Luka

 

Por  Laura López Alfranca

El callejón empedrado olía a basura, detergente y flores secas, que junto al calor asfixiante, conseguían marearle. Ela miró al cielo gris plagado de tendidos y suspiró. No entendía los gritos de las mujeres, todo le daba miedo. Se acurrucó contra su hermano Feliks, que miraba el edificio negro intentando evaluarlo. La niña había llegado a la conclusión de que por delante era bonito, por detrás muy feo y lleno de latas con flores muertas. Hasta el suelo estaba lleno de pétalos marchitos, que habrían crujido de no haber tanto barro.

La puerta seguía sin abrirse.

―No quiero vivir aquí, ¿no podemos volver al pueblo? ―preguntó al adolescente que se agachó para abrazarla.

―Papá y mamá no tenían trabajo, no podían mantenernos ―le explicó agachándose a su lado, sonriendo solo para ella―. Aquí podremos tener una vida mejor.

―Pero nos esconden.

―No quieren que haya niños en la casa. Será una norma absurda de los americanos, no lo sé ―dijo cogiéndola en brazos y dejando las bolsas en el suelo―. Venga, ¿no me vas a sonreír? También para mí es duro.

La niña lo hizo y se abrazó a su hermano mayor. No podía enfadarse con él aunque quisiera. Oyeron el crujir de la madera y las jambas chirriando. La cabeza de su padre asomó, peluda, castaña y cansada; suspiró y les pidió que pasaran rápidamente. El adulto tomó las bolsas y les hizo entrar al edificio en penumbra y lleno de polvo. Parecía abandonado.

―Vamos, mis niños ―pidió guiándoles escaleras arriba―. Recordad, por el día no os podéis mover del cuarto.

 

Ela no entendió por qué, además de algunos ruidos de los cuartos que demostraban que estaban habitados, no había nadie. Hacía mucho frío para ser verano, se acurrucó contra el cuello de Feliks con miedo. No le gustaba ese lugar.

Escuchó pasos y se agarró con más fuerza, eran rápidos y parecían ir tras ellos, intentando encontrarles. La niña no deseaba estar allí, pero mucho menos en la calle. Mientras, los mayores seguían subiendo las escaleras, ignorando los ruidos y la oscuridad.

―Enana, el resto hazlo por tu cuenta, que tengo la espalda molida ―pidió su hermano y ella obedeció, aunque con lentitud.

No le apetecía encerrarse ahora en el cuarto. Ni siquiera aunque hubiera aire acondicionado y una gran tele como le habían prometido, quería volver a casa. Una mano pequeña se apoyó en su hombro y se giró deprisa, asustada. Solo era otro niño.

―Hola ―le saludó con una gran sonrisa―. Me llamo Luka.

―¡Ela, corre! No deben verte ―pidió su padre un piso más arriba.

―Tiene razón, hay que esconderse de los malos ―dijo el niño echando a correr por el pasillo. Era muy raro y pequeño, mucho más que ella… pero, al menos, podría jugar con alguien.

Ascendió pesadamente, sintiendo que tras las puertas alguien la observaba, quiso echarse a llorar y gritar, para que los que curioseaban tras las mirillas, se metieran en sus asuntos. Caer al suelo y patalear, pero ya era mayor, esas cosas no se podían hacer.

Al final se rindió y acabó de subir hasta la buhardilla, donde a diferencia del resto del edificio, hacía mucho calor y todo era viejo.

―Es más grande que la antigua casa ―aquello era cierto, tuvo que reconocerle Ela a su madre. Aun así, temía sentir claustrofobia.

―Es solo temporal ―aseguró papá―. Pronto encontraremos una casa donde no tengáis que estar encerrados, os lo prometo.

 

***

 

Los meses pasaban y los dos chicos permanecían encerrados en el piso. Feliks se dedicaba a ver la tele, a leer y aprender americano, Ela a sentirse miserable, mientras miraba por la ventana la vida pasar. No le gustaba ese lugar, no había podido salir de la casa nunca y le habían mentido, no había una gran tele o aire acondicionado, la calefacción casi no funcionaba.

