Made in China

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Por Pily Barba

Todo empezó cuando Cira se cayó de bruces al suelo y descubrí en su sandalia una extraña frase: «Made in China». Creo que jamás había visto algo así. Claro, que no recuerdo cuándo fue la última vez que estrené alpargatas. Desde que Cira había nacido, lo poco que teníamos era para la mocosa. Así que ni corto ni perezoso, pregunté a madre qué era aquello de «Made in China», por si Zacarías, el zapatero, se dedicaba ahora a imprimir esa cosa horrible en el calzado. Pero madre, en vez de contestarme, se llevó repentinamente las manos al rostro y lloró desconsoladamente. Ni siquiera me echó la bronca por haber sido uno de mis empujones lo que llevó a mi hermana a comer tierra. Tampoco se molestó en saber si Cira, la hermanita especial, se había roto la crisma. Simplemente lloraba. Lloraba y no paraba de repetir, por lo bajini, que acababa de traer la desgracia a la familia.

Aquella noche nadie me dirigió la palabra, ni siquiera la mocosa. Para colmo, me castigaron sin cenar, y al día siguiente, tres cuartos de lo mismo; cuando madre me obligó a levantarme para ayudar a padre a ordeñar, solo me dijo que pronto empezaríamos a sufrir las consecuencias de mi pecado. ¿Mi pecado? ¿Pero qué había hecho yo, sino aprender a mal leer?

A partir de ese día ni qué decir tiene que cualquier desgraciada casualidad, según madre, tenía que ver con mi visión: si nacía un potrillo muerto, yo era el gafe. Si las gallinas no ponían, yo tenía la culpa. Si llovía, o hacía sol, o si se le volaba el refajo de la cuerda a doña Teófila, había sido a causa de mi preguntita.

Harto, un día interrogué a Román y a Carlos y directamente se quedaron patitiesos: me escucharon casi sin respirar. Ni pestañeaban los tíos… Después de mi relato, más silencio, mas miradas, y a la de tres, subimos los pies para comprobar las suelas. Nada: salvo el olor a queso rancio, no descubrimos nada raro. Pues bien, estábamos hablando de mantener aquello en secreto, por si las moscas, cuando sin venir a cuento a Román se le cayó un diente que no era de leche. Claro, tuve que salir a la uña.

 

Pero lo peor vino un par de noches después: tras llegar del campo, padre y yo encontramos a madre llorando a moco tendido. A su lado, Cira hipaba con la cara congestionada:

—¿Pero qué sucede, Bernarda?

—Qué va a suceder, ¿es que no lo has visto? —padre asintió en silencio—. Y todo por el dichoso chiquillo… ¡Tú! —gritó señalándome—. A la cama, ¡YA! Pero antes de acostarte recoge lo imprescindible. Cuando amanezca nos habremos ido —y repentinamente abrazó a mi hermana.

 

Al día siguiente, con una vaca, una cabra, y las dos gallinas que cupieron en mi zurrón, toda la familia se puso en marcha. Hasta mi hermana sabía hacia dónde nos dirigíamos, pero yo no. ¡No era justo!

 

Cinco días después estábamos relativamente cerca de la luz que nos había guiado durante días. El camino había sido duro, pero también entretenido, y a pesar de que madre me advirtió de que no hiciera migas con nadie, que no tocara nada, que no contase lo que había visto, que bubububu, en una de las acampadas nocturnas terminé conociendo a Adela: Adela y sus increíbles doce añazos. Adela y ese pelo rubio hasta la cintura. Adela y esos pechos que… bueno, que en algún lado estarían.

Desde aquella noche no pude dejar de pensar en ella, y aunque Adela y yo solo nos mirábamos en las pocas ocasiones en las que podíamos estar cerca el uno del otro, cada vez, yo sentía que el pecho me iba a estallar. Así que me vi obligado a contárselo a mi padre, que a cambio de mi confidencia, se rió de mí y me dijo algo así como que ya se me estaba despertando el gusanillo. ¿El gusanillo?

Ese mismo día, pero mucho más tarde, me escabullí y lo sorprendí teniendo una charla con madre, que lloraba como de costumbre. No parecía que estuvieran hablando de mi gran secreto:

—… Que no mujer, que no. Verás cómo no pasa nada. Tú tranquila que este año todo va a seguir igual.

Madre se sorbió los mocos, y en ese momento Cira tiró de mi brazo dándome un susto de muerte. Pegué tal chillido que por supuesto me la volví a cargar.

 

Tres días después ya veíamos perfectamente la dichosa estrella y el lugar donde se había plantado. Parecía una chabola, o un pajar, o qué sé yo porque aquello estaba lleno de gente a rebosar, y cada vez que intentaba preguntar a madre, quien, por si acaso, ya no me soltaba de la mano, amenazaba con cascarme un sopapo.

