El vórtice del lectomochilero

 

Por Sara Martínez

Por todos es bien sabido que es un lector ávido, empedernido y voraz; sin embargo, jamás se le ve leyendo. Resulta todo un misterio. No es la clase de persona a la que hallarás apurando páginas en el metro, ni enfrascada en su lectura en un banco del parque, fantaseando bajo el sol. Es raro sorprenderlo por la calle con un buen libro de ficción bajo el brazo. Si acaso, quizá porte algún tipo de manual, revistas o un semanario. Son esta suerte de distracciones las que tienden a amenizarle las esperas en aeropuertos, en la consulta del médico o en la oficina de empleo. Los cuentos y las novelas brillan por su ausencia. Nadie encuentra una explicación. Su ardiente entusiasmo por la narrativa es, al fin y al cabo, incuestionable.

Es obvio para cualquier amistad que pase por su casa a hacerle una visita: su salón es una biblioteca singular, un santuario preñado de historias. Los estantes albergan por igual clásicos, autores modernos, sangres nuevas; distintos géneros se dan de la mano y danzan en armonía, con respeto. Clasificados con mimo infinito, encierran una plétora de sueños. A veces, antologías y compendios ocupan con descaro sofás y mesas. Sin embargo —por extraño que suene— no es habitual que les preste atención, si bien goza del don de rememorar relatos con una vividez pasmosa. Habla de libros, pero no los toca. No con gente delante, en cualquier caso. Y es que, cuando se queda a solas, la cosa cambia. Porque se sumerge en ellos.

Casi un lustro ha transcurrido desde que descubrió su secreto mejor guardado: el vórtice literario, agazapado en un rinconcito de su desván. Camuflado con discreción entre trastos viejos y el polvo de tres décadas, dio con tamaño prodigio por casualidad… y hoy es su forma de vida. Se define como un lectoviajero, o —aún mejor— un lectomochilero. Lee a su manera. Con intensidad. Desde dentro. Es mucho más emocionante. Si se aviva su hambre de exploración, todo lo que ha de hacer es colocar un tomo abierto frente al insólito agujero… y se desata la magia.

El vórtice gorjea con alegría. Generalmente apenas se lo ve, una ligera perturbación de un gris muy tenue en el tejido del universo. Cuando su amo lo alimenta, no obstante, se crece y su potencial se revela. Se expande y bebe las letras, alzándose en su plenitud, todo luz y energía. En sus entrañas brotan escenarios, personajes, arcos argumentales; las escenas se desarrollan con fluidez, florecen mundos enteros. La narración se torna corpórea ante los ojos del maravillado muchacho. El vórtice, una puerta a lo desconocido, le invita a adentrarse en ella.

La entidad posee gustos y conciencia. Hace años que su dueño se dio cuenta: pese a tolerar textos de diversa índole, manifiesta ciertas preferencias. La poesía le abruma a menudo, y no es que se le pueda reprochar: prefiere el fondo a la forma, más compleja de plasmar en realidades tangibles. Se desenvuelve con obras de ensayo, aunque no todo le atrae por igual: no es sencillo desentrañar la física cuántica o la matemática pura. Disfruta evocando pasajes históricos, su belleza y su crudeza. Adora pintar acuarelas de paisajes y crónicas de naturaleza. La filosofía le aburre un tanto: mucho ruido para muy pocas nueces. El arte, en cambio, le motiva más; la política y la religión, solo a ratos. Con todo, no concibe mayor deleite que hacer que ocurra lo nunca ocurrido. Le fascina materializar los vastos reinos de la imaginación humana. Enlaza tramas, genera criaturas y vidas apasionantes. Con toda profusión de detalles, recrea un amplio crisol de lugares. Ama romper las barreras de la fantasía, la ciencia ficción o el terror. Por fortuna para ambos, humano y vórtice se compenetran bastante.

