La lógica de las sirenas

 

Por Mauricio del Castillo

Flotaba a la deriva, con los brazos extendidos en una mortal quietud. Se trataba de una figura desconocida que rompía la superficie del mar; un ser que, hasta el momento, vivía en alguna incierta región al aire libre.

La pesadez de su ropa comenzaba a estorbarle; sentía cómo poco a poco se sumergía en el agua y se asfixiaba. Ya no tenía tiempo ni fuerzas para pedir ayuda. De pronto, ya resignado a morir, sintió que una mano lo sacaba con fuerza hasta alcanzar la orilla de la isla.

La arena crujía bajo los delicados pasos de la muchacha, mientras el viento azotaba su cabello rojizo. El hombre permaneció inconsciente hasta que, sin previo aviso, el agua brotó de sus pulmones y comenzó a toser. Consiguió respirar con normalidad: sus ojos se abrieron con lentitud hasta que logró definir el rostro de ella, muy cerca del suyo.

―¿Dónde estoy? ―preguntó él.

―No hables ―dijo la muchacha.

Estaba totalmente desnuda; no daba muestras de sentirse incómoda cuando el náufrago, a su vez, la observó con ingenua naturalidad. Este llegó a la conclusión de que se trataba de un particular estilo de vida, y no supo muy bien por qué, pero también estaba seguro de que no se trataba de un acto de rebeldía por parte de ella, ni siquiera de un hábito que había adoptado sobre la marcha. Aquella práctica parecía tan natural como lo eran las puestas de sol.

Su mirada la buscaba, como si entre el pajar intentara hallar el brillo de una sortija. Cada contorno, cada línea y curva dibujaban un retrato, cuya suavidad de la piel y el deseo solo podían ser marcados por el alma. Cuando sucedió eso, algo hizo chispa por dentro; la llama despertó en el hombre por siempre.

―Eres hermosa ―dijo él―. ¿Cómo te llamas?

―Marina…

―Yo soy Gerardo. ¿Fuiste tú quien me rescató?

Marina asintió, intentando mantener el equilibrio con evidente dificultad. No podía apartar la atención con cierto sobresalto en las piernas que ambos poseían. Gerardo la ayudó a ponerse en pie.

«¿Cómo es posible que estas horribles extremidades hayan sido creadas?» pensó Marina. «¿Cuál es su propósito? ¿Para qué más pueden servir? ¡Son un estorbo!». Cubrió sus ojos con las palmas de las manos para no tener que ver más aquellas abominaciones.

Gerardo se vio en los ojos de ella, suspendido en el diminuto espacio de sus pupilas azules. Sin embargo, se conservaba todavía intacto ante el hechizo que ella proyectaba con su increíble belleza. No podía dejar de asemejarla con un frágil cristal, cuya luz estallaba en su interior. La energía fluía en ida y vuelta, sin que ninguno de los dos fuera capaz de cortarla por temor a perderla.

―No te quedes así ―dijo él, con franca sonrisa―. Soy un amigo.

Marina no sabía muy bien cómo reaccionar. ¿Podía decirle toda la verdad? ¿No sería mejor dejarse caer en el agua y…?

―Quiero agradecerte que me salvaras. Asaltaron el barco donde me encontraba a bordo, cerca de la costa, y terminaron arrojándome al mar. Pensé que no lo contaría…

Ella dijo:

―Tengo que irme.

―Pero ¿a dónde piensas ir? ―preguntó Gerardo, confundido―. Nos rescatarán en poco tiempo, ya lo verás.

―Tengo que irme ―repitió Marina.

―¿Tienes un bote cerca?

―¿Bote?

―Sí. Un bote. De alguna forma llegaste hasta aquí, ¿no?

Ella ladeó la cabeza. Hubo un silencio intenso que quebró las palpitaciones de ambos. Segundos después, Marina intentó correr, pero cayó al suelo impedida por esas recientes y débiles piernas. Se quedó mirando a Gerardo, amagando con retroceder, sorprendida; en lugar de ello, dirigió su mirada a esas extensiones de carne y hueso que emergían de su parte inferior, las cuales era incapaz de dominar.