La gente acampaba y hacía de aquellas tierras su hogar. Nosotros hicimos lo propio. Padre y yo improvisamos una valla para los animales, a los que no perdíamos de vista. Según madre, ese era todo el lujo que nos podíamos permitir, así que si nos robaban, no podríamos ofrendarle nada al Niño Dios, y entonces sí que caería la desgracia sobre nosotros. «¿Más desgracia aún?», se me escapó, y madre me amenazó con su índice.

 

Dos días después andaba un poco desesperado. Al llegar a aquel pueblo había perdido de vista a Adela, y como madre, a su vez, ya no me perdía de vista a mí, no sabía muy bien qué hacer: ni relacionarme con los demás me dejaba. Padre, por su parte, ya no me apoyaba, así que cuando me aburría me iba a hablar con la vaca.

En una de esas llegó el revuelo: de buenas a primeras, la gente empezó a correr de un lado para otro gritando que el Niño Dios había nacido. Yo no entendía muy bien qué significaba aquello, si ni siquiera sabía quién era el susodicho, pero sí me di cuenta de que de pronto la estrella brillaba el doble, y la multitud, se había puesto a recoger a toda velocidad después de la simple mención del Niño Dios.

Bueno, pues debía haber llegado el momento de llevar las ofrendas al Niño ese. Así que a toda velocidad, las gallinas al zurrón y una vez controlados los demás animales, nos pusimos a caminar junto al resto de la gente. A los pocos pasos, entre el gentío, por fin distinguí a Adela con su familia, y tiré instintivamente de madre, que a su vez tiró del resto de la familia: debían estar impacientes por llegar, porque a pesar de estar obligándoles casi a correr, nadie se quejó o me echó la bronca.

Y justo cuando llegamos al pajar, o al portal, o a lo que fuera eso donde estaban el hombre, la mujer, el buey, la mula, y un renacuajo en paños menores que berreaba como un gato, conseguí llegar a la altura de Adela. Sin pensármelo dos veces, le toqué el brazo para saludarla, y ella me miró, se sonrojó, y al dar el siguiente paso cayó al suelo de bruces. Entonces lo vi. Allí estaba, burlándose de mí desde la suela de sus sandalias: «Made in China».

Lo siguiente que recuerdo fue una sombra que incluso apartó de nosotros el brillo de la estrella. La multitud gritaba y corría despavorida. Los animales rebuznaban, mugían, cacareaban y salían en estampida. Alguien exclamó «¡Que se llevan al Niño Jesús!», y de pronto todos nos quedamos petrificados. Algo amorfo había levantado el pesebre, y según subía, volví a verlo en sus cimientos: «Made in China». Un segundo después tenía el tejado suspendido sobre mi cabeza: la cosa amorfa le había dado la vuelta, sin que una sola paja cayera al suelo. Después, lo dejó en su sitio como si nada. Miré a mi madre de reojo: vaya cara que tenía…

La cosa amorfa continuó durante un par de minutos recolectando gente; unos no volvieron, otros aterrizaron al segundo siguiente de haber sido abducidos. Desgraciadamente terminó llegándole el turno a mi familia, y a la de Adela, y salvo mi hermana y la propia Adela, todos terminamos en lo que parecía ser un gigantesco habitáculo; totalmente cerrado y aparentemente concebido para el almacenamiento de la población seleccionada.

 

Nada más llegar aquí me contaron que los que salimos de Belén, una vez fuimos igual que los que se habían quedado, pero con el tiempo, el «embrujo Made in China» había desaparecido de nosotros; se había borrado por el paso del tiempo, y por eso nos quitaron de en medio.

Ahora estoy en un lugar que debe de ser otro planeta, porque comparto espacio con seres muy peculiares pero que, al igual yo, cuando aparece la cosa amorfa se quedan paralizados. Eso sí, esto sucede muy de tarde en tarde, y mientras la amenaza no acecha lo pasamos realmente bien. Y cómo para no hacerlo. Tengo un amigo que es un tipo rarísimo: todo amarillo. Se hace llamar Minion Dave, y aunque no entiendo una leche de lo que dice, salvo su nombre y«banana», me río con él sin parar… A mis padres los veo de vez en cuando, y la relación, como es lógico, ha cambiado a mejor. También me cruzo a veces con Román y Carlos, pero Román, sigue mellado y sin hablarme. A Adela, aunque ha pasado el tiempo, por supuesto no la he olvidado, pero dicen que es algo natural: el primer amor nunca se olvida, ¿no es cierto?

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Diciembre 2016

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