?

—¿La qué?

—La lotería— aclaró Úrsula con una sonrisa de disculpa—. Desapareció en 2070. Usted nunca llegó a conocerla. Era un juego de azar para ganar dinero instantáneamente. Mi madre lo jugaba cuando yo era niña y aun de adolescente.

Luciano parpadeó, como parecía ser su enseña para mostrar aturdimiento, pero volvió a fijar su atención en la anciana. Esta se había arrellanado en su silla y lo miraba con ojos fríos. No solía tener una expresión tan dura en sus últimos años, pero era evidente para Úrsula que la mujer se había sentido enojada con la intrusión y las palabras acusadoras del profesor.

—Y… ¿estuvieron con la máquina del tiempo todos esos años y nadie se enteró?— preguntó éste con la voz apretada— ¿Y cómo sabían que funcionaba?

—Porque hicimos traslados en el tiempo de algunos minutos— repuso Gloria con una sonrisa torcida—. Estábamos muy orgullosos de nuestros logros. Luego, en 2072, se unió a nosotros esta chica que está aquí y pudimos reconducir nuestros diseños hasta que logramos el verdadero triunfo en 2075.

Luciano miró a Úrsula con los ojos entornados, mientras ella sonreía.

—Para Gloria siempre seré una «chica» — aclaró en tono amable—. Después de todo, me lleva 30 años, ¿sabe? En 2072 yo tenía 22 años y tengo la impresión de que ella sigue pensando que todavía los tengo.

—Vaya— murmuró Luciano enviándole una mirada apreciativa—, pues habría jurado que era usted más joven, doctora Román, lo digo por su aspecto.

—Gracias. Siempre me he visto más joven de lo que soy. Pero no se engañe: siento mis 65 años en cada hueso.

—El aporte de Úrsula fue crucial— apuntó Gloria con una mueca, mirando la caseta con expresión pensativa—. La máquina de 2075 era capaz de trasladarnos en el tiempo un día completo. ¡Un día! Me entusiasmé, quise fondos, dinero, recursos. Todo lo que fuera necesario para lograr una auténtica máquina del tiempo como siempre habíamos soñado.

Luciano torció el gesto.

—¿Entonces sí le vendió el alma al diablo, doctora Gutiérrez?

—No— contestó Gloria con sequedad—, pero Reutgens & Martínez querían invertir en nuevos desarrollos de ingeniería y física y como no creí que una máquina del tiempo pudiera hacernos daño, accedí a sus inversiones. Eran una compañía de agua. Proveían un gran sector industrial del oeste de San José y se encargaban de la dotación residencial de la mitad del Valle Central. Eloy Reutgens me aseguró que estaba fascinado por la física y me dijo que siempre había sido su sueño poder regresar en el tiempo, aunque fuesen cinco minutos. Solo para saber. Por eso, durante los siguientes diez años, contamos con sus recursos y su apoyo. Y logramos que nuestra máquina del tiempo retrocediera hasta tres semanas.

—Ese fue nuestro error— susurró Úrsula con tristeza—. Pensar que la ciencia no puede proveer de armas a los políticos o a los industriales.

—Reutgens tuvo gran contacto con mi equipo de ingenieros— murmuró Gloria, ahora en tono oscuro—, lo que a su vez lo puso en relación con los desarrolladores de maquinaria industrial para extracción y tratamiento de aguas. Entre ellos, conoció al creador de las máquinas desviantes de curso, las que eran capaces de trazar rutas alternativas para los ríos subterráneos y que podían detectar la presencia de mantos acuíferos de gran extensión, aunque no fuesen propiedad de la compañía.

—¿Y qué tiene que ver la máquina del tiempo?— preguntó Luciano con el ceño fruncido— ¿Por qué… por qué su nombre está unido a esta desgracia?

—Porque valiéndose de mi máquina del tiempo— repuso Gloria en tono ácido—, en 2100, Reutgens retrocedió diez días e impidió que la competencia tuviese acceso a un importante río subterráneo que lo habría puesto en desventaja. No supe de su acción hasta dos meses después, y como él sabía que mi máquina no podía retroceder más de un mes en el tiempo, también contó con que yo no podría deshacer su acción. Me prometí continuar con mi proyecto, para lograr un retroceso más profundo, pero entretanto él se estaba haciendo cada vez más rico y estaba logrando crear un creciente monopolio, que sólo se vio amenazado cuando la competencia comenzó a contaminar sus aguas en 2105.

—La guerra del agua— susurró Luciano con un estremecimiento—. Supongo que se siente… culpable de todo eso.

