La Máquina de Dioses


Por J. Javier Arnau

De repente, la oscuridad.

Entonces, los gritos, la confusión, algarabía.

Ángeles de alas negras cayendo sobre la Tierra, un chirrido que lacera los oídos penetra al cerebro; millones de estridentes trompetas taladrando nuestras mentes. Es el grito de los ángeles al ser desterrados de su eterno paraíso, gloria eterna perdida, Hosanna in Excelsis en su razón primera.

Ahora nos llueven ángeles a todas horas, en todo momento. Ángeles de alas marchitas; serafines, querubines, arcángeles, virtudes… seres antes bellos, ante la gloria divina, caídos en desgracia, sus alas rotas, muñones amputados, élitros cercenados, sangrantes escaras.

Dios ríe desde el Cielo; ¿alguien puede dudar ahora de que existe un ser supremo, un ente allá, en lo alto? Pero Dios… ¿dios… qué dios, qué ser sobre nuestras cabezas, encumbrado como esencia de lo humano trata así a sus criaturas; quién ríe inmisericordemente ante las desgracias de sus preferidos, y ante la calamidad de los seres humanos?

O tal vez sea alguna otra cosa que no conocemos, algo no espiritual, pero en la que nuestra pequeña mente, nuestros atribulados cerebros, nuestra educación racional, ha querido ver aquello que las religiones nos impusieron.

Batalla en el cielo, las trompetas de Jericó sonando en nuestras cabezas, Dios es un astronauta perdido en otro Universo, los superhéroes de nuestros cómics toman sustancia real y se convierten en los ángeles caídos en batalla contra seres de otro cosmos. Pero tal vez nada es real, quizá todo es la esencia misma de una matriz capaz de crear cualquier realidad, y adaptarla al momento en que vivimos…

Súbitamente, un frío helador, proveniente de más allá de las fronteras de nuestra imaginación, memoria colectiva de la humanidad, se cierne sobre nosotros. El sol deja de existir, o tal vez la matriz se esté reiniciando, o puede que la nave de Dios esté dejando este lado de la existencia, después de miles de años orbitando sobre nuestras consciencias; quizá las historias que nos contaron de pequeños se están borrando, siendo sustituidas por un culto a… ¿a quiÉn podemos ahora adorar?; nuevos dioses vendrán a ocupar el lugar de aquel que nos abandona.

Una estrella fugaz aparece en el cielo; tal vez sea ese ser perdido al que confundimos con un dios que, con los últimos resquicios de cordura, tras incontables siglos en este plano de existencia, está abandonando nuestra realidad; las huellas de las batallas allá, en el cielo, fundieron las nubes, disolviéndolas en cristalinas lágrimas que tallaron una profunda gema en el corazón de la humanidad cuando se solidificaron de nuevo.

Y la nueva realidad nos es transferida, desde la matriz que todo lo crea y todo lo unifica: los nuevos dioses llegaron al planeta tras la caída de los ángeles. Recordaron hechizos pasados, saborearon auroras boreales en plena efervescencia, y dejaron de lado las fragancias de las esencias de las antiguas religiones.

Pero mientras todo se reinicia, la lluvia de aquello que creímos ángeles continúa; ya no es oscuridad lo que nos rodea, nuestro cerebro ha dejado de gritar en la inconsciencia colectiva; un leve resplandor, un tenue murmullo, en la escala de lo intangible, nos atrapa.

La entropía nos envuelve, como un frío manto que arropa la entelequia reciclada en que nos estamos convirtiendo.

Un viejo ángel, de los primeros que cayeron a la Tierra, una marchita flor extinta ya desde antes de la creación derrama una espuria lágrima, un violento icor de agonía y vehemencia. De repente, un fuego brota de lo que antaño fueron los ojos de sus semejantes y sus caras, de porcelana y cristal, se jaspean ante el roce de la matriz.

