La llamada de una promesa

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Por Carlos Pérez Jara

Cierro los ojos y respiro hondo.

Siento el aire con yodo en los pulmones, un calor templado en el centro del estómago que se expande en ondas por el resto de mi cuerpo. Medio recostada en una plataforma de descanso, me descubro casi dormida, como si soñara hasta hace un segundo con Cengo y sus países, las montañas húmedas y el sol cambiante, entre nubes pasajeras. Parpadeo: observo a los otros residentes, la mayoría desconocidos que vagan por las instalaciones envueltos en batas azules o en los uniformes que nos dieron en la recepción. Y una vez más me doy cuenta de que no estoy en casa, o de que esa palabra, casa, ha dejado de tener sentido alguno. No volveré hasta que esté sana, me he dicho, y percibo las diferencias que me ofrece esta nueva tierra.

En Muu la temperatura se mantiene estable en el Ecuador central. No hay grandes cambios ni alteraciones significativas en la presión atmosférica, ni tormentas abrumadoras, ni tampoco movimientos sísmicos que cambien la superficie del planeta de forma irreversible. Hace miles de años, los animales que habitaban por estos parajes vivían ajenos a las desgracias y absurdos del hombre, el primer colono externo y el último invasor de este planeta; se comían unos a otros, o iban sobreviviendo gracias a las vegetaciones del entorno, ya fueran terrestres o acuáticas. Hoy, muchos de aquellos seres ya no existen, o adornan con sus cabezas disecadas los grandes salones de cualquier Garónatro, los Santuarios de Salud adonde acuden tantos peregrinos en las naves redentoras.

Sin duda, Icrotej es uno de esos sitios de culto. El pabellón principal, rodeado por unas inmensas murallas de ónice, posee la curiosa forma de una pirámide achatada en lo alto de una isla rocosa y sin apenas vegetación silvestre. A lo largo de las galerías interiores, o en algunas de sus amplias terrazas solares, se desplazan muchos de sus actuales ocupantes, una población de residentes y de nuevos adeptos que no se agota nunca. Desde el Océano es posible vernos como una muchedumbre dispersa de hombres y mujeres que caminan despacio por su propia residencia, a menudo envueltos en trajes desechables, un vestuario propio para un mal común: la kalemia.

De pronto suena la alarma, un murmullo hueco como el de un cuerno de Calcú. Muchos comienzan entonces a retirarse al interior de sus cubículos, o a los pozos coralinos donde seguir inhalando las brumas de sulfuro de Muu para los bronquios. Me pongo en pie y me acerco a una baranda, a observar el mar y sus reflejos. Alguien me habla enseguida:

—¿Qué haces?

—¿Cómo? —digo, y observo al anciano. Apenas lo habré visto unas pocas veces en el salón de nutrientes o en alguna terraza superior, pero nunca he hablado con él hasta ahora. Lleva puesto ese traje de tela fina de los moradores más antiguos, con un cuello alto como el de un sacerdote.

—¿Quieres recibir una descarga?

—¿Ves algo a lo lejos? —le digo, y me coloco una mano a modo de visera. No veo nada.

—No seas loca —me advierte, y me coge del brazo. La kalemia ha avanzado hasta la fase 3 en su rostro y en la base del cuello. Es un hombre prematuramente envejecido, con el pelo cano y escaso agolpado detrás de sus orejas, y algunos pliegues de arrugas bajo la barbilla abultada; sus ojos son como dos piedras de colores caprichosos que oscilan entre el verde oscuro y el castaño, según el ángulo o la luz que los refleje.

—Ven —me dice.

Pronto me lleva a una de las salas acorazadas de la fortaleza, donde se ofician los ritos de purificación y de génesis. Allí nos reunimos con otros residentes, agrupados entorno a las vidrieras para seguir lo que sucede sin demasiados riesgos. Sin embargo, la mayoría lo hace sin mucho interés, como si fueran testigos de una simple rutina dentro del programa de regeneración orgánica. Por eso, junto a la inhalación de los gases acres del Océano en plena noche o a los cultos oficiales, en Icrotej también parece existir la costumbre esporádica de las sirenas y el refugio, de una amenaza nebulosa que nos rodea como una bruma.

—Eres residente, ¿me equivoco? —me dice con una media sonrisa, como si eso le gustase. Como si le agradara encontrar a alguien a quien la kalemia aún no ha invadido con profundidad—. Y de Fase primaria.

—¿Eso importa algo?

—¡Pero si sois la sangre nueva de nuestra Nación! Claro que importa, y mucho.