—No exactamente culpable— repuso Gloria mirándolo con sus ojos fríos—, porque yo no ideé la contaminación de las aguas ni la manipulación del tiempo para destruir a la competencia u obtener ventajas inmerecidas. Pero sí creo que no debí poner en manos de esa gente una innovación tan delicada. Mi proceso de metanoia es lo más griego posible: me desvié de mi ruta, por eso quiero regresarme al principio para retomarla por la vía correcta.

Metanoia— comentó Luciano con acento irónico—, siempre creí que era un arrepentimiento sincero de los pecados cometidos.

—Utiliza usted un concepto religioso, profesor— indicó Úrsula con una sonrisa suave—, pero Glori lo aplica como lo usaron los antiguos griegos. Es un desvío de rutas, ni más ni menos. No podemos culparnos por las acciones perversas de los demás, pues son tan responsables de ellas como inocentes somos nosotras de sus consecuencias. Pero sí podemos detectar dónde erramos el camino y si podemos intentar retomar la ruta que en principio fallamos, lo intentaremos. Fui parte del equipo que hizo posible la máquina del tiempo y fui igual de ingenua cuando pensé que Reutgens era un entusiasta auténtico de la ciencia. Mi metanoia es igual a la de Glori, ni más, ni menos.

—¿A pesar de la desolación que nos rodea?— murmuró Luciano con voz ronca.

—Entiéndalo— insistió Úrsula en tono firme—: no cometimos ningún crimen ni propiciamos la codicia que nos trajo la ruina. Pero en un punto en la historia, tomamos una decisión que a la postre ayudó a que la debacle se esparciera por el país.

—¿Y qué piensa hacer ahora?— preguntó el hombre con desdén, mirando la caseta al lado de la mesa de la computadora con sus ojos brillantes— ¿Retroceder un mes en el tiempo para buscar un sitio diferente donde buscar atunes?

—¿Y qué objeto tendría semejante viaje?— preguntó Gloria mirándolo extrañada.

—¿Esquivarme?— susurró Luciano en tono burlón.

Úrsula sonrió con ironía.

—No lo evitaría otro día. No tendría sentido usar tanta energía solo para que usted me siga mañana. No. Nuestra intención es otra.

Luciano emitió un resoplido de desdén.

—¿Sí? ¿Es práctica? Quizá me evitaban la muerte, quizá me evitaban tomar agua estancada y podrida. Quizá así no moriría. No veo que ustedes obtengan nada práctico.

—Usted no está muriéndose— le espetó Gloria sin atisbos de compasión—. Sólo está deprimido. No, lo que haremos será una auténtica metanoia. Si da resultado.

—Ah, ¿puede fallar?

Úrsula asintió con tranquilidad, mientras Gloria deslizaba otra vez los dedos por la pantalla.

—Iré al pasado— dijo la primera en tono serio—, a 2077, antes del momento en que Reutgens contactó a Gloria.

—Vaya, ¿se puede?— exclamó Luciano, asombrado otra vez.

—Ahora sí— dijo Úrsula con acento convencido—, o al menos, Glori piensa que lo logró. Que podemos retroceder incluso al año en que construimos la máquina, al 2075.

Luciano se irguió interesado, mirando la máquina con ojos ansiosos.

—¿Y qué hará? ¿Matar a Reutgens?

—No— repuso Gloria en tono práctico—, estropearemos la máquina.

Luciano parpadeó atónito y la miró con una mezcla de incredulidad y admiración.

—Pero… ¿estropear su máquina es su… es su metanoia?

—Hemos hecho los cálculos, Luciano— le dijo Úrsula en tono paciente, mientras lo observaba con atención—. Si estropeamos la máquina, Reutgens se negará a participar con sus recursos en las siguientes investigaciones, el equipo entrará en crisis y los ingenieros ligados a los desarrollos de aguas aceptarán las ofertas de universidades extranjeras para sus propios proyectos. Reutgens acudirá a otros métodos para estropear la competencia y le dará argumentos al grupo activista más fuerte de la época, Agua para Todos, para deshacer en la legislatura de 2080 la ley que había puesto en manos privadas los mantos acuíferos. Un solo movimiento cambiará el rumbo.

Luciano aspiró hondo, intensamente emocionado, y se levantó con un impulso que no parecía tener hacía un momento.

—Pero… pero, ¿es posible? ¿Qué pasará con todo esto? ¿Conmigo, con ustedes? ¿Con esta San José en ruinas? ¿No terminaremos en ruinas de todas formas? ¿No encontrará Reutgens la manera de evitar que le quiten el dominio de las aguas?

—Siempre existe la posibilidad, lo admito— dijo Gloria en tono práctico—, pero según los cálculos que hemos hecho, es pequeña. Las posibilidades de que el rumbo del país se enrute por una vía más saludable son grandes. De todas formas, no nos daríamos cuenta. Todo lo que nos rodea, usted, yo, San José, todo, desaparecería, porque nunca habríamos existido en esta realidad. Esta vida que usted conoce no sería posible.