Lo único que hacía tratables aquellas horas, era la llegada de la noche y poder encontrarse en las escaleras con Luka. No jugaban, no podían hacer ruido, o los ancianos invisibles se quejarían a su padre y que le echaría la bronca. Y, luego, como siempre pasaba, habría una discusión, más dolor y llorar durante horas por los rincones. No entendía por qué tenían que esconderse tanto, los espías sabían de su existencia en aquella casa helada.

Ela cogió la ropa de invierno y bajó por las escaleras para encontrarse con Luka. Siempre le insistía en que tenía que conocer a sus otros hermanos, que tenía una familia muy grande y podía compartirla con ella.

―Allí todos nos queremos y nos cuidamos. Es genial.

―Yo tengo a Feliks ―replicaba siempre insegura, su hermano llevaba mucho tiempo ensimismado con sus cosas y le pedía que aprendiese el idioma, que pronto lo iban a necesitar. Por suerte, le hacía más caso que sus padres.

Mientras estaban sentados en las escaleras, quietos y tan silenciosos como ratones, Luka siempre le contaba lo que hacían, las grandes aventuras que vivían. Les envidiaba, al menos se lo pasaban mejor que ella.

Cada vez que la convencía, bajaban… pero tras un piso, Ela se asustaba y se sentaba en las escaleras, como si fuera un lugar más seguro. Cuanto más cerca del sótano estaban, más mirillas parecían ocupadas. No le gustaba imaginarse los ojos grandes observándoles atentamente, sin perder detalle para decírselo a sus padres.

 

Hoy no iba a ser diferente que otras veces, salvo porque Ela no podía soportar mirar fuera y ver a la gente disfrazándose y sacando cosas que daban miedo. Cada vez se sentía más rabiosa con el mundo, enfadada porque todos vivían y eran felices, menos ella. Incluso llegó a gritar a Feliks, que poco tenía que ver, pero se sintió peor cuando él la insultó.

―Anda, lárgate, cada día es peor vivir contigo ―le dijo volviendo a su libro.

La niña sollozó y le exigió que cambiara de parecer; cuando no lo hizo, se abrigó y se dirigió hasta el bajo, donde Luka la esperaba con una gran sonrisa. Ella ni le miró, solo descendió hasta el sótano, sin importarle las mirillas ni su familia, estaba harta. Quería vivir, nada de aventuras ni similares, solo salir fuera y disfrutar del sol, hacer amigos… volvió a llorar. Quería volver a su antiguo hogar y lo deseó con más fuerza, cuando vio que en el sótano no había ninguna puerta.

―No te preocupes, Ela ―pidió el quitando una enorme plancha de madera. ¿Cómo podía ser tan fuerte?―. Pronto estarás mejor.

Y allí estaba la puerta, dispuesta a ser abierta y a dejarla entrar. Impaciente, la niña corrió, abrió el pomo y, aunque el olor que le llegó era nauseabundo, se encontró en un inmenso bosque donde había muchos niños alrededor. Se asustó mucho al ver que algunos no tenían pelos y eran muy feos, parecía que la piel se les arrugaba por momento. Pero vivían al sol, parecían felices y todos, sin excepción, la recibieron con cariño.

Jugó durante horas, tantas, que debía ser muy tarde, de madrugada, incluso, el día siguiente, dijo que tenía que irse, pero sus nuevos amigos se lo impidieron con un fuerte abrazo.

―Quédate con nosotros, Ela ―pidió Luka―. Aquí serás libre y feliz, ningún adulto te dejará sola. Nadie te dejará sola nunca más.

―¿De verdad? ¿Y os gustará estar conmigo siempre? ―todos asintieron, acabándola de convencer.

Seguro que papá, mamá y Feliks lo entenderían, allí podía ser feliz por fin.

***

―¿Estás seguro de que eso es todo? ¿No te olvidas de nada? ―preguntó la agente de policía a Feliks, el único que hablaba inglés con algo de fluidez. Los padres estaban demasiado conmocionados como para dejar los berridos.

―Sí, tuvimos una… discusión ―gesticulaba, deseando poderle hacer entender―. Normal de hermanos… mucho tiempo aquí encerrados.

La agente asintió. No era tan extraño que los inmigrantes ilegales intentaran esconder a sus hijos, habían oído cosas horribles sobre las leyes americanas. Como  descendiente de italianos sin papeles, ella lo comprendía. El chiquillo parecía afectado por la desaparición de su hermana, incluso había llamado a todas partes, esperando que alguien le ayudase, aunque pudiera meter a su familia en problemas.