No me gusta que me juzgue tan deprisa. Ni siquiera me conoce y ya me ha clasificado. Tal vez sea una manía de la comuna, una obsesión propia de quienes vivimos en esta isla.

—¿Vienes de Cengo? —le digo algo molesta, caminando junto a las vidrieras donde los otros residentes se agolpan en silencio, como monjes que anhelan la llegada de un milagro.

—No, de Cráthes, donde nací. ¿Lo conoces?

—No —miento—. No sé por qué dices eso de «nuestra Nación». No tiene sentido. Tú ni siquiera eres de mi mundo.

—Me llamo Nadian —se presenta, y vuelve a tomarme del brazo—. Ven un momento, te lo ruego.

—¿Qué haces? No te conozco. A los Redentores no les va a gustar mucho que…

—Calla —me ordena, pero su voz es suave, no ofensiva, y por alguna razón misteriosa me dejo conducir por otro corredor, sin apenas resistencia.

—No me aprietes —es lo único que murmuro.

Caminamos sin decir una sola palabra, cruzándonos con ciertos peregrinos de diversas fases y grados en el desarrollo de la enfermedad; algunos ya casi terminales, se arrastran como pueden con sus prótesis y sus bastones, estudiando el espacio que atraviesan como viejas criaturas desvalidas. Al fin llegamos a una puerta de bronce con una placa de metal muu de forma esférica.

—Pasa —me invita. Es un salón cubierto por una alfombra suave de color verde esmeralda, un espacio íntimo con lámparas de bronce y libros desparramados por los anaqueles de una enorme biblioteca medio abandonada.

—Nadie suele venir por aquí —me cuenta bajando la voz, y me suelta de la mano con suavidad—, como no sea para esconderse de otros. Hace siglos, a alguien le debió parecer importante traerse todo el material que pudiera sobre la kalemia. Libros de medicina, revistas, tomos de otros mundos. Pero nada de este material es decisivo, porque la esencia está en el flujo que brota de Muu, como tú sabes de sobra.

—No lo conocía —digo asombrada, y me acerco a la ventana, que presenta la forma de un rombo: ya se distinguen varias sombras que se acercan con lentitud por las aguas.

—¿Cuándo llegaste? Te he visto en el salón con las otras mujeres.

—Hace veinte órbitas —revelo, y contemplo los barcos. Pero sobre todo recuerdo el momento en que alcancé Muu junto a muchos afectados por la bacteria. Al principio nos agolparon en el Puerto Defensivo de Kalemia 0, en unas largas hileras donde algunos moribundos se desparramaban para morir casi sin haber visto nada de su nuevo planeta ni de las promesas sanadoras. Después de los controles de acceso, desnudos y sin equipajes ni apenas objetos propios, nos suministraron uniformes de distintas tallas, y nos fueron llevando en pequeñas naves de carga como a rebaños obedientes. La nave donde yo iba nos condujo a Icrotej casi a ras del agua, sorteando con astucia ciertas islas del archipiélago.

—Eso es muy poco para conocerlo todo, supongo —reflexiona Nadian—. ¿Tu primer ataque?

—No del todo —respondo, y un hormigueo me alcanza en el pecho al ver la flota de visita. En mi tercera órbita ya había oído el timbre monocorde de la alarma, pero esta vez no fueron barcos sino naves ligeras que desprendieron proyectiles sobre las rocas y que astillaron algunas partes de cierta torre sur de la muralla de ónice. Duró poco, porque enseguida se marcharon. Puede que Nadian ya no lo recordase, pero no hacía tanto de eso, y enseguida me doy cuenta de que en las siguientes Fases la kalemia provoca ciertas lagunas de amnesia.

—¿Y viniste sola?

—No —y me lleva un momento responder. Gaul iba conmigo. En realidad, fue idea suya, no mía. Pero cuando la gran nave llegó a Muu ya estaba muerto.

—Entiendo. No sé si aún no lo intuyes, pero la Nación de Kalemia debe defenderse de quienes tratan de humillarla o destruirla.

—Pensé que esto era un sanatorio.

—Aún no me has dicho tu nombre.

—No, no lo he dicho —y me siento de espaldas a las celosías—. Dime, ¿qué va a pasar ahora? Tú, que supongo has vivido muchos otros ataques.

—Es probable que nada, o todo, depende. Los Redentores trabajan día y noche para mantener la fortaleza en pie. Propagan sus espías por otros sitios, improvisan según la crisis. Pero lo normal es que se vuelvan pronto, en cuanto saquemos los cañones y lancemos descargas.

—No entiendo… ¿Pero por qué lo hacen? ¿Quiénes son?