—¿Y si cae la doctora Román en un universo paralelo y nosotros quedamos aquí estancados en la miseria, doctora Gutiérrez?

—No es posible. El asunto del universo paralelo es un invento muy cómodo, pero impráctico. En nuestro universo, la máquina del tiempo ha demostrado tener efectos, y ese efecto es un cambio en el presente que podemos advertir. Pero en este caso, como la naturaleza del cambio introducido por Ursi será tan radical, usted y yo ni siquiera sabremos de su existencia. Nunca habremos estado aquí, en este tiempo, de esta forma.

Luciano miró la caseta. Parecía consumido por la ansiedad.

—¿Y es muy sutil lo que ella tiene que hacer?— preguntó de pronto.

—No— dijo Úrsula, mirándolo con más atención—. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque… en 2077 yo era un niño de dos años. Jamás me habría cruzado con alguien como usted. Pero usted… ¿no corre el riesgo de encontrarse consigo misma? ¿No sería imposible, puesto que nunca se vio a sí misma en el pasado?

—¿Lo dice usted por la paradoja? No hay tal —le dijo Gloria en tono neutro—. Si no se vio en el pasado, significa que Ursi la esquivará de cualquier manera. Y al activarse otra línea temporal, ya no existirá la Ursi viajera, que desaparecerá en el acto, mientras que la de entonces seguirá con su vida en esa nueva línea temporal.

—O sea… que si la doctora Román viaja y cumple su cometido, desaparecerá en el acto y jamás recordará todo esto, ¿es así?

—Así es.

—¿No podría ir yo?

Gloria lo miró con desdén.

—¿Y usted qué podría hacer?

—Impedir efectivamente que la doctora Román tenga que esquivarse en el pasado. Y destruir toda posibilidad de que Reutgens destruya al país.

—No me parece argumento suficiente. Además, no sabe lo que tiene que hacer.

—Estropear la máquina. Ella acaba de decir que no es tan sutil.

—No, pero no creo que usted sepa dónde está y cómo era.

—Lo sabré, sin duda.

—Imposible. Siéntese y cállese. Creo que esta charla ya no tiene sentido.

Luciano no se sentó, pero se quedó de pie en su sitio, mirando con ojos febriles aquella caseta que parecía llamarlo como un imán. Úrsula se preguntó entonces por qué actuaba así, por qué ansiaba entrar en la máquina. Era curiosa su actitud, su desazón, lo que la hizo pensar en si no habría habido algo más en su historia que lo impulsara a moverse en esa dirección. ¿Dónde había visto antes aquella mirada febril, aquel abrir y cerrar de los puños, aquel desasosiego? Y después de todo, ¿por qué la había seguido? Las latas de atún fueron la excusa, estaba segura, para constatar que ellas eran quienes él creía que eran, no porque tuviera hambre realmente, sino… de pronto, recordó algo.

—Luciano, ¿pertenece usted a Agua para Todos?

El hombre se estremeció y la miró con aire lastimero.

—Pertenecí, sí— murmuró en tono lastimero—, cuando estaba en la universidad y después, cuando todo se estropeó en este país… ¿por qué?

—Porque matándome no hubiera resuelto nada, ¿lo sabe?— Él se sobresaltó, y ella pensó que ahí estaba la razón de su extraña conducta. Era un activista fanático al borde de la desesperación. Agua para Todos se había extinguido, junto con la civilización que alguna vez existió en aquella tierra antaño fértil, ahora yerma y vacía. Y los pocos miembros que quedaban de ella, no hacían más que vagar por el desierto, gimiendo por el paraíso perdido.

—Sí, lo sé— dijo él en tono firme, mirándola con expresión seria—. No iba a matarla, se lo aseguro. Sólo quería… quería constatar que usted era usted. Y luego… cuando vi el atún…

—Glori— dijo Úrsula en tono perentorio, sin apartar la mirada de Luciano—, este hombre conocería bien la máquina del tiempo. La reconocería al instante. Déjalo ir.

Luciano abrió los ojos asombrado y miró a Gloria con ansiedad, pero la anciana frunció el ceño.

—No quiero que vaya y aporree la máquina, Ursi.

—¿Qué más da cómo lo haga? Necesitamos que ese maldito aparato retroceda muchos años en su desarrollo, el tiempo suficiente para que Reutgens se vea en aprietos.

—No estoy convencida.

—Yo puedo hacerlo— dijo Luciano ansiosamente, dando un paso adelante—. Por favor, permítame, doctora Gutiérrez. Yo puedo.

—No lo creo.

