¿Dónde están las llaves?

 

Por Joan Baladre

El BMW 320 de color negro atropella el cuerpo y éste, sale despedido contra el parabrisas reforzado y rebota, para luego dar varias vueltas por el aire y caer destrozado contra el suelo.

—¡Hostias! —chilla Pili mientras agarra fuerte el volante.

—Le hemos dado fuerte a ese hijo de puta —dice Fede, en el asiento de al lado.

El vehículo, con el chasis blindado y las gruesas ruedas antipinchazos con llantas repletas de punchas metálicas, derrapa en un solar yermo y se detiene.

—¡Vamos! —ordena la mujer.

Los dos se bajan del vehículo. Llevan puestos sendos trajes reforzados contra los mordiscos, y guantes de fibra de metal.

—Por ahí.

Se mueven rápido hasta que llegan al objetivo. Nada más acercarse, un olor a podredumbre les da la bienvenida.

—¡Qué asco! —exclama Fede.

—¡Puag! —escupe la mujer. —Esto no me gusta nada.

—Mejor movamos el culo —ordena Pili. Ella es alta, con el pelo corto y moreno. Tiene un rostro duro y poco femenino, rematado con ojos oscuros y hundidos.

Ambos se apoyan contra el muro de la casa y se quedan parados. El silencio corta el ambiente como un machete traicionero.

—¿Uno a cada esquina? —pregunta el hombre.

—Vale —responde Pili.

Al asomarse ven una auténtica carnicería. Entre las casas hay un montón de despojos mutilados y sangre seca salpicando el suelo.

—Oh… no —susurra Fede, entre los restos hay una figura agachada que hace movimientos.

—Joder… —dice ella mientras se lleva un dedo a la boca, en señal para que no hagan ruido.

El hombre hace un gesto para retroceder; y los dos se van hacia atrás.

—¿Qué hacemos? —pregunta en voz baja Fede. Tiene el pelo rubio y le cae por las orejas. Sus ojos son azules y alargados y es más alto que la mujer.

—Si esperamos… es mal asunto —contesta Pili.

—¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos fuera de combate?

—No queda otra —añade ella.

Fede se dirige hasta la esquina y saca una pistola con silenciador de la funda que tiene en la pierna derecha. Apunta y dispara. La bala, certera, le da en toda la cabeza a la figura y se desploma en el suelo.

—Hecho —susurra mientras le guiña un ojo a ella.

Los dos se dirigen hacia el cadáver y el hombre, tras darle la vuelta con el pie, añade con asombro:

—Éste no es… un lerdo, ¡joder!

Lo último que Fede ve es una llave dorada en el cuello del otro: un tremendo golpe en la cabeza lo tira inconsciente a tierra.

Al abrir los ojos, Fede piensa que volverá a ver la luz, pero… la noche ha caído como un telón negro de malos presagios. Además, siente frío. Se frota la cabeza. El golpe todavía le duele y está confuso. Instintivamente toca la funda de la pierna para ver si tiene la pistola, pero no está. En ese momento escucha unos rugidos y recuerda que está en zona infectada.

«Mierda», maldice para sí y se incorpora. No sabe dónde ir. Por suerte, hay luna llena y alcanza a ver las formas de unos edificios que están cerca. Corre hacia ellos.

Mientras se desplaza lo más rápido que puede, cree entrever, por el rabillo del ojo, a varias siluetas deslizarse. No está seguro si son imaginaciones, fruto de su mente asustada, o no.  Aprieta el paso y llega hasta las casas, con el ansia de protegerse de inmediato; ve un agujero y se mete de cabeza en él. El corazón le palpita a mil por hora.

Escucha unos crujidos; son pasos que se aproximan. Así que se arrastra hacia dentro. Entonces, ve algo asomarse por la abertura. Es la forma de un rostro que escruta el interior. Se queda quieto, sin hacer ningún ruido. El silencio se hace espeso.

La cosa continúa mirando, y en uno de aquellos gestos le parece haber sido descubierto. Fede se pone nervioso y aquello, por instantes, introduce más el cuerpo; pero al final se marcha y el agujero queda vacío.