Desde nuestra inopinada posición, desde que la inesperada oscuridad cayó sobre nosotros, vislumbramos la llegada de la extensa ola, la gran ondulación del espacio tiempo que acabará por llevarnos con ella; más allá de la materia, más allá de la energía, en un nuevo estado que hará aflorar nuestro verdadero ser, nuestra auténtica esencia, como moradores del Abismo Galáctico en el que seremos arquetipos, paradigmas de lo que un día fue el universo, divinidades de caos y entropía, una vorágine entre las estrellas, que darán lugar a su propia existencia, justo antes de que el caos de una súbita ola de entropía nos envuelva, como si de un frío manto que arropa la fantasía de nuestras entidades se tratase.

Dioses que velan en desesperada angustia ante el alba de esta nueva raza, una plaga, una invasión de inanes seres, fútiles amalgamas de materia y energía concebidos como

respuesta al laborioso existir de las esferas celestes, que amenazan con romper la armonía estelar.

Todo eso fue lo que aquel que durante nuestra historia creímos Dios vislumbró desde su esfera de probabilidades; la llegada de los nuevos dioses tras el reinicio de la matriz estelar; dioses que, en realidad, en un alocado bucle temporal, somos nosotros mismos.

Dioses surgidos de la máquina, Omnia humana in deorum manu sunt.

Y, en su último mensaje, el nuevo catecismo de la Iglesia de las Veleidades nos legó:

He chocado de frente con la realidad impuesta por ciertas mentes indefinidas entre el maremágnum de posibilidades que ofrece este Universo concertado entre sus creadores. He servido con diligencia a los preclaros Amos de todas las Cosas Y Tiempos, humilde guardián de las Puertas del Conocimiento. Pero una falla en el tejido del Tiempo me arrebató de su lado, y ahora vago entre probabilidades que nunca se concretan.

Mi esencia se define como no apta para esta realidad, y los sistemas de seguridad de este entorno por donde ahora circulo, se colapsan mientras intentan decidir si dejar paso franco o no, a lo que ahora represento; si soy una amenaza o, por el contrario, parte constituyente de sus sistemas.

Y la Eterna Máquina Celestial que vosotros llamáis Universo decide, ante la duda que lo corroe, reiniciarse de nuevo, sin que sus mantenedores, a los que antaño serví, puedan hacer nada por remediarlo.

Las líneas de códigos obsoletos caen por la pantalla de un mundo destinado a cambiar toda su esencia; el cielo se llena de cifras, letras, símbolos, fórmulas, mientras comienza el borrado secuencial e instalación de nuevos de archivos en la Máquina Celestial: están lloviendo ángeles de alas negras…

de repente, la oscuridad.

Y, mientras todo acaba, y todo comienza, en la pantalla de la Eterna Máquina aparece, fugazmente,

«Hoy es el día en que se nos acaba la Gloria. Todo lo que nos ha conducido hasta aquí, todo lo que ha hecho que seamos lo que somos, que lleguemos hasta donde lo hemos hecho, quedará borrado de la memoria de todos los seres conscientes.

»Hemos disfrutado de nuestros momentos de éxito, hemos sido los más grandes entre los grandes; pero todo eso en breve no será nada. Y lo más duro, ni siquiera nosotros mismos nos acordaremos de todas nuestras hazañas ni lo que hemos significado en nuestra galaxia; ni siquiera este escrito lo recordaremos. Tal vez algún día lo leamos y pensemos en nosotros mismos como seres extraños, como grandes héroes, figuras míticas, salvadores universales; pero no lo asociaremos con nuestras identidades, no volveremos a ser conscientes de lo que hemos sido.

»Pero, aún así, no tenemos nada que añorar, nada por lo que llorar. Hemos sido lo que hemos sido durante una larga época, y eso siempre quedará. Rezaremos a algún Diox Ignoto que alguno llegue a recordar, aunque sea un retazo, un vilano de nuestra anterior realidad, y pueda dejar constancia de ello. Y si no, da igual, ya sabíamos que esto podría suceder cuando iniciamos nuestra gloriosa misión.

Pero hoy, la Gloria se nos acaba…».

 

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© Copyright de J. Javier Arnau para NGC 3660, Octubre 2018

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