Last song for Lisa Marie

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Por Luis Astolfi

En Graceland, a la una de la madrugada del 16 de agosto de 1977, Elvis Aaron Presley se despertó sudoroso y asustado, asaltado por un malestar indefinible que, en forma de notas y letras que le llenaban la cabeza, le aturdían.

Por fin, después de semanas buscando, lo había encontrado.

Sentado en la cama se frotó los ojos, se levantó, se puso un pijama de color azul eléctrico, dio un beso a su novia Ginger, la miró dormir durante un instante con infinita dulzura, y salió de la habitación.

En su estudio de sonido, conectó la mesa de mezclas, metió una cinta virgen en la grabadora, tomó su guitarra acústica con la que siempre componía y, sentado frente al micrófono, empezó a cantar con voz trémula su última canción.

Una hora más tarde dejó la guitarra sobre una mesa, sacó la cinta de la grabadora, la metió en un sobre marrón claro, garabateó unas líneas en una hoja de papel que también metió en el sobre, lo cerró, escribió en él un nombre y una dirección con rotulador azul, desconectó la mesa de mezclas y, tras echar un último vistazo alrededor, apagó la luz y salió de allí.

Llamó por teléfono al servicio de mensajería Fast and Safe y se sentó a esperar, a oscuras, en el sofá blanco del inmenso salón, mientras se comía una tableta de chocolate.

Quince minutos después Elvis entregó el sobre marrón claro al mensajero, le dio los 2,25 dólares del coste del servicio y otros 100 dólares de propina y le dijo escuetamente: «Entrégalo».

Cerró la puerta y se dirigió a su cuarto de baño privado, sonriendo tranquilo. Eran las dos y veintisiete minutos de la madrugada.

Pero lo que nunca supo es que el mensajero, Billy Smith, seguidor inquebrantable del Rey, no entregó el sobre tal y como se le había encargado, sino que lo abrió con mucho cuidado, vio lo que contenía, volvió a su casa, sustituyó la cinta grabada por una en blanco, lo volvió a cerrar y sólo entonces lo llevó hasta su destino.

Eddie era un fanático de Elvis.

Pero, a diferencia de otros fanáticos, Eddie no vestía como Elvis, ni cantaba (o intentaba cantar) como Elvis, ni tenía un muñequito bailarín colgado del retrovisor del coche, ni se parecía, ni pretendía parecerse, a Elvis. Hay que decir que más bien se parecía a Steven Seagal, con su más de metro noventa, cien kilos de peso, frente alta, ojos tristes y desafiantes, pelo negro peinado hacia atrás y con su coletita y todo.

Lo que Eddie sí que hacía, compulsivamente, era coleccionar discos con las canciones del Rey. Los tenía todos. Y cuando digo todos, significa realmente todos. Desde los primeros singles editados hasta los últimos compactos, desde las ediciones especiales y oficiales que E. P. ENTERPRISES, INC. (la empresa creada para explotar el recuerdo del cantante) sacaba al mercado cada año para conmemorar cualquier cosa, hasta las más raras grabaciones piratas obtenidas en alguno de sus famosos conciertos.

Yo había conocido a Eddie (que en realidad tenía un nombre mucho más hispánico, pero le gustaba que le llamaran de ese otro modo, más internacional) hacía muchísimos años, en el colegio. Luego nuestras vidas se separaron hasta que, por casualidad, volvieron a cruzarse un día, si bien pudimos comprobar que los rumbos que habían tomado habían sido bastante diferentes: Eddie se había hecho rico como manager de grupos musicales cuyo vocal imitaba a Elvis (es increíble el éxito que pueden tener estas cosas entre los aficionados) y yo, pues no. Pero, a pesar de esas diferencias de estatus, éramos buenos amigos y nos veíamos con frecuencia, aunque yo compartiera sólo en parte su pasión por el cantante de Tupelo.

A eso de las dos y media de la madrugada del 16 de agosto de 1977 el coronel Alan Parker recibió un paquete conteniendo una cinta de casete y una carta manuscrita de Elvis dirigida a él. Cuando la leyó se quedó pensativo, no entendía del todo lo que estaba tramando ese crío consentido dándole instrucciones para que guardara en secreto la cinta y se la entregara a su hija cuando alcanzara la mayoría de edad, especificando muy claramente que nadie, ni siquiera él, nunca, bajo ningún concepto, podía escucharla antes. Sacudiendo la cabeza, perplejo, dejó el paquete sobre una mesa y volvió a acostarse muerto de sueño, cuando media hora después sonó el teléfono; el coronel descolgó con una mano temblorosa, y escuchó unos segundos antes de dejarse caer abatido sobre el cabecero de la cama. Colgó el teléfono, se cubrió el rostro con las manos y empezó a sollozar. Cuando se hubo desahogado lo suficiente guardó en la caja fuerte la cinta y la carta que había recibido, se vistió y salió hacia el Baptist Memorial Hospital, donde ya esperaban, además de Ginger, Priscilla con la pequeña Lisa Marie agarrada a su mano.

Eddie me llamó un día; su voz se notaba claramente trémula. Estaba nervioso, y muy excitado. «Ven a casa ahora mismo, por favor. Tengo que contarte algo», me rogó con un tono de súplica muy atípico en él.

Cuando llegué a su inmenso chalet en las afueras, Eddie me llevó directamente hasta el salón, presidido por un completísimo equipo de música en el que un clásico tocadiscos de vinilos ocupaba un lugar presidencial, justo en el centro del mueble, donde se exhibía como un trofeo. «Te voy a poner un disco», me dijo apenas entramos.

Eso no era novedad. La mayoría de las veces que me invitaba a su casa era precisamente para eso, escuchar alguna nueva adquisición de la que, más que presumir (que nunca lo hacía), se sentía orgulloso. Pero esta vez presentía que iba a hacerme oír algo diferente.

Sin preámbulos ni frases introductorias, Eddie sacó de la caja fuerte empotrada en la pared una funda de papel sin ninguna identificación externa que, por el tamaño, debía de ser la cubierta de protección de un single de los de siempre, de los de antes de los discos compactos. Con extremo cuidado extrajo de ella el disco de acetato negro y, tras contemplarlo con amor durante unos segundos, lo puso sobre el tocadiscos, igual que un padre depositaría a su bebé en la cunita.

Había conseguido llevarme a un estado de expectación que, debo reconocer, me resultaba muy agradable.

Yo sabía que Eddie poseía dos grabaciones de las que se sentía especialmente ufano: una era una curiosidad, algo divertido que le encantaba enseñar y contar su historia a los amigos: una cinta de casete, única, que un paparazzo infinitamente paciente grabó durante diez años con las canciones que Elvis cantaba a diario (cuando no estaba fuera de gira) en la ducha de su baño en Graceland, y que la viuda del espía subastó poco después de que éste muriese al caer del árbol donde solía encaramarse armado de un sensible y sofisticado micrófono direccional.

La otra, la más importante para él, era un disco que nunca había reproducido en presencia de nadie, ni siquiera de mí, que podía considerarse que era su mejor amigo; extrañamente, porque lo normal es que una posesión tan especial, si se tiene, se muestre y se luzca ante todos con gran gozo.

Pero algo le había hecho cambiar de idea.

—Este es el single que un día del verano de 1953 Elvis grabó con su propia voz —recitó de memoria, como si yo ya no lo supiera, mientras depositaba con mimo la aguja sobre el disco—, en el Memphis Record Service, la sede de Sun Records, que era la compañía discográfica que administraba Sam Phillips asistido por Marion Keisker, como regalo de cumpleaños de su madre, Gladys. Contenía una de sus canciones favoritas, My Happiness, y That’s When Your Heartaches Begin en la cara B, ambos éxitos ya popularizados por los Ink Pots. Aquel día, aprovechando la hora del almuerzo, Elvis se encaminó con su guitarra, y hay quien dice que, junto a su primo, al Memphis Record Service, pagó sus cuatro dólares y grabó el disco. Escucha.

Siguiendo a una serie de crujidos y chasquidos surgieron de los altavoces del viejo tocadiscos los primeros acordes de My Happiness, entonados por la por entonces agudísima voz de quien todavía no era, pero sería, el Rey, y acompañados por su guitarra y ruidos varios de fondo.

Escuché atento: en ese disco, en las notas de esa canción y en el modo en que el muchacho acariciaba la guitarra, se podía notar su ilusión mientras lo grababa pensando en su madre; todo estaba allí, y todo ello se veía también en la cara de emoción de Eddie, a quien casi se le saltaban las lágrimas.

Yo también percibí esa magia, y durante los dos minutos y cuarenta y siete segundos que duró la canción no se nos oyó ni siquiera respirar.

—Nunca te he contado cómo lo conseguí —me dijo bastantes segundos después de que finalizara—. Hace unos años recibí una carta de una casa de subastas americana, donde se me invitaba a pujar por el disco. Parece ser que lo poseía un compañero de Elvis, de la escuela superior, quien nunca reveló cómo había llegado a sus manos, y que, en 1989, arruinado por negocios fracasados, se vio obligado a deshacerse de él. De ninguna manera quería que lo comprara E. P. ENTERPRISES, INC., cuyos responsables le habían estado presionando para que se lo vendieran para el museo, de modo que sin esa competencia no me fue difícil hacerme con él.

—¿Y no mandaron a nadie para que lo comprara y luego se lo vendiera a ellos? —pregunté pensando en que yo, de haber sido ellos, habría hecho la jugada.

—Pues no, fueron legales, y es muy posible que gracias a eso ahora lo tenga yo.

Eddie sonrió, pero con tristeza, como si estuviera recordando algo agridulce. Luego volvió a callarse, mirando abstraído el disco que seguía dando vueltas, ya en silencio, sobre el plato.

Por lo tanto, según él, lo que estaba oyendo ahora se trataba del primer disco que grabó Elvis. El primero de verdad, no una de las veinte mil copias que se editaron después; el original, el único, el que regaló a su madre por su cumpleaños y que estuvo en sus manos y su tocadiscos, y que hacía ya tiempo que se había dado por perdido. Y lo tenía mi amigo, ahí, dando vueltas, él precisamente entre la legión de seguidores del cantante existente por todo lo largo y ancho de este mundo…

—Pero no te he pedido que vinieras sólo para oír el disco —me dijo de repente, volviendo al mundo real.

—¿No?

—Ha ocurrido algo. Lee esto, por favor. Es de Dubés Collectibles and Auctions, la misma casa de subastas donde conseguí My happiness.

Me entregó una carta escrita en inglés. Con mis limitados conocimientos del idioma y no poca dificultad fui capaz de entender lo que decía, que más o menos venía a ser que volvían a proponer a Eddie, de nuevo personalmente, que asistiera a otra subasta que tendría lugar un mes después en Memphis, Tennessee, último hogar del cantante, para participar en la venta de otro objeto singular relacionado con él: según indicaba dicha carta, se trataba de la última canción que grabó Elvis en una cinta de casete directamente, poco antes de morir, en Graceland. No se indicaba ni título, ni contenido, ni duración; cómo había llegado hasta ellos no se desvelaba y tampoco se explicaba por qué nadie (a diferencia del primer disco, ampliamente conocido) había sabido de ella nunca, anteriormente.

—Esta casa es de reconocido prestigio y seriedad —me informó interpretando correctamente mi cara de escepticismo—, por lo que no tengo la más mínima duda acerca de la autenticidad de esa grabación.

—Y te vas a ir para allá, supongo.

—Supones bien.

Evidentemente, el valor que para Eddie podía tener esa cinta iba mucho más allá de poseer una grabación nueva y desconocida de su admirado cantante, más allá incluso de poseer su última grabación. Se trataba, ni más ni menos, de que él ya tenía la primera.

Y ahora tenía que conseguir la última.

—Ah —añadió sin mirarme mientras devolvía el disco al interior de su fundita—, si no tienes inconveniente, tú te vienes conmigo.

Cuando Billy volvió a su casa después de entregar el paquete con la cinta falsa y se dispuso a escuchar la auténtica, sintió que algo se lo impedía, como un leve pero creciente sentimiento de culpa motivado por el hecho de que había sido un ladrón y que había robado a su admirado cantante, y la guardó para otro momento.

Sin embargo, al oír la noticia de la muerte de su ídolo al día siguiente, aquello que empezó siendo un débil ataque de su conciencia se transformó, de repente, en una feroz embestida de remordimientos. Se sintió como un traidor: él adoraba a Elvis, lo hubiera dado todo por él y, pese a ello, le había robado, no había cumplido con el encargo que le había encomendado y se había quedado con algo que no le pertenecía. Le entró pánico al pensar que tal vez el destinatario, al ver el inútil objeto recibido, pensaría que había sido él, el mensajero, quien había dado el cambiazo y finalmente el miedo se antepuso a su conciencia. Escondió la cinta en el fondo de un cajón y desde entonces dedicó todas sus energías a olvidarse de ella y de lo que había hecho. Y jamás tuvo fuerzas ni deseos de escucharla; de algún modo el destino se había confabulado para que la última canción de Elvis para su hija Lisa Marie quedara protegida por un embrujo que preservaba su virginidad y la reservaba para ser oída en exclusiva, algún día, por su auténtica propietaria.

Un mes después estábamos montados en el avión que nos llevaba a la ciudad de Elvis por excelencia: Memphis, tras haber pasado una noche en vela en el John F. Kennedy International Airport de Nueva York y otras casi tres horas de tránsito en el aeropuerto de San Luis.

Desde que habíamos subido a bordo Eddie había permanecido silencioso, mirando por la ventanilla, pensativo. Creo que, por encima de la emoción que sin duda le embargaba, le dominaba el miedo.

—Oye, Eddie —le pregunté por hablar de algo—, ¿cuánto estás dispuesto a pagar por la cintilla esa en la subasta?

—Lo que sea necesario —me contestó con brusquedad. A pesar de su seguridad, ambos sabíamos que el imperio E. P. ENTERPRISES, INC. iba a participar también y que, aunque Eddie tenía mucho dinero, ellos tenían mucho más, por lo que la contienda estaba para él perdida de antemano, salvo un milagro de última hora. Con todo, Eddie no se permitió reconocerlo en ningún momento.

Eran pasadas las tres del mediodía, hora local, cuando llegamos al destino felices y, entre el cambio horario y las horas de viaje, auténticamente destrozados.

Allí tomamos un taxi (no sé por qué eché de menos que nos esperase una limusina) que nos condujo hasta el Peabody Hotel, un magnífico albergue (tal vez el más lujoso, antiguo y famoso de la ciudad, y conocido en el mundo entero como The South’s Grand Hotel), que se hallaba situado a veinticinco minutos en coche de Graceland, la casa museo de Elvis.

Nos acomodaron en dos habitaciones contiguas, amplias y muy acogedoras y, además, idénticas (lo que decía mucho en favor de mi amigo, quien lo pagaba todo). Sin tiempo apenas para deshacer la maleta y darme una ducha, Eddie tiró de mí para salir a la calle. En contra de lo que esperaba no me llevó a ver la casa de Elvis. «Eso mañana, tranquilamente», me contestó cuando se lo hice notar, con cierta ironía por mi parte. Solamente salimos a tomar algo y dar una vuelta, haciendo tiempo para la fiesta de bienvenida que la casa de subastas daba a sus invitados en el hotel por la noche, la cual serviría de paso para que los contendientes se fueran conociendo y darle más emoción a la cosa.

Cuando Priscilla le explicó a su hija que su papá se había muerto y que ya nunca jamás le volvería a ver, la niña se quedó callada. No dijo absolutamente nada durante largos minutos, ni siquiera cuando su madre la abrazó y empezó a llorar. Nada en absoluto. Después, tranquilamente, como si por fin hubiera encontrado las palabras que buscaba para expresar sus pensamientos, preguntó: «¿Me dais lo que ha dejado para mí?». Su madre miró extrañada al coronel, quien se encogió de hombros y negó con la cabeza, engañando con todo el dolor de su corazón a madre e hija pero cumpliendo así los deseos del Rey. «No nos ha dado nada, cariño», dijo la madre con gran sufrimiento. La niña abrió mucho los ojos, muy sorprendida, como si no se creyera lo que estaba oyendo, y respondió, segura de sí misma: «No puede ser. Papá me prometió que me iba a grabar una canción nueva y sólo para que la escuchara yo. Tiene que habérmela dejado en algún sitio, papá nunca me engañaba». Ante estos convencidos e inocentes argumentos el coronel se estremeció, cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas y luchó por no derrumbarse y desvelar el secreto, que con sus pocas horas de existencia ya le pesaba como si llevara cargando con él toda su vida. Priscilla se limitó a pensar que eran cosas de niños y se olvidó del asunto. Pero Lisa Marie no.

Durante el funeral de Elvis Presley en el Forest Hill Cemetery de Memphis, el 18 de agosto de 1977, Lisa Marie no abrió la boca ni una sola vez, ni derramó una sola lágrima por su padre. Agarrada de la mano de su madre, con cara de enfado, permaneció de pie, firme e inalterable, hasta que todo hubo terminado y todos volvieron a casa, momento en que se metió en su habitación y, abrazada a su osito Teddy, regalo de su padre, se echó a llorar en silencio. Y esas primeras lágrimas fueron las más amargas que Lisa Marie Presley derramaría en toda su vida.

Por su parte el coronel, creyéndose en posesión de esa postrera grabación de Elvis, se moría de ganas por oírla. Durante años tocó y retocó la cinta, tentado de introducirla en el reproductor para escucharla, pero nunca consumó la traición. Tampoco le hizo cambiar de idea ver cómo, año tras año, Lisa Marie se volvía más y más introvertida y mohína, ni saber que eso se debía a la pérdida prematura de su padre, ni creer que darle esa cinta con su última canción le serviría para romper de una vez por todas con la frustración y el dolor de su ausencia. Siempre prevaleció su fidelidad al Rey, aunque pensara que éste se había equivocado en su decisión de retrasar tanto la entrega. Ni una sola vez en casi doce años osó siquiera hablar de ella ante la cría, ni aun insinuar de paso su existencia. Justo hasta el día en que Lisa Marie cumplió los veintiún años.

El 1 febrero de 1989, día de su vigésimo primer cumpleaños, estaba Lisa Marie Presley con su familia y amigos celebrando la correspondiente fiesta, con la casa llena hasta rebosar, cuando llegó el coronel Alan Parker. Lisa Marie le abrazó con cariño y le miró a los ojos, expectante como una niña, aguardando su regalo. Al coronel le resultaba maravilloso comprobar cómo quien todo lo tenía aún esperaba con ilusión un regalo. Él le sonrió y, suspirando, como quitándose un gran peso de encima que le llevara aplastando años, le dio el paquete. Ella lo recibió primero con una blanca sonrisa, luego se le iluminaron los ojos, para inmediatamente después asomar a su rostro el gesto de quien ve llegar algo que lleva esperando mucho tiempo y que sabía, con certeza absoluta, que tarde o temprano iba a llegar. La madre de la chica miró a ambos, primero con preocupación, luego con ternura en cuanto identificó los antaño amados rasgos de la escritura en el sobre, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Miró acusadora al coronel, pero a la vez imprimió a su mirada una gran dulzura. Lisa Marie sólo dijo, muy en voz baja: «Lo sabía», y salió corriendo, escaleras arriba, a su habitación, dejando a todos plantados en el salón, boquiabiertos. Con las respiraciones en suspenso, el silencio más absoluto planeó por la estancia. Pasó un tiempo inmensurable en el que la vida se detuvo, y entonces, llegando desde el piso superior como el impacto de una onda expansiva, a todos hendió el alma un gemido desgarrador, por lo triste y desesperado. De este modo se cerró, drásticamente, la herida de la infancia de la chica, permitiendo que una nueva y poderosa obsesión echara raíces en su ya muy herida alma. Su adorado padre sí que le había dejado una última canción, como le había prometido, pero no estaba grabada en la cinta que el coronel le había entregado. Ahora sólo tenía que localizar y conseguir la verdadera. Guardó la cinta en blanco en un cajón y volvió a su fiesta, sin decir nada a nadie ni dar explicación alguna.

Con el paso de los años el noble espíritu de Lisa Marie, víctima de sus traumas, se fue haciendo más y más estéril. Amor tras amor, amante tras amante, la chica era incapaz de organizar su vida, de ubicarse, de formar una familia estable. Su última pareja, un famoso actor de Hollywood, se atrevió a llegar, presa de la ofuscación durante la última noche que pasaron juntos, al auténtico fondo de la cuestión: «Tú eres una niña mimada y obsesiva, lo has sido siempre y nunca cambiarás, hija de papá. No le dedicas a tu familia ni un minuto más de lo imprescindible, y las más de las veces ni eso. Cuando no estás por ahí imitando a tu padre o cantando en los escenarios con su fantasma holográfico andas metida en los negocios fúnebres de su herencia, y como si no tuvieras bastante con eso, encima te pasas el resto de tu vida detrás de esa dichosa cinta que dices que te dejó grabada tu padre, perdiendo el tiempo en una búsqueda inútil que te está quemando el alma. Mira, niña, eres una estúpida y no te aguanto más. Deberías replantearte la existencia y tu objetivo en este mundo».

 

Llegamos al salón que había sido reservado para la fiesta pasadas las nueve de la noche. Estaba en el último piso del hotel, y era inmenso, tan grande que me recordó un auditorio; debía de ocupar al menos dos plantas completas, y había sido acondicionado, efectivamente, como un auditorio: al fondo un escenario donde las guitarras y otros instrumentos de la orquesta que aparecería después ya estaban preparados, y todo el salón diáfano, con innumerables mesas repletas de bebida y comida repartidas junto a las paredes.

Ya desde que entramos nos recibieron las que preveía serían omnipresentes canciones de Elvis Presley. Pero me sorprendió el volumen de la música: moderado y muy agradable. La luz, muy escasa, y el humo de los cigarrillos de los muchísimos asistentes daba al espacio un aire antiguo y extrañamente acogedor. Me sentí bien desde el principio. Eddie me miró y me sonrió, guiñándome un ojo: se veía que estaba en su ambiente. Inmediatamente nos acercamos a una de las mesas y pedimos two beers, que el camarero (de etiqueta, algo fuera de lugar) nos sirvió presto.

Mientras Eddie amagaba un rock and roll charlando con alguien que le preguntó algo que no entendí, yo me dediqué a contemplar el panorama. No pude por menos que sonreír. Estaba lleno de hombres decorados (no me atrevo a decir disfrazados) al estilo Elvis: largas patillas, ropa extravagante, tupé engominado, botas de cuero, enormes gafas de sol…, entre los que destacaban varios japoneses que con esa indumentaria rockera quedaban muy graciosos. También había alguna dama con ropas anacrónicas, la mayoría emparejada con los pseudoelvis, junto a otros muchos, como yo mismo, con aspecto de ciudadano «normal».

De todos los presentes llamó especialmente mi atención un hombre que permanecía de pie en una esquina: algo más de cincuenta años, muy alto y muy ancho, rostro alargado, pelo muy corto pero no a cepillo, vestido con impecable traje marrón oscuro, corbata y pasador y gafas de sol rectangulares que no le debían de permitir ver más allá de sus narices. Observaba el entorno con expresión imperturbable, y tenía toda la pinta de ser miembro del equipo de seguridad del hotel o el guardaespaldas de alguien, sobre todo por el auricular que vi destellar en su oído derecho a través de la penumbra.

Pero si el hombre me había atraído por lo estereotipado de su aspecto, la mujer que se asomó cautelosamente por detrás de él lo hizo por su interés obvio en pasar desapercibida: unos cuarenta años, casi rubia, vestida con vaqueros y una camiseta blanca amplísima, gafas semitransparentes y tan guapa que di por hecho que estaba llena de maquillaje. Sólo le faltaba un pañuelo floreado a la cabeza para parecer una gran diva tratando de ir de incógnito; y yo diría que lo conseguía, porque no había mirada que pudiera atravesar el muro de su protector (pues sin duda eso es lo que el hombre era), quien a toda costa se empeñaba en mantenerla entre su espalda y la pared, desde donde ella lanzaba miradas fugaces de un lado para otro, observando minuciosamente a cada uno de los presentes. Cuando me llegó el turno y se dio cuenta de que yo también la estaba mirando, se replegó velozmente detrás de su parapeto humano, a quien debió de decir algo, pues él a su vez me miró con cara de pocos amigos, inclinando un poco la cabeza, y la empujó a continuación, muy discretamente, hacia la salida.

—Toda esta gente son los que van a asistir a la subasta —oí decir a Eddie a mi espalda, sobresaltándome un poco y sacándome de golpe de la situación—. Verás que a muchos se les ve cuál es su pasión. Pero no te creas que todos son así. En realidad, los que más posibilidades tienen son los que van vestidos como tú y yo.

—¿Quiénes son ésos? —pregunté sin prestarle mucha atención y señalando al lugar donde había visto a la pareja misteriosa, pero sólo pude ver al hombre, firme, con los brazos cruzados y mirando hacia nosotros.

—¿Ese que nos mira y que parece un matón? Ni idea; por la pinta será de seguridad.

—¿No has visto a la chica que se escondía detrás de él?

—Vaya, una chica… —comentó con una sonrisa enorme tras unos segundos—. No, sólo le he visto a él, muy profesional desde luego, pero si quieres voy a preguntarle.

Negué con la cabeza tan vehementemente que casi le animé a hacerlo, pero en el preciso momento en que Eddie se iba para allá, una voz amplificada reclamó nuestra atención.

En el escenario un tipo con chaqueta de lentejuelas y micro en mano hablaba a los asistentes, acompañado de gestos estrambóticos y redobles de batería que enfatizaban sus teatrales silencios.

—¿Qué dice? —pregunté sin entender ni una palabra del inglés americano cerrado que hablaba.

—Presenta el show —respondió Eddie, muy atento—. Que bienvenidos a la fiesta, que desea que lo pasemos bien y que pujemos muy alto en la subasta. Y que ahora va a cantar Elvis.

Esto último me lo dijo con tanta naturalidad que casi me lo creí. Mientras el presentador hablaba, toda la orquesta se situó en su lugar y, un segundo después, empezó a tocar, atronando. Y de repente alguien saltó al escenario, alguien realmente parecido a Elvis en los años cincuenta, con tupé y vestido con chaqueta plateada y zapatos blancos, y que durante una hora nos hizo bailar con los más famosos rocks de aquella época y un movimiento de caderas espectacular. Cantó, entre otras, las marchosas Don’t Be Cruel y Jailhouse Rock. Realmente lo hacía muy bien, especialmente me gustó su interpretación de Heartbreak Hotel, y de no ser porque era incuestionable que no lo era, de verdad hubiera podido pasar por el Elvis veinteañero original.

Después hubo unos minutos de descanso, que dieron paso a otro cantante, éste con el aspecto del Elvis de los años setenta, gordo y sudoroso y vestido con su famoso traje blanco de lentejuelas, a quien le correspondió interpretar muchas de las emotivas canciones de amor, como Love Me Tender, Are You Lonesome Tonight, o Always on My Mind.

—Mira —me indicó Eddie—, ése lleva la pinta de Elvis cuando cantó en el Madison Square Garden de Nueva York el 10 de junio de 1972, por la noche.

—Ya, por la noche —respondí, superado por tanto detalle.

—Entre el 9 y el 11 de junio de 1972 —continuó informándome, como si fuera una enciclopedia— Elvis dio en el Madison cuatro conciertos. Se vendieron absolutamente todas las entradas de los cuatro, y se grabaron los dos del día 10: uno el oficial, el show de la noche, en el que actuó con el traje blanco, y el otro, editado veinticinco años después en CD y con mucha mejor calidad, el de la tarde, en el que salió con un traje azul celeste.

—Y a ti… —le pregunté en una pausa, pero sin esperar una respuesta concreta— ¿qué canciones suyas te gustan más? Mis favoritas son Suspicious Mind y Can’t Help Falling in Love —añadí.

—Lo que me preguntas es complicadísimo —empezó, confirmando mis temores—. De hecho, yo también me lo he preguntado muchas veces. Son tantas las canciones que dependiendo del momento o del estado de ánimo pasan a ser las mejores… Como decía Paul McCarney: «Cuando estoy triste me pongo una canción de Elvis y se me pasa». Ya sé que no es un porqué muy de examen, pero con las canciones de Elvis me pasa que cuanto más de punta me pone una los pelos, más me gusta. Es algo puramente químico, eléctrico. Físico y visceral. Podría quedarme con If I Can Dream, Danny Boy o Hurt. Hoy son éstas, y mañana otras. Ya te he dicho que depende mucho del momento. Fíjate, me mencionas esas canciones que son fabulosas, pero las tengo tan oídas que no me impresionan. Sí que recuerdo con nostalgia You Don’t Have to Say You Love Me, escuchándola en mi casa con los auriculares en las orejas y a mi madre diciéndome por señas que me iba a quedar sordo. En aquella época esa canción sí que me ponía la piel de gallina, con la orquesta entrando con cada vez más instrumentos y un final espectacular. Pero ahora hay otras… Me empieza a gustar hasta Guadalajara, en la que canta alguna estrofa en español. Con eso te lo digo todo. Si tuviera que elegir una y sólo una me quedaría con Heartbreak Hotel, la has oído hace un rato. Fue su primera grabación profesional, realizada el 10 de enero de 1956 para la RCA, y su primer número uno. Me parece muy sentida, profunda y emotiva, y si entendieras bien la letra, seguro que a ti también te gustaría mucho.

—Cantan bien, ¿verdad? —opiné tras unos segundos, aturdido, refiriéndome a los dos imitadores.

—No están mal —concedió Eddie, aunque en seguida apostilló, hablando de los cantantes que él promocionaba—: Pero los míos son mucho mejores.

A continuación, Eddie se marchó, dejándome solo, sin dejar de asombrarme de lo que aquel hombre, muerto tanto tiempo atrás, era capaz de conseguir en el mundo de los vivos.

Como el Cid Campeador.

El rato siguiente, mientras yo escuchaba la música, le vi yendo de un lado para otro, bebiendo cerveza y hablando en inglés con los asistentes. Desgraciadamente, al final nos fuimos sin que yo tuviera ocasión de volver a ver, ni siquiera de saber algo más, acerca de la desconocida y su acompañante. Ya de vuelta en el hotel me explicó, torciendo el gesto con desagrado, que había indagado y que el hombre del traje era el representante de E. P. ENTERPRISES, INC., la empresa de la familia de Elvis y su principal competidor en la subasta, por lo que no había querido entablar contacto. Pero sobre la chica, nada; al parecer nadie se había fijado, lo cual dijo que sentía por mí, que parecía muy interesado.

Y así era, ciertamente, aunque no tanto como para quitarme el sueño.

Lisa Marie, desanimada ante la ausencia de pistas que pudieran llevarla hasta la cinta de su padre y aceptando finalmente su propia incapacidad como detective, decidió contratar los servicios de Richard T. Carson, Jr. Richy para los conocidos, por aquel entonces afamado investigador privado, que empezó a tirar del hilo de la historia, siguiendo el primer y único rastro dejado por el antiguo mensajero de la compañía de envíos de Memphis Fast and Safe, Billy Smith, ahora William G. Smith, hasta que dio con él. No obstante, si bien en la cordial conversación que mantuvieron William reconoció que había dado el cambiazo a la cinta, al ver la cara que puso su interrogador se asustó mucho y acabó mintiendo, negando que aún la guardara y jurando por su vida que alguien se la había robado pocos días después. Fue tan convincente que Richy le creyó y se marchó, aunque antes, como despedida, le dio una buena tunda por haber robado la cinta.

Casi veinte años más tarde de aquella tunda (que recordaría siempre por las secuelas en forma de tres dientes rotos y una lesión de hígado) William G. Smith llegaba un día a su modestísima casa en las afueras de Memphis dándole vueltas a una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza: vivía una precaria situación económica, y se le había ocurrido que tal vez podría devolver la maldita cinta y que quizá le darían una buena gratificación. Estaba decidido a ello, pero de pronto se dio cuenta de que eso confirmaría el hecho de que siempre la había tenido con él, y de que había mentido con lo del robo. En ese momento, además, al mirarse en el espejo recordó la paliza que le había propinado aquel matón que la buscaba, de modo que entre el miedo y la rabia se le pasaron de golpe las ganas de ser bueno, y empezó a cavilar sobre lo que podría hacer con aquel preciado tesoro. Y entonces decidió subastarla, protegido por el anonimato que permitía dicho negocio; si alguien quería la cinta, que pagara por ella.

Durante meses William G. Smith ofreció la grabación a diversas casas de subastas, locales y foráneas, pero ninguna de ellas aceptó el reto. En ningún caso le daban explicación convincente alguna, y todos con los que trataba, sistemáticamente y sin una razón concreta, se negaban a escucharla cuando él se lo sugería. Un día se encontraba proponiendo el negocio a los representantes de Dubés Collectibles and Auctions, empresa radicada en Ontario, Canadá, con sucursales por todos los Estados Unidos. El empleado que le atendió estaba rechazando poco cortésmente su propuesta, tachándolo de lunático, pero la oportuna llegada del propietario, el anciano Gérald Dubé, y la audaz jugada de William confesando que la familia de Elvis conocía la existencia de la cinta, cambiaron las cosas. A diferencia de su subordinado, el entrenado olfato de Dubé, con más de cuarenta años como subastador profesional a sus espaldas, captó en el aire las inmensas posibilidades de tan arriesgado negocio, del mismo modo que las vio años atrás, cuando también había aceptado el desafío que suponía poner a la venta otra propiedad del cantante, el disco original con su primera grabación, My happiness, que fue adjudicada con grandes beneficios a un rico fan extranjero.

Tras firmar el preceptivo contrato de compromiso y estrecharse las manos, William hizo entrega de la cinta al anciano, quien le echó un vistazo por encima y se la entregó a su ayudante pidiéndole que la custodiara hasta que más tarde pudieran verificar su contenido. Luego se marchó.

Mientras era acompañado hasta la salida, al recordar repentinamente que nunca había llegado a escuchar la cinta, William sintió sudores y tragó saliva.

Al día siguiente llamaron a la puerta a las ocho de la mañana. Roto de cansancio abrí y dejé pasar a Eddie, quien ya listo y fresco empezó a meterme prisa, inmisericorde.

Desayunamos al estilo americano, es decir, a toda velocidad y, en taxi, salimos para la inevitable visita a Graceland, la casa donde vivió y murió Elvis Presley.

Cuando llegamos a la entrada principal del recinto, Eddie compró dos Platinum Tour Package (la entrada combinada que daba derecho a visitar tanto la mansión como las demás atracciones con un walkman que nos explicaría el itinerario) y, feliz, me condujo casi a rastras hasta la parada del microbús que nos llevaría hasta la Big House, un tanto alejada de donde estábamos.

Se notaba que no era la primera vez que había estado allí.

Tras unos minutos de viaje por la autopista llegamos a la Graceland propiamente dicha, un edificio muy bonito en mitad de una calle feísima llena a rebosar de gente, en cuya entrada nos esperaba el guía, un chico joven sin la más mínima traza de ser seguidor del Rey.

Aguardó pacientemente hasta que todos nos callamos y nos quedamos mirándole, expectantes. Entonces abrió la puerta, invitándonos a entrar en el living room, situado a nuestra derecha. Al fondo pude ver una estancia con un piano de cola y una televisión (la music room), a la que se llegaba tras franquear un separador decorado con unas vidrieras con pavos reales.

Lo primero que pensé fue lo raro que me sentía estando allí. A mí me gustaban las canciones de Elvis, algunas canciones, pero de ningún modo podía considerarme un fan suyo. Y jamás se me hubiera pasado por la cabeza ir de visita a su casa. Si estaba allí era únicamente porque me había llevado mi amigo, pero me alegraba estar haciéndole compañía en un momento que, sin duda, era importante para él.

En conjunto, la casa era mucho más pequeña y acogedora de lo que se me hubiera ocurrido imaginar. Elvis adoraba esa casa; en sus tiempos debió de ser lo último, pero ahora todo aparecía ante mis ojos antiguo y decadente, con una decoración exagerada, absolutamente pasada de moda. Por ejemplo: la jungle room estaba tapizada con una tupida moqueta verde hierba tanto en el suelo como en el techo, todas las paredes de la pool room eran rojo sangre y la TV room, en el sótano, estaba pintada de amarillo chillón sobre azul intenso. Todo un regalo para el sentido de la vista.

—Aunque no te lo parezca —me explicó Eddie en voz baja al ver mi cara de circunstancias—, debes saber que Elvis no quería impresionar a nadie con esta casa. Ya ves lo sencilla que es, dejando a un lado los colores chillones o el mobiliario un tanto exagerado para nuestro gusto actual. Date cuenta de que la compró a los veintidós años, cuando era poco más que un crío rico y excéntrico, y la casa nada más que un caserón de ladrillo. Elvis vivió en ella desde entonces y hasta que las drogas acabaron con él a los cuarenta y dos, en su cuarto de baño.

Eddie señaló con un gesto de la cabeza hacia la escalera principal, cuya pared estaba decorada con un retrato al óleo de Elvis, que llevaba a la planta superior, siempre cerrada al público. Siempre. Ni siquiera los guías tenían acceso a ella. Nunca. Allí estaban las habitaciones y demás lugares privados del propietario. Y allí también estaba el lugar, un cuarto de baño, donde murió.

Cuando miré hacia donde me indicaba Eddie, me pareció ver una sombra, algo que se movía arriba, más allá del retrato. Al punto vi que se trataba de una persona, una chica que nos miraba y que en cuanto se dio cuenta de que yo me había apercibido de su presencia se esfumó, desapareciendo al final de las escaleras antes de que pudiera darme cuenta de quién o cómo era. Pero hubiera jurado que se trataba de la misma chica que hablaba con el hombre del traje en la fiesta del hotel de la noche anterior.

—¿Has visto a esa chica? —pregunté a Eddie, señalando con un dedo hacia arriba.

—¿Qué chica? —respondió él un tanto ausente—. No.

—Ahí arriba, al final de la escalera. Una chica. Creo que era la de la fiesta —insistí.

—No he visto a nadie —insistió él.

—Seguro, estaba allí, y al ver que la miraba se ha escabullido.

—Esto no es más que un museo —me informó—. Aquí ya no vive nadie, y para los visitantes está absolutamente prohibido el paso a la zona superior…

—Ya lo sé, pero… Espera. Ahora vengo —dije de repente obedeciendo a un impulso, y me salí del grupo, iniciando a toda velocidad el ascenso hacia el piso vedado.

Ya casi al final me topé de bruces con ella, que bajaba las escaleras casi de puntillas: guapa, exageradamente maquillada, gafas de sol, pelo recogido, expresión sorprendidísima… Nos miramos unos segundos en silencio hasta que sentí en mi hombro derecho una inhumana presión que me hizo encogerme presa de un intensísimo dolor. Me volví aterrado para descubrir a mi espalda a un gorila disfrazado de vigilante de seguridad que, exhibiendo una blanca sonrisa de dentífrico, me decía que no con la cabeza. Cuando miré de nuevo hacia arriba, la chica ya había desaparecido.

Sin volver a tocarme el guardia me escoltó hasta el grupo, con una actitud extraordinariamente amable, para lo que podría haber sido, imagino que gracias a los privilegios no escritos de que gozan los turistas…

Una vez que se hubo ido, Eddie me reprendió duramente:

—¡Pero qué haces! Estás loco, tío. ¿Cómo se te ocurre? Ya te he dicho que está terminantemente prohibido subir allí.

—La he visto —respondí en voz baja, sin escucharle—. A la chica. La de la fiesta. Estaba arriba. Guapísima.

—¿Pero de qué chica hablas?

—Oye —pregunté sin responderle, de repente iluminado por una intuición—. No será la hija, ¿verdad? Es la dueña de todo esto, y a lo mejor…

—¿Pero qué dices? ¿Lisa Marie? Vamos, hombre, ¿qué iba a hacer ella aquí? Lisa Marie vive en Los Ángeles, y no creo que ahora tenga muchas ganas de aparecer en público, después de su último fiasco amoroso.

Y continuó explicándome los pormenores, con todo detalle, de la desgraciada vida de Lisa Marie, la hija única de Elvis Presley, fracasada en todo excepto en el arte de ganar dinero a costa de su padre. Una interesantísima lección sobre cómo no deberían ser las cosas para nadie, pobre o rico.

Cuando llegamos a la última habitación de la visita, la cocina, decorada a base de paneles con madera oscura y, como resultado, bastante deslustrada, la sensación de desasosiego había crecido hasta hacérseme realmente incomoda, inquietándome más de lo razonable. ¿Quién era esa mujer? Sin duda la misma que la de la fiesta pero… ¿de quién se trataba en realidad y qué hacía allí, en Graceland? Decidí que si la veía en la subasta le hablaría y le preguntaría, aunque tuviera que ser con la ayuda de Eddie como intérprete.

No podíamos abandonar ese mausoleo sin visitar, precisamente, la tumba del Rey, en el insólito Meditation Garden, una parte reservada de los frondosos jardines de la mansión. Al pie de una preciosa fuente, rodeada de bellas flores de todos los colores y siempre frescas y de sepulturas de miembros de su familia, se levantaba su último lugar de descanso (después de haber sido trasladado en octubre de 1977 desde el Forest Hill Cemetery, donde fue inicialmente enterrado el 18 de agosto de aquel mismo año). A destacar el extenso epitafio escrito por su padre, Vernon, el cual finalizaba con una estremecedora sentencia: Dios vio que necesitaba un descanso y le llamó a su casa para que estuviera con Él. Te echaremos de menos, hijo y papá. Doy gracias a Dios de que te entregara para ser nuestro hijo.

Salí de allí sintiéndome bastante mal por la última parte de la excursión y, en general, un tanto desencantado con la visita, pero dándome cuenta de que era absurdo haber esperado encontrar en Graceland otra cosa diferente. De repente entendí perfectamente a Eddie y su compulsión coleccionista: por suerte, siempre quedará el Elvis músico y sus canciones, para siempre y muy por encima de todo aquel artificio.

Cuando tomábamos el autobús de vuelta dirigí una última mirada a la casa, en particular a las ventanas de las habitaciones de arriba. No me sorprendió en absoluto entrever un rostro ovalado que miraba hacia donde estábamos nosotros, flanqueado por otro que llevaba gafas de sol rectangulares.

Richy se puso pálido cuando Gérald Dubé, en persona, fue a proponer a E. P. ENTERPRISES, INC. que participaran en la subasta de la cinta perdida del Rey. Lisa Marie, por el contrario, adquirió un leve tono rosado en las mejillas, y lo único que dijo fue un gélido «ya veremos». Éste, con su experiencia de años, no se dejó amilanar y se marchó muy satisfecho, pues había comprobado, sin necesidad de preguntar, que efectivamente ella sabía de su existencia, y que William estaba diciendo la verdad. Cuando llegó a la oficina llamó a su secretaria y, cada vez más contento, empezó a preparar un mailing destinado a todos los candidatos que, en su opinión, desearían comprar el preciado objeto.

Después de hartarnos de costillas en The Rendez-vous (cuya fama de servir las mejores del mundo estaba más que merecida) nos preparamos para la segunda parte del tour Elvis: el estudio de sonido Sun Records, ahora llamado Sun Studio, en el 706 de la Union Avenue, donde fue impreso aquel famoso primer disco que había acabado en manos de mi amigo Eddie.

Debo reconocer que me apetecía mucho visitar este lugar. Siempre fui un buen aficionado al rock and roll clásico, y me parecía que el estudio, donde habían grabado notables maestros como Roy Orbison, B. B. King, Ike Turner o Jerry Lee Lewis, sería un magnífico exponente de la historia de este género musical. No me equivoqué, si bien también aquí encontré bastante de la fachada de apariencias de Graceland.

Del rato que pasamos allí destacaré el emotivo encuentro de Eddie con el micrófono en el que Elvis grabó My Happiness. El real, el auténtico micrófono que aún conservaría trazas de su ADN. Permanecimos frente al cacharro unos minutos, en silencio, él con la cabeza inclinada, en actitud respetuosa y meditabunda, mientras yo miraba alrededor para ver si nos estaba observando alguien. Pero a diferencia de la mañana, estábamos solos en un lugar que, en cuanto a la historia del mito, era aún si cabe más importante que su casa.

—Te gustaría tenerlo, ¿eh? —le pregunté, ingenuo de mí.

—¿Tenerlo? —respondió levantando las cejas—. ¿El micrófono? ¿Para qué?

—Hombre, es el micro con el que Elvis grabó su primera canción…

—Pues no, la verdad. A mí sólo me gusta su música, y ya tengo ese primer disco; no soy un fetichista coleccionador de objetos inútiles.

—¿Y entonces por qué me has llevado a su casa, donde lo único que hay son montones de esos objetos que dices que no te interesan?

—¡Pero hombre! —exclamó, divertido—, los objetos de Graceland no son importantes. Lo importante es Graceland en sí, su casa, el lugar donde vivió y murió y que le inspiró sus éxitos. Me gusta verla, estar allí, pero, como con el micro, ni querría tener todos los cachivaches que hay expuestos ni por nada del mundo viviría en ese panteón.

Eddie lo tenía muy claro, y yo no pude por menos que darle la razón.

La decepción (que me debería haber esperado) llegó al final del recorrido: justo antes de salir el guía nos hizo saber que el estudio, el estudio original en el que Elvis grabó sus dos primeras canciones, había sido vendido hacía mucho tiempo pasando a ser, entre otras cosas, una barbería. Todo su material y equipamiento también había sido vendido por completo, incluso se había arrancado la mayor parte del aislante acústico. No fue hasta el año 1987 que volvió a ser lo que era, un estudio de grabación, retomando su estilo clásico de los años cincuenta. El micro de Elvis fue lo único que se recuperó del equipo original. Lo único.

Miré a Eddie, disgustado, y él se encogió de hombros. Conocía de sobra la historia del estudio pero, como me dijo después, no había querido chafarme la ilusión.

Acabamos el día con una cena bastante más ligera que la comida, y volvimos al hotel. La subasta se celebraría al día siguiente, y al parecer Eddie no tenía muchas ganas de más fiestas. Se proponía descansar, para estar despejado y ágil en la difícil prueba que supondría retarse con E. P. ENTERPRISES, INC.

Antes de irnos a dormir tomamos una cerveza en el bar del hotel. Por primera vez desde que llegamos a Memphis le noté desanimado, como a punto de tirar la toalla.

—No va a haber manera —se lamentó, quizá un poco tocado por las cervezas—. No voy a poder con ellos. E. P. ENTERPRISES, INC. tiene una de las mayores fortunas del planeta, toda ella disponible para comprar esa última canción. No voy a poder con ellos…

—Ten confianza, hombre —intenté animarle no muy convencido, apoyando mi mano en su hombro—. Recuerda que nadie te hubiera dicho que conseguirías su primer disco.

—Pero es que entonces el vendedor no quería nada con E. P. ENTERPRISES, INC., ya te lo he contado. Esta vez es distinto, están aquí, van a participar en la subasta y se la van a llevar.

Me pareció que estaba a punto de echarse a llorar, descorazonado, de modo que antes de que semejante acontecimiento tuviera lugar le propuse acabar la jornada. Con la llegada del nuevo día, seguro, vería las cosas de manera diferente.

«¡Lo sabía! Finalmente era verdad, la tenía ese cerdo de mensajero que se la robó a tu padre. Voy a ir a buscarlo y…» «Déjalo estar, no te molestes. Lo que cuenta es que ha aparecido y que la vamos a comprar, cueste lo que cueste.» «¿Es que vamos a hacer rico a ese ladrón?» «No te preocupes, es sólo dinero. ¿Qué más da? Lo que no entiendo es por qué no vino directamente a ofrecérnosla a nosotros.» «Eh… Mmm… No sé… Yo…» «No tendrías tú algo que ver, ¿no, Richy?» «No, no, ¿por qué lo dices?» «Pues porque conozco tus métodos para convencer a la gente.» «Lo siento…» «Es igual, no pasa nada, lo que sea ya está hecho, ahora lo importante es conseguir la cinta. Por cierto, serás tú quien participe en la subasta en nuestro nombre, aunque yo también estaré allí.» «OK. Entonces, ¿sin límite?» «Sin límite.»

Aún de madrugada Eddie me despertó, si bien la contienda no empezaría hasta las diez. Parecía otra vez fresco y lozano, aunque sus habituales ojeras moradas alrededor de los ojos, mucho más intensas de lo habitual, delataban que no había dormido demasiado bien. Desayunamos tranquilamente, charlamos mucho, nos dimos una agradable vuelta por los alrededores y, unos quince minutos antes de la hora prevista, llegamos a Dubés Collectibles and Auctions. Nos recibieron muy amablemente, con canapés y bebidas variadas a pesar de la temprana hora, y nos invitaron a esperar en una salita previa, de unos cuarenta metros cuadrados y decorada con espejos, recargadas lámparas, cuadros y otras innumerables y hermosas obras de arte, en la que ya había bastante gente. Eché un vistazo alrededor, reconociendo muchas de las caras que ya había visto en la fiesta del hotel, sólo que en esta ocasión sus indumentarias eran mucho más serias y formales. Habría unas cincuenta personas, más hombres que mujeres, y todos ellos departiendo unos con otros amistosamente, haciendo caso omiso, aparentemente, al hecho de que iban a ser duros contrincantes durante los intensos minutos que estaban a punto de comenzar.

Por supuesto busqué con cierta ansiedad a la mujer esquiva de la fiesta y de Graceland, pero no la vi entre los asistentes, ni tampoco al inquietante hombre del traje.

Cinco minutos antes de las diez se oyó un aviso por megafonía que supuse sería la señal para entrar en la almoneda, pues todo el mundo se dirigió en seguida hacia una puerta que se abrió, camuflada como un espejo, incluidos Eddie y yo.

La nueva estancia era alargada y mucho más amplia que la anterior, y estaba tan elegantemente decorada como la otra, con todas las paredes tapizadas con terciopelo granate y molduras de madera oscura, y una preciosa alfombra con arabescos y motivos florales verdes, amarillos y rojos, cubriendo el suelo de delicado mármol veteado de verde y marrón. Las sillas de los asistentes habían sido colocadas en diez filas de ocho asientos cada una, con un pasillo central que dividía la sala en dos, más los dos corredores laterales. Al fondo se veía el estrado con el micrófono del subastador, aún vacío, delante de unas cortinas también de terciopelo rojo oscuro franqueadas por visillos blancos. Cuadros clásicos en las pareces, vasijas de estilo etrusco sobre mesas de caoba, alguna estatua y una inmensa araña de cristal en el techo completaban la decoración, un tanto recargada pero adecuada para su función.

Nada más entrar me sorprendieron mucho dos cosas: una, que la gente iba ocupando las últimas filas con preferencia sobre las primeras y dos, que en la última fila, última butaca lateral a la derecha, ya estaba sentado el hombre del traje, muy estirado y con los brazos cruzados, mirando al frente muy serio con sus gafas de sol puestas. Solo.

Dada la gran cantidad de asistentes preferí quedarme de pie junto a la pared, en el pasillo lateral de la izquierda, junto al lugar en que Eddie se había sentado (primer asiento, fila cuatro), con otros asistentes que, como yo, sólo debían de estar de mirones. Desde allí lo veía todo perfectamente, incluyendo al enviado de E. P. ENTERPRISES, INC.

Un momento después llegó una señorita rubia, de pelo recogido, piel blanca, cuello largo y un refinado vestido negro por encima de las rodillas, como de fiesta, que nos entregó un panfleto informativo donde se explicaba la historia conocida del objeto a subastar y la biografía resumida del cantante, y donde también se expresaban las disculpas de la empresa por no permitir a nadie, salvo al comprador y en consideración a éste, escuchar aquella última canción, compuesta en la frontera de la muerte por Elvis Presley para su hija Lisa Marie. Asimismo, constaba una cifra en moneda local que pretendía ser la puja de partida, y si a mí me entraron sudores sólo con verla no puedo ni imaginar lo que debió de pasar por el cuerpo de mi amigo, aunque he de decir en su favor que nada en su actitud demostró su angustia, y no le oí ni suspirar.

Una vez hubo entregado un papelito a cada asistente (sentado o no), la chica desapareció tras las cortinas de la derecha. Un minuto después reapareció portando en sus manos una urnita de cristal en la que, depositada sobre un pequeño zócalo de terciopelo rojo, se podía admirar la deseada cinta blanca.

En ese momento corrió por toda la sala un murmullo de respetuosa admiración, y yo me sonreí para mis adentros, a la vez divertido y admirado por la grotesca situación.

Con mucho cuidado, como si manejara un auténtico y frágil tesoro (lo que sin duda era para casi todos los presentes) depositó la urna sobre una mesita de madera y largas patas situada en mitad del pasillo central, a la vista de todos, situándose a su vez, tras verificar su estabilidad, a la derecha y algo detrás del podio del subastador.

Tras unos minutos de expectación, durante los cuales ningún hombre quitó la vista de encima de la rubia, apareció el subastador, un individuo de unos sesenta o sesenta y cinco años, de poco más de metro setenta, pelo blanco y escaso, rostro alargado de ancha frente, ojos menudos, buena nariz, boca pequeña y apretada y una media sonrisa de complicidad. Iba vestido con una chaqueta granate, camisa blanca, corbata marrón claro con rombitos negros y pantalón negro; se le veía muy elegante y distinguido, y me dio la impresión de que más parecía inglés que americano.

El hombre se situó tras su plataforma y lanzó una vista de izquierda a derecha a toda la concurrencia y empezó a hablar. Por lo que pude entender, saludó (sonrió), dijo algo acerca de la cinta (sonrió más) y de la chica rubia (sonrió aún más), preguntó algo a lo que nadie respondió (supongo que inquiría sobre si todo estaba claro) y, tras otro segundo de pausa, inspiró profundamente y dio comienzo la subasta.

La totalidad de los asistentes aguantaron el tirón durante los primeros tres o cuatro minutos pero, pasado ese momento y cierta cantidad que no entendí, uno a uno fueron enmudeciendo, bajando las manos alzadas que servían para aceptar la puja y retirándose decepcionados. No me sorprendió comprobar que ni Eddie ni el hombre del traje aceptaron ninguna de estas rondas preliminares; era evidente que estaban reservando todas sus energías para la confrontación final, la cual se produjo exactamente a los doce minutos, justo después de que abandonase el tercer participante que aún quedaba, un estereotipo de anciano tejano con pelo y grandes bigotes blancos, vestido con chaleco blanco y adornitos vaqueros y sombrero de ala ancha sobre las rodillas, que seguramente tenía muchísimo dinero y buenas razones para no seguir adelante con el juego.

Durante largos minutos Eddie y el hombre del traje se embarcaron en una lenta pero feroz lucha de pujas y contrapujas, para satisfacción del subastador y admiración de los asistentes que aún no habían abandonado la sala. A cada nueva cifra el público murmuraba, mirando a uno y otro contendiente con gran respeto. Larguísimos minutos en los que ninguno cedía: Eddie visiblemente nervioso; el hombre del traje tranquilo e inmutable como un agente federal.

En ese momento el anciano, tras su poyete, propuso una nueva cifra, pero Eddie no respondió a la invitación. El del traje tenía la mano, por lo que si mi amigo no aceptaba la nueva cifra, habría perdido. El subastador insistió, mirándole con la mejor de sus sonrisas, pero Eddie no movió ni un músculo. Durante unos interminables segundos proclamó a voz en grito las bondades de la dichosa cinta, pero sin éxito alguno. Resignado tomó el martillo, casi dispuesto a rematar la puja. Le oí contar «one», luego «two» y cuando ya había levantado el martillo por encima de su cabeza dispuesto a golpear con fuerza el estribo de madera que reposaba sobre el atril, en ese preciso instante, Eddie asintió con la cabeza, aceptando la sin duda desorbitada cantidad. Yo le conocía lo suficiente como para saber por su expresión que ya no podía más y que esa iba a ser su última oferta, por mucho que le doliese.

El hombre del traje, sin conocer a Eddie, también se dio cuenta de ello, porque le vi curvar los labios con un gran esfuerzo, esbozando una sonrisa de triunfo. Era evidente que iba a superar tranquilamente la última cifra. Esperó y, después de unos segundos creando expectación, hizo amago de alzar su terrorífica mano derecha. Ante la impotencia de mi amigo, E. P. ENTERPRISES, INC. iba a ganar la subasta.

La cinta ya casi estaba en las manos de Lisa Marie. Su único posible contendiente, un aficionado extranjero que años atrás había adquirido la primera grabación de su padre en una subasta injusta en la que ella no pudo participar, estaba a punto de retirarse. Lisa Marie había estado observándole desde su llegada a la ciudad, a él y a su inoportuno acompañante, que casi la sorprende espiándoles en Graceland. Había empezado muy fuerte, aunque ya hacía un rato que había aflojado, y se veía en su cara descompuesta que no iba a poder seguir mucho más allá.

Pero sucedió algo inesperado: cuando Richy, que participaba por ella en la puja, iba a dar el tiro de gracia, un impulso irresistible, tal vez despertado por el hecho de estar a un paso de obtener el objeto de sus desvelos, le hizo cambiar de opinión. Esa cinta le había traído años de infelicidad y obsesión, y era cierto que la quería conseguir a toda costa, pero… ya era suya. Siempre había sido suya, contenía la última canción que había grabado sólo para ella, la noche antes de morir, su padre, el Rey Elvis Presley. Y en ese momento, sintiendo un gran alivio, decidió que, en efecto, no podía pagar por ella, no al que se la había robado y le había causado tanta tristeza. Decidió que no lo iba a hacer y, tranquilamente, llamó a Richy por el intercomunicador.

El hombre del traje estaba a punto de ganar pero, de pronto, algo le hizo dudar, y no respondió de forma inmediata con su oferta, superando la de Eddie, como había estado haciendo hasta ese momento. Se llevó la mano derecha, maquinalmente, hasta su oreja, movió un poco la cabeza, como escuchando algo, y entonces le vi, detrás de sus gafas de sol rectangulares, mirar hacia atrás, más allá de la última fila, sin moverse ni un milímetro de su sitio, tan sólo girando la cabeza imperceptiblemente. Sin pensarlo seguí su movimiento, yendo a toparme con alguien que no estaba allí al comienzo de la subasta. No estaba, y lo sabía porque la había buscado: la chica de la fiesta de imitadores y de Graceland, con su camiseta blanca, sus pantalones vaqueros azules, sus gafas translúcidas, su excesivo maquillaje… Miré alrededor: el público, Eddie incluido, permanecía absorto en la subasta y nadie parecía darse cuenta de su presencia, salvo yo. La miré de nuevo, para verle hacer un único gesto: negó ligeramente con su cabeza. Una única vez, y el hombre del traje dirigió su vista al frente, y ya no volvió a mover un músculo. Finalmente el subastador, que le miraba ansioso en su nerviosa espera, se rindió y adjudicó de un martillazo y a la de three el trofeo a mi amigo Eddie. Momento en que el otro se levantó despacio y salió de la sala, sin inmutarse ni mirar atrás.

Durante unos segundos Eddie no se movió, ignorando hasta las felicitaciones que recibía por doquier. Luego, como si despertase de un sueño profundo, me miró y me sonrió, con una sonrisa de felicidad extrema dibujada en un rostro pálido y desencajado, la misma sonrisa beatífica de un niño cuando recibe un regalo de sus padres. Satisfecho, triunfante, alegre y también algo extrañado, aunque en mi opinión, mucho menos de lo que debería estar.

Yo no entendía lo que había sucedido, estaba demasiado estupefacto para ello. Mi instinto, entonces, mi hizo buscar a la chica con la mirada, pero ella ya no estaba. Salí corriendo hacia la puerta, pero lo único que conseguí ver fue al hombre del traje metiéndose en el asiento del copiloto de una inmensa limusina blanca y cristales negros, que arrancó inmediatamente, perdiéndose a continuación por las calles de Memphis.

Me quedé ahí de pie, inmóvil, enfadado conmigo mismo por no haber sido más rápido, hasta que sentí una mano en mi hombro.

—Listo —dijo Eddie sonriente y de nuevo templado, como era su carácter habitual.

—¿Has visto a la chica? —le pregunté con la misma cantinela de las anteriores veces, como si eso fuera lo más importante del momento.

—¿Qué chica? —volvió él a responderme, despistado.

—Pues ella —insistí—, la que estaba dentro con gafas oscuras, al fondo de la sala. Es igual —concluí al fin, rendido a la incomprensión—, olvídalo.

—Venga —dijo, empujándome hacia la calle—. Hasta las cinco no tenemos que volver para firmar los papeles de compra y exportación y recoger la cinta. Vamos a celebrarlo.

Gérald Dubé se frotaba las manos satisfecho mientras guardaba el cheque del extranjero en la caja de alta seguridad de su despacho, cuando su ayudante llamó a la puerta, asomando su rostro sonriente. Quería darle su más sincera enhorabuena por la transacción y por lo extraordinariamente bien que, en su opinión, había gestionado la puja, llevando profesionalmente a los contendientes más allá de un límite que nunca hubiera imaginado que se alcanzaría. El viejo zorro aceptó de buen grado la lisonja y le prometió un extra en su próxima nómina, lo cual fue agradecido con una genuflexión.

En ese momento Dubé se acordó de algo y, mientras cerraba la caja fuerte, le preguntó sin mirarle qué le había parecido aquella última canción de Elvis Presley. El asistente abrió mucho los ojos y, por un segundo, se quedó desconcertado, pues no recordaba que nadie le hubiera pedido explícitamente que escuchara la cinta, sino tan sólo que la guardara, como así hizo hasta que un poco más tarde la secretaria personal del jefe se presentó en su despacho con la orden de llevársela de inmediato, por lo que dio por descontado que quería encargarse personalmente de la tarea de verificación del contenido. Sin atreverse a reconocer lo que parecía haber sido un error de su memoria optó por salvar la situación fingiendo y, con todo el apasionamiento que pudo extraer de su acongojado corazón, exclamó entusiasmado: «¡Fantástica, lo mejor que jamás compuso el Rey!». Dubé le miró, sonrió, dijo que lamentaba no haber tenido tiempo de oírla pero que confiaba plenamente en su buen criterio, le palmeó la espalda y le dio permiso para irse.

 

Después de tomarnos por ahí más cervezas de las que recuerdo volvimos a la galería para recoger el preciado tesoro. Yo me quedé en la calle, esperando, mientras Eddie desaparecía por la entrada principal. Cotilleando un poco a través de los cristales vi que le acompañaba la señorita de la subasta, hasta que ambos se perdieron más allá de una puerta.

Media hora después reapareció con un minúsculo paquetito blanco, que guardó en el bolsillo interior de su chupa después de levantarlo en el aire con las dos manos en actitud triunfante, guiñándome un ojo.

Eddie sugirió que volviéramos al hotel, a lo cual asentí encantado, dando por supuesto que íbamos a escuchar inmediatamente la ya mítica canción que, debo reconocer, con tanto revuelo ya tenía unas ganas enormes de oír. Pero me equivoqué.

—Espero que no te moleste, pero… —me dijo nada más entrar en la habitación, tras un tenso trayecto en taxi durante el que no abrió la boca—. Me gustaría quedarme un rato solo.

—O sea, que no me vas a dejar saber de qué va, ¿no? —me quejé, desilusionado. Pero al ver su expresión compungida en seguida me di cuenta de que tenía razón, y traté de apaciguar su sentimiento de culpa—. No te preocupes, hombre, que te entiendo.

—¿No te importa? —preguntó con cara de niño, poniéndome la mano sobre el hombro cariñosamente.

—¡Pues claro que no! —exclamé—. Comprendo que a esa cita íntima debéis asistir sólo vosotros dos, tú y Elvis, tranquilo. Hasta luego, y disfruta del momento.

Me fui a mis aposentos un poco contrariado, pero realmente sin llegar a disgustarme. De verdad que le entendía, y respeté sus deseos, aun cuando me fastidiara. Ya tendría tiempo de oírla yo también.

Un par de horas después, durante los que me recorrí todos los canales de la televisión y me bebí todas las cervezas de la neverita, oí que llamaban a la puerta. Era Eddie.

—¿Nos vamos a cenar?

—Claro, ¿dónde te apetece?

—No sé… ¿Quieres más costillas?

—Ni hablar, sólo de recordarlas me dan arcadas. Mejor algo ligerito.

—¿Hamburguesas?

—Vale.

—Bien.

—Pues eso.

—Sí.

—Bueno, ¿qué?

—¿Qué, de qué?

—Que si me vas a contar qué tal está la última canción.

—Ah, la cinta. Pues no sé, no la he oído.

—¿No la has oído?

—No.

—No la has oído.

—No.

—Estabas loco por conseguirla, te gastas en ella un dineral y ahora que la tienes no la oyes.

—No.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco. Pero no he podido. La he metido en el casete, me he quedado con el dedo apoyado en el play un montón de rato, pero no he sido capaz. Después de tantas ganas, no he podido.

—Ah…

—Además, me he dado cuenta de que no querría estar solo en ese momento tan especial, aquí, en un hotel tan lejos de casa, sin mis amigos, sin ti…

—Me vas a hacer llorar.

—No es mi intención. Pero es que además había otra cosa, algo que no puedo describir con palabras, como un sentimiento de culpa que no me permitía escucharla.

—¿Qué quieres decir?

—Esa cinta era para su hija, y su hija era quien tenía que haberla comprado y escuchado. Me siento culpable por habérselo impedido. No la he oído, hubiera sido como volvérsela a robar, otra vez. Y lo que es peor: también sería como traicionar al Rey. No creo que nadie que adore a Elvis se atreviera a negar su última voluntad…

—Entonces, ¿no piensas oírla nunca?

—No sé, ya habrá tiempo, no le demos más vueltas. Anda, vamos a cenar.

—¿Y la cinta?

—En la caja fuerte. No problem.

Lisa Marie mandó a Richy que fuera a buscar al extranjero que había comprado la cinta y que le rogara que le acompañara para hablar con ella. Recalcó la palabra «rogar», pues conocía bastante bien a su protector y amigo y sabía cómo se las gastaba en caso de necesidad, y también en los demás casos. En esta ocasión era importante que todo, absolutamente todo, se hiciera por las buenas, no quería que se cometieran más errores. Richy asintió y no preguntó, y marchó al Peabody, donde sabía que se alojaban los visitantes.

Volvimos al hotel ya entrada la noche y, antes de irnos a dormir, decidimos tomarnos una última cerveza en la habitación de Eddie.

Charlábamos sobre algo que, sorprendentemente, no tenía nada que ver ni con Elvis ni con su cinta cuando llamaron a la puerta. Nos miramos intrigados, no esperábamos a nadie y tampoco nos habían avisado desde recepción de que tuviéramos una visita. Encogiéndose de hombros Eddie se levantó y abrió la puerta. Desde el sillón donde yo seguía sentado le vi abrir mucho los ojos, en una expresión mezcla de desconcierto y extrañeza, y empezar a hablar en inglés con alguien, a quien no podía ver desde mi posición. En un momento dado acerté a entender una frase dicha con profunda y convincente voz: «Right here, right now». En ese instante una cabeza con gafas de sol surgió del otro lado de la puerta, y sus labios se acercaron hasta el oído de Eddie, susurrándole algo y volviendo a su posición inicial acto seguido, quedando otra vez fuera de mi vista. Entonces mi amigo abrió mucho más los ojos, y su boca casi se desencajó. Le vi negar varias veces con la cabeza, luego quedarse quieto, como pensando, después asentir muy despacio, dudar un segundo, mirarme de refilón, volver a mirar a su interlocutor y asentir una vez más, esta vez con más firmeza.

Eddie se acercó sin prisa hasta la caja de seguridad. Mientras, el hombre del traje avanzó un par de pasos, sobrepasando el umbral de la puerta y quedando a mi vista, inmóvil, esperando. Yo empecé a mirarle descaradamente, intrigado, y entonces él, reclamado por mi silenciosa pero insolente insistencia, giró su cabeza muy despacio hacia donde yo estaba, y por primera vez se fijó en mí. Durante varios segundos me miró sin decir nada, impasible, con el rostro tenso, inexpresivo. De pronto, con un gesto muy lento y muy suave, se quitó las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo superior de la chaqueta. Siguió mirándome, y entonces le vi los ojos: muy azules, profundos y penetrantes a un tiempo, relajados y cálidos, asombrosamente nobles, que para nada pegaban con el resto de su durísimo aspecto. Me sonrió, y su rostro adquirió una expresión muy dulce, tranquilizadora. En ese momento volvió Eddie hasta su lado, con la cinta en la mano, y se la ofreció, pero él negó con la cabeza, por lo que mi amigo, un poco sorprendido, se la guardó en el bolsillo. Me miró, dijo: «Ahora vuelvo, espérame aquí» y salió por la puerta, detrás del hombre.

Durante unos instantes dudé, pero en cuanto desaparecieron salí corriendo detrás de ellos, un poco asustado, pero ya no les pude alcanzar; lo único que conseguí ver fue al hombre del traje, otra vez con sus gafas de sol puestas, ayudando a Eddie a entrar en la parte de atrás de la limusina blanca, antes de entrar él mismo en el asiento del copiloto, enfilando a continuación calle abajo. Paré un taxi y dije al conductor que les siguiera. Éste, increíblemente, me entendió, sonrió, pisó a fondo y salió zumbando detrás, encantado de la situación.

Les seguimos por varias calles durante un rato, hasta que la limusina se detuvo a la puerta de Graceland. Pedí al taxista que parase a unos cien metros. Obviamente no pude ver nada, y tampoco me atreví a acercarme. En realidad no temía por la integridad de mi amigo, sólo me intrigaba mucho lo que estaría sucediendo, así que permanecí allí, esperando en el taxi y sin perder de vista el enorme coche blanco. Nadie salió, nadie se movió, no ocurrió nada extraordinario. Por suerte el taxista, tal vez habituado a este tipo de escenas curiosas, no me molestó con comentario alguno. De haberlo hecho, no tengo ni idea de lo que le habría respondido, ni de cómo lo habría podido hacer.

«Esa cinta la grabó mi padre la noche antes de morir. Era una promesa que me había hecho hacía meses, pero que no tuvo tiempo de cumplir. Tiempo o inspiración, no lo sé, el caso es que debió de sentir que se moría, y no quiso faltar a la promesa que le había hecho a su niña. ¿Sabías que él nunca me mintió? Jamás. Me adoraba, y no perdió ocasión de estar conmigo, incluso después de su separación. De mi padre, aparte de todos los recuerdos impuestos y falsos de todos estos años, lo único que me quedó fueron las sensaciones. Cuánto me quería, todo el amor que me entregaba, su alegría cuando iba a pasar unos días con él, su pena cuando me iba, los regalos que para compensar su ausencia me hacía. Y su olor, y su voz, y las canciones que me cantaba por la noche, antes de dormirme… Yo tenía nueve años cuando murió, ¿puedes imaginar lo que eso significa para una cría que adora a su papá? Fue un duro golpe, acrecentado por el hecho de que aparentemente no había dejado nada al respecto de la promesa que me hizo, de la que nadie excepto yo tenía conocimiento. Pero estoy divagando, perdona. La cinta la envió por mensajero al coronel, su manager, cuidador y amigo, con una carta en la que le pedía que sólo me la diera el día en que cumpliera veintiún años. Ese iba a ser su regalo de mi mayoría de edad. No debió de caer en la cuenta de todos los años que quedaban para que llegara ese día, ni en el sufrimiento que esa espera me iba a causar. Pobre papá… Lamentablemente, el mensajero al que llamó tuvo la ocurrencia de sustituir la cinta por una en blanco, y quedarse con la original. Seguramente era un seguidor de mi padre, tan fanático como insensato. Nunca sabrá lo que ese acto en apariencia trivial hizo con mi vida. El día de mi cumpleaños el coronel me entregó al fin el regalo de mi padre. Había pasado mucho tiempo, pero yo no había olvidado su promesa. Me lo dio y de inmediato supe lo que era. Miré al coronel, se había callado el secreto todo ese tiempo, pero no le pude odiar por ello. No hace falta que te diga lo que sentí al poner la cinta y comprobar que no había nada grabado en ella. Nadie me vio, pues había subido a mi habitación, nadie me preguntó al volver, y a nadie dije nada. Simplemente actué como si nada hubiera pasado. Desde entonces, conseguir la cinta se convirtió para mí en una obsesión que me absorbió durante años. La cinta era mía, papá la compuso y la cantó para mí, fue su último deseo y su último pensamiento en su vida. Fue su despedida. Tenía todo el derecho a recuperarla, y cuando finalmente reapareció y supe que iba a subastarse, decidí que iba a conseguirla al precio que fuera. Ya sabrás que a mí, por suerte o por desgracia, no me falta el dinero. Pero según se desarrollaba la subasta y te veía a ti, con tu ilusión, con tu miedo, me di cuenta de que era absurdo, que no podía pagar por un regalo de mi padre que había sido robado antes de que lo recibiera y además enriquecer al ladrón, y entonces decidí que tenía que ser más fuerte que mi obsesión, y me eché para atrás. Y te lo tenía que decir a ti, a su nuevo propietario, para de este modo librarme para siempre de la maldición. Quería conocerte, hablar contigo y saber que te la llevabas, que iba a estar bien y que nunca iba a volver para seguir atormentándome. Bastante desgracia me ha causado ya. Eso es todo, te lo quería decir, quería que lo supieras, y que también supieras que así me libro para siempre del dolor. Puedes irte, no te molestaré más… ¿Qué es eso? ¿La has traído? ¿Por qué? ¿Puedo verla? Oh, Dios mío…».

Quince minutos después la limusina arrancó de nuevo, y nosotros también, y todos volvimos a nuestro hotel. Paró, Eddie salió, la puerta se cerró de nuevo y se marcharon, dejándole ahí, en mitad de la noche, solo en la puerta del Peabody. Pagué la carrera, el taxista me miró con cara de pensar que estaba tonto, me bajé y me dirigí al encuentro de mi amigo.

Al llegar a su lado vi su rostro, pálido y descompuesto. Se le veía como muy cansado, con sus profundas manchas moradas bajo los ojos, pero sonreía feliz, como si acabara de alcanzar el Nirvana.

Sin decir nada se dirigió hacia dentro, y volvimos a su habitación. Allí se dejó caer en el mullido sofá, reposó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Yo no quise interrumpir ni su descanso ni sus pensamientos, y me preparé para marcharme, ya habría tiempo al día siguiente para explicaciones, pero entonces empezó a hablarme.

—¡Era ella, tío! —exclamó.

—¿Quién?

—Ella, El-Em, la hija. Tú tenías razón.

—¿Lisa Marie? ¿La hija de Elvis?

Asintió con la cabeza y su sonrisa.

—¿Me estás diciendo que has pasado el rato con Lisa Marie Presley en su limusina? ¿En serio?

—Envió a Richy para que me llevara.

—¿Richy?

—El matón del traje que vino a buscarme, un tipo muy majo.

—O sea, que la chica que vi en la fiesta, en Graceland y en la sala de subastas efectivamente era ella.

—Eso parece —se rió al ver mi cara de frustración—. Vaya, creo que he tenido más suerte que tú. Bueno, al grano: yo pensé que venía a por la cinta, pero no, Richy me dijo que Lisa Marie Presley sólo quería verme. Y claro, tuve que ir. Ella me esperaba abajo, en la puerta, dentro de la limusina; parecía triste, o compungida, no sé, como muy apurada. Me dijo que me había hecho buscar porque quería hablar conmigo de una cosa.

—¿Hablar? —pensé durante unos segundos—. ¿Y no quería la cinta?

—No. Bueno, sí. A ver, en la subasta no compró la cinta porque no quiso.

—Eso me pareció, la vi cerca de la entrada, medio oculta, el del traje la miró cuando iba a hacer la última puja, la que te iba a derrotar, y ella dijo que no.

—Eso es. Verás, estaba obsesionada con esa cinta, era suya, su padre se la dejó a ella, pero alguien la robó, y cuando cumplió la mayoría de edad lo único que recibió fue un sobre escrito por su padre con una cinta en blanco dentro. La auténtica nunca llegó a sus manos. Me dijo que desde entonces supo que existía esa canción especial, y que se había pasado años buscándola, ofuscada con ella, y que cuando finalmente apareció y se puso a la venta decidió que la tenía que conseguir al precio que fuera, pero en el momento de la verdad se lo pensó mejor.

—No lo entiendo.

—Pues eso, que pensaba comprarla, pero que al verme tan animado cambió de idea. Se dio cuenta de que no podía pagar por algo que era un regalo para ella.

—¿Te la quitaron, entonces?

—Que no hombre, que no, que ella no iba de eso. Ya no la deseaba. Solamente me quería contar su historia para librarse de la maldición. Llevarme la cinta fue idea mía, ellos no me lo pidieron.

—¿Y ya está?

—¿Te parece poco? He estado con Lisa Marie Presley. Y me habló del Rey. No te puedes ni imaginar cuánto amor hay en esa chica, cuánto dolor y cuánta frustración, cuánto deseo de haber disfrutado más tiempo de su papá. Se parecen mucho, se diga lo que se diga. Me dio pena, tan explotada, tan desgraciada, tan rica, tan fracasada…

—Vale, vale, no te vayas a emocionar ahora. Entonces, ¿para qué te la llevaste?

—Pensaba que querría verla, o comprármela, o algo así.

—Pero no.

—No.

—No te la quiso comprar.

—Eso es.

—Entonces la habrás traído de vuelta.

—No.

—¿No se la darías?

Eddie me miró de soslayo, sonriendo un tanto sarcásticamente.

—La llevé y se la enseñé. Ella no se lo esperaba. La tentación de tenerla ahí, en sus manos, después de tantos años, fue para ella más fuerte que todas sus buenas intenciones y se derrumbó. Empalideció como la muerte cuando la saqué del bolsillo. Me preguntó que cómo era su canción, y se puso más blanca todavía cuando le dije que no la había oído. Se la ofrecí, y ella aceptó y me quiso dar un cheque.

—O sea, que al final sí que quería pagar por ella.

—No es eso, lo que no quería era dar su dinero al que vendía la cinta en la subasta, el que se la robó. Le daba lo mismo que yo me hubiera gastado el mío, pero como quería la cinta, cuando se la di me quiso compensar, pero a mí, no al ladrón. ¿Entiendes? De ninguna manera me la pensaba arrebatar.

—¿Y qué hiciste? —pregunté, temiéndome la respuesta. Eddie, sin responder nada, se dirigió despacio al armario, lo abrió, sacó la maleta que dejó abierta sobre la cama, y empezó a llenarla con su ropa.

—Te sugiero que hagas lo mismo —me dijo—. Volvemos a casa, mañana.

—¿No me vas a contestar? —pregunté, molesto.

—¿Por qué no iba a hacerlo? —sonrió—. Tú ya imaginas la respuesta.

—Se la regalaste —afirmé.

—De eso nada —negó, sin dejar de hacer la maleta—, no soy estúpido. Al final me dio el cheque. Mira —y me enseñó el papelito firmado por Lisa Marie.

—Vaya, menos mal —respiré aliviado.

—Quedará precioso enmarcado y colgado en mi salón —continuó, divertido, mientras se lo volvía a guardar en el bolsillo—, como recuerdo de esta historia.

—¿No lo piensas cobrar?

—Quién sabe, si un día me hace falta…

—Mira éste —protesté—. Y decía que no era fetichista.

—Y no lo soy —dijo riendo—, ya lo sabes, pero esto es algo especial, una experiencia que he vivido yo personalmente, y no otro.

—Pero si ni siquiera la habías oído —me lamenté, pensando que yo tampoco—. Harías al menos una copia…

—Una copia de esa cinta no tendría para mí ningún valor —respondió.

—¿Pero, por qué? —insistí, sin poder entender sus razones.

—¿Qué por qué? —Dejó su tarea y se volvió a mirar por la ventana, sonriendo con sus ojos tristes; fuera, empezaba a amanecer—. Pues por el Rey. Porque Elvis no cantó esa canción para mí. Porque era para su niña, porque nadie tenía derecho a escucharla antes que ella. Porque era su última canción, su última canción para su hija, para Lisa Marie.

En el largamente deshabitado estudio de sonido de Graceland, Richy le hizo una caricia y ella le dio un beso en la mejilla. Después, la dejó sola. Lisa Marie metió la cinta en el reproductor del viejo equipo de música y cerró la puertecilla.  Respiró hondo, cerró los ojos, puso su dedo índice sobre la tecla play y, dando un larguísimo suspiro, pulsó el botoncito. Se quedó de pie junto al aparato, con los ojos cerrados, conteniendo la respiración. La cálida voz de su padre inundó la estancia, flotando entre las notas desgarradas de su guitarra, cantando su última canción. Y en el título de esa canción estaba contenido todo el conocimiento inevitable que aquella noche de despedida llegó hasta el fondo de su alma, así como aquel amado pensamiento, el único que ya podía existir para él. Era su última canción, su última canción para su hija, para ella:

Last song for Lisa Marie.

Dos minutos después, con lágrimas en los ojos, Lisa Marie contempló el amanecer por una ventana y, dejándose llevar por la luz naciente sintió, esta vez de verdad, que por fin era libre.

© Copyright de Luis Astolfi para NGC 3660, Septiembre 2016

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