«Menos mal», piensa aliviado.

Decide quedarse allí. Se apoya contra una pared y, envuelto en la oscuridad, vigila la abertura por si acaso…

La noche ha sido mala. Ha dormido a ratos, pegando cabezadas, con los ojos puestos en el agujero por el que ahora se filtra la luz del día.

«Esa maldita cabrona me ha dejado tirado como a una rata», sus pensamientos se mezclan con la rabia. Se levanta y va hasta la abertura. Echa un vistazo. Es temprano, los rayos del sol aún están bajos.

Sopesa la posibilidad de salir fuera pero, a pesar de que todo parece tranquilo, no se fía. El lugar donde está, es la planta baja ruinosa de un edificio. En las paredes mugrientas hay escritos mensajes: «EL MUNDO ES UNA GRAN MIERDA Y AL FINAL NOS HA SALPICADO», reza uno de ellos. Además, las palabras: «joder», «puta» y «por el culo» se repiten en muchos otros.

Fede, por un momento, piensa en el caos y en el desastre que ha ido ahogando a la humanidad; pero al final le da igual, él cobra una buena cantidad de dinero y hace ojos ciegos a la situación.

«Lo que tengo que hacer ahora es salvar el cuello», sabe que tiene posibilidades si actúa con precaución.

Se desplaza hacia el extremo de la planta, empuja una puerta desvencijada que cruje suavemente y mira por la ranura. Hay un pasillo y unas escaleras en la esquina. Sabe que, si sube hasta arriba, tendrá una mejor perspectiva.

Toma la escalera y sube de dos en dos los escalones. El edificio no es muy alto, debe de tener cuatro o cinco pisos.

Al llegar arriba del todo, se encuentra con un problema: hay una trampilla con una puerta abierta que da a la azotea y una escalera de mano para subir. Pero un cadáver lleno de moscas cuelga de la escalerilla.

No se fía. Zarandea la escalerilla para ver lo que ocurre, pero no pasa nada. Tan solo las moscas se ponen a volar, emitiendo zumbidos.

Así que, para subir, tiene que pasar por encima de los despojos. Intenta no rozar el cadáver, pero ha de apoyar las botas en el cuerpo inerte y, al hacerlo, una parte del desgraciado cae al suelo produciendo un extraño plaf. El olor es lo de menos.

Cuando alcanza la azotea, los rayos del sol iluminan un cielo azul y despejado. Enseguida echa un vistazo, analizando la situación desde lo alto: está en medio de un barrio decrépito y ruinoso. Se siente confuso y no sabe qué pensar.

—Pajarito… pajarito… ¿Cómo has llegado hasta aquí? —la voz le pilla por sorpresa y se le ponen los pelos de punta.

Hay un tipo andrajoso que le apunta con una escopeta. Tiene la cara cubierta por una barba sucia. Fede levanta las manos.

—Vaya… ¿qué, vas a volar?

—Eh… emmm… no, no, no quiero problemas.

—¿Problemas? ¿Has dicho que no quieres problemas? ¿Y qué haces con ese traje puesto?

—Yo…

—Esta azotea es mía, ¿sabes? —interrumpe con hostilidad el andrajoso.

—No se preocupe, señor. Yo me bajo y me voy por donde vine…

—No es tan fácil, pajarito. Has descubierto mi escondite, y no me gustas un pelo.

El disparo destroza la cara de Fede y lo mata al instante.

Después, Paco el andrajoso, empuja el cuerpo hasta que lo tira azotea abajo. En una esquina tiene un escondrijo camuflado en el que guardaba un montón de latas de conservas y agua embotellada. Y no lo va a compartir.

Además, tiene otras cosas…

Pili parpadea aliviada cuando le quitan la venda de los ojos. Lo que no le gusta es que las manos continúan atadas.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta enfadada, y más cuando reconoce a los tres tipos que la miran.

—Ah… cariño, qué mal carácter tienes —dice un tipo alto de cabeza afeitada, con una sonrisa en los labios.