Nadian recoge un volumen de medicina kalemia escrito en una lengua de otro mundo. Su cubierta está impregnada de polvo que ahora se desprende como una suave aureola luminosa ante la claridad de la vidriera.

—Los Garónatros surgieron después de los sanatorios —cuenta despacio, y enseguida, mientras merodea por la sala ojeando los volúmenes, ajeno a ese inminente ataque marítimo, comienza a describir los hilos de una historia que no conocía, o que había asimilado llena de mitos y mentiras.

Al principio, hace mucho tiempo, Muu era un planeta de tercera categoría, casi un mundo huérfano de ningún padre cósmico que quisiera hacerse cargo de su tutela. Sin embargo, el diminuto Muu acogió enseguida a sus primeros colonos con la indiferencia propia de un lugar tranquilo, estable, plagado de animales medianos y pequeños que observaron al invasor desde sus propios escondrijos. Como no se daban las circunstancias oportunas, no se desarrollaron sociedades políticas complejas salvo algunas ciudades de paso, centros comerciales de otros sitios comunicados con sus lejanas metrópolis.

A partir de ahí, según parece, la historia se funde con las leyendas, y podrías encontrar sin problemas dos, tres o cinco versiones del mismo cuento, según la raza o la nación que se apropie de los sucesos para cada caso: era un habitante de Oneris, de Lenopis, del terrible Ocamuro… era un hombre, una mujer, un niño. Pero era alguien enfermo, un moribundo a quien dejaron en una de las muchas cuevas interiores de roca dolmita, en medio del vapor sulfuroso que brota del fondo del Océano.

—La palabra milagro no tiene ningún sentido en algunas connotaciones culturales —me explica con tono paternal. Ahora, desde las vidrieras puedo distinguir los cañones emergiendo de las murallas.

Imagino que debió ser un proceso tan largo como inevitable. Atraídos por la resurrección del moribundo, poco a poco empezaron a acudir los primeros peregrinos; sin duda se trataba de la misma clase de gente que hoy sigue cayendo desde el cielo de Muu en sus naves, enfermos de algún mal propio de sus planetas, viajeros con una esperanza febril que los alumbra como una linterna mágica. El germen idris, propio de estas regiones, el fondo sulfuroso del agua, el metal indómito que recubre algunas cuevas profundas: las razones sanadoras podrían ser muchas o ninguna, pero permitieron la construcción de otros nuevos santuarios, ubicados en otras islas del infinito archipiélago del Ecuador.

De pronto suena un trueno bajo la luz radiante del día. Las paredes tiemblan un segundo, e incluso algún libro parece sobresalir tímido de alguno de sus anaqueles. Nadian deja el tomo sobre una repisa de madera antigua, y se asoma con cautela a la ventana.

—¿Quiénes son? —le digo.

Angrones. Seguro.

Me gustaría ahora contarle que nunca había llegado a saber nada de lo que pasa en Muu hasta que fui una de las moradoras de Icrotej, sola y sin apenas un sueño vivo al que seguir aferrada. Gaul se había llevado todo ese sueño de la sanación con su muerte.

—Angrona —murmuro, y ya no puedo pensar en una enfermedad de los fluidos orgánicos que convierte a sus víctimas en seres deformes y purulentos, sino en un grupo, una comuna, una ciudad encerrada dentro del antiguo santuario que luego fue un sanatorio y que hoy es un Garónatro acorazado. Pienso en la angrona, que apenas pasó desapercibida en Cengo pero que fue el azote de otros mundos de mayor radiación solar, y tal vez entonces sospecho lo que quiere decir Nadian al hablar de nación. Los enfermos peregrinos llegan a sus refugios como extraños o desconocidos y acaban por formar parte de alguna especie de familia insólita. Si alguna vez hubo naciones étnicas, ahora las hay de otro tipo gracias a Muu y sus influjos. Hoy prolifera la nación bacteriana, vírica.

—¿Pero qué es lo que quieren? —digo algo asustada.

Un nuevo temblor, una sacudida inmediata, y a lo lejos gritos de algunos residentes.

—No mucho en particular —dice al fin, tras un instante de silencio—. En nuestro caso, destruirnos, izar la bandera de Angrona en nuestro Garónatro. Reafirmarse. Es muy sencillo: para ellos, como para nosotros, es una cuestión de principios. Ahora ven conmigo, es demasiado peligroso que estemos aquí también, no te asomes más. Se han puesto demasiado cerca. Deben ser terminales, suicidas como los nuestros.

Nadian cierra la sala hermética y me lleva por otro corredor, bajando unas escaleras muy empinadas y angostas, como las de una mazmorra. Sin duda debe conocer bien los meandros de este refugio.