―Y no conocíais a nadie aquí, ¿verdad? ―lo vio pensar serio y, entonces, para su sorpresa, asintió.

―Luka, niño muy… ―puso la mano cerca del suelo para decir pequeño―. En piso muy bajo, vive. Decir que viviría con él, que le quería.

―Señorita, eso no puede ser ―dijo uno de los ancianos. Era uno de los pocos que podía moverse sin casi ayuda. El edificio estaba lleno de ellos―. Ela y Feliks eran los únicos niños que vivían aquí.

El chico insistió y salió por la puerta disparado, dispuesto a demostrarlo. La agente lo dejó ir, que viera que, abajo, no había nada. Necesitaba enfrentarse a la realidad de que su hermana se había ido.

 

 

Feliks bajó las escaleras con rapidez y, cuando vio la pared blanca delante de él, la emprendió a golpes con ella, furioso. Era culpa suya que Ela se hubiera escapado, estaba pasándolo muy mal en el piso, sin poder salir ni jugar… puede que, incluso, se estuviera volviendo completamente loca.

Tras una patada furiosa, gritó al ver que la pared se caía encima de él. Consiguió pararla a duras penas, pesaba demasiado. Miró la plancha y los alrededores: ésta estaba tapando una puerta y alguien se había tomado muchas molestias en que nadie pudiera encontrarla. Seguramente nadie se hubiera dado cuenta de que allí había un sótano, el lugar parecía muy abandonado.

De todas formas, Feliks abrió la puerta y con el olor y el espectáculo, vomitó a un lado. Las paredes ennegrecidas guardaban decenas de cadáveres en diferentes estados de descomposición. Seguramente de los hijos de los que allí habían vivido.

En lo más alto vio a Ela, sonriendo, abrazada por manos descompuestas. Intentó llegar a ella, pero la montaña de cuerpecillos era resbaladiza y repugnante. Lloró, la llamó rogando porque estuviera viva, mas, cuando la tocó, estaba completamente fría y muerta.

―Oh, Dios… Ela ―sollozó acongojado―. Perdóname, por favor… perdóname…

―No te la lleves ―Alzó la cabeza y en medio de la montaña de muertos, vio la expresión triste de un niño, tirando del cuerpo de su hermana. Debía tener cuatro años―. Es mi familia ahora, no te la puedes llevar. Yo la quiero mucho.

―¿De qué estás hablando? ¡Está muerta! ―dijo tirando de su hermana y arrastrándola.

―Por favor, no te la lleves ―insistió triste―. Mis papás me abandonaron y fui bueno, nunca me quejé porque me pegaran y me dejaran encerrado. Fui bueno y me dejaron solo en el fuego. No vinieron a salvarme. Me prometieron que celebraríamos la fiesta, que honraríamos a los muertos… y me dejaron atrás.

Horrorizado, Feliks miró cómo alrededor se formaba una humareda intensa y comenzaba un incendio. Se agarró al cadáver de la niña y no lo soltó. Todo se consumía con rapidez.

―A nadie le importó que nos fuéramos, no nos querían. Los vecinos dejan las flores en el callejón de atrás para recordar a mis hermanos, pero a nadie le preocupó que no volviera. Mis padres me dejaron, tuvieron una vida nueva y murieron. Ya no tengo nada.

El joven seguía ahogándose, pero todo se paró de repente cuando escuchó los gritos de sus padres. Los agentes lo sacaron, ignorando al pequeño Luka, que seguía mirándole triste.

―No os los llevéis, son mis hermanos, mi familia… si se van, estaré solito para siempre ―sollozó mientras empezaban a estudiar los cuerpos―. No os los llevéis, no me dejéis solo.

Nadie reparaba en él, solo era un niño olvidado y muerto mucho tiempo atrás. Solo Feliks, aferrado al cuerpo de su hermana, lloró por aquella pobre luz trémula que iba desapareciendo según se iban llevando más cuerpos de su lado.

© Copyright de Laura López Alfranca para NGC 3660, Marzo 2018 [Especial Féminas 2018]

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