—¡Y una mierda! ¡Soltadme! ¿Y dónde está Fede?

—¿Tu amiguete?

—Lo dejamos para los lerdos —responde otro de los tipos, un hombre de cuerpo cuadrado y con el pelo cortado en forma de cresta.

—Seréis cabrones…

—La ley de la supervivencia, encanto —dice el tercer tipo, que es una mujer rubia con el pelo largo.

Los tres visten trajes reforzados con el emblema de ZomboCo., la compañía rival a la que pertenece Pili: ChombiCo.

—El problema lo habéis iniciado vosotros —continúa la rubia —al meteros de por medio. Además… uno de los nuestros ha muerto al intentar entrar en vuestro coche. ¡Le ha explotado en la cara!

—El sistema de seguridad… —responde Pili.

—¡Le disparasteis a nuestro objetivo! —interrumpe el tipo con la cabeza afeitada.

—Pensábamos que era un lerdo.

—Ya…

—¡Dejadme en paz, cabrones!

—¡Basta ya! —ordena el tipo de la cresta.

—De acuerdo, Marcial —responden los otros dos.

Luego, le coloca su pistola en la cabeza a Pili y amenaza:

—Y tú… vas a volver a estar callada. ¡Tapadle la boca!

Y la vuelven a amordazar.

—¿Por qué no la matas? —sugiere la rubia.

—Nos puede servir de algo aún —responde Marcial con ironía.

Avanzan por las ruinas con precaución. Pili es obligada a andar a empujones por Carmen y el tipo de la cabeza afeitada. Marcial va delante cerciorándose de que no hay ningún lerdo por el camino, siempre con su pistola con silenciador preparada para disparar.

El grupo cruza un solar en el que hay varios columpios infantiles oxidados, y luego suben un montículo alto de tierra mezclada con escombros. Al llegar arriba, se quedan petrificados con lo que ven.

Tony está siendo devorado en el asiento del Pegaso, y Marcial no se lo cree. El conductor es un tipo duro y curtido en las incursiones en zona infectada.

Unos cuantos lerdos, que están dando vueltas al camión intentando entrar por algún lugar para darse también un festín, perciben la presencia del grupo. Sus bocas infectas lazan rugidos y de inmediato se lanzan a por ellos.

—¡Marcial! —grita el tipo de la cresta para advertirle.

—Lázaro… tírala al suelo —ordena Marcial.

Y obedece, arrojando por el montículo a la mujer.

Los tres salen corriendo de allí como ratas, mientras que los lerdos se echan sobre ella. Se la comen viva.

«Joder, qué mierda», Marcial sabía que ZomboCo no se iba a hacer responsable de ellos, porque no existían oficialmente. Así lo estipulaba el contrato. No habría rescate. No tenían equipo de radio. Hombre que se quedaba en la zona, era hombre dado por muerto.

—Tenemos que cobrar nuestro trabajo, sea como sea —dice enfadada Carmen.

—Hay que pensar en nuestros pellejos —contesta Marcial con la mirada ida.

—Eh… —indica con el dedo la rubia.

Un grupo de lerdos muy numeroso camina hacia allí.

—Creo que nos han descubierto —anuncia pesimista Lázaro.

—Es hora de irse —ordena Marcial.

Los tres se escabullen.

—Si en 72 horas no hacemos algo para salir de aquí, nos las veremos putas —dice Marcial al resto— Así que podíamos intentar usar la llave. Sin duda debe ser un acceso secreto para atravesar el Muro.

—Ya… ¿Y cómo vamos a dar con ese acceso o puerta o lo que sea? El perímetro es enorme. Tardaríamos semanas en recorrerlo —sentencia Lázaro.

—Es verdad, además de que estamos muy lejos del Muro —dice Carmen.

—Si caminamos hacia la entrada tampoco sabemos lo que tardaríamos…

—¿Y si volvemos al camión?

—Creo que es lo mejor.

—Pero retroceder, creo que es mala opción. Los lerdos estarán dando vueltas —indica Marcial.

