Llegó con la marea

 

Por Andrea Prieto Pérez

El faro se había construido en el fin del mundo, porque era el único modo de vigilar el apocalipsis. Antón Barrera había oteado el horizonte todos los días con sus noches, desde que había sido destinado a ese lugar, y todavía no había visto que se acercara. Escribía una carta después de cada jornada para informar a sus superiores, perdidos en el interior de la tierra, de que todo seguía igual. Nunca recibía contestación.

Entre un turno y otro, en lo que él había establecido como el tiempo para ocuparse de las reservas, Antón colgaba la chaqueta que lo identificaba como el encargado del faro y salía con pasos rápidos de la construcción, de ese saliente de tierra que se perdía en el mar.

El viento gemía entre las rocas con el amanecer, aullaba con la caída de la noche. Estaba solo en aquel trozo de tierra, yerma desde hace siglos, y el camino que había hacia el pueblo se hacía largo, pesado. El frío quería morderle la piel para recordarle que en el fin del mundo solo se aceptaban ciertas formas de vida, pero desde luego no la suya. Su jefe ya le había advertido de la dureza del trabajo cuando le envió la carta con la orden, y todos esos años habían demostrado que era verdad.

El pequeño pueblo que había al final del camino tampoco era más amable. Las casas pequeñas, demasiado juntas, hacía decenios que habían empezado a descascarillarse, y el color azul que antes cubría sus fachadas ahora era una amalgama de tonos que le daba a todo un aspecto viejo. Las calles tenían los adoquines levantados, los contendores se deshacían en las esquinas, por culpa del salitre que flotaba en el ambiente y la falta de cuidado. Las gaviotas que habían convertido del puerto su territorio lo miraban al pasar, como si supieran lo desagradable que era esa visión. Parecía que estaba caminando por un pueblo hecho para los fantasmas, él solo era un extraño.

Antón no sabía los motivos por los cuales se había desalojado a los habitantes de aquel pueblo, igual que no sabía por qué se había hecho en otros muchos casos; solo fantaseaba con la idea de repararlo. Pintar las casas, arreglar las calles y las farolas, reconstruir la valla que bordeaba el paseo. Y echar a las gaviotas que lo observaban con desconfianza cuando entró en el viejo supermercado.

Solo quedaban latas de conserva y algunas de ellas incluso habían sobrepasado la fecha de caducidad, pero sus provisiones generales solían sufrir retrasos, por lo que tenía que conformarse. Llenó una de las bolsas que había donde la caja registradora, que ya no funcionaba, y añadió la última revista que quedaba a su compra.

Se había levantado un aire aún más frío cuando salió de la tienda. Las olas que chocaban contra el muelle indicaban que estaba subiendo la marea, por la renovada fuerza con la que batían y su entusiasmo por arañar más alto en las piedras. Se suponía que todavía no había llegado el momento para el inicio de la pleamar. Antón aferró con fuerza la bolsa y apresuró el paso para salir del pueblo, rumbo de vuelta al faro.

El viento comenzó a ser más insistente con su propósito de derribarlo a medida que subía la cuesta. Ni siquiera su esfuerzo por levantar las solapas de la chaqueta sirvió para librarse de sus bofetadas. Las olas rompían con furia en el abismo, al que Antón procuró no dedicar ni un simple vistazo. Estaba acostumbrado a las tormentas, a las promesas de destrucción que había en todas ellas, pero era cierto que hasta aquel entonces había conseguido estar a refugio. Había algo en el ambiente que cambiaba cuando iban a llegar, un viento menos amable pero que no llegaba a embestirlo. Lo que pasaba en ese momento era diferente.

Estuvo a punto de rendirse antes de abrir la puerta del faro, pero logró colarse antes de que el último coletazo de aquel viento lo arrastrara al suelo sin salvación posible. Respiró hondo, con la espalda apoyada contra la hoja de la puerta, y cerró los ojos unos instantes, solo para calmar las ideas atropelladas que acudían a ella.

Recordó que tenía un trabajo más importante que hacer.

Tiró la bolsa con su compra al suelo y salió corriendo hacia los pisos superiores. Eran decenas de escaleras, las había contado en una ocasión, pero esa vez le parecieron pocas. Sudando, apareció en lo alto del faro, allí donde el enorme foco esperaba el momento nocturno para brillar.

Fue a por los prismáticos que tenía colocados en una esquina, preparados siempre para que pudiera utilizarlos. Su superior le había dicho que su misión era vigilar el horizonte, así que él vigilaba el horizonte. Había pasado por momentos en los que creía que estaba perdiendo el tiempo, malgastando su vida cuando podía estar en las Guerras por el Agua, ayudando a sus compañeros; pero cualquier duda se disipó en ese momento. Si iba a llegar el fin del mundo, llegaría con ese aire y esa furia, con esas olas embravecidas golpeando la costa y esas nubes negras.

Antón esperó el trueno final, que resquebrajara la línea del horizonte. Esperó la lluvia contra los cristales, el fuego incluso. Lo único que vio a través de los prismáticos fue la niebla que acompañaba la subida a la marea, igual que en otras muchas ocasiones. Era cierto que el aire zumbaba, que removía hojas y arrastraba polvo, y que las olas parecían querer derribar las rocas de los acantilados, pero eso parecía todo.