Úrsula alzó la mano hacia Luciano, para indicarle que se abstuviera de acercarse, y se acercó a Gloria. Él obedeció, aún pegado al dintel, como si quisiera sujetar sus deseos intensos de lanzarse hacia delante.

—Es un fanático— le susurró Úrsula a su amiga—. Si tus cálculos fallan, y a pesar de mis acciones, ustedes dos no desaparecen, él te matará, te lo aseguro, una vez que yo no esté. Y no creo que quieras morir de esa forma. Vino a matarnos y si ha pospuesto su propósito ha sido por esta máquina. Déjalo que se vaya.

—No tengo suficiente energía para dos viajes, Ursi, imagina que no encuentra la máquina o que no la estropea como necesitamos…

—Lo hará, sabes que lo hará. Un activista como él, en su estado, será capaz de hacer cualquier cosa, cualquiera, para evitar la debacle que considera el fin de los tiempos. Si tiene que «aporrear» la máquina, lo hará. Si tiene que matar a alguien, lo hará. De una u otra forma, este destino no será más el fin de la historia.

—¿Y si no sucede nada? ¿Si quedamos atrapadas en nuestra historia?

Úrsula la miró con aire fatalista.

—Será porque tu máquina no habrá funcionado y no podremos hacer más que reanudar los cálculos hasta que la muerte nos alcance de cualquier modo.

Gloria no terminaba de convencerse, pero al ver la mirada brillante del hombre, que parecía atento a su rápido diálogo, aunque no alcanzara a escucharlo, suspiró.

—De acuerdo— dijo entonces, con una mueca resignada—. ¿Quiere ir?— añadió en voz alta— Lo dejaré ir. Prepárese como mejor pueda.

—¿No necesito un traje especial, algo?— saltó el hombre, con emoción intensa.

—No, por supuesto. Pero si puede asearse un poco, hágalo. Le será más fácil entrar al laboratorio. Úrsula le indicará donde estaba en aquel entonces.

La ingeniera asintió con una sonrisa, y al momento, la ansiedad en el rostro de Luciano pareció ceder. Durante la siguiente media hora, hizo uso del agua para la limpieza que las dos mujeres guardaban en el receptáculo del retrete, tomó un vaso de vino y se puso unos pantalones de Gloria, una camisa de Úrsula y se peinó. Entretanto, la mujer le informó de todos los detalles de ubicación y aspecto que necesitaría para localizar el laboratorio y dentro de él, la máquina del tiempo de aquel entonces, y la mejor manera de estropear su funcionamiento. Al final del proceso, el hombre parecía más ser humano que bestia, pero ella no dejó de advertir que sus temblores volvían y que la zozobra comenzaba a hacer presa de él.

—Bien, Luciano, acérquese— le dijo Gloria en tono serio—. He planeado este movimiento por tres años. No es fácil hacer el cálculo, mucho menos considerar las posibilidades de energía insuficiente. No lo estropee, ¿de acuerdo?

—De acuerdo— susurró el hombre, mirando la caseta con ojos febriles—. Iré a la máquina y la… la estropearé. Tal como la doctora Román me lo dijo.

—Entonces, entre a la caseta y aguarde.

El hombre no dudó un instante. Con un movimiento casi infantil, se deslizó dentro de la caseta cristalina y se colocó de frente a las mujeres que lo observaban desde afuera. Se veía muy emocionado, y a la vez, dócil, y Úrsula se congratuló de su movimiento. Estaba más convencida que nunca de que había tomado la decisión correcta.

Gloria deslizó los dedos por la pantalla y giró los comandos correspondientes desde su nanodispositivo, sin mirar a Luciano o a su amiga durante sus acciones. Esta lo miraba, considerando si podría cumplir con la misión, o si solo verían desaparecer su imagen y nada cambiaría. Gloria le había asegurado que ahora sí podría regresarla en el tiempo, desde aquel lúgubre 2115 en el que vivían hacia el estimado 2077, y que podrían cambiar a otra línea temporal. Pero… ¿y si eran sólo conjeturas sin sentido?

De pronto, con una última instrucción, la caseta cristalina se iluminó suavemente con un resplandor azulado y un Luciano sonriente desapareció de su vista como si se tratara del acto de un prestidigitador.

—Se fue— susurró Úrsula, a su pesar impresionada. Había visto otros viajes, pero nunca había esperado que el viajero se fuese tan atrás en el tiempo.

—Sí, se fue— murmuró Gloria con una mueca.

Úrsula la miró sorprendida.

—¿Qué sucede?

—¿No lo ves? No funcionó. O él no hizo lo que tenía que hacer o esta maldita máquina no sirve.

—Glori, te dejas abrumar por la rabia otra vez. ¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque si hubiera funcionado, no estaríamos aq…

© Copyright de Laura Quijano Vincenzi para NGC 3660, Agosto 2016