El bohemio lectomochilero sabe que el tiempo no le supone un problema: los minutos en el vórtice vuelan vertiginosamente, pero no fuera. A veces se ausenta días, semanas. En ocasiones, incluso varios meses. A su regreso, nuestra dimensión apenas sí ha envejecido un mísero instante. Podría continuar viajando: es muy probable que nadie le echara en falta. Aun con ello, casi siempre opta por regalarse un respiro entre sus escapadas. Reflexiona sobre sus experiencias y va atesorándolas en su memoria, concediéndose un margen para permitir que se asiente el regustillo final. Entonces parte de nuevo, con el alma en vilo y el corazón bien abierto. Sonrisa en ristre, con su mochila a la espalda, reemprende su caminar.

Le gusta andar ligero de equipaje. No es mucho lo que se suele llevar: un par de mudas limpias, algunos víveres, enseres de higiene y una toalla. Se hace invisible cuando lo desea: como lector, se dedica a observar. No le falta cobijo en las noches inclementes. Allí donde quiere, duerme. Merodeando de aquí para allá, presencia andanzas de héroes y villanos. No interviene en los acontecimientos: respeta los designios del autor. Si el argumento se toma un descanso, tiene el hábito de darse un paseo. Se enamora del entorno, se empapa de atmósferas, deambula y callejea. Dichas estampas son, con frecuencia, las que más grabadas quedan en su retina: una montaña, un río, la fauna y la flora, una población y sus gentes. Conoce usos y costumbres, estudia el comportamiento de inauditos seres. Se recrea en los matices: sonidos, aromas, colores, tactos, sabores.

Aunque recorre infinidad de tierras, no es común que se traiga souvenirs. Ni siquiera hace demasiadas fotografías. Va sin cámara ni móvil. Se mueve con libertad, desgranando momentos sin pantallas ni filtros. Se embriaga con las sensaciones sin destilar, centrándose en el hoy, sorbo a sorbo. Por lo demás, es de la opinión de que no está bien practicar el expolio. Siente que cada animal, cada flor, cada roca está donde está por un motivo. Le incomoda la idea de mutilar los escritos que tanto aprecia y venera; en consecuencia, se contenta con esculpir recuerdos en su fuero interno.

En su peregrinar por la literatura se ha granjeado millares de amigos; algunos idénticos a nosotros, otros de las especies más variopintas. También se ha acompañado de mascotas que han seguido sus pasos en el camino. Mentiríamos si dijéramos que no se ha planteado adoptar a unas cuantas. A pesar de todo, nunca lo ha hecho… salvo con Fenarian. Es la excepción. Fenarian, el fénix de hoja, eligió profesarle fidelidad eterna. Parlanchín y alegre, revolotea por el desván hasta que llega el invierno. Se marchita con las primeras nieves, pero vuelve a germinar en primavera. Es el ojito derecho y la principal debilidad del lectomochilero. Su tenacidad le inspira, y es un confidente animoso y dicharachero.

El lectomochilero es, en definitiva, la sed de aventura hecha carne: curioso e incombustible, no puede sobrevivir sin sus dosis de acción. Pero hasta el espíritu más indómito necesita periodos de reposo; cuando esto sucede, no dudará en retirarse a la tranquilidad de su hogar. El vórtice es comprensivo y paciente. Enseguida se da por satisfecho. Exhalando un complacido suspiro, culmina y se predispone a hibernar. Torrentes de palabras regresan de golpe a las páginas de las que escaparon. En general se mantienen sin adulterar, o tal vez surjan pequeños cambios. El vórtice respira con calma, se relaja y se recoge en su esquina. Su dueño —que le quiere con locura— no olvida darle las gracias por todo. Acaricia el plumaje de Fenarian y juega con él antes de irse a su cuarto. Lo más seguro es que se pase horas en las nubes, extático de emoción.

Siempre le enseñaron que la literatura es una ventana abierta a otros mundos. ¡Qué gran verdad! Hasta qué punto, solo él lo sabe.

Y lo aprovecha con ganas.

© Copyright de Sara Martínez para NGC 3660, Julio 2018

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