—No nos queda otro remedio —sentencia Lázaro.

—¿Y bien? ¿Qué dices Marcial? —pregunta la mujer.

—Vale —responde, asintiendo con la cabeza.

El grupo se mueve entre las ruinas de escoria, sin problemas, y pasa al lado de los chasis quemados de un grupo de vehículos, amontonados unos encima de los otros. Desde una escombrera alta, echan un vistazo a lo que tienen por delante.

—El camión está allá —indica Carmen con el dedo.

—Daremos un rodeo por aquella parte —Marcial señala una zona llena de hierbajos altos.

—Pues vamos —dice Lázaro.

Los tres bajan hasta la zona y la recorren medio agachados, con las pistolas preparadas, hasta que llegan donde se acaba la pequeña pradera de malas hierbas. Enfrente, hay un taller de vehículos con el cartel del anuncio descolgado y la puerta de la entrada reventada.

—¡Eh! ¿Eso qué es? —dice sorprendida Carmen.

—¿El qué? —responde Marcial mirando a todas partes.

Y entonces los rugidos se hacen más altos.

—¡Joder! —grita Lázaro, al tiempo que unas siluetas salen corriendo del edificio.

Lázaro dispara a la jauría, pero son muy veloces y no consigue acertarles a todos. Carmen huye. Su instinto le dice que no dispare porque eso atraería a los perros. Mientras escapa, mira de reojo y ve a su derecha a Lázaro tiroteando e intentando retroceder. Su compañero mata a varias de las bestias, pero un perro negro aparece por su espalda y le derriba.

Marcial corre en dirección opuesta a los otros dos, por la zona de los hierbajos altos, casi sin mirar por donde pisa. De repente, choca con algo y está apunto de caer. Grita, mientras consigue mantener el equilibrio y empieza a dar manotazos al aire, asustado. Una cosa corcovada le mira con expresión de ansia mientras tuerce la cabeza. Entonces dispara al lerdo y le hace pedazos la cabeza, pero un círculo de figuras le cierra el paso.

Intenta escapar y se da cuenta de que hay muchos… muchísimos de ellos. Es un grupo enorme. Esquiva a varios que lo quieren agarrar y de un codazo derriba a otro. Después, se posiciona firme con la pistola y dispara a los que se acercan, que caen derribados como sacos pesados. El tiro al blanco sabe que se va a acabar muy pronto, con la última bala: así que disfruta mientras se carga a unos cuantos.

Carmen mira hacia atrás y descubre que no la persiguen. Los perros se han quedado entreteniéndose con Lázaro. En esos momentos piensa que la llave la tiene Marcial, pero no va a regresar. Esquiva varios montones de chatarra y enseguida llega hasta el camión. Nunca ha conducido uno, pero le da igual.

Abre la puerta del Pegaso y ve a alguien dentro.

—¿Toni?

—No —contesta, y el disparo le destroza la cabeza en mil pedazos.

Paco el andrajoso sonríe. Después, echa un vistazo por la ventanilla y presiente a los lerdos. Un grupo grande viene hacia allí, así que baja del camión. El cuerpo aún caliente de la mujer los entretendrá.

Más tarde, con mucho cuidado, se mete en la zona de los perros salvajes. La jauría ha huido lejos; los perros tienen animadversión a los zombis a pesar de que los cazan, y ahora muchos lerdos andan por el lugar.

Después de un rato, da con los restos que habían dejado. Unos cuantos huesos casi pelados. Rastrea el lugar hasta que descubre algo que reluce en el suelo. Es una llave. La recoge y la aprieta con el puño, satisfecho. Piensa en el resto que tiene guardadas en el refugio de la azotea y ríe.

Escucha unos crujidos cerca y sabe que es hora de irse; así que se marcha sigiloso mientras que, no muy lejos, un grupo de zombis que caminan cerca unos de otros, tropiezan y caen al suelo, como marionetas grotescas.

© Copyright de Joan Baladre para NGC 3660, Octubre 2017/span>

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