Reflejo de Lorelei

 

Por Fernando López Guisado

Pertenece a la antología Montaña Rusia (Ediciones Vitruvio, 2016)

 

Ese otoño Lorena se había mudado al chalet que su padre mantenía en un pueblo perdido de la costa. El lugar era decente y ella estaba limpia. Me llamó una mañana de septiembre para que la acompañase y dejara todo, porque ella lo había dejado todo atrás, muy atrás; también el polvo de ángel y al lobo tísico que se lo vendía, a cambio de cualquier favor, en las últimas épocas. Pero a mí no podía abandonarme. Ya me has abandonado varias veces: esta no será diferente. Colgué. No quería colgar, ni contarle a Raquel por qué lloraba a causa de emociones que no deberían importarme desde que ando sobrio.

Volvió a llamar una semana después. En la casa también está el espejo. Su padre lo dejó allí tras el último abandono. Llega el aroma del mar y por las noches tengo tanto frío. Hablaba con tono de golondrina triste pero relajada, débil aunque entera. No mezclaba los conceptos. No es lo mismo bañarme sin ti delante del espejo. ¿Desde cuándo no consumes? Trece meses. ¿Desde cuándo no bebes? Trece meses. ¿Vendrás? Lo pensaré. Colgué. No quería colgar, ni contarle a Raquel por qué sudaba al recordar unas caricias y una espalda de mujer reflejada en el espejo que no deberían excitarme desde que ando con ella.

Volvió a llamar otra semana después. Desde la orilla se observa el ocaso, el sol se hunde como una moneda de oro, los pesqueros salpican el agua de luces, los pinos se mecen en la brisa del próximo invierno. No tengo recursos. No es necesario. ¿Vendrás? Lo estoy pensado; en verdad, lo hacía. Prométeme que todo será como al principio. Eso es imposible, no se puede volver, pero será nuevo, diferente. Suspiró. Parecía que lloraba. Quise ver la prueba de sus buenas intenciones por convertirse en la muchacha de quien estuve enamorado. Toda duda quedó atrás. Está bien, iré. Del teléfono nacía el estruendo de olas en la piedra y risas de gaviotas. No quería colgar, ni contarle a Raquel por qué marchaba con quien me arrojó a un pozo del que ella tardó meses en sacarme.

No permití que me convenciera de que cometía un error. Me necesita. «¿Y qué ocurre con lo que necesito yo?» Está intentado dejar todo atrás. «¿Y todo el tiempo que he invertido yo para que dejaras todo, que la dejaras a ella atrás?» Volveré. «Nunca hay regreso; no vuelvas de nuevo».

El chalet estaba en un pinar de costa a dos kilómetros del pueblo. Llegué al atardecer. El encalado llevaba meses con lamparones de lluvia, el esqueleto de un balancín se oponía al viento a fuerza de salitre, y la hierba crecía arrogante por entre las baldosas. Encontré la llave bajo una maceta vacía. Giró en la cerradura con un fuerte crujido. El interior, en luz naranja, tenía bastante polvo. Las luces estaban apagadas, la chimenea fría y la nevera caliente. La humedad salina se había instalado a placer. Quedaban unas pocas latas e infusiones en la alacena, botellas de agua, cartones de zumo a riesgo de caducar. Ni una gota de alcohol.

Escuché un chapoteo en el pasillo. Seguí huellas pequeñas de pies mojados camino a un dormitorio de puerta abierta donde asomaba el espejo. En el interior, la cama y ella desnuda. Has llegado. Supongo que sí, aunque no sé dónde. Siempre llegamos, no importa dónde, sólo lo que queda en el camino o nos llevamos. Te encanta darle vueltas a lo que no conduce a ninguna parte. Estás empapada y fría. No queda agua caliente y no entiendo nada de calderas. Yo tampoco.

Aquellas semanas vivimos a base de imaginación y calma. Recogíamos leña muerta del pinar. Encontré una caña vieja y aparejos limpios en el sótano. Conseguíamos peces enrocados que asaba en las brasas mientras se peinaba desnuda ante su espejo. El océano no quería dejarnos solos en el dormitorio, y a ella no parecía importarle.

Me he acostumbrado a tener la piel mojada y el pelo salado. También fríos de narices, como ese mar. Si no está la cena nos dará tiempo para muchas cosas ante el espejo. ¿Recuerdas los secretos que guarda? Siempre lo llevas contigo. Me ayuda a tener un pie en este mundo. Se conoce nuestra historia, sí. Mi historia toda. No puede perderse.

En su espalda brillaban reflejos de agua turquesa bajo la luz del ocaso.

Los lunes íbamos al pueblo y gastábamos el poco dinero en agua mineral, aceite y manzanas; no necesitábamos más. Ella paseaba por la arena, recolectaba conchas o cangrejos ermitaños. Un día de mucho viento se metió al agua. Regresó con un presente y dejó a mis pies una estrella de mar. La estreché contra mí y permitimos que las olas la recuperasen mientras nos besábamos, empapados de nosotros mismos. Esa noche me puse de nuevo el anillo y deseé que aquello no terminase. No lo llevaba desde el día que Lorena, tiritando por el mono, cambió el suyo por una raya de nieve a las tres de la madrugada y yo, borracho, le partí la cara, su padre después a mí.

Pasábamos las horas de luz pescando en un lugar poco accesible del rompiente refugiados bajo una barquita naufragada y abierta por las costillas. Se posaba junto a ella como una sirena. De vez en cuando, se escapaba alguna captura por quedarnos dormidos sobre la toalla a pesar de la brisa de otoño y las aristas de las piedras. De aquellos momentos quedan las olas en lucha en el gris azul de sus ojos.

Hablamos sólo una vez de aquello, al descubrir el nombre «Lorelei» pintado en la barca. Vaya casualidad. En absoluto, fue mía hasta estrellarse, ¿no recuerdas? La verdad, no. Debió ser después. Se quedó callada y quieta, casi parte del salitre, la espuma y el verdín en las rocas. Tampoco recuerdo qué significaba ese nombre. Lo tuyo nunca ha sido la memoria. Una leyenda sobre una ondina, un hada de las aguas, sale en un poema, la historia de un marinero. Nunca supe cómo ayudarla a superar que la perdimos a los trece días de nacer. Pasamos después a golpearnos con la culpa y dejar nuestro amor en pendientes. Le pusimos de apodo «manzanita» porque lloraba mucho y siempre estaba roja. Lorelei suena muy parecido a tu nombre, ahora que lo pienso. Sí. Una madrugada apareció azul en el espejo de Lorena. El sedal de la caña salió disparado. No resistió y se nos fue un pez muy grande.

Aquella noche cenamos manzanas sentados en el balancín. Chillaba más que una noria de pueblo. Perdón, no quise remover mierda. No fue culpa tuya. No fue culpa de nadie, tampoco tuya. No importa ya: ha quedado atrás, sumergido. Enlazamos los dedos y estaba tan gélida. Quizá podríamos intentarlo de nuevo, ahora todo es distinto y ella estará en un lugar mejor. Pero ambos sabíamos que era imposible, que no era cierto.

Me costaba dormir. Solía despertar a las tres con las ropas caladas para descubrirla al borde del colchón con mirada vencida entre reflejos de luna. Pienso en todos los secretos que almacena ese espejo. Asemeja un mar surcado de corrientes. Aunque la superficie parezca en calma, debajo se agitan recuerdos indelebles con otros que no logras ubicar e impiden el reposo. Abracé su vientre escuálido entre sábanas oleosas. Muchas noches soñaba con ahogarme en una piscina de verdín y alcohol sin fondo.

A veces llamaban al teléfono y decidimos arrancarlo. No queríamos relación con nadie. La víspera de Todos los Santos preparamos una fiesta íntima: ponche «virgen» y una fuente de frutas. Aunque diluviaba, Lorena colgó un farolillo en el porche a modo de señal para los difuntos. Dudo que necesiten muchas indicaciones, al fin y al cabo están muertos, eso no tiene pérdida. Son quienes más necesitan orientación. Bueno, con esta lluvia, hasta el demonio andaría confuso. De todos modos, parece imposible morir en un lugar como nuestro pueblito feliz. La gente muere en todas partes, el mar es un cementerio enorme. Siempre te ha gustado ponerte tremenda en estas fechas. Mira que no nos habremos divertido disfrazándonos, acuérdate de esas cosas.

Sonrió y antes de entrar a la casa prendió el farol.

Estaba a punto de morder una manzana cuando el coche se detuvo ante el murete del chalet. Bajó su padre y esperó entre la lluvia sin darle respiro al claxon. Habla con él, por favor; yo no puedo, no podría aunque quisiera. Salí pero no fue un diálogo: sólo escuché mientras me zarandeaba la camisa con vehemencia y desesperación. Veía a Lorena asomada entre visillos, el rostro oculto por charcos de sombras. La manzana goteaba en la mano con la suavidad de un plomo de pesca.

Lloré y antes de entrar a la casa apagué el farol.

Perseguí huellas mojadas hacia el dormitorio. Se peinaba desnuda en el espejo con la misma expresión del día en que vendió su anillo.

¿Qué quería?

Debo irme de la casa. La reformará para alquilarla por temporadas.

¿Mencionó qué hará con el espejo?

No, pero imagina… será de otros, o lo abandonará en el trastero como la caña de pesca. Quizá quiera venderlo.

Bueno, existen otras soluciones. Yo no quería que esto se acabara nunca. Sostenía el peine sin pasarlo por el cabello pegado a la cabeza como algas al fondo.

Tengo unas horas de margen. Llamará a la policía por la mañana.

Este espejo conoce mi historia. Nuestra historia. No paraba de repetirlo.

Dice que es por mi bien, que debo mirar al futuro y buscar ayuda; que los lugareños me ven hablar solo en el supermercado, pasar los días en la escollera junto a tu barca, abrazando el aire.

Lánguida en el reflejo como un pez enrocado sobre las brasas. Toda mi vida, amor mío. La nuestra.

Afirma que no podía estar hablando contigo porque naufragaste contra el rompiente hará trece meses. Navegabas medio dormida hasta las trancas de alcohol y nieve. No se puede hablar con los difuntos. Él había pasado página, yo debía hacerlo también y lo sentía mucho.

Ojos azul gris de olas sobre una estrella de mar. Te esperamos en el reflejo, Lorelei y yo.

Él mismo vertió tus cenizas al rompiente dejando la barca a modo de lápida. Una ceremonia tan íntima a la que nadie me invitó.

Aquí dentro estamos solas sin ti. Pero ahora será distinto. ¿Vendrás?

Su espalda turquesa de salitre y espuma recorrida por cangrejos y picoteada por las gaviotas.

¿Hemos sido felices, no? ¿Dejarás todo atrás para siempre?

La manzana que pesa entre los dedos como un muerto.

¿Nos acompañarás bajo la superficie?

Un muerto perdido que se arroja contra un mar de cristales.

© Copyright de Fernando López Guisado para NGC 3660, Noviembre 2017

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