Gerardo ignoraba los pensamientos de ella; solo se limitaba a mirar sus intensos ojos azules. Dijo:

―Parece que te lastimaste. Permíteme ayudarte…

Marina sintió las manos fuertes de Gerardo tantear sus tobillos. Se asustó, empujándolo de inmediato con un puntapié, y antes de que el náufrago tuviera tiempo de reaccionar, ella se incorporó y echó a correr. Llegó a la orilla en poco tiempo. El hombre, entre tanto, tardó demasiado en recuperarse. No entendió lo ocurrido. Cuando quiso seguir sus pasos, Marina ya había desaparecido. Sus delicadas huellas se perdían en el mar.

 

 

Gerardo pasó la noche en la isla. Nunca había tratado con una joven tan misteriosa y elusiva. Su imaginación escapaba al momento en que se encontraron, una y otra vez. Recordó el brillo de su piel dorada, sus labios de fuego, el sol aferrado a su cabello. En sus grandes ojos flotaban secretos. Aunque transcurrieran mil años, pensó, no sería suficiente tiempo para concebir toda esa gloria.

Un barco se acercaba a los lejos. Gerardo lo observó y cayó en la cuenta de que estaba siendo buscado.

Ya a bordo y puesto a salvo, el capitán y algunos miembros de la tripulación, en cuanto tuvieron ocasión, lo interrogaron abiertamente; deseaban saber qué había ocurrido y cómo era posible que hubiera llegado a la isla en perfecto estado. Gerardo, entre tanto, no entendía: solo escudriñaba la distancia en busca de alguna señal que pudiera identificar a su generosa dama, pero era inútil. Había desaparecido tal vez para siempre.

Extrañado por la melancolía del hombre, el capitán preguntó de manera directa:

―¿Qué tanto observa, joven?

―Me rescató ―respondió Gerardo, esta vez a la primera. Señaló el océano y dijo―: Tiene que estar en alguna parte.

―¿Pero de quién habla?

―Una mujer… Saltó al mar luego de ponerme a salvo en la isla.

―¿Una mujer perdida? ¿Por qué no lo dijo antes?

No tardaron demasiado en ponerse manos a la obra; entre todos realizaron una búsqueda exhaustiva de la muchacha, recorriendo palmo a palmo los alrededores de la isla. A pesar del empeño no hallaron la menor señal de la mujer. Los tripulantes del barco comentaban en su mayoría que se trataba de un caso perdido. El náufrago debió haber tenido algún tipo de desvarío, una alucinación producto del mar o la inquietud de sentirse abandonado.

Gerardo, entre tanto, no podía hacerse a la idea de perderla. Todas las tardes, cuando el sol dejaba caer su luz sobre el mar, el recuerdo de Marina terminaba por abatirlo, y entonces emprendía una nueva búsqueda con la vista, pero sin la menor de las suertes.

De regreso a la ciudad decidió darle a su vida un nuevo rumbo. Abandonó su trabajo y optó por hacerse a la mar. Era una decisión impulsiva que solo el corazón y el alma podían entender. Se forjó en el mar, y fue ahí donde se labró una vida, con el fin de hallarle sentido a su terrible pena. Los años pasaron para Gerardo en un abrir y cerrar de ojos. Se adaptó con cierta facilidad a la vida en el mar como tripulante de un carguero. Sin embargo, el oleaje potenciaba la memoria. No dejaba nada atrás: reforzaba los recuerdos y las pasiones.

Entonces sucedió, un día de verano similar a aquel que nunca olvidaría. Fue justo en el momento en que miraba a lo lejos cuando emergió una delicada figura del océano.

El cuello esbelto, los hombros curvados… Se mantenía a flote en la superficie, esperando, casi sin moverse, excepto por el vaivén de las olas. Gerardo no se atrevía a parpadear por miedo a que aquella imagen desapareciera.

