Lo que ves cuando cierras los ojos

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

PRÓLOGO

[Apache editorial]

Por David Jasso

Portada Lo que ves cuando cierras los ojosAsí que, ¿por qué no paramos el tiempo, a ver si nos enteramos de algo?

Pause.

Mejor, se agradece el silencio. Tantos gritos atontaban. El revuelo se ha detenido y la gente ha quedado paralizada. Bien, ahora podemos movernos por la escena con absoluta libertad. Hagámoslo. Comenzamos por lo que sin duda es el epicentro.

El hombre se encuentra de pie en la acera. En condiciones normales no llamaría nuestra atención, es un ser pequeño y vulgar en una calle de barrio, una mañana cualquiera. Pero le dejan espacio, todos se han alejado de él. Parece que una especie de onda sísmica haya impelido a los demás. Mira al infinito y sonríe como si la tragedia que le rodea no fuera con él, como si él no fuera el causante. Impertérrito. Nos asomamos a sus ojos arados de tiempo, refulgen con un extraño resplandor de ensoñación, ya no se encuentra en la parada del 25, sino mucho más lejos. Si descendemos un poco y recorremos su brazo, vemos cómo una hebra de carne ha quedado congelada entre su dedo ensangrentado y el suelo, todavía permanece unida por un hilo a punto de quebrarse. Apenas una miga húmeda.

Como hay espacio, le rodeamos sin problema. El hombre, ese vigía ausente, es el foco principal, pero podemos observar también lo que le rodea: varias personas alejándose apresuradamente mientras miran, asustadas, sobre sus hombros. Un tipo ha quedado congelado a medio trastabillar, es probable que acabe en el suelo. Vemos al dueño de la frutería de la esquina ir contracorriente, se acerca blandiendo la barra del toldo; muestra lo que parece una expresión de fiera determinación, pero si nos acercamos a su rostro, captamos la duda y el temor escapando por la comisura de sus labios.

Allí se encuentra también la vieja, apretada contra el cristal de la marquesina, seguro que acaba con dolor de cervicales, está demasiado doblada sobre sí misma. Su nieto de seis o siete años no puede apartar la vista de la sangre que ha salpicado el poste de la parada, pero mientras tanto se lanza a abrazarla, con lo que muy posiblemente acabará de joderle la espalda.

Si giramos un poco, podemos ver a algunos conductores cercanos, observan incrédulos la escena, uno de ellos todavía está hurgándose la nariz, y tendrá que frenar en breve o se tragará a la furgoneta de delante.

Y frente al hombre rígido, el grupito más numeroso: la mujer ensangrentada no ha podido mantenerse en pie, pero sigue consciente; está medio sentada, medio caída en el suelo, arrastrándose para alejarse unos cuantos centímetros más de él. Tres o cuatro personas tiran de ella como pueden. Un discontinuo reguero oscuro une a la joven con el tipo de mirada vacía. Casi parece un retablo de Semana Santa con la Virgen, desesperada, intentando acercarse a la cruz para abrazar a su hijo muerto, mientras los apóstoles la retienen y consuelan. Solo que en este caso, la muchacha quiere huir de su propia cruz, escapar de la muerte. Alguien intenta taponar la herida con un pañuelo. Es inútil. Otro la abanica con un 20 minutos deshojado, el papel se dobla demasiado. La mujer gorda agarra el brazo de la chica. En ese momento está mirando el rostro de la joven, sucio y deslavazado, no puede evitar que una expresión de repulsa la posea; piensa que la chica era mona, pero que necesitará cirugía plástica, sin duda.

La mujer del suelo sigue histérica. Congelada en ese movimiento de huída, retrepándose con los pies sobre la acera. Mirando con ojos desorbitados al desconocido que la acaba de agredir. Casi ajena a los que intentan atenderla. El aire escapa por su mejilla abierta, hemos interrumpido el silbido acuoso que produce al salir, como cuando los bebés hacen bombitas de saliva.

A la derecha vemos a las dos chicas, están junto al bordillo, un poco alejadas de todo. Apenas son unas adolescentes, poseen esos cuerpos espigados de cervatillas perdidas, de niñas que crecen demasiado rápido. No pueden apartar la vista del hombre; una de ellas, la de los dientes de conejito y bonita melena, busca sus ojos como si quisiera leer en ellos, la otra se está descolgando la mochila por si hay que salir pitando.

Un nuevo vistazo general a la escena. El cuadro es extraño. El tipo en el centro, con su sonrisa fuera de lugar, con su mirada de noche, la sangre goteando y la onda expansiva a su alrededor.

¿Y si avanzamos un poco más en el tiempo? Desplazamos la barra en una imaginaria timeline, apenas unos segundos y pausamos de nuevo.

