La ciudad de los malos hijos

 

Por Anthony Zaldívar Arcos

Roberto engulló el pan, el hambre lo obnubilaba y olvidó que a su madre no le gustaba que comiese de forma tan grotesca. Ella le había enseñado a comportarse en la mesa, pero él no había aprendido y el castigo era soportar sus regaños.

«Aprende a masticar. ¿Para qué crees que son los dientes?».

—Sí, mamá.

La hubiera estrangulado si no fuese porque solo llevaba su rostro tatuado en el hombro. Una amalgama de tinta espiritual y las cenizas de su madre estaban impresas sobre su piel. Bebió su café y llevó los trastos al fregadero.

—¿Qué quieres hacer?

«¿No piensas lavar lo que has usado?».

—Es viernes, lo hago después. Vayamos al cine.

«¿Para ver una de tus películas de mierda? No, gracias».

Roberto ya estaba acostumbrado a su hosquedad. Jamás escuchó un elogio de sus labios. Todo lo que él hacía no era de su agrado.

—Pues yo voy a dar una vuelta.

«¡He dicho que no!».

Los reclamos de su madre se confundieron con los de las otras madres que torturaban con gritos a sus hijos en las calles. Decidió sentarse en una banca del parque situado en medio de la ciudad y respirar el fresco oxígeno que liberaban los colosales eucaliptos. A lo lejos, alcanzó a ver a Pablo, el pobre hombre se había mutilado el brazo izquierdo para deshacerse de su madre, sin embargo, ahora su cara se hallaba en el otro brazo. Cuando pensaba en él, Roberto se alegraba de no ser el hijo de esa mujer.

—Hola.

Volvió la mirada y ahí estaba Cecilia, el éter hecho mujer de risueños ojos y amplia sonrisa que llenaba su espíritu de sosiego cada vez que la veía.

«Hija, no sé qué le ves a este pobre diablo».

El resplandor que irradiaba Cecilia solo era opacado por la oscura sombra que representaba su madre. Roberto no entendía cómo una muchacha tan dulce podía haber germinado en aquellas entrañas.

—Hola.

«Esta chica es mucho para ti».

No prestó atención a las palabras de su madre, pero sí a las de Cecilia.

—Quería saber si te gustaría cenar esta noche en mi casa —dijo ella.

Asombro, no alcanzaba a definir lo que sentía Roberto: tanta era la emoción que sus cuerdas vocales no conseguían articular una respuesta.

—Claro —balbuceó finalmente.

—¡Genial! Te espero a las ocho.

Cecilia siguió su camino y los nervios carcomieron el tiempo de Roberto, quien apenas pudo estar listo para la cita pactada. Llamó a la puerta. Ella lo recibió ataviada con una blanca blusa holgada y unos jeans azules ceñidos. Durante la cena, obviaron las voces en sus cabezas y en todo momento evitaron hablar de la razón por la que estaban en esa ciudad. Tras la larga charla, ambos deseaban hacerlo sobre la mesa, pero sabían que cualquier clase de placer estaba prohibido para ellos y que si lo hacían solo prolongarían su condena.

De vuelta a casa, Roberto pensó en masturbarse, pero entonces recordó a su madre y se fue a la cama.

 

En la mañana, Roberto formó bien el bolo alimenticio en su boca y lo deslizó a través de la faringe.

© Copyright de Anthony Zaldívar Arcos para NGC 3660, Abril 2017

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