Logró notar que alrededor de ella no había más que un aura que lo hipnotizaba. Entre tanto, dentro de Gerardo corría la música del corazón. No existía ningún otro sonido excepto la voz de aquella muchacha prendida ahora en su memoria.

Sin que fuera consciente de sus acciones, Gerardo, poseído por algún extraño conjuro, saltó al mar…

Todo daba vueltas, como si se encontrara dentro de un carrusel. Alargó una mano en un intento desesperado por aferrarse a este mundo, al mundo de ella; entreabrió la boca y dejó caer el brazo. Sus rodillas empezaron a temblarle visiblemente. Apretó los párpados con tanta fuerza para salir de ese trance, luego los abrió y la vio junto al borde de la playa.

Al despertar pensó que sus sueños por fin emergían a la realidad, que sus súplicas habían sido escuchadas y que sus deseos cobraban materia. Solo la quietud de ella impedía a Gerardo acercarse a tomarla en brazos.

―¿Por qué saltaste? ―preguntó ella con una voz más profunda y segura que la última vez. Su cintura había ensanchado para bien. Sus pechos también parecían haberse redondeado y endurecido: eran más contundentes, más generosos y perfectos. Gerardo comprendió que, durante esos años, la muchacha había sido esculpida a detalle por el tiempo. De joven pasó a ser una mujer completa, y ahora su belleza resplandecía todavía más.

―Yo… te he buscado. No sabes cuánto ―dijo Gerardo.

―Sí, te recuerdo ―respondió ella.

―¿Por qué me abandonaste?

―No somos compatibles. No nos pertenecemos el uno al otro.

El corazón de Gerardo se hizo añicos al momento. Enseguida supo que no existía la forma de juntarlo y volverlo a armar de nuevo. ¿Cómo era posible? Las palabras de ella habían sido inocentes y cargadas de amabilidad, pero lo herían a muerte. Había estado tan ciego cuando se aferró con tanta vehemencia al sueño de verse junto a ella…

Marina, por su parte, confiaba en las manos que recorrían las suyas mientras las acariciaban. Su secreta y silenciosa sonrisa dejaba entrever seguridad, a pesar de todos esos misterios oscuros que giraban y reverberan dentro de su ser.

Pero incluso así no dejaba de mirar con rechazo esas abominables piernas de él y también las suyas propias. «No es correcto ―pensó―. No es natural».

―Tengo que enseñarte algo ―repuso de pronto.

Gerardo la soltó y la observó arrojarse al mar, y en un momento vio asomarse algo en la parte inferior de la anatomía de la mujer. Se trataba de una escamosa cola de pez; se movía de un lado a otro como una vela en altamar.

Él dio un paso hacia atrás y balbuceó:

―Esto… Esto no está bien.

―No, no está bien ―repitió marina.

―Pero eres tan hermosa…

Marina no dejaba de mirar las piernas de Gerardo con desagrado.

―¿Esto? ―dijo él―. Pero son solo piernas. No tienen nada de malo.

―Son inútiles. Y vulgares. No entiendo su uso, no son prácticas. ―Marina se humedeció los labios, enderezándose―. Debo irme.

―No. Por favor, no…

Ella dio media vuelta y se alejó. Él permaneció allí largo tiempo, viendo cómo desaparecía. La vio zambullirse en el agua y nadar con largos y acompasadas brazadas. Tras un coletazo se sumergió del todo.

Gerardo esperó y esperó su regreso, pero todo fue en vano.

―Son inútiles ―dijo al mirar sus extremidades―. Y vulgares. No son prácticas.

Marina se había ido, tal vez para siempre, pero Gerardo prometió ganarse el amor de la sirena y romper esas barreras. Haría todo lo posible para hacerla entender que el amor no debía ser separado por ningún motivo. Así, regresaría al mar con unos cambios definitivos. En poco tiempo, sus dos inservibles piernas no tardarían en convertirse en dos hermosos y lisos muñones.

© Copyright de Mauricio del Castillo para NGC 3660, Julio 2019

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