La escena es parecida. La gente se ha alejado, la ola de miedo los ha arrastrado algunos metros. El conductor está frenando, ahora mira a la furgoneta de delante con expresión de «que le doy, ay, que le doy». El rostro de la abuela es de puro dolor, juraría haber escuchado crujir su espalda cuando su nieto se ha tirado sobre ella, pero no importa, quiere acogerle y protegerlo. La Virgen del retablo se aferra a los que intentan ayudarla, sujeta la manga de un jersey como si le fuera la vida en ello y tira hasta casi desgarrarla. El 20 minutos vuela desmontado. La gorda sigue intentando taponar la herida, pero los movimientos de la chica se lo ponen complicado, eso sí, el pañuelo ha quedado inservible en cuestión de segundos. Los ojos del hombre chispean, tienen un objetivo; han encontrado los de la adolescente. La chiquilla de dientes de conejo no puede evitar sentirse fascinada por ese brillo neblinoso. Parece que ella también vaya a amagar una sonrisa. Un fulano saca un móvil y se pregunta a qué cojones de número debería llamar. Y el tipo de la frutería ya se acerca. La barra del toldo cimbrea en el aire. No tenemos sonido, pero sin duda el frutero maldice. Lo más probable es que amenace con frases del tipo «hijo de puta, no te muevas».

Bueno, en realidad más de lo mismo. ¿Y si buscamos algo diferente?

Hummm. Probemos. Va. Zoom vertiginoso al rostro del hombre-onda, directo entre sus ojos, Arrugas, pelillos, piel reseca, poros… pero no nos paremos ahí. Adentrémonos entre sus células. Atravesémosle. Un sonido grave de implosión. Tejido. Oscuridad. Y estamos en el fondo de

tu mente.

Y Nati está muerta. Una vez más.

Aprietas los párpados hasta que las lucecitas aparecen, como cortinas vaporosas, borrosos manchones de luz, espuma en la superficie del mar. Lejanos focos en la costa. Cabellos esparcidos sobre el fondo marino a punto de ser devorados.

Y a pesar de los años transcurridos, Eldani escupe un gargajo pastoso sobre el lateral de la barca. Es su despedida a la niña. Pa ti.

Y vuelves a ser ese crio desgarbado e inseguro, ahí en la noche. Sientes miedo, no sabes exactamente de qué, porque en realidad todo ha acabado ya; pero estás temblando y un bub, bub, bub, sin sentido escapa de tus labios sin que te apercibas. Pero la excitación todavía te posee y tu cuerpo se sacude sin que puedas evitarlo. Su piel… Dios, su piel; la has conseguido. Y esos movimientos bruscos, cómo ella se resistió hasta el final… No puedes sacártelos de la cabeza. Todavía la tienes, siempre la tendrás.

—Y que nadie diga nada. O mañana acabaremos todos en la cárcel —dice Eldani con su voz borrosa.

Sabes que sois demasiado jóvenes, puede que ni siquiera tengáis responsabilidad civil. Te suena haber escuchado algo de eso en la tele. Pero no corriges a Eldani, sabes lo que quiere decir.

Recuerdas muchas cosas, otras se nublaron, quizá para proteger tu mente de niño. Apenas sabes cómo regresasteis a la costa sin que nadie os viera. Aquí no ha pasado nada. No es la primera adolescente que desaparece en una ciudad de vacaciones. Hay mucho turista, mucho pervertido. El mar es sabio y todo lo limpia. Nadie pensó en vosotros.

Pero tú no puedes olvidarte de Nati. Su rostro entre las sombras, los gritos, aquel infantil gesto de sorpresa, los músculos tensos de sus muslos, los manotazos desabridos… Tú tampoco sabías…, llegaste a ello inocente. Puedes jurarlo. Eljosemari y Eldani lo habían preparado todo: la noche, la excusa, la barca. Nati solo eligió el verano equivocado.

Ahora sientes la boca rasposa, exactamente igual que aquella lejana noche, cuando regresaste al apartamento de la costa y te colaste en el cuarto sin que tu madre se enterara. Te tumbaste en la cama y cerraste los ojos. Y respiraste hondo. Y te diste cuenta de que la emoción que predominaba no era horror, sino satisfacción por el placer que sentiste al hacerlo, y, sobre todo, por haberte liberado. Te sentías bien, todavía con rastros de miedo y sacudido por la adrenalina, pero libre. Por encima del mundo. Como si hubieras crecido de golpe, alcanzado otro nivel. Sin vuelta posible.

Tu cuerpo de niño se sacudió en la cama, no pudiste evitar los espasmos, apretabas los dientes con fuerza para evitar que castañetearan. Y, para no ver los recuerdos, cerraste los párpados hasta que te dolieron los músculos de la cara. Más luces. Y más sombras.

Y aquí, ahora, en la avenida, en la marquesina del bus, abres despacio los ojos. La reina de los hombres-langosta se disuelve entre la espuma de su reino, su cuerpo se hunde sin producir ondas ni sonido, Eldani y Eljosemari se funden con la arena de la playa como si se los tragara, y el origen de tu locura se diluye en tu mirada de viejo vacío.

Salimos

de tu mente

Play.

—No te muevas, cabrón. —El frutero sacude la barra, es un remedo de Chuck Norris con sobrepeso. En el fondo ya está preparando las respuestas para cuando le entrevisten en el programa de la tarde. El héroe que retuvo al psicópata hasta que llegó la policía. «¿Qué sintió? ¿No tuvo miedo?» «Yo solo hice lo que debía hacer».