Entornó los ojos. Tragó la poca saliva que le quedaba en la boca, porque el resto ya se había secado. No iba a desistir ni iba a abandonar. Aquel era el momento esperado.

La niebla cubrió la superficie revuelta del mar, el viento continuó queriendo destrozar el mismo faro, y Antón terminó encendiendo la luz, sin haber conseguido distinguir nada más en el horizonte que fuera una señal.

El foco tenía un poder hipnótico: todo lo que iluminaba conseguía resaltar, que la vista se fuera solo hacía ese punto. Era un manto anaranjado que caía sobre las aguas o sobre las rocas, que bañaba la zona con la esperanza de que se distinguiera más lo segundo, sin que Antón estuviera convencido de que eso fuera posible. Nunca había pensado en los riesgos que eso atañía, porque nunca se había acercado nadie a esa costa y el apocalipsis llegaría por el cielo, eso era evidente.

Pero entonces lo vio. El mástil erguido, las velas ondeando, el casco rompiendo contra las olas con la misma furia que ellas lo embestían. Nunca en su vida había visto un barco. En dibujos, en películas y en la vieja televisión escacharrada de su antigua casa, sí, pero era diferente. Los barcos eran majestuosos, un ente que atravesaba el mar como si flotara, no un monstruo que combatía contra el agua.

Notó que el aire a su alrededor se hacía más denso. Después, recordó que su función también era salvar a cualquiera que se aproximara a la costa. Movió el foco con toda la precisión que fue capaz, en un intento porque resultara útil para que aquella mole encontrara el camino al viejo puerto. Pero el barco no se dirigía hacia esa zona, ni siquiera parecía importarle estarse dirigiendo hacia las rocas.

Iba hacia él.

Antón lo tuvo claro. El barco había perdido el rumbo, se estaba dirigiendo hacia el faro como una polilla que se acercaba a la luz y él no podía apagar. Tenía que encontrar el modo de avisarlos.

Cogió las bengalas que había llevado consigo desde el interior de la tierra yerma, dedicadas para emergencias. Bajó las escaleras corriendo con la misma velocidad que las había subido, sin achacar la falta de aire. No pensó en la tormenta que lo esperaba en el exterior y abrió la puerta con la premura que correspondía a su cargo, con la certeza de que iba a salvar al primer barco que veía en su vida.

El aire era tan fuerte, y lo recibió con tanto ímpetu, que chocó de costado contra la puerta que había abierto. Logró, no obstante, dar unos cuantos pasos y enfrentarse de cara al viento. Alzó una de las bengalas, dispuesto a encenderla. El barco estaba tan cerca que pensó que ya no tenía posibilidades, que no le daría tiempo a virar el timón.

El color rojo de la nueva luz iluminó la zona. Antón despegó los labios para gritar también el aviso. Le pareció ver a cientos de personas en el interior del barco, atentos a sus movimientos y las rocas que se acercaban. Las velas estaban raídas. Se le aflojaron las piernas y un nuevo golpe de aire lo derribó al suelo.

El barco había desaparecido cuando volvió a abrir los ojos. La boca le sabía a tierra y óxido, la cabeza le dolía y los dedos estaban manchados sin que supiera de qué. Se puso en pie con dificultad, en medio del barro que se había formado por culpa de la tormenta, que había descargado la lluvia sobre el suelo y sobre él. El frío que pudiera sentir estaba relegado a un segundo plano, porque tenía que averiguar si el barco había logrado cambiar de rumbo y acabar en el puerto gracias a él o, de lo contrario, era parte del fondo del mar.

No paró a entrar en el faro otra vez, a pesar de que la luz seguía encendida, y emprendió el viaje hacia el pueblo con la determinación en la mirada. Al escuchar ruido al final del camino, que no supo identificar de qué procedía, echó a correr.

Se detuvo en medio de la gente que paseaba por el pueblo. Cargados con bolsas del supermercado, ataviados con chaquetas de invierno o con un paragua bajo el brazo, hablando con la pareja que fuera a su lado, o paseando solos. El pueblo estaba lleno de personas, como si siempre hubiera sido así. Las fachadas de las casas brillaban en color azul, el letreo del supermercado volvía a resplandecer y los contendores habían sido cambiados por otros que no se deshacían.

Antón dio un paso más. Ninguna de esas personas desapareció. Siguieron paseando, hablando, saliendo de las tiendas. Ninguna de esas personas se deshizo. Agarró a una mujer que pasaba por su lado, que retiró el brazo del interior de sus dedos con rapidez pero fue suficiente para que él verificara que estaba ahí.

—¿Qué le pasa? —le espetó ella.

Negó con la cabeza. No lo sabía. Se suponía que el único fantasma de aquel sitio iba a ser él.

Antón dio la vuelta, dispuesto a recorrer cada palma del pueblo. Su mirada se cruzó con el pequeño puerto, cerca de donde lo dejaba el camino, y no pudo evitar notar, de nuevo, el aire que se volvía más denso a su alrededor. Fue incapaz de tragar saliva. El barco que había visto estaba ahí, encallado e impoluto.

Pensó que, a lo mejor, sí que había llegado el apocalipsis.

© Copyright de Andrea Prieto Pérez para NGC 3660, Abril 2018

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