—El santuario de la kalemia recibió dinero —me sigue contando, mientras camina por delante—, fondos de grandes magnates afectados por ella, los primeros monarcas sin corona de esta fortaleza. Eso sin contar con las raucas, que todos ponemos para vivir aquí un tiempo, o de forma indefinida. Gracias a esa fuerza se destruyeron las ciudades antiguas, las independientes, las que no profesaban credo a ningún culto.

Cuando dice «culto» algo me sacude por dentro. Recuerdo el rostro amoratado de Gaul antes de morir, ya en su fase 5, y no puedo creer que se refiera a la kalemia. ¿Pero, en el fondo, no somos todos hermanos de un mismo mal que nos une, y que así también nos aisla de quienes pretenden erigir a Muu como el único centro de una sola enfermedad, no de varias? Otro temblor, y una nube de polvo cae del techo.

—No te pares —me advierte—. Nunca se sabe.

El corredor se dobla en una esquina abrupta, iluminada por una linterna con la silueta de un animal marino, una obra artesanal admirable.

—¿Adónde me llevas? —protesto—. ¿Nos conocemos?

Salimos a una terraza al aire libre, la que da a la cara oeste, justo detrás de donde nos atacan. La bandera negra y azul de Kalemia ondea en lo alto de su mástil, con un dibujo esférico de la bacteria que la produce. Unos hombres vestidos con uniformes negros se adelantan enseguida: la fase 2 ha hecho mella en sus bocas de labios tumefactos y en sus ojos hundidos, pero enseguida se detienen al ver a Nadian.

—Preparadme una anfibia —ordena, y los soldados de kalemia hacen un extraño gesto de asentimiento que no han aprendido en sus respectivos mundos sino aquí, en Muu, que es donde han acabado por transformar sus rutinas y tradiciones.

—Señor.

—¿La situación está controlada? —dice como un general que pasa revista.

—Son seis naves marítimas de poco armamento —revela uno cuya mancha tumoral en el rostro se asemeja a un mapa de una región remota—. Podremos destruir al menos a la mitad. Es un ataque desesperado, señor.

—Por supuesto que lo es. Pretenden minar la moral de nuestros hermanos, pero no saben nada de nosotros.

Una joven morena nos vigila desde lo alto de una terraza, en la parte inferior de la pirámide. Envuelta en una bata gris, parece una doncella triste que no atiende a los temblores de la batalla, ni siquiera al rugido de los cañones. Nadian mueve un dedo, y la mujer se retira al interior enseguida.

—¿Quién eres?

—Nadian, ya te lo dije. Creo que es el momento perfecto para salir.

—¿Salir? —digo asustada—. ¿Salir adónde?

—Nuestro antiguo Redentor máximo nos trajo un modelo oportuno para estas situaciones. La anfibia es una tecnología desconocida en otros Garónatros.

Descendemos nuevos escalones, con el Océano destellando a lo lejos. Sigo asustada, pero noto ese hormigueo excitante a lo desconocido, esa vibración orgánica que es como una fuerza interna que se resiste a la propia kalemia a la que parecen servir los otros, los demás, esos residentes y sus vigilantes, los Redentores. Gaul me trajo aquí para dejarme sola: había pagado con su fortuna nuestra estancia por un largo periodo sin conocer, o sin decirme, lo que realmente sucede en Muu desde hace siglos. Pronto atravesamos una puerta en arco de la muralla, mientras los sirvientes de Nadian nos miran sin suspicacias ni asombro. Entre unas rocas negras como el azabache puro sobresale una extraña forma oblonga y translúcida, parecida a los sulgs anfibios de Cengo, pero inerte como una balsa de madera. Nadian me sonríe mientras me coge de la mano, y me hace hundir el pie en el agua tibia.

—¿Adónde vamos? —digo, intrigada, y del otro lado de la fortaleza comienza a emerger una columna de humo.

—No te preocupes, no tardarán en irse. Los atacamos hace cien órbitas. Sólo nos devuelven la cortesía de la visita.

Nadian abre el caparazón de su pequeño monstruo marino, y me ayuda a meterme dentro del cubículo como si me llevara a dar un alegre paseo por Muu y sus encantos.

—Cuidado con la cabeza —me advierte, y se coloca en el asiento delantero de los tres que conforman el vehículo. Cuando ya estamos dentro, y sin que apenas pueda asimilarlo, pulsa una palanca del cuadro de pilotaje y la máquina reverbera con una suavidad gaseosa: enseguida comienza a moverse sin emitir un solo sonido. En un segundo el monstruo anfibio se sumerge entre la rocas.

—Ahora mismo somos invisibles —me dice, y veo su nuca delgada.

—Pero esto… ¡es demasiado peligroso! —me asusto, y de golpe siento un temor instintivo hacia ese extraño que me trata como si fuera su hija perdida… De hecho, puede que no sea amor paternal lo que le impulse a protegerme. No, puede que no. ¿Qué haces aquí, con este loco?, me digo. Soy idiota.

—Ahora es el mejor momento —se reafirma casi con entusiasmo—. Además, vamos al oeste, no tengas miedo.

El vehículo anfibio se desplaza como una anguila cengu a lo largo del Océano de Capedia, en pleno Ecuador. Haces de luz oblicua caen como finas cuerdas de arpa desde la superficie, desde donde a veces se oyen temblores sordos que se propagan en ondas hacia las profundidades: el rumor sísmico de una batalla que sólo se intuye.

—Dioses —murmuro, mientras nos alejamos de la lucha. El recelo por esta huida, o el simple acto del asalto se desvanecen ante la visión de un paisaje difícil de describir con palabras. Alguna criatura marina pasa ahora junto a nosotros, ajena a nuestras peripecias, a los ritmos y costumbres de los hombres que habitan arriba, sobre la tierra firme de las islas del archipiélago.

—Nadian, ¿adónde me llevas? —mascullo.

—A un sitio seguro, no te preocupes. Tal vez no puedas o no quieras confiar en un desconocido, pero te pido que confíes en mi palabra. Es importante.

Nadian conduce la máquina transparente como si llevara muchos años haciéndolo. Sube o desciende según las corrientes internas, y me lleva a contemplar los bosques marinos de Icrotej, plagados de una flora que reivindican los Maestros Redentores de cada Garónatro como partes de la poción de su fórmula sanadora definitiva.

—Nadian —digo de nuevo, y Nadian no se gira, aunque sé que está escuchando—. Nadian, ¿cómo llegaron… cómo llegamos a esto?

—Es complicado —responde con sus manos en los mandos de la nave—. Cada mundo ha traído a sus hijos enfermos, pero cada enfermedad se ha encargado de repartirnos, de segregar a cada comuna en su propia isla. Sé que no es posible asumirlo en otros lugares, no creo que en tu planeta fueran capaces de comprenderlo, pero no es la enfermedad la que nos ha cambiado. Ha sido Muu. Muu y sus promesas. Y cada ejército de enfermos de un mismo mal ha tomado su propia bandera, y cada uno asume el papel que le corresponde. Nosotros sabemos que Muu es testigo de nuestra sanación. Las demás Naciones han sido sólo un error ineludible. Llegaron atraídas por una llamada que nunca se produjo para sus males, pero se arrogan el estatus de ser los defensores de su fe.

La locura ha transformado el tejido social de Muu hasta dotarlo de una vida propia, íntima y coherente. Ahora veo a Gaul, besándome.

—Allí sanaremos —me dijo, siempre tan convencido.

—Pero luego vamos a volver con la familia —imploraba—. ¿Me lo prometes?

—Claro, eso siempre… Va ser un viaje largo, y yo… sabes que no estoy para muchos bailes contigo…

—No seas tonto.

—Muchos querrían estar en nuestro lugar. La kalemia ha acabado con mucha gente en el norte, y hasta los cenubes enferman.

Nuestro lugar, pienso, y me veo viajando por el Océano de otro mundo mientras en la ciudad sanatorio donde vivo lanzan descargas a una flota de enfermos de angrona. Enfermos de un mal contra enfermos de otro. Una bandera contra otra, y cada una representa el virus, la bacteria, el parásito que nos aúna y nos separa del resto.

—Si has pagado lo bastante —me dice Nadian de golpe— como para llevar más de cien órbitas con nosotros, te darás cuenta de que algún día podrías dar tu vida y tu salud por el grupo. El Garónatro es un sitio sagrado, nuestra casa. Tu casa en Muu, por si no lo sabes. A todos aquí nos une el mismo propósito, y los que sanan tienen otras misiones, aparte de salir del planeta. Muu nos ayudará a escupir esa flema de basura enferma de otros mundos: impostores, vagabundos sin patria, mercenarios de una causa que no es la suya.

Al cabo de un rato, Nadian hace salir el monstruo invisible a la superficie. Estamos justo delante de las primeras piedras coralinas de un atolón con forma de media luna. La isla y nuestro santuario de Kalemia han desaparecido en el horizonte, una niebla difusa de luz cálida. Al abrir el caparazón nos invade el aire del entorno, indiferente a nuestras guerras febriles, nuestro grado íntimo de locura.

—Este es mi reposo secreto —me revela, y me toma de la muñeca para salir del vehículo, varado en una panza de duna acuática. Vuelvo a hundir mis zapatos en el agua, y durante unos minutos caminamos con el Océano a la altura de las rodillas. Al fin subimos a una roca, y pronto nos alzamos sobre una superficie mullida de musgo de color azul que desprende un olor empalagoso.

—Cuando necesito pensar un poco… —dice Nadian mientras avanza el primero de nuevo, un guía inesperado que me conduce por una pendiente en una de las fantásticas estribaciones del atolón— me vengo hasta aquí para que nadie venga a molestarme.

—¿Eres un alto cargo? —pregunto, y la brisa acaricia mi pelo mientras subimos evitando algunas plantas con aspecto de tubérculos—. ¿Es eso? ¿Lo eres?

—El anterior Redentor… —prosigue, como si no hubiera oído mi pregunta—. Bueno, era un hombre curioso, vamos a llamarlo así. Analizaba cada partícula de nuestra sociedad para intentar comprenderla desde su origen, y para otorgarle la importancia necesaria en la historia de nuestra lucha, ya fuera contra la muerte o contra los farsantes, nuestros enemigos. Un día me dijo: «Nadian, ¿sabes por qué estamos aquí? ¿Lo sabes?». Yo le dije que para curarnos, claro, porque éramos los elegidos. Pero me respondió que en absoluto, que no era por eso.

—¿Cuál es el secreto?

Nadian hace una pausa, y se detiene a tomar aire. La kalemia provoca que su respiración sea escasa y difícil con el esfuerzo.

—Calla y escucha. Puede que eso fuera en un principio, lo de sanar, digo, pero como puedes darte cuenta, Muu no impide que muchos sigan muriendo del mal que nos consume, aunque sea poco a poco. Hemos creado nuestro propio sistema, y el núcleo que nos une es la misma enfermedad. Hemos construido un gobierno con sus normas, y ya contamos con nuestra propia tradición, nuestro dialecto común, nuestra cultura, ¿lo entiendes?

El Sistema Kalemia, ubicado en una remota región de un mundo diminuto. La enfermedad nos ha civilizado a su manera, moldeando las costumbres, sincretizando los credos de cada residente o peregrino, convirtiendo un sanatorio en un estado, un país propio con sus fronteras. ¿Qué enfermedad derrotará a las otras para levantarse como la única auténtica, la que merece los cuidados y sortilegios de Muu?

—Mira —me dice, y detrás de unas rocas sobresale un torreón de piedra oscura. Camino como hipnotizada, conducida por la corriente marina de un sueño que no es el mío sino el de mi amante, el de Gaul. Yo he venido a sanar, a curarme, me digo, a tumbar mi cuerpo para que las radiaciones benefactoras del sol de este planeta sequen mis llagas; para que la Fase 1 no desaparezca reemplazada por la 2 en un camino sin escalas hacia lo único que nos ha llevado a todos a este sitio: el miedo, la esperanza, la fe, cierto grado de esa vehemencia que flota bajo la atmósfera llevada por historias que ninguno de nosotros hemos vivido.

Nos detenemos delante del edificio. Parece una torre observatorio abandonada, sin ventanas exteriores y con unos oscuros signos grabados en la piedra, como runas; unos diminutos seres grises de aspecto gomoso nos observan encaramados en lo alto de las cornisas superiores, medio invadidas por el musgo azul.

—No tengas miedo —me dice al verme rezagada.

Entramos por el arco de roca de la entrada abierta, sin una puerta que la proteja ni un vigilante que nos impida el paso.

—¿Qué es esto? —le digo. Nadian baja la cabeza al entrar por el vestíbulo, que parece haber sido construido por y para seres muy pequeños.

—Mi maestro Redentor encontró este sitio cuando nuestro Garónatro era apenas un sanatorio sin armas de alcance. No puedo revelar su identidad, pero sí puedo decirte que era uno de los hombres más poderosos de la galaxia. A menudo le gustaba decir que el drama a pequeña escala de lo que pasa en Muu era sólo una fuente de laboratorio y un campo de pruebas para el futuro. Hay cosas…, tenía ideas complejas, que los iniciados no podrían entender aunque les fuera la vida en ello. Su amplitud de miras era revolucionaria, sin duda.

Subo por escaleras de piedra antigua, ahora de escalones desgastados y cubiertos de musgo, con paredes sombrías que parecen haber sido forjadas en un solo bloque compacto.

—Estamos en una de las pocas construcciones que quedan de una raza extinguida. Aún nos quedan algunos registros sobre aquellos viajeros, tal vez gente como nosotros, temerosos del futuro. Calculo que deben quedar casi un centenar de torres medio en ruinas. Mi maestro descubrió ésta hace mucho. Nadie la visita menos yo, ni a nadie le interesa tampoco. Está demasiado lejos de la Plaga Súbita, del Mal Invertido, de la Angrona. Hasta de nosotros.

Alcanzamos una sala abovedada sin ventanas, con extraños símbolos escritos en las paredes y sin ningún mueble ni objeto ornamental a nuestro alrededor; enseguida huelo a algo denso, un efluvio a raíces podridas, no estoy segura. Como si detectaran nuestra presencia, unas curiosas esferas adheridas a la roca se iluminan con lentitud para enseñarnos el espacio hueco. La luz pálida de este recinto llena de pliegues y sombras el rostro enfermo de Nadian.

—¡Iäc! —grita con un tono agudo, y enseguida hace un gesto rápido en el aire, describiendo círculos y otras figuras con su mano derecha. De golpe surge un objeto flotante, como a metro y medio de altura: casi en el centro mismo de la sala, es un recipiente de vidrio curvo de color malva con el cuello largo como una botella de licor.

—¡Oh! —boqueo, absorta.

—Te encontré un día en la cueva marina, ya no sé bien cuándo —me revela, y coge el frasco, en cuyo interior se mueve el fluido con la densidad de una espuma perezosa—. Estabas sola y ni te diste cuenta de que te observaba. Tengo la visión de ver quién podría sustituirme cuando ya no esté aquí para defender la fortaleza.

Me alarga el frasco. Lo tomo indecisa: pesa poco, casi como si estuviera relleno de aire.

—Ten mucho cuidado. No vayas a dejarlo caer.

—¿Qué es esto?

—¿No lo imaginas? Mi maestro Redentor me dio la llave para vigilarlo. Eso que sostienes entre tus manos es el fruto mismo de cientos de años de investigación laboriosa, el producto y resultado final de la misma.

Pienso en un veneno mortífero, e imagino a los balbucientes enfermos del Pétalo Azul luchando sin fin con los afectados por la bacteria del Hulus, propia de un mundo sin nombre más allá de este sistema solar; a los combatientes hinchados de la angrona contra nosotros, los llagados místicos de la kalemia, propia de Cengo y de otros pocos lugares.

—¿Es un arma? —y le devuelvo el frasco, que ahora vuelve a colocar en el aire, y que a un giro de su muñeca desaparece en un segundo.

Al salir de nuevo al exterior, rodeados por bandas de esos seres gomosos del atolón, Nadian sostiene sus manos a la espalda, con aspecto reflexivo.

—Eso que has visto —me dice, y su escaso pelo cano se revuelve con la brisa— es aquello que podría reducir nuestro mundo a escombros. Pero no es un arma como imaginas.

—¿Entonces?

—El antídoto.

Apenas puedo reaccionar a lo que oigo.

—¿Cómo?

—Es la fórmula destilada, la única que existe. Tenemos la misión o el deber sagrado de cuidarla.

—¿Antídoto? —balbuceo, y recuerdo el rostro blanco de Gaul—. ¿Quieres decir… para curar la kalemia?

—Para exterminarla del todo. Para que no vuelva a surgir ni aquí ni en ninguna parte.

Retrocedo, confusa. El aire se ha vuelto espeso, y me oprime la garganta.

—No… no entiendo nada… No te entiendo.

Nadian me mira con una sonrisa condescendiente.

—¿Imaginas el trabajo de todos estos siglos? ¿Nuestro Garónatro, obra de tantas vidas e ilusiones, y sobre todo nuestra Nación? ¿Entiendes lo que eso supondría para los otros, los que están esperando a que desaparezcamos de una vez por todas? El sheeg, el antídoto, es obra de nuestra tradición, y debemos cuidarlo como parte de nuestras riquezas, de nuestra fe en la curación definitiva en Muu. Por eso tampoco debe ser destruido. Es el último signo de nuestro orgullo secreto.

—Yo… —balbuceo, y casi trastabillo entre el musgo azul—. No…

—Aunque no lo sepas —me dice al fin, y enseguida sus ojos pasan del castaño al verde oscuro—, ya esperaba tu llegada a Muu desde hace algún tiempo. No importa que ahora no puedas creerme, pero te conozco de cuando eras una recién nacida. Yo era amigo de tu padre, el gobernador de Latrus. Y ahora tú, su hija, estás aquí, porque la llamada de una promesa te ha traído con nosotros. Pero aún no me has dicho tu nombre. Vi tu ilga de rango en el archivo de residentes, pero no recuerdo cómo te llamas.

—¿Conocías a mi padre? —gimo, incrédula—. Me has estado vigilando en estas órbitas.

—Te he observado. Me informaron de que venías acompañada, pero luego te vi sola por las salas. Serví a tu clan hace décadas, en la gobernación.

Me siento frágil, como si estuviera a punto de desgajarme en muchos fragmentos diminutos.

—¿Pero por qué? ¿Por qué guardar el antídoto, Nadian?

—Porque lo que nos une es más grande que lo que nos separa. Porque ya es demasiado tarde para asumirlo, y porque recibimos fondos de otros mundos para seguir aquí, vivos, defendiendo nuestras creencias.

—Yo…

Me toma entre los brazos, ahora sí, como una hija, tal vez la que nunca tuvo. Conocía a mi padre, pienso, y me doy cuenta de que los más ricos fuimos los más afortunados, como siempre ha sido.

—Como antiguo médico de tu familia, debes creerme. ¿Vas a tomarte tu tiempo para seguir mis lecciones, o prefieres unirte a los demás en su ignorancia? Alargaré tu vida más allá de lo que crees. Incluso es posible que pueda estacionar la bacteria.

—Nadian, no podéis hacer eso… ha muerto mucha gente. No es posible…

—Atiende y razona. La sanación es un horizonte que nos consuela, que nos calma y nos da vigor, y nos hace más poderosos. Nos ha unido, ¿no lo ves? Gracias a la kalemia nos conocemos, y gracias a ella podemos defender nuestros intereses, las enseñanzas, los libros que se escriben, la tecnología que se desarrolla para las guerras. Si usamos el sheeg ahora habremos perdido, ¿no lo entiendes? Bajaremos nuestra bandera y nos tendremos que ir. Será nuestra derrota definitiva.

No puedo, no quiero creerlo, pero también su voz me resulta atrayente, la modulación con la que habla de nosotros, los kalemios; la forma en que menciona la patria que se ha forjado en este lugar. En Cengo ya no hay nadie para recibirme. Pero podría estacionar la bacteria en mi organismo de forma clandestina, mientras los otros se sumergen cada órbita en las rocas subterráneas o inhalan los vapores sulfurosos. Podría incluso curarme si quisiera, porque puede hacerlo, y ambos lo sabemos. Conoce secretos y fórmulas que los ríos de peregrinos ignoran, y que tal vez no quisieran conocer nunca.

—Cuando todos los demás hayan sido derrotados usaremos nuestro antídoto —afirma seguro, con una extraña sombra hipnótica en sus ojos, y me suelta.

—Derrotados —repito hechizada por su discurso, por esa mirada con la que me estudia desde que llegué al Garónatro como una más entre varias decenas de infelices. Gaul, ¿qué habrías hecho tú si hubieras podido sobrevivir al viaje en nuestra nave, rumbo a Muu, el refugio de la esperanza? Nadie lo sabe ni lo sabrá jamás, pero ya no importa.

—¿Puedo confiar en ti? —me dice, y se agacha para recoger una pequeña flor amarilla—. Ahora te resulta imposible aceptarlo, porque llevas demasiado poco tiempo entre nosotros. Aún no entiendes la razón por la que los más avanzados se reúnen en las cámaras inferiores. Pero lo harás, cuando llegues al nivel de conocimiento más profundo. Quiero que seas mi protegida.

Lo miro y no cambia el gesto, solemne, tranquilo.

—¿Tu protegida? ¡Ni siquiera me conoces! ¿No te arriesgas demasiado, Nadian?

—Claro, podrías decírselo a otros como tú, lo sé. Nadie te creería. ¿Les contarás que viajaste con un viejo como yo a un islote donde se guarda algo imposible? Creo que no hace falta que te recuerde la última norma y su castigo por impiedad. Los falsos kalemios operan de igual modo, ya lo sabes.

Miro a Nadian, el señor absoluto del Garónatro, defensor de la fe en la sanación natural de nuestros males por la influencia misma del planeta. Es el vigilante del antídoto que podría salvar a millones de infelices sin ser convocados a su fortaleza, y sin embargo camina sin prisas sobre la alfombra de musgo de un atolón sin nombre, como un viajero que se detiene a contemplar unas ruinas o a seguir el curso migratorio de un bando de adalas voladoras. Aún no comprendo esto. Sin duda, me quedan muchas órbitas de aprendizaje para discernir el sentido de sus acciones.

—Ilbel —susurro.

—¿Cómo? —dice distraído, justo cuando comenzamos a bajar por la pendiente.

—Me llamo Ilbel.

© Copyright de Carlos Pérez Jara para NGC 3660, Noviembre 2016

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