El hombre sigue sonriendo. Está esvilando. Le gusta esvilar.

—¿Te voy a tener que dar o vas a seguir ahí quietecito?

Al fin, el hombre separa los brazos del cuerpo muy despacio. El mesías revenido. Parece que le ofrezca un abrazo. Él es el único que no tiene prisa. Sus manos están manchadas de sangre coagulada. El frutero frunce el ceño asqueado. Vaya tío repulsivo. Busca el arma de reojo, tampoco quiere que el tipo le acabe rajando.

—¿Con qué se lo has hecho? ¿Eh? ¿Llevas una navaja, eh, tío?

El hombre tranquilamente le enseña el índice, como si le dedicara una peineta descuidada. Todavía hay piel de la mujer en el dedo. El frutero comprende.

—Hijo de puta. Pero qué hijo de puta.

—Eh —protesta el hombre con voz lenta, por fin habla. Lo hace de forma pausada, con voz grave, sin emoción—. Que yo no tengo la culpa. —Traga saliva y aspira el aroma de flores inexistentes—. Tenía los ojos de Nati.

El frutero no puede evitarlo y le arrea un golpe con la barra, ni siquiera apunta. El hombre se protege descuidadamente con el brazo y se echa a reír. Otro golpe inefectivo. Más risas.

Oh, Nati. Nati. Todavía pienso en ti. Tú formas parte de mí. Tú y esa oscuridad del fondo marino. Siempre estáis allí cuando cierro los ojos.

La chica de los dientes de conejo grita:

—Eh, no le pegue.

No sabe por qué lo dice.

 

Avance rápido: amalgama de imágenes vertiginosas casi difíciles de distinguir. Llevan a la víctima con movimientos convulsos hasta la puerta de una tienda cercana, el hombre ni se inmuta, todavía no han logrado parar la hemorragia, la mejilla salpica como una fuente intermitente, acude más gente a toda velocidad a ayudar al frutero.

Es divertido verles moverse así. Rodean al agresor como en una extraña tarantela, la onda expansiva ha perdido efectividad, aparece un Zeta de la policía local, las luces se apagan y encienden como en una discomóvil demencial, todos señalan a todos los lados, la barra del frutero se agita como si hiciera mucho viento; los polis se la quitan de forma espasmódica antes de que le abra la cabeza a alguien.

Los diálogos son voces ininteligibles de pitufos, grititos agudos que harían ladrar a los perros.

El hombre-palo ofrece abrazos; como lo hace muy despacio, sus movimientos parecen normales. Llega la ambulancia, maniobra a cámara rápida porque está mal encarada. Los policías blanden sus porras de defensa con reminiscencias de cine cómico. Salen un par de sanitarios a trompicones. Aparece más policía. El tráfico es un carrusel desenfrenado que comienza atascarse. Esposan al tipo sin mayor problema. Atienden a la mujer.

Aumentamos la velocidad. La curan por encima a toda leche, se la llevan a la ambulancia con pasitos cortos y frenéticos. Meten al tipo en un Zeta con movimientos apresurados. Todo discurre a gran velocidad. Entonces los ojos de la chica con dientes de conejo se cruzan con los del detenido.

Y el tiempo se ralentiza de repente, incluso escuchamos el buoff del frenazo. El parón es brutal. Prácticamente, todo se para. El mundo vuelve a ir a cámara súper lenta.

La sonrisa del hombre chisporrotea pesadamente, dice algo sin emitir ningún sonido, sus labios se mueven muy, muy despacio, regodeándose en cada sílaba. Está mal afeitado. De su boca saltan eternas gotitas de saliva. La muchacha no puede escucharle desde tanta distancia, pero asiente de manera tan suave que el movimiento resulta imperceptible.

Y la mueca se amplía en el rostro del hombre a la velocidad a la que el viento desgasta las rocas. Y la chica se balancea como una marea débil sobre una llanura infinita. Casi se palpa la poesía. Uno de los polis tarda aaañooos en meterle por completo en el coche patrulla. Pero consigue que el contacto se interRUMPA.

Con un fluoshh cada vez más veloz, el tiempo regresa a su caótico ritmo habitual. La gente retoma sus movimientos como si alguien hubiera dado cuerda al mundo. Se hace raro verlos ahora a velocidad normal. Pero, en realidad, ya no hay motivo para seguir aquí. El trasiego de vehículos de emergencia no nos motiva demasiado, ni la toma de declaraciones a los testigos. Ni el flujo de los curiosos, como un rebaño desorientado a falta de su perro pastor.

Así que nos vamos.

Pero no sin echar un último vistazo a las dos chicas. La dientes se inclina y roza con su dedo índice el charquito del suelo. Ya está medio seca, pero todavía mantiene su tacto untuoso. Lo levanta sucio de sangre y tierrilla. Lo observa.

Si nos quedáramos unos segundos más veríamos qué hace con él.

© Copyright de David Jasso y Apache editorial en exclusiva para NGC 3660, Octubre